Cancionero, Pues ya que mi destino

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Fragmento LXXIII
Cancionero

de Francesco Petrarca


Pues ya que mi destino
aquel ardiente afán lleva a mi boca
que siempre me arrastró a suspiro y llanto,
Amor, que a ello me aboca,
me adiestre y sea mi guía en el camino,
y acuerde mi deseo con mi canto;
mas no que el corazón destemple tanto
la excesiva dulzura, como temo
allí donde ojo ajeno a ver no alcanza;
que hablar me anima y lanza,
y, si acaso este fuego está al extremo,
que a veces verlo suelo,
no es del ingenio por que temo y tremo;
que antes me acabo al son de mi desvelo
como si fuese al sol hombre de hielo.

Al comenzar creía
darle a mi deseo, hablando en esto,
algún reposo o tregua, aunque de lance.
Esta esperanza arresto
me dio con que cantar lo que sentía;
y ahora me abandona en este trance.
Mas conviene que yo la empresa avance
siguiendo este amoroso desvarío,
que así el deseo que me arrastra es cierto,
y la razón ya ha muerto
que al freno estaba y aplacaba el brío.
Concédeme que diga
Amor, de modo que si el canto mío
llega a oídos de esa dulce mi enemiga,
ya que no a mí, haga a piedad su amiga.

Si en edad ya pasada,
cuando ardían de honor los corazones,
la industría humana a ciertos hombres puso
por diversas naciones,
por monte y mar buscando cosa honrada
y al fin la flor mejor a ellos expuso;
si Amor, Naturaleza y Dios dispuso
toda grande virtud perfectamente
en esa lumbre en que hallo el gozo mío,
ni de este ni aquel río
conviene, por marchar, que el paso intente.
A ella siempre vengo
como quien es de mi salud la fuente,
y, cuando ya a la muerte me derrengo,
solo el alivio de su vista tengo.

Como en mitad del viento
la frente alza el marino por si orienta
la nave hacia la luz que marca el Polo,
así en esta tormenta
que sostengo de Amor, los ojos siento
que son mi estrella y mi consuelo solo.
Mas ¡ay! que es mucho más lo que hurto a dolo
de acá y de allá, según de Amor he oído,
que aquello que ella cede de buen grado;
y de ello acostumbrado
resulta cuanto poco soy y he sido.
Después que vi su lumbre,
sin ellos no hacia el bien paso he movido,
y así los puse en mí sobre la cumbre,
que no hay valor que en mí cierto vislumbre.

No ya narrar podría
sino aun imaginar cuáles efectos
los ojos en mi pecho hacen de fuego;
que los demás afectos,
gozados, por menores los tendría,
y toda otra beldad juzgara luego;
Tranquila paz sin un desasosiego
señal de aquella celestial y eterna,
move el de Amor enamorado gesto.
¡Quién descubriese en esto
que es Amor el que dulce los gobierna,
de cerca sólo un día,
sin más girar la rueda sempiterna,
olvidado de cosa ajena y mía,
apenas pestañeando en la porfía!

Triste, que deseando
aquello voy que inútil es que intente
y vivo de este amar sin esperanza.
Si el nudo solamente
con el que Amor mi lengua enreda, cuando
su luz sobre mi humana vista avanza,
se deshiciese, tomaría pujanza
para decir palabras de tal arte
que harían llorar, según fuesen oídas.
Mas estas mis heridas
llevan mi corazón por otra parte;
y así del cuerpo yerto
la sangre, sin que sepa adónde, parte,
y no soy más quien era; y sé por cierto
que este es el golpe con que Amor me ha muerto.

Canción, llegar cansada ya del dulce
y largo hablarse a sí la pluma siento,
mas no de hablarme a mí mi pensamiento.