Cancionero, Pues que la vida es breve

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Fragmento LXXI
Cancionero

de Francesco Petrarca


Pues que la vida es breve
y teme el estro empresa así escogida
ni a él ni a ella mucho más les pido;
pero la espero oída
allá donde amo, allá donde estar debe,
la pena, que al callar más he sentido.
Ojos bellos, que Amor tiene por nido,
a vos vuelvo este pobre y parco acento,
que, aun vago, hoy gran placer así acicata;
pues que quien de vos trata
toma tal pulsión del argumento
que en alas amorosas
lo aparta de cualquier vil pensamiento.
Así elevado hoy vengo a decir cosas
que en el pecho retuve cautelosas.

Mas no porque no vea
cuanto os injuria que os esté cantando;
mas porque no resisto este deseo
que llevo en mí de cuando
vi aquello que la mente no recrea,
ni ajena o propia voz que iguale creo.
Principio de mi estado dulce y reo,
otro que vos bien sé que no me entiende.
Cuando ante vuestros rayos me hago nieve,
vuestro desdén se debe
quizá a que a vos mi indignidad ofende.
¡Oh, si esta creencia,
no templase la brasa que me enciende,
bendito agonizar! Que en su presencia
morir prefiero que vivir su ausencia.

Y así, si no me acabo,
tan frágil cosa en fuego así conjunto,
no es porque mi valor de ello me guarda;
mas porque el miedo un punto,
por las venas la sangre helando al cabo,
me alivia, por que más tiempo en él arda.
Oh valle, oh río, oh selva, oh cumbre parda,
mudos testigos de mi amarga vida,
¡cuánto me oísteis reclamar la muerte!
¡Ay, dolorosa suerte,
quedar me acaba y vana ya es la huida!
Mas, si por mi ventura
mayor miedo no hubiese, ya salida
más pronta diera a pena así de dura;
pues culpa es de quien nunca de mí cura.

Dolor, ¿por qué a trasmano
me llevas a decir lo que no siento?
Sufre que donde diga Amor me meta.
De vos no me lamento,
ojos serenos sobre el curso humano,
ni de Él que con tal lazo me sujeta.
Ved bien en mí con qué varia paleta
pinta frecuentemente Amor el gesto
y así podréis saber qué dentro hace;
allí hace y deshace
con el poder que en vos tiene dispuesto,
lumbre bendita y pía,
si no es que os negáis ver vos misma en esto;
mas cuantas veces veáis el alma mía,
tantas sabréis por mí que en vos se cría.

Si os fuese manifiesta
la belleza divina e imponderable
de que hablo, como a aquel que ahora la mira,
contento inmensurable
tendríais; y quizás por ello resta
lejos del vigor que os abre y gira.
¡Feliz el alma que por vos suspira,
lumbres del cielo, por que yo agradezco
la vida que sin vos yo aborreciera!
¿Por qué de esta manera
me dáis lo que no sacia ni apetezco,
¿Por qué mas comúnmente
no veis como de Amor tal mal padezco?
¿Y por qué me arrojáis tan prontamente
del bien que a ratos sólo el alma siente?

Digo que a veces siento,
merced a vos, que el alma toda embarga
una dulzura inusitada y nueva,
la cual de toda carga
libera mi cuitado pensamiento,
si no es una entre mil que con él lleva,
y es esa por la cual vivir aprueba.
Porque si este mi bien durase un tanto,
ningún estado al mío igualaría;
y en otros causaría
envidia, como en mí engreimiento tanto.
Por eso es prevenido
que al final de la risa aceche el llanto,
y, apagando el espíritu encendido,
a mí vuelva y a mí vuelva el sentido.

El amante deseo
que habita dentro, tal en vos se cobra
que de mí arranca otra pasión cualquiera;
y así palabra y obra
salen de mi de suerte que ya creo
ser inmortal, aunque la carne muera.
Huye, cuando os mostráis, la angustia fuera
y al vos marchar regresa diligente.
Mas porque la memoria enamorada
no le permite entrada,
que vaya más adentro no consiente;
porque si algún buen fruto
nace de mí, vos fuisteis la simiente;
que yo, sólo por mí, soy campo enjuto
y, si honra doy, a vos sólo lo imputo.

Canción, tú no me aquietas, sino inflamas
a hablar de aquello que a mí mismo asola;
mas ten por cierto hoy que no estás sola.