Cancionero, Amor, si el yugo aquel quieres que abrace

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Fragmento CCLXX
Cancionero

de Francesco Petrarca


Amor, si el yugo aquel quieres que abrace,
como mostrar pareces, otra prueba
maravillosa y nueva,
obrar para domarme convendría.
Mi almo tesoro de la tierra leva,
que pobre soy porque escondido yace,
y el corazón tenace,
donde habitar mi vida antes solía;
y, si es verdad que es tu monarquía
grande en el cielo, como alguno abona,
y al infierno (que aquí entre los mortales,
cuanto puedes y vales,
creo que sepa toda alta persona),
rescata de la muerte lo depuesto,
y tus insignas hinca en aquel gesto.

Devuelve al rostro aquel la viva lumbre,
que era mi sola guía, y esa llama
que si, ay triste, me inflama
siendo como es sin luz, ¿qué haría ardiendo?
Que no se vio buscar ciervo ni gama
fuente o río jamás desde su cumbre
como yo esa costumbre
dulce que hoy, cuando amarga, más atiendo;
si a mí y a mi deseo bien entiendo,
que me hace delirar solo conmigo,
y allá vagar por donde no hay camino,
cansado y ya sin tino,
espero hallar jamás lo que ahora sigo.
No haré ya oído más a tu llamada.
que fuera de tu reino puedes nada.

Hazme que la aura nueva vez yo sienta
de fuera, como dentro aún se siente,
la cual cuando presente
podía templar, cantando, ira y desdenes,
apaciguar la tempestuosa mente,
librar de toda vil niebla y tormenta;
y mi pluma opulenta
alzaba a hoy ya inalcanzables bienes.
Esperanza y afán ruego que ordenes;
y, pues el alma es en razón más fuerte,
devuelve a oído y ojos su sujeto,
sin el que no es completo
su obrar, y mi vivir más bien creo muerte.
En vano en mí tu fuerza se descubre,
si mi primer amor la tierra cubre.

Haz que vea de nuevo la mirada
que obró en mí como el sol obra en el nieve,
haz que en el paso leve
te halle por donde huyó sin vuelta el pecho;
toma la flecha de oro, el arco mueve,
y hágaseme escuchar la acostumbrada
señal de su llamada,
con que aprendí de qué el amor es hecho;
mueve la lengua en que era en tu prevecho
dispuesto anzuelo y cebo que he probado,
y los ocultos lazos que yo adoro
entre cabellos de oro,
que no por otro cabo fuera atado;
con tu mano el cabello esparce al viento,
que, atado así, podrás darme contento.

Jamás será que el lazo de oro rompa
ya lacio, ya en anillo, o ya rizado,
o verme desatado
de aquella vista dulcemente acerba,
que más que lauro o mirto en cualquier prado
tiene verde mi afán sin que corrompa,
aun cuando verde pompa
la rama pierde, y la campiña hierba.
Mas, porque Muerte ha sido tan proterva
que ha roto el nudo que temí soltarme
y no he de hallarlo acá donde es el mundo,
¿de quién urdes segundo
con que pruebas Amor a sujetarme?
Pasada la sazón, rotas tus redes
por que temía yo, ¿qué hacerme puedes?

Fueron armas la vista que encendida
flechas lanzaba de invisible fuego,
que no atendían ruego,
pues contra el cielo no hay defensa humana;
el pensar, el callar, la risa, el juego,
el porte honesto, el habla comedida,
y voz que, si entendida,
ennoblecía el alma más villana;
la angélica apostura, humilde y llana,
que oía aquí y allí tanto alabarse;
sentada estar o en pie, que había entrambas
duda de a cuál de ambas
debiese el mayor premio reservarse.
Estas rindieron todo pecho duro;
hoy desarmado tú, yo estoy seguro.

Las almas que a tu reino el cielo inclina
de muy diverso modo has sujetado;
yo sólo a un nudo atado
fui, porque a más no quiso atarme el cielo.
Y hoy roto ya, no gozo el libre estado,
antes lo lloro: «Ay, noble peregrina,
¿qué sentencia divina
me ató a ti, para alzarte luego al vuelo?
Dios, que tan presto te llevó del suelo
mostró virtud tan alta y desmedida
solo para inflamar nuestro deseo».
No temo ya ni creo,
que, Amor, tu mano me haga nueva herida;
tu arco es vano, Amor, tus nudos flojos;
tu fuerza se perdió al cerrar sus ojos.

De tus leyes, Amor, Muerte me exime:
esa que fue mi dueño al cielo es ida,
dejando triste y libre aquí mi vida.