Cancionero, Citado mi señor dulce e impío

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Fragmento CCCLX
Cancionero

de Francesco Petrarca


Citado mi señor dulce e impío
delante de la reina cristalina,
que la parte divina
gobierna ante el desmán de algún sentido,
allí, como oro que la llama afina,
entro cargado del cuidado mío,
de horror y miedo frío,
y, como aquel que muerte teme, pido
razón, diciendo: «Reina, el pie indebido
puse en el reino ayer del que aquí tienes,
y sólo ira y desdenes
cobré de allá; y tanto y tan diverso
tormento allá perverso,
que mi paciencia al cabo hallé vencida
y di en aborrecer hasta la vida.

»Así mi tiempo al fin he consumado
en llama y pena. ¡Cuánta senda honesta
deseché! ¡Cuánta fiesta,
por servir esta mentira lisonjera!
¿Qué ingenio habrá de darme una respuesta
que pueda sosegar mi triste estado,
y de este desalmado
darme satisfacción por cuanto hiciera?
¡Oh poca miel! ¡Oh acíbar todo y miera!
¡Cómo educó mi vida en la amargura,
con su falsa dulzura,
que me atrajo a pacer con su rebaño!
Porque, si no me engaño,
dispuesto era a elevarme de la tierra,
y me arrancó de paz para meterme en guerra.

»Esto me hizo amar, a lo que creo,
menos a Dios y a mí de que debiera,
que hubo mujer que hiciera
que no curase de otro pensamiento.
Y de esto sólo yo me condujera,
siempre afilando el juvenil deseo
en la muela en que veo
que pretendí reposo a su tormento.
¡Ay, triste! ¿De qué vale mi talento
y otras dotes que quiso darme el cielo?
Que voy cambiando el pelo,
sin que cambie jamás esta ansia viva;
así en todo me priva
de libertad este cruel que acuso
de hacerme amarga vida dulce uso.

»Buscar me ha hecho páramos sin mieses,
bestias y abrojos, duras muchedumbres
de bárbaras costumbres,
y todo error que a errar sin rumbo obliga;
ciénagas, valles, ríos, mares, cumbres,
mil apretados lazos descorteses;
e invierno en raros meses
con peligro presente y con fatiga;
y ni él ni aquella otra mi enemiga,
que huía yo, dejaban de hostigarme.
Y así, si non han de darme
antes de tiempo muerte acerba y fiera,
piedad celeste quiera
darme salud, no este mi tirano.
que se nutre de mi mal fiero inhumano.

»No tuve, siendo suyo, hora tranquila
ni espero ya tenerla, que he perdido
el sueño, y no he podido
ni por hierbas ni hechizos recobrarlo.
Por fuerza o por engaños he cedido
mi albedrío; y no ha habido nunca esquila,
donde el alma se asila,
que yo no oyese. Y no querrá él negarlo;
que leño la carcoma al devorarlo
no royó como el pecho en que él se cría
y a muerte desafía.
De aquí nace el martirio y nace el llanto
la queja y el quebranto,
de que ya me voy cansando y quizás otros.
Júzganos tú, que sabes de nosotros.»

Mi adversario, con ronco y agrio eco
alega: «Oye, señora, la otra parte;
que no dice gran parte
de la verdad, como ella muestre ahora.
Este en su tierna edad fue dado al arte
de hacer enredo en pleito y embeleco;
y ahora, ingrato y hueco,
de aquel enfado vuelto a mi mejora,
se queja porque yo en dichosa hora
lo aparté del deseo que al mal lleva,
(y de ello hoy me reprueba)
por darle vida que él mísera llama,
granjeando alguna fama
sólo por mí, que alcé su entendimiento
donde jamás por él tuviera asiento.

»Sabe él que Agamenón y el alto Aquiles
y Anibal que funesto a Italia fuera,
y el que entre todos era
más claro en la virtud y en la fortuna,
según qué suerte a cada cual cupiera,
rendí al bajo amor de esclavas viles,
y a éste de entre las miles
mujeres de valor, señalé una,
como se vio jamás bajo la luna,
aunque Lucrecia regresase a Roma;
y tan afable idioma
le he dado y un cantar tan tierno y suave,
que vil concepto o grave
jamás pudo rendir delante de ella.
De estos engaños míos se querella.

»Esto el desdén, la ira y hiel ha sido,
mejor que de otra haber todo logrado.
Mal fruto he cosechado
de buen grano, pues he servido ingrato.
Tanto bajo mis alas lo he guiado,
que no hay quien con placer no lo haya oído;
y tan alto ha subido
que es entre muchos grande literato
y se hacen de sus obras sin recato
colecciones de todo arte y manera;
cuando, al contrario, hoy fuera
leguleyo de corte, hombre del vulgo;
y yo grito y divulgo
cómo aprendió en mi escuela el ser fecundo,
y de aquella que ha sido única al mundo.

»Y por decir, al fin, cuál fue el provecho,
de mil actos infames lo he apartado;
pues nunca con agrado
le pude hacer yo ver cosa infamante:
de obra y pensamiento mesurado,
mozo esquivo, después que le hube hecho
amar la que su pecho
ahormó y lo hizo al suyo semejante.
Cuanto tiene de noble y de brillante
de ella tomó y de mí, que hoy cree miasma.
Nunca espectral fantasma
fue falsa, como falso lo que hoy mueve;
pues a nosotros debe
gracia de Dios que goza y de la gente:
por ello se lamenta y se arrepiente.

»Además (y con esto el fin alcanza)
le di por que volase alas tales
entre cosas mortales
que alzan al Autor a quien lo estima;
pues, viendo él bien de cuántas y de cuáles
virtudes era ornada su esperanza,
podía hallar cobranza
para ascender al fin hasta la cima,
como él ya ha dicho alguna vez en rima.
Hoy se olvida de mí y de aquel contento
que yo por el sustento
di de su frágil vida». Yo me concito,
y entre lágrimas grito:
«La dio, y presto la hurtó y de improviso»
«Yo no -alega-, Quien para Él la quiso».

Al fin al tribunal entrambos vueltos,
yo temblando y Amor con arrogancia,
concluimos nuestra instancia:
«Noble señora, tu sentencia atiendo».
Dice ella sonriyendo:
«Gusto de haber vuestra quistión oído,
pero más tiempo para el fallo pido»