El ombú (Fábulas argentinas)

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Fábulas argentinas
El ombú
 de Godofredo Daireaux


Erguido en la planicie, orgullosamente asentado en sus enormes raíces, el ombú extendía en la soledad sus opulentas ramas.

En busca de un paraje en donde edificar su choza, llegó allí un colono con su familia.

¡Qué árbol hermoso! -exclamó uno de los hijos-; quedémonos aquí, padre mío.

Seducido por el aspecto del árbol gigante, consintió el padre. De una raíz iba a atar con soga larga, para que comiera, el caballo del carrito en el cual venía la familia, cuando vio que allí no crecía el pasto y tuvo que retirar el animal algo lejos del árbol.

Mientras tanto, el hijo mayor, a pedido de la madre, cortaba unas ramas para prender el fuego y preparar el almuerzo. Pero pronto vieron que con esa leña, sólo se podía hacer humo.

Uno de los muchachos, entonces, para calmar el hambre, se trepó en las ramas altas y quiso comer la fruta del árbol. Se dio cuenta de que aquello no era fruta, ni cosa parecida.

-¡Hermoso árbol! -dijo entonces el padre- para los pintores y poetas. Pero no produce fruta, su leña no sirve, y su sombra no dejaría florecer nuestro humilde jardín.

Orgulloso, inútil y egoísta; más bien dejarlo solo. Vámonos a otra parte.