Cancionero, Creía que mi tiempo ahora pasara

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Fragmento CCVII
Cancionero

de Francesco Petrarca


Creía que mi tiempo ahora pasara,
come este tiempo atrás era pasado,
sin traza nueva, ni invención de precio;
mas cuanto a lo que tú que me has arrastrado,
después que alivio de mi bien no hallara,
velo tú, Amor, de quien el arte aprecio.
No sé si me desprecio;
porque me vuelvas en la edad madura
ladrón de lumbre pura
sin la cual no pasara tantos daños.
¡Ay, si en mis tiernos años
supiera lo que hoy mi urgencia usa!
Que el yerro en el que es mozo tiene excusa.

Los ojos suaves, que me dan la vida,
tan generosos con su gran belleza
fueron al comienzo hacia mi gesto,
que, cual hombre al que no propia riqueza
sino ajeno socorro asiste y cuida,
viví, sin de ellos ser ni otro molesto.
Y, aunque ahora lo detesto,
me vuelvo ignominioso, e inoportuno;
que el pobrecillo ayuno
viene a hacer lo que hubiera en otro estado
a otro censurado.
Si hace Envidia que en mí piedad no use,
mi hambre de amor, y el no poder, me excuse.

Y ya he buscado más de mil caminos
por sin ellos probar si en mortal cosa
medio de mantener la vida encuentro.
Pero el alma, que en nada más reposa,
corre a los ojos, a pesar, divinos;
y yo, aunque soy de cera, al fuego entro.
Y en conocer me centro
dónde lo que amo está más descuidado;
y como ave en prado,
que donde menos teme es atrapada,
así de su mirada
robando voy aquel o este destello.
Y a un tiempo me sustento y ardo en ello.

De muerte me sustento, vivo en llama;
¡salamandra admirable, pasto extraño!
Mas no milagro, como Amor lo quiera.
Feliz cordero, en el atroz rebaño
yací otro tiempo, y hoy al fin me llama
y Amor, como acostumbra, y Suerte fiera:
así hay en primavera
rosas, y en invierno nieve y hielo.
Por eso, si yo al vuelo
con bocado de acá y de allá me surto,
por más que sea hurto,
tan rica dama debe estar contenta,
pues nutre a otro de sí, sin que lo sienta.

¿Quién no sabe de qué me he mantenido,
desde aquel día en que sus ojos viera,
que cambiaron mi vida y uso luego?
Aunque hurgase en tierra y mar toda frontera,
¿quién todo arresto humano ha predecido?
De olor vive aquel pueblo riberiego;
yo aquí con lumbre y fuego
mis sentidos hambrientos refrigero.
Amor, (decirte quiero),
disuádete de ser señor tan parco.
Tuyos son flecha y arco;
déme tu mano muerte no sentida,
que honra un bello morir toda una vida.

Más arde el fuego preso, y si se aumenta
no puede en modo alguno ya ocultarse:
lo sé, Amor, que lo pruebo de tus manos.
Lo viste al ver mi muda alma abrasarse;
y hoy mi propio grito a mí atormenta
y a cuantos me son propios o lejanos.
¡Ay pensamientos vanos,
y a qué me arrastra hoy mi desventura!
¡De qué lumbre, ay, tan pura
la esperanza tenaz nació en el pecho
que aprieta y ata estrecho
quien mi fin con tu fuerza guía y ordena!
Vuestra es la culpa, y mío el daño y pena.

Así por amar bien cargo tormento,
y perdón pido por la culpa ajena;
no por la mía, aunque su luz no deba
mirar, ni oír su canto de sirena;
y, al fin, aun ni siquiera me arrepiento
de este veneno que mi pecho ceba.
Que dé mi alma aprueba
el postrer golpe quien le dio el primero;
y esto será, yo espero,
piadoso modo de acabarme presto;
que pues no está dispuesto
a darme más favor que mi condena,
bien muere el que, muriendo, huye su pena.

Canción, restaré firme,
porque es gran deshonor morir huyendo;
y a mí mismo reprendo
lamentos por tan dulce y feliz suerte,
llanto, suspiro y muerte.
Siervo de Amor, aquel que aquí recale,
no hay bien al mundo que mi mal iguale.