El capitán Veneno - 1

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Parte Primera: Heridas en el cuerpo
de Pedro Antonio de Alarcón



I - UN POCO DE HISTORIA POLÍTICA


La tarde del 26 de marzo de 1848 hubo tiros y cuchilladas en Madrid entre un puñado de paisanos que, al expirar, lanzaban el hasta entonces extranjero grito de ¡Viva la República!, y el Ejército de la Monarquía española (traído o creado por Ataúlfo, reconstituido por don Pelayo y reformado por Trastamara), de que a la sazón era jefe visible, en nombre de doña Isabel II, el Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de la Guerra, don Ramón María Narváez.

Y basta con esto de historia y de política, y pasemos a hablar de cosas menos sabidas y más amenas, a que dieron origen y coyuntura aquellos lamentables acontecimientos.


II - NUESTRA HEROÍNA


En el piso bajo de la izquierda de una humilde pero graciosa y limpia casa de la calle de Preciados, calle muy estrecha y retorcida en aquel entonces y teatro de la refriega en tal momento, vivían solas, esto es, sin la compañía de hombre alguno, tres buenas y piadosas mujeres, que mucho se diferenciaban entre sí en cuanto al ser físico y estado social, puesto que éranse que se eran una señora mayor, viuda, guipuzcoana, de aspecto grave y distinguido; una hija suya, joven soltera, natural de Madrid y bastante guapa, aunque de tipo diferente al de la madre (lo cual daba a entender que había salido en todo a su padre), y una doméstica, imposible de filiar o describir, sin edad, figura ni casi sexo determinables, bautizada hasta cierto punto en Mondoñedo, y a la cual ya hemos hecho demasiado favor (como también se lo hizo aquel señor Cura) con reconocer que pertenecía a la especie humana...

La mencionada joven parecía el símbolo, o representación viva con faldas, del sentido común, tal equilibrio había entre su hermosura y su naturalidad, entre su elegancia y su sencillez, entre su gracia y su modestia. Facilísimo era que pasase inadvertida por la vía pública, sin alborotar a los galanteadores de oficio; pero imposible que nadie dejara de admirarla y de prendarse de sus múltiples encantos, luego que fijase en ella la atención. No era, no (o, por mejor decir, no quería ser), una de esas beldades llamativas, aparatosas, fulminantes, que atraen todas las miradas, no bien se presentan en un salón, teatro, o paseo, y que comprometen o anulan al pobrete que las acompaña, sea novio, sea marido, sea padre, sea el mismísimo Preste Juan de las Indias... Era un conjunto sabio y armónico de perfecciones físicas y morales, cuya prodigiosa regularidad no entusiasmaban al pronto, como no entusiasman la paz ni el orden, como acontece con los monumentos bien proporcionados, donde nada nos choca ni maravilla hasta que formamos juicio de que, si todo resulta llano, fácil y natural, consiste en que todo es igualmente bello. Dijérase que aquella diosa honrada de la clase media había estudiado su modo de vestirse, de peinarse, de mirar, de moverse, de conllevar, en fin, los tesoros de su espléndida juventud en tal forma y manera, que no se la creyese pagada de sí misma, ni presuntuosa, ni incitante, sino muy diferente de las deidades por casar que hacen feria de sus hechizos y van por esas calles de Dios diciendo a todo el mundo: Esta casa se vende... o se alquila.

Pero no nos detengamos en floreos ni dibujos, que es mucho lo que tenemos que referir, y poquísimo el tiempo de que disponemos.


III - NUESTRO HÉROE


Los republicanos disparaban contra la tropa desde la esquina de la calle de Peregrinos y la tropa disparaba contra los republicanos desde la Puerta del Sol, de modo y forma que las balas de una y otra procedencia pasaban por delante de las ventanas del referido piso bajo, si ya no era que iban a dar en los hierros de sus rejas, haciéndoles vibrar con estridentes ruidos e hiriendo de rechazo persianas, maderas y cristales.

Igualmente profundo, aunque vario en su naturaleza y expresión, era el terror que sentían la madre... y la criada.

Temía la noble viuda, primero por su hija, después por el resto del género humano, y en último término por sí propia; y temía la gallega, ante todo, por su querido pellejo: en segundo lugar, por su estómago y por el de sus amas, pues la tinaja del agua estaba casi vacía, y el panadero no había aparecido con el pan de la tarde, y, en tercer lugar, un poquitillo por los soldados o paisanos hijos de Galicia que pudieran morir o perder algo en la contienda. Y no hablamos del terror de la hija, porque, ya lo neutralizase la curiosidad, ya no tuviese acceso en su alma, más varonil que femenina, era el caso que la gentil doncella, desoyendo consejos y órdenes de la madre y lamentos o aullidos de la criada, ambas escondidas en los aposentos interiores, se escurría de vez en cuando a las habitaciones que daban a la calle, y hasta abría las maderas de alguna reja, para formar exacto juicio del ser y estado de la lucha.

En una de esas asomadas, peligrosas por todo extremo, vio que las tropas habían ya avanzado hasta la puerta de aquella casa, mientras que los sediciosos retrocedían hacia la plaza de Santo Domingo, no sin continuar haciendo fuego por escalones, con admirable serenidad y bravura. Y vio asimismo que a la cabeza de los soldados, y aun de los oficiales y jefes, se distinguía por su enérgica y denodada actitud y por las ardorosas frases con que los arengaba a todos, un hombre como de cuarenta años, de porte fino y elegante, y delicada y bella, aunque dura, fisonomía; delgado y fuerte como un manojo de nervios, más bien alto que bajo, y vestido medio de paisano, medio de militar. Queremos decir que llevaba gorra de cuartel con los tres galoncillos de la insignia de capitán; levita y pantalón civiles, de paño negro; sable de oficial de infantería, canana y escopeta de cazador... no del ejército, sino de conejos y perdices.

Mirando y admirando estaba precisamente la madrileña a tan singular personaje, cuando los republicanos hicieron una descarga sobre él, por considerarlo sin duda más terrible que todos los otros, o suponerlo General, Ministro, o cosa así, y el pobre capitán, o lo que fuera, cayó al suelo, como herido de un rayo y con la faz bañada en sangre; en tanto que los revoltosos huían alegremente, muy satisfechos de su hazaña, y que los soldados echaban a correr detrás de ellos, anhelando vengar al infortunado caudillo.

Quedó, pues, la calle sola y muda, y en medio de ella, tendido y desangrándose, aquel buen caballero, que acaso no había expirado todavía, y a quien manos solícitas y piadosas pudieran tal vez librar de la muerte... La joven no vaciló un punto: corrió adonde estaban su madre y la doméstica; explicóles el caso; díjoles que en la calle de Preciados no había ya tiros; tuvo que batallar, no tanto con los prudentísimos reparos de la generosa guipuzcoana como con el miedo puramente animal de la informe gallega, y a los pocos minutos las tres mujeres transportaban en peso a su honesta casa, y colocaban en la alcoba de honor de la salita principal, sobre la lujosa cama de la viuda, el insensible cuerpo de aquel que, si no fue el verdadero protagonista de la jornada del 26 de marzo, va a serlo de nuestra particular historia.


IV - EL PELLEJO PROPIO Y EL AJENO


Poco tardaron en conocer las caritativas hembras que el gallardo capitán no estaba muerto, sino meramente privado de conocimiento y sentidos, por resultas de un balazo que le había dado de refilón en la frente, sin profundizar casi nada en ella. Conocieron también que tenía atravesada y acaso fracturada la pierna derecha, y que no debía descuidarse ni por un momento aquella herida, de la cual fluía mucha sangre. Conocieron, en fin, que lo único verdaderamente útil y eficaz que podían hacer por el desventurado, era llamar en seguida a un facultativo...

-Mamá -dijo la valerosa joven-. A dos pasos de aquí, en la acera de enfrente, vive el doctor Sánchez... ¡Que Rosa vaya, y le haga venir! Todo es asunto de un momento, y sin que en ello se corra ningún peligro...

En esto sonó un tiro muy próximo, al que siguieron cuatro o seis, disparados a un tiempo a mayor distancia. Después volvió a reinar profundo silencio.

-¡Yo no voy! -gruñó la criada-. Esos que oyéronse ahora fueron también tiros, y las señoras no querrán que me fusilen al cruzar la calle.

-¡Tonta! ¡En la calle no ocurre nada! -replicó la joven, quien acababa de asomarse a una de las rejas.

-¡Quítate de ahí, Angustias! -gritó la madre, reparando en ello.

-El tiro que sonó primero -prosiguió diciendo la llamada Angustias-, y a que han contestado las tropas de la Puerta del Sol, debió de dispararlo desde la buhardílla del número 19 un hombre muy feo, a quien estoy viendo volver a cargar el trabuco... Las balas, por consiguiente, pasan ahora muy altas, y no hay peligro alguno en atravesar nuestra calle. ¡En cambio, fuera la mayor de las infamias que dejásemos morir a este desgraciado, por ahorrarnos una pequeña molestia!

-Yo iré a llamar al médico -dijo la madre, acabando de vendar a su modo la pierna rota del capitán.

-¡Eso no! -gritó la hija, entrando en la alcoba-. ¿Qué se diría de mí? ¡Iré yo, que soy más joven y ando más de prisa! ¡Bastante has padecido tú ya en este mundo con las dichosas guerras!

-Pues, sin embargo, tú no vas -replicó imperiosamente la madre.

-¡Ni yo tampoco! -añadió la criada.

-¡Mamá, déjame ir! ¡Te lo pido por la memoria de mi padre! ¡Yo no tengo alma para ver desangrarse a este valiente, cuando podemos salvarlo! ¡Mira, mira de qué poco le sirven tus vendas!... La sangre gotea ya por debajo de los colchones.

-¡Angustias! ¡Te he dicho que no vas!

-No iré, si no quieres; pero, madre mía, piensa en que mi pobre padre, tu noble y valeroso marido, no habría muerto, como murió, desangrado, en medio de un bosque, la noche de una acción, si alguna mano misericordiosa hubiese restañado la sangre de sus heridas.

-¡Angustias!

-Mama... ¡Déjame! ¡Yo soy tan aragonesa como mi padre, aunque he nacido en este pícaro Madrid! Además, no creo que a las mujeres se nos haya otorgado ninguna bula, dispensándonos de tener tanta verguenza y tanto valor como los hombres.

Así dijo aquella buena moza; y no se había repuesto su madre del asombro, acompañado de sumisión moral o involuntario aplauso, que le produjo tan soberano arranque, cuando Angustias estaba ya cruzando impávidamente la calle de Preciados.


V - TRABUCAZO


-¡Mire usted, señora! ¡Mire qué hermosa va! -exclamó la gallega, batiendo palmas y contemplando desde la reja a nuestra heroína.

Pero ¡ay! en aquel mismo instante sonó un tiro muy próximo; y como la pobre viuda, que también se había acercado a la ventana, viera a su hija detenerse y tentarse la ropa, lanzó un grito desgarrador, y cayó de rodillas, casi privada de sentido.

-¡No diéronle!- ¡No diéronle! -gritaba en tanto la sirvienta-. ¡Ya entra en la casa de enfrente! Repórtese la señora...

Pero ésta no la oía. Pálida como una difunta, luchaba con su abatimiento hasta que, hallando fuerzas en el propio dolor, alzóse medio loca y corrió a la calle... en medio de la cual se encontró con la impertérrita Angustias, que ya regresaba, seguida del médico.

Con verdadero delirio se abrazaron y besaron madre e hija, precisamente sobre el arroyo de sangre vertida por el capitán, y entraron al fin en la casa, sin que en aquellos primeros momentos se enterase nadie de que las faldas de la joven estaban agujereadas por el alevoso trabucazo que le disparó el hombre de la buhardilla al verla atravesar la calle...

La gallega fue quien, no sólo reparó en ello, sino que tuvo la crueldad de pregonarlo.

-¡Diéronle! ¡Diéronle! -exclamó con su gramática de Mondoñedo-. ¡Bien hice yo en no salir! ¡Buenos forados habrían abierto las balas en mis tres refajos!

Imaginémonos un punto el renovado terror de la pobre madre, hasta que Angustias la convenció de que estaba ilesa. Básteos saber que, según iremos viendo, la infeliz guipuzcoana no había de gozar hora de salud desde aquel espantoso día... Y acudamos ahora al mal parado capitán, a ver qué juicio forma de sus heridas el diligente y experto doctor Sánchez.


VI - DIAGNÓSTICO Y PRONÓSTICO


Envidiable reputación tenía aquel facultativo, y justificólo de nuevo en la rápida y feliz primera cura que hizo a nuestro héroe, restañando la sangre de sus heridas con medicinas caseras, y reduciéndole y entablillándole la fractura de la pierna sin más auxiliares que las tres mujeres. Pero como expositor de su ciencia no se lució tanto, pues el buen hombre adolecía del vicio oratorio de Pero Grullo.

Desde luego respondió de que el capitán no moriría, "dado que saliese antes de veinticuatro horas de aquel profundo amodorramiento" indicio de una grave conmoción cerebral, causada por la lesión que en la frente le había producido un proyectil oblicuo "disparado con arma de fuego, sin quebrantarle, aunque sí confundiéndole, el hueso frontal", "precisamente en el sitio en que tenía la herida, a consecuencia de nuestras desgraciadas discordias civiles y de haberse mezclado aquel hombre en ellas"; añadiendo en seguida, por vía de glosa, que si la susodicha conmoción cerebral no cesaba dentro del plazo marcado, el capitán moriría sin remedio, "en señal de haber sido demasiado fuerte el golpe del proyectil"; y que, respecto a si cesaría la tal conmoción antes de las veinticuatro horas, "se reservaba su pronóstico hasta la tarde siguiente".

Dichas estas verdades de a folio, recomendó muchísimo y hasta con pesadez (sin duda por conocer bien a las hijas de Eva), que cuando el herido recobrase el conocimiento, no le permitieran hablar, ni le hablaran ellas de cosa alguna, por urgente que les pareciese entrar en conversación con él; dejó instrucciones verbales y recetas escritas para todos los casos y accidentes que pudieran sobrevenir; quedó en volver al otro día, aunque también hubiese tiros, a fuer de hombre tan cabal como buen médico y como inocente orador, y se marchó a su casa, por si le llamaban para otro apuro semejante, no, empero, sin aconsejar a la conturbada viuda que se acostara temprano, pues no tenía el pulso en caja, y era muy posible que le entrase una poca de fiebre al llegar la noche (que ya había llegado).


VII - EXPECTACIÓN


Serían las tres de la madrugada; y la noble señora, aunque, en efecto, se sentía muy mal, continuaba a la cabecera de su enfermo huésped, desatendiendo los ruegos de la infatigable Angustias, quien, no sólo velaba también, sino que todavia no se había sentado en toda la noche.

Erguida y quieta como una estatua, permanecía la joven al pie del ensangrentado lecho con los ojos fijos en el rostro blanco y afilado, semejante al de un Cristo de marfil, de aquel valeroso guerrero a quien tanto admiró por la tarde, y de esta manera esperaba con visible zozobra a que el sin ventura despertara de aquel profundo letargo, que podía terminar en la muerte.

La dichosísima gallega era quien roncaba, si había que roncar, en la mejor butaca de la sala, con la vacía frente clavada en las rodillas, por no haber caído en la cuenta de que aquella butaca tenía un respaldar muy a propósito para reclinar el occipucio.

Varias observaciones o conjeturas habían cruzado la madre y la hija, durante aquella larga velada, acerca de cuál podría ser la calidad originaria del capitán, cuál su carácter, cuáles sus ideas y sentimientos. Con la nimiedad de atención que no pierden las mujeres ni aun en las más terribles y solemnes circunstancias, habían reparado en la finura de la camisa, en la riqueza del reloj, en la pulcritud de su persona y en las coronitas de Marqués de los calcetines del paciente. Tampoco dejaron de fijarse en una muy vieja medalla de oro que llevaba al cuello bajo sus vestiduras, y en que aquella medalla representaba a la Virgen del Pilar de Zaragoza; de todo lo cual se alegraron sobremanera sacando en limpio que el capitán era persona de clase y buena y cristiana educación. Lo que naturalmente respetaron fue el interior de sus bolsillos, donde tal vez había cartas o tarjetas que declarasen su nombre y las señas de su casa; declaraciones que esperaban en Dios podría hacerles él mismo, cuando recobrase el conocimiento y la palabra, en señal de que le quedaban días para vivir.

Mientras tanto, y aunque la refriega política había concluido por entonces quedando victoriosa la Monarquía, oíase de tiempo en tiempo, ora algún tiro remoto y sin contestación, como solitaria protesta de tal o cual republicano convertido por la metralla, ora el sonoro trotar de las patrullas de caballería que rondaban, asegurando el orden público; rumores ambos lúgubres y fatídicos, muy tristes de escuchar desde la cabecera de un militar herido y casi muerto.


VIII - INCONVENIENTES DE LA GUÍA DE FORASTEROS


Así las cosas, y a poco de sonar las tres y media en el reloj del Buen Suceso, el capitán abrió súbitamente los ojos; paseó una hosca mirada por la habitación; fijóla sucesivamente en Angustias y en su madre, con cierta especie de temor pueril, y balbuceó desapaciblemente:

-¿Donde diablos estoy?

La joven se llevó un dedo a los labios recomendándole que guardara silencio; pero a la viuda le había sentado muy mal la segunda palabra de aquella interrogación, y apresuróse a responder:

-Está usted en un lugar honesto o sea en la casa de la Generala Barbastro, Condesa de Santurce, servidora usted.

-¡Mujeres! ¡Qué diantre!... -tartamudeó el Capitán, entornando los ojos, como si volviese a su letargo.

Pero muy luego se notó que ya respiraba con la libertad y fuerza del que duerme tranquilo.

-¡Se ha salvado! -dijo Angustias muy quedamente.

-Rezando estaba por su alma... -contestó la madre-. ¡Aunque ya ves que el primer saludo de nuestro enfermo nos ha dejado mucho que desear!

-Me sé de memoria -profirió con lentitud el Capitán, sin abrir los ojos-, el Escalafón del Estado Mayor General del Ejército Español, inserto en la Guía de Forasteros y en él no figura, ni ha figurado en este siglo, ningun General Barbastro.

-¡Le diré a usted!... -exclamó vivamente la viuda-. Mi difunto marido...

-No le contestes ahora, mamá... -interrumpió la joven, sonriéndose. Está delirando, y hay que tener cuidado con su pobre cabeza. ¡Recuerda los encargos del doctor Sánchez!

El Capitán abrió sus hermosos ojos; miró a Angustias muy fríamente, y volvió a cerrarlos, diciendo con mayor lentitud:

-¡Yo no deliro nunca, señorita! ¡Lo que pasa es que digo siempre la verdad a todo el mundo, caiga el que caiga!

Y dicho esto, sílaba por sílaba, suspiró profundamente, como muy fatigado de haber hablado tanto, y comenzó a roncar de un modo sordo, cual si agonizase.

-¿Duerme usted, Capitán? -le preguntó muy alarmada la viuda.

El herido no respondió.


IX - MÁS INCONVENIENTES DE LA GUÍA DE FORASTEROS


-Dejémosle que repose... -dijo Angustias en voz baja, sentándose al lado de su madre-. Y supuesto que ahora no puede oírnos, permíteme, mamá, que te advierta una cosa... Creo que no has hecho bien en contarle que eres Condesa y Generala...

-¿Por qué?

-Porque... bien lo sabes, no tenemos recursos suficientes para cuidar y atender a una persona como ésta, del modo que lo harían Condesas y Generalas de verdad.

-¿Qué quiere decir de verdad? -exclamó vivamente la guipuzcoana-. ¿También tú vas a poner en duda mi categoría? ¡Yo soy tan Condesa como la del Montijo y tan Generala como la del Espartero!

-Tienes razón; pero hasta que el Gobierno resuelva en este sentido el expediente de tu viudedad, seguiremos siendo muy pobres...

-¡No tan pobres! Todavía me quedan mil reales de los pendientes de esmeraldas, y tengo una gargantilla de perlas con broches de brillantes, regalo de mi abuelo, que vale más de quinientos duros, con los cuales nos sobra para vivir hasta que se resuelva mi expediente, que será antes de un mes y para cuidar a este hombre como Dios manda, aunque la rotura de la pierna le obligue a estar aquí dos o tres meses... Ya sabes que el Oficial del Consejo opina que me alcanzan los beneficios del artículo 10 del Convenio de Vergara; pues, aunque tu padre murió con anterioridad, consta que ya estaba de acuerdo con Maroto...

-Santurce... Santurce... ¡Tampoco figura este condado en la Guía de Forasteros! -murmuró borrosamente el Capitán, sin abrir los ojos.

Y luego, sacudiendo de pronto su letargo, y llegando hasta incorporarse en la cama, dijo con voz entera y vibrante, como si ya estuviese bueno:

-¡Seamos claros, señora! Yo necesito saber dónde estoy y quiénes son ustedes... ¡A mí no me gobierna ni me engaña nadie! ¡Diablo, y cómo me duele esta pierna!

-Señor Capitán, usted nos insulta -exclamó la Generala destempladamente.

-¡Vaya, Capitán!... Estése usted quieto y calle... -dijo al mismo tiempo Angustias con suavidad, aunque con enojo-. Su vida correrá mucho peligro, si no guarda usted silencio o si no permanece inmóvil. Tiene usted rota la pierna derecha y una herida en la frente, que le ha privado a usted de sentido durante más de diez horas...

-¡Es verdad! -exclamó el raro personaje, llevándose las manos a la cabeza y tentando las vendas que le había puesto el médico-. ¡Estos pícaros me han herido! Pero, ¿quién ha sido el imprudente que me ha traído a una casa ajena, teniendo yo la mía, y habiendo hospitales militares y civiles? ¡A mi no me gusta incomodar a nadie, ni deber favores, que maldito si merezco y quiero merecer! Yo estaba en la calle de Preciados...

-Y en la calle de Preciados está usted, número 14, cuarto bajo... -interrumpió la guipuzcoana, desatendiéndose de las señas que le hacía su hija para que callase. ¡Nosotras no necesitamos que nos agradezca usted cosa alguna; pues no hemos hecho ni haremos más que lo que manda Dios y la caridad ordena! Por lo demás, está usted en una casa decente. Yo soy doña Teresa Carrillo de Albornoz y Azpeitia, viuda del General carlista don Luis Gonzaga de Barbastro, convenido en Vergara... ¿Entiende usted? Convenido en Vergara, aunque fuese de un modo virtual, retrospectivo e implícito, como en mis instancias se dice, el cual debió su título de Conde de Santurce a un real nombramiento de don Carlos V, que tiene que realizar doña Isabel II, al tenor del artículo 10 del Convenio de Vergara. ¡Yo no miento nunca, ni uso nombres supuestos, ni me propongo con usted otra cosa que cuidarlo y salvar su vida, ya que la Providencia me ha confiado este encargo!...

-Mamá, no le des cuerda... -observó Angustias-. Ya ves que, en lugar de aplacarse se dispone a contestarte con mayor ímpetu... ¡Y es que el pobre está malo... y tiene la cabeza débil! ¡Vamos, señor Capitán! Tranquilícese usted, y mire por su vida...

Tal dijo la noble doncella con su gravedad acostumbrada. Pero el Capitán no se amansó por ello, sino que la miró de hito en hito con mayor furia, como acosado jabalí a quien arremete nuevo y más temible adversario y exclamó valerosísimamente:


X - EL CAPITÁN SE DEFIENDE A SÍ PROPIO


-¡Señorita!... En primer lugar, yo no tengo la cabeza débil, ni la he tenido nunca, y prueba de ello es que no ha podido atravesármela una bala. En segundo lugar, siento muchísimo que me hable usted con tanta conmiseración y blandura; pues yo no entiendo de suavidades, zalamerías ni melindres. Perdone usted la rudeza de mis palabras, pero cada uno es como Dios lo ha criado y a mí no me gusta engañar a nadie. ¡No sé por qué ley de mi naturaleza prefiero que me peguen un tiro a que me traten con bondad! Advierto a ustedes, por consiguiente, que no me cuiden con tanto mimo; pues me harán reventar en esta cama en que me ha atado mi mala ventura... Yo no he nacido para recibir favores, ni para agradecerlos o pagarlos; por lo cual he procurado siempre no tratar con mujeres ni con niños, ni con santurrones, ni con ninguna otra gente pacífica y dulzona.

Yo soy un hombre atroz, a quien nadie ha podido aguantar, ni de muchacho, ni de joven, ni de viejo, que principio a ser. ¡A mí me llaman en todo Madrid el Capitán Veneno! Conque pueden ustedes acostarse y disponer, en cuanto sea de día, que me conduzcan en una camilla al Hospital general. He dicho.

-¡Jesús, qué hombre! -exclamó horrorizada doña Teresa.

-¡Así debían ser todos! -respondió el Capitán-. ¡Mejor andaría el mundo, o ya habría parado hace mucho tiempo!

Angustias volvió a sonreírse.

-No se sonría usted, señorita; ¡que eso es burlarse de un pobre enfermo, incapacitado de huir para librarla a usted de su presencia! -continuó diciendo el herido con algún asomo de melancolía-. ¡Harto sé que les pareceré a ustedes muy malcriado; pero crean que no lo siento mucho! ¡Sentiría por el contrario que me estimasen ustedes digno de aprecio y que luego me acusasen de haberlas tenido en un error! ¡Oh! Si yo cogiera al infame que me ha traído a esta casa, nada más que a fastidiar a ustedes y a deshonrarme...

-Trajímosle en peso yo y la señora y la señorita... -pronunció la gallega, a quien habían despertado y atraído las voces de aquel energúmeno-. El señor estaba desangrándose a la puerta de casa, y entonces la señorita se ha condolido de él. Yo también me condolí algo. Y como también se había condolido la señora, cargamos entre las tres con el señor, que ¡vaya si pesa, tan cenceño como parece!

El Capitán había vuelto a amostazarse al ver en escena a otra mujer; pero la relación de la gallega le impresionó tanto, que no pudo menos que exclamar:

-¡Lástima que no hayan ustedes hecho esta buena obra por un hombre mejor que yo! ¿Qué necesidad tenían de conocer al empecatado Capitán Veneno?

Doña Teresa miró a su hija, como para significarle que aquel hombre era mucho menos malo y feroz de lo que él creía, y se halló con que Angustias seguía sonriéndose con exquisita gracia en señal de que opinaba lo mismo.

Entretanto, la elegíaca gallega decía lastimosarnente:

-¡Pues más lástima le daría al señor si supiese que la señorita fue en persona a llamar al médico para que curase esos dos balazos; y que, cuando la pobre iba por mitad del arroyo, tiráronle un tiro... mire usted... le han agujereado la basquiña!

-Yo no se lo hubiera contado a usted, nunca, señor Capitán, por miedo de irritarlo -expuso la joven entre modesta y burlona, o sea bajando los ojos y sonriendo con mayor gracia que antes-. Pero, como esta Rosa se lo habla todo, no puedo menos de suplicar a usted me perdone el susto que causé a mi querida madre, y que todavía tiene a la pobre con calentura.

El Capitán estaba espantado, con la boca abierta, mirando alternativamente a Angustias, a doña Teresa y a la criada; y, cuando la joven dejó de hablar, cerró los ojos, dio una especie de rugido y exclamó, levantando al cielo los puños:

-¡Ah, crueles! ¡Cómo siento el puñal en la herida! ¡Conque las tres os habéis propuesto que sea vuestro esclavo o vuestro hazmerreír! ¡Conque tenéis empeño en hacerme llorar o decir ternezas! ¡Conque estoy perdido, si no logro escaparme! ¡Pues me escaparé! ¡No faltaba más sino que, al cabo de mis años, viniera yo a ser juguete de la tiranía de tres mujeres de bien! ¡Señora! -prosiguió con más énfasis, dirigiéndose a la viuda-. ¡Si ahora mismo no se acuesta usted, y no toma, después de acostada, una taza de tilo con flor de azahar, me arranco todos estos vendajes y trapajos y me muero en cinco minutos, aunque Dios no quiera! En cuanto a usted, señorita Angustias, hágame el favar de llamar al sereno y decirle que vaya en casa del Marqués de los Tomillares, Carrera de San Francisco, número... y le participe que su primo don Jorge de Córdoba le espera en esta casa gravemente herido. En seguida se acostará usted también, dejándome en poder de esta insoportable gallega, que me dará de vez en cuando agua con azúcar, único socorro que necesitaré hasta que venga mi primo Alvaro. Conque lo dicho, señora Condesa: principie usted por acostarse.

La madre y la hija se guiñaron, y la primera respondió apaciblemente:

-Voy a dar a usted ejemplo de obediencia y de juicio. Buenas noches, señor Capitán; hasta mañana.

-También yo quiero ser obediente... -añadió Angustias, después de apuntar el verdadero nombre del Capitán Veneno y las señas de la casa de su primo-. Pero como tengo mucho sueño, me permitirá usted que deje para mañana el enviar ese atento recado al señor Marqués de los Tomillares. Buenos días, señor don Jorge; hasta luego. ¡Cuidadito con moverse!

-¡Yo no me quedo sola con este señor! -gritó la gallega-. ¡Su genio de demonio póneme el cabello de punta, y háceme temblar como una cervata!

-Descuida, hermosa... -respondió el Capitán -que contigo seré más dulce y amable que con tu señorita.

Doña Teresa y Angustias no pudieron menos de soltar la carcajada al oír esta primera salida de buen humor de su inaguantable huésped.

Y véase por qué arte y modo, escenas tan lúgubres y trágicas como las de aquella tarde y aquella noche, vinieron a tener por remate y coronamiento un poco de júbilo y alegría. ¡Tan cierto resulta que en este mundo todo es fugaz y transitorio, así la felicidad como el dolor, o por mejor decir, que de tejas abajo no hay bien ni mal que cien años dure!