El caballero de las botas azules: 14

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Capítulo XIII
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El caballero de las botas azules Rosalía de Castro


En una casa de la calle de Atocha, cuarto principal de la izquierda, había dos días a la semana gran tertulia, de confianza los jueves y de etiqueta el domingo.

Asistían a ella, aparte de las siete señoritas de la casa, hijas de un médico afortunado, otras cinco, que habitaban el cuarto de la derecha, hermosas niñas hijas de un abogado más afortunado todavía; otras seis, hijas de un empleado en Hacienda, el cual, si seguía soplando el viento de la fortuna, pensaba ascender a director del ramo, y otras dos que porque su padre era familiar del conde de A*** y esperaba obtener muy pronto la efectividad de teniente coronel querían, así como las del empleado en Hacienda, contarse en el número de esa aristocracia que semejante a ciertas tisis pudiera llamarse incipiente. Solían concurrir también algunas vecinas de la misma categoría, y en aquel salón -pues aunque se decían salones, las demás habitaciones no eran sino antesalas- se reunían por lo general como unas veinte jóvenes, bonitas las unas, graciosas la mayor parte, y todas con aspiraciones a un buen partido. Respecto a ellos, eran, lo que se dice, jóvenes de grandes esperanzas y si las damas aspiraban a un brillante acomodo ¡no digo nada los galanes!

Es de advertir, no obstante, que por entonces ninguno había pensado todavía en el santo matrimonio, lo cual formaba un gran contraste con el afecto cariñoso que aun las más ligeras y coquetillas de aquellas niñas profesaban desde el fondo de su corazón a las dulces alegrías que proporciona un hermoso día de boda.

Y esto es bien natural por cierto. Los hombres se casan muchas veces, se casan con la toga, con la política, con las ciencias, con la cartera de ministro, mientras que las mujeres sólo se casan una vez en la vida. Si llegan a dos, ya sienta mal en los ojos que lloraron a un muerto el rayo de alegría que ha venido a iluminarlos en las primeras bodas. Es una repetición de ceremonias que se asemeja algo a un remordimiento, y parece que tras de las blancas cortinas que ocultan el lecho nupcial, debe hallarse escondida una sombra.

Mas volviendo a coger el hilo de nuestro relato, que al parecer se enreda y desenreda como suelta madeja, diremos que era la víspera de un domingo o lo que es lo mismo, un sábado por la tarde, y que las jóvenes que habían de asistir a la reunión de la casa de la calle de Atocha se hallaban muy afanadas arreglando sus trajes de baile y de paseo para el siguiente día.

Decíase que el duque de la Gloria había de atravesar a las siete el salón del Prado, y quizá dar por él más de una vuelta. ¿Cómo no llevar entonces las mejores galas?

Las del médico, las del abogado, las del empleado en Hacienda y las del teniente coronel se hallaban igualmente inquietas, todas iban y venían en medio de muselinas, tules y gasas esparcidas en el desorden propio de los cuartos de labor.

Una viva impaciencia las devoraba por ver concluidos sus vestidos y aunque algunas querían sostener sin menoscabo el estado de aristocracia incipiente en que creían hallarse pusiéronse a coser ellas mismas para terminar más pronto la tarea, cubierto el dedo índice de la mano izquierda con una calza de piel a fin de que la aguja con su acerada punta no dejase en el cutis la marca de sus picadas, porque... ¿qué mal efecto no hubieran hecho a los ojos de un joven bien nacido y de porvenir?

Por lo demás, como ninguna de estas familias podía sostener, pese a sus buenos deseos, gran número de servidores, hasta la cocinera tuvo que dejar más de una vez las cacerolas para venir a dar su puntada. Esto no suele acontecer en las casas verdaderamente aristocráticas, es verdad, ¿pero acaso tan pequeño inconveniente sería bastante para desalentar a nuestras heroínas?

Las del médico, que eran siete hermanas, tenían la casa revuelta de arriba abajo, no siendo posible dar un paso sin tropezar con algo que no debía pisarse. Estaban estas señoritas empeñadas en presentarse con los mejores trajes, en lucir algo que excediese en magnificencia a lo que llevasen las demás, y como sus padres, aun cuando consintieron en irse arruinando de día en día por cumplirles todos sus caprichos, no pudiesen satisfacer ahora sus deseos, buscó cada una el medio de poder arreglarse un poco sin tener que acudir a la bolsa paterna.

Tratábase de competir con las de Hacienda, en donde hay comúnmente tantos negocios, y con las del teniente coronel, de las cuales podía decirse que llevaban todo el caudal sobre sí, y era preciso sacrificarse para conseguirlo.

En efecto, la más vieja, para estrenar un collar que la había encantado, mandó vender ocultamente un juego de cama y dos camisas de fina tela que su padre le había regalado el día de su natalicio. Súpolo la segunda, y para no ser menos quiso estrenar también unos brazaletes y un lindo cinturón, para lo cual hizo vender asimismo un manguito de preciosas pieles y la crucecita de oro de su rosario. La tercera quitó los encajes a un vestido de su madre para adornar el suyo y no sabemos de qué medios se habría valido la cuarta para hacerse con una moña de rizos y un sencillo, pero elegante prendido. Sólo las tres menores, que ignoraban todavía semejantes artimañas, no tenían que estrenar otras cosas que las que sus padres les habían dado.

Aconteció, pues, que la más joven observó por la cerradura de la puerta cómo una de las otras se probaba, mirándose al espejo, el precioso cinturón, y llena de sorpresa, y con un sí es no es de envidia, exclamó con acento un tanto amenazador.

-¡Hola!, gatita, ¿quién te ha comprado eso?

-¿Quieres callarte, mocosuela? ¿Qué estás diciendo que no te he comprendido? -repuso la otra sin abrir la puerta y desnudándose aprisa.

-No te la quites, que ya le he visto.

-¿El qué?

-El cinturón.

-Y bien -dijo la delincuente presentándose al fin-, me lo ha arreglado mi amiga Concha, que me estima más que a sí misma.

-¿Quién...? ¿Ella? Para sí lo hubiera querido. No, no me engañas... yo adivino no sé qué cosas, y ya no es ésta la primera vez; pero descuida, que voy a contárselo a Lola y a Juliana y después a mamá.

-No hagas tal, chismosilla, y te regalo mi alfiler de plata que tanto te gusta.

-Pero ¿quién me da en cambio un cinturón como ése?

-Para el jueves próximo te permitiré ponerlo.

-¿Y a mí?

-¿Ya está ahí la otra? ¡Picarona! ¿Por qué tienes la costumbre de andar con el oído atento a todo cuanto se habla?

-¿Y por qué tienes tú cosas que yo no tengo?

-¡Anda! He de pedirle a Dios que te deje sorda.

-Y yo he de pedirle que te deje ciega.

-Silencio, gruñona, que van a enterarse por allá adentro.

-Eso es lo que yo quiero.

En efecto, con estas voces acudieron las otras y armóse una baraúnda como de siete hermanas; mas, las pecadoras, a fin de que no se enterasen sus padres de lo que pasaba, halagaron con promesas a sus hermanas menores para que guardasen el secreto, al menos hasta que se hubiese pasado la noche del domingo porque después, si no bastasen las disculpas, ya de suyo tenía que estallar la tempestad.

Las del abogado hallábanse también plegando los bullones de sus vestidos con parsimonia tan delicada como si se tratase de una obra de arte. No podía ir esta tabla más ancha que aquélla, ni este lazo discrepar una línea del que le seguía, y, de haberles sido posible, hubieran medido con un compás las distancias.

Nada estaba a su gusto. La falda o era demasiado corta o demasiado larga, la cola no imitaba como debía un abanico abierto, el cuerpo hacía arrugas, y se lo probaban cien veces diciendo siempre:

-No puede ser, no puede pasar así. En el vestir se conocen las verdaderas señoras. Descosa usted otra vez.

Y mientras perdían el tiempo de este modo, su madre, mujer activa y trabajadora a pesar de sus aspiraciones, calados los anteojos, y con delantal blanco, estaba bate que bate, haciendo cold cream.

-¿Estará ya bastante, hijas? -les preguntaba a cada momento.

-Más batido, mamá, mucho más.

-Es que se cansa el brazo, queridas.

-Pero mamá, ya lo ves... ¡es preciso!

Y la madre volvía a su trabajo. Otras veces dejaba el cold cream para ir a cernir harina de arroz, después dejaba el arroz para ir a revolver el almidón cocido, y de este modo andaba la buena señora como la rueda de un molino; pero andaba contenta, pues en un exceso de amor maternal quería hacerlo todo, por que sus hijas no se estropeasen las manos, consintiéndolo las niñas como si fuese de justicia.

Por lo que toca a las del empleado en Hacienda, la escena variaba un poco aunque el tema era el mismo.

La madre y las hijas eran todas unas, en el vestir, en el discurrir y en el hablar. Reunidas en un elegante gabinete, conspiraban a la sazón, la una contra el que era apoyo de su debilidad y las otras contra el autor de sus días.

-Sería vergonzoso el que nos presentáramos con sombreros sin águila -decían las niñas-. ¿Qué diría el duque de la Gloria que irá mañana al Prado al vernos así? Que pertenecíamos a la última clase de la sociedad, que éramos hijas de un cualquiera.

-Cierto que lo diría; pero no temáis. Aun cuando hubiera de reñir para siempre con vuestro padre, llevaréis mañana al Prado sombrero con águila y por la noche adornos de encaje en los vestidos.

-¡Ay! Pero papá es incorregible y no quiere nunca comprender que para que se fije en una un joven de porvenir se necesita no tener que avergonzarse de pasar al lado de las condesas... que es preciso vestir como ellas para que no nos desdeñen.

-¡Desdeñaros...! ¡Ah, eso no lo soportaré jamás! Aguardad, voy a hablar con vuestro padre y todo se arreglará.

Las hijas suspiraron dolorosamente como si dudasen del buen éxito de la empresa, y pusieron oído atento a lo que hablaban los esposos en la habitación contigua.

-Aguarda siquiera a que me nombren director del ramo -decía él.

-¿Pero no reflexionas que el duque de la Gloria irá mañana al Prado?

-Y qué tiene que ver ese ente ilustrísimo y singular con nuestras hijas? ¿Entre la muchedumbre que habrá en el salón las distinguirá siquiera? ¡Qué tontas sois las madres!

El padre se reía al decir esto mientras ella exclamaba llena de rabia:

-Jamás te nombrarán director, ¡no!, ¡eres demasiado estúpido!

El marido se rió más todavía diciendo:

-Peor para ti en ese caso, querida.

-Sí; ya lo sé: ¡qué horror...! ¿En dónde tenía yo la cabeza cuando me casé contigo?

-Sobre ese blanco y redondo cuello, Andrea mía, en el mismo sitio en donde la tienes ahora. ¡Ay, ojalá no fuera así!

-No aumentes mi desesperación con tus chanzas, porque ya me siento mala. ¡Esto asesina!

-Pero mujer, no me vengas atormentando en vano. Te he dicho que para lo que deseas no nos llegaría el sueldo de un mes.

-Te quedan aún los negocios.

-¡Qué negocios! Mi casa es un abismo en el cual se hubiera consumido todo el producto de los negocios de España, que es cuanto hay que decir.

-Siempre echándole a uno en cara la miseria que gasta... ¡qué desgraciada soy!, pero no retrocedo. Es preciso, absolutamente preciso, que mis hijas vistan mucho mejor que las del médico y que no desmerezcan en nada a las del coronel. Es preciso que lleven mañana al Prado sombreros con águila y vestidos que correspondan a nuestra categoría.

-Si no tengo más que cien duros para pasar el mes, ¿quieres emplearlos en encajes?

-Vaya; está visto que serás siempre el mismo. Un hombre a quien poco le falta para que cuente los maravedís que ha de gastar al día como los contaba el tacaño de Alforjón. ¡No sé cómo no te avergüenzas al leer las descripciones de los bailes de la condesa Pampa! Tus hijas parecerían fregonas al lado de aquellas orgullosas mujeres.

-Ya lo creo, ¡como que mis hijas no son condesas...!

-¿Valen menos por eso? ¿Si querrás decirlo también? Pues sabe que, aun cuando me arruine, he de probarle a esas señoras que valgo tanto como ellas.

-No lo conseguirás. Te mirarán siempre mucho peor de lo que tú miras a las hijas de los médicos y los abogadillos, como sueles llamarlas.

-¿Qué es lo que vociferas? ¡Jesús, qué hombre! Déjame... déjame por piedad, no parece sino que te complaces en atormentarme.

Y la mamá se puso a llorar mientras su esposo se dispuso a dejarla sola; y entonces en el colmo de la desesperación la buena señora volvió a gritar:

-¿Conque es decir que no se comprará eso?

-Ya lo ves, añadió el marido con calma; ¡no puede ser!

Salió entonces de la sala, y su esposa se arañó la cabeza para desahogar el dolor que sentía. Mas reponiéndose pronto, sacó una llave del bolsillo y abriendo una cómoda desenterró del fondo de una cajita un antiguo, pero magnífico aderezo, recuerdo de su difunta madre, y lo llevó ligera al Monte de Piedad.

Sus hijas adornaban dos horas después los vestidos de baile con los deseados encajes y se probaban los sombreros con águila, hallándose con ellos muy hermosas.

¡A costa de vergüenzas y sacrificios tales va soportando la clase media el aparente fausto que la desdora y la pone en su último trance!...

Las dos hijas del coronel, infatuadas con la amistad que sostenía su padre con el conde de A*** y creyendo pisar ya regios salones, apenas se dignaban cuidarse demasiado de los trajes con que debían asistir a la tertulia del médico. De día y de noche soñaban con títulos y honores y repetían sin cesar que pertenecían a la clase de la sociedad más noble entre todas, la de las armas. ¿Qué no eran hoy los militares? ¿Qué no lo fueron en los antiguos tiempos? ¿Podía ninguno decirles yo soy más?

-Mamá -murmuraban aquella tarde-, ¿cuándo piensa papá presentarnos en casa del conde? Si supieras qué aburridas estamos de la empalagosa sociedad de las de Hacienda, que creen, ¡infelices!, valerlo todo cuando se hallan a merced de los gobiernos que pueden darles o quitarles los medios de vivir... Además, ¿no es ya vergonzoso que estemos reducidas a frecuentar la sociedad de un médico y de un abogadillo?

-Lo comprendo, hijas mías, pero no se puede romper de pronto con antiguas relaciones: al fin, en su casa pasábamos alegremente las noches cuando vuestro padre era teniente y no recibía yo más que sonrojos de las capitanas y comandantas. Poquito a poco las iremos dejando cuando vuestro padre sea teniente coronel efectivo.

-¿Qué falta ya para eso?

-Que lo sea.

-¡Válgate Dios...! Pero, mamá, es un tormento sufrir a esas médicas que tienen la medicina por la más honorífica y útil de las ciencias mientras se atreven a decir insolentemente, porque se lo han oído a cierto abuelo suyo, que el arte de matar, así llaman a la carrera del ejército, debiera ser tenida por la más ínfima de todas.

-¡Necias que son! La ignorancia... ¡ya se ve!

-Pues las del abogado tampoco cesan de encarecer, cual si quisiesen contradecirnos con ello, que no existe nada igual a la carrera de jurisprudencia. ¿Qué fuera del mundo, dice la madre con aplomo, si no hubiera quien hiciese justicia a los hombres? Se despedazarían unos a otros como las fieras. Pero les respondo, confundiéndolas, que si no hubiese ejército casi no podría haber mundo; porque, ¿quién había de defender los territorios y las haciendas y las naciones?

-Muy bien dicho, hija mía, perfectamente dicho, Dios te conserve la inteligencia que te ha dado. Y tú, Margarita, debías aprender de tu hermana a salir en defensa de los militares.

-¿Para qué, mamá, una vez que tienen ellos espadas...? Pero ¡cuánto deseo que llegue el día de mañana! Será una delicia recorrer el Prado, casi todas vestidas de azul... ¡qué bello efecto! La modista ha dicho que las damas de palacio y toda la aristocracia vestirá mañana de ese color y llevará sombreros con águila. Es una especie de obsequio indirecto que el pueblo de Madrid quiere rendir a ese personaje a quien tanto admira. Muchos elegantes calzarán también altas botas de color azul, aun cuando ningunas podrán imitar la sin igual belleza de las del duque.

Sintióse en aquel momento ruido de pasos por la escalera, y exclamó una de ellas:

-Es papá... le conozco en la manera de pisar, alguna noticia nos trae.

-¿Le habrán dado ya la efectividad? -repuso la madre levantándose para salirle al encuentro con sus hijas.

Y en efecto era el teniente coronel, que entró agitado diciendo:

-Venid... venid, si queréis verle, dicen que acaba de entrar en el Retiro... un coche nos espera.

Mas cuando llegaron al Retiro, que se hallaba lleno de gente, de sol y de pajarillos que cantaban deliciosamente entre los árboles, ya no estaba el duque.


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