Cancionero, Alma noble, que aquellos miembros riges

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Fragmento LIII
Cancionero

de Francesco Petrarca


Alma noble, que aquellos miembros riges
dentro de los que en esta vida habita
hombre valiente y sabio en toda arte,
pues el cetro tu mano hoy ejercita
con que todo criminal de Roma afliges
y lo haces, como fue, ser balüarte,
a ti te hablo, porque en otra parte
del mundo apenas la virtud se asienta,
ni apenas avergüenza la injusticia.
Ni sé que espera ya, ni qué codicia
Italia, que parece el mal no sienta:
odiosa, vieja y lenta
¿ha de dormir sin nunca hallar desvelo?
Bien fuera yo quien le atusase el pelo.

No espero que del sueño perezoso
despierte, aun requiriéndola cualquiera,
cargada de tal peso se demuestra.
Mas no a tu brazo sin que Dios lo quiera,
que puede sacudirla vigoroso,
se fía Roma hoy, cabeza nuestra.
Sobre su cabellera pon tu diestra
y sus trenzas greñudas sin turbarte,
de suerte que ella al fin salga del lodo.
Yo, que su ruina lloro el día todo,
tengo en ti de esta fe la mayor parte;
que, si el pueblo de Marte
su antigua gloria alguna vez evoca,
paréceme que a ti tal gracia toca.

Los viejos muros, que aún teme y aún ama
el mundo y tiembla aún, si atrás los ojos,
mirando el tiempo andado, una vez vuelve;
las piedras, en que hoy yacen los despojos
de tantos de que habrá perpetua fama,
si no es que el universo se disuelve;
y todo aquello que la ruina envuelve,
por ti espera extinguir todo su vicio.
¡Oh grandes Escipiones, oh fiel Bruto,
cuánto os gustase oír, no lo disputo,
allá arriba noticia de su oficio!
Y aun creo que Fabricio,
diga, oyendo también con alegría:
«Aún bella te he de ver, oh Roma mía».

Y, si es por lo de acá el cielo suspenso,
las almas que allá arriba se congregan
cuyos cuerpos reposan en la tierra,
del largo odio civil el fin te ruegan,
por el que al peregrino ya indefenso
el camino a las iglesias se les cierra;
frecuentadas ayer, y hoy de esta guerra,
ya vueltas casi cuevas de ladrones,
sólo para los buenos clausuradas,
que entre altares y estatuas saqueadas
se hacen negocios viles a montones.
¡Ay, qué infames acciones!
Que no comienza sin campana asalto,
aunque fue puesta para Dios en alto.

El niño inerme, la mujer bañada
en llanto, y el cansado y pobre anciano
que a sí se odia y a su mucha vida,
el negro, pardo o blanco fraile hermano,
y toda clase enferma y agobiada
te gritan: «Mi señor, tu pueblo cuida».
Y la gente más pobre y compungida
te descubre por miles hoy sus llagas
que a Aníbal mismo hicieran ser contento.
Y si miras de Dios la casa atento,
verás que con que chispa aquí deshagas
su fuego enorme apagas,
por más que ahora se muestre así inflamado.
Hazlo y serás del cielo celebrado.

Sierpe, lobo, leon, águila y oso
a marmórea columna de gran fama
dan molestia y a sí mismos gran daño.
Por ello llora aquella gentil dama
que te llama a que arranques riguroso
cuanto árbol sea en dar fruto tacaño.
Más que pasado es ya el milésimo año
que faltan los que a tan glorioso encuadre
la alzaron cuando fue ciudad primera.
¡Ay, gente altiva hoy sobremanera
irreverente a tanta y a tal madre!
Tú, marido, tú, padre,
todo socorro con tu mano atiende,
pues otra empresa el grande padre emprende.

Sucede rara vez que empresas altas
la Fortuna injuriosa no contraste,
que mal con hechos de valor concuerda.
Hoy, desbrozando el paso donde entraste
se hace perdonar de antiguas faltas,
que aquí consigo al menos hoy discuerda;
pues, por cuanto del mundo se recuerda,
no fue abierta a mortal hombre la vía
tal como a ti por darte nombre eterno,
que puedes levantar, si bien discierno,
a estado la más noble monarquía.
¡Qué gloria te sería
que frente a quien la alzó joven y fuerte,
tú, en su vejez, la salves de la muerte!

Canción, verás, sobre el Tarpeyo monte
un caballero a quien Italia honora,
más que a sí mismo a los demás atento.
Dile: «Quien no te ha visto de momento,
si no es como que el amor por fama toma,
dice que siempre Roma,
regadas de dolor siete colinas,
consuelo pide a ti de sus mohínas».