Herculano

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La ilustración española y americana (1870)
Herculano, parte I
 de Rosi

Nota: Se ha conservado la ortografía original.

HERCULANO.
I


«España debia empeñarse en
conquistar á Portugal, solo para
tenerle por ciudadano.»
            MACAULAY.

Los periódicos de Madrid publicaban poco tiempo hace un telegrama de Lisboa que decia de este modo: «El eminente historiador Ibseniuno ha comido hoy con el ministro de España;» y más adelante insertaban esta rectificacion: «En el despacho de Lisboa de anoche, léase Herculano en lugar de Hesenluno

Era imposible mayor, ni más triste y elocuente disparate.

Si mañana trajeran los hilos eléctricos un despacho en que, con cualquier motivo, se citara, por ejemplo, al distinguido historiador Tier, es seguro que desde el último telegrafista hasta el más novel gacetillero, escribirian de corrido Thiers ó Tierry; es decir, el nombre de uno de los historiadores europeos que tengan por componente las cuatro Iletras indicadas, porque no hay quien no esté familiarizado con ellos; pero tratándose de Portugal es muy diferente: todo el mundo se considera dispensado de conocer, ni siquiera de oidas, el nombre insigne del gran escritor Alejandro cias históricas que Laurent, el sábio pensador que ha publicado en Gante los Etudes sur l'histoire de l'humanité.

Hace ya más de veinte años que á primera hora de la nocheaparecia constantemente en el Gremio Litterario de Lisboa, espléndido centro de reunion que ofrece alguna semejanza á nuestro Ateneo, un hombre alto, delgado, de semblante grave y de espaciosa y bien proporcionada frente, que en dos horas devoraba toda la rica coleccion de periódicos y revistas alemanas, inglesas, francesas y españolas, de que abundantemente está provisto el Gremio.

A la hora fija aquel hombre abandonaba el gabinete de lectura, se dirigia á la plaza de Camoens, bajaba á la orilla del Tajo, y, siempre ápié con su paraguas en la mano, seguia á paso lento, marcado el compás de la reflexion, el laberinto de calles, callejuelas y calzadas, que al cabo de una legua conducen á la esplanada en que se halla colocado el palacio de la Ajuda.
Herculano 1870

Aquel hombre extraordinario que tan penosa y tan estravagante caminata emprendia, con bueno ó mal tiempo, por sitios solitarios y sin alumbrado en su mayor parte, hacia en aquella jornada la Historia de Portugal: durante el dia registraba las crónicas, examinaba los documentos, investigaba lo pasado: al ir á Lisboa meditaba sobre la lectura del dia; en el Gremio se ponia al corriente de los adelantos contemporáneos; á la vuelta hácia su estudio, auxiliado por la soledad y las tinieblas, que parecian servirle para evocar y pasar revista á los héroes y los sucesos históricos, para escuchar la voz de los unos y penetrar el secreto de los otros;á la mañana siguiente consignaba en el papel la composicion que habia formado en el paseo de la noche anterior, y continuaba su árdua tarea sin salir de ese método más que un dia por semana: el sábado.

Al O. de Lisboa, sobre una colina que domina á la ciudad, al Tajo y á la barra, se levanta, sobre la esplanada á que arriba hemos aludido, el magnífico, aunque solo comenzado palacio de Ajuda, opulenta residencia de los reyes de Portugal, que tiene por horizonte uno de los más deliciosos panoramas que pueden encontrarse en Europa.

A cincuenta metros de aquella inmensa masa de piedra Herculano, que no tiene hoy en Europa más rival en las cien1 hay una casita de dos pisos, que por muchos años ha servido de morada al rey de los historiadores de la raza latina en la edad moderna.

De aquella vivienda, jamás visitada por ningun viajero como curiosidad de Lisboa, ha salido por primera vez la historia crítica de la Península ibérica, limpia de las consejas de narradores fanáticos ó hipócritas y de las falsedades levantadas por cronistas á sueldo de la corona.

Allí se han retratado con la exactitud de la fotografía los hombres, los acontecimientos, las instituciones, pintando en miles de páginas, que alternativamente entusiasman ó indignan, cuadros maravillosos de la menguada vida porque, á través de tiempos deplorables, han pasado las generaciones de este infortunado pueblo peninsular, empleando al escribir un estilo rigido, pulido y penetrante como el acero, elevando el ánimo, con la magestad de una frase enteramente nueva, á la exaltacion de la verdad y desvaneciendo con el vigor de los razonamientos todo el ridículo artificio de viejas y absurdas tradiciones.

Nunca hubo vecinos ligados por amistad más cordial, que el que un tiempo (corto, por cierto, para desdicha de Portugal) fué dueño del palacio de la Ajuda y el que monó en la modesta casita contigua á él.

Como modelo fenomenal de amistad entre un rey y un escritor, se suelen citar las relaciones de Voltaire con Federico de Prusia, personajes que vivieron cierto tiempobajo un mismo techo, el uno en el primer piso y el otro en el segundo del palacio de Brescia; Federico empleando la mañana en ritmar y enviando á Voltaire las páginas, húmedas aun, para que las revisase; Voltaire felicitando á Federico por su talento y dirigiéndole en cambio notas diplomáticas sobre la politica europea; la amistad de los dos vecinos de la Ajuda en nada se pareció á aquella.

Herculano munca dijo de don Pedro V, como Voltaire de Federico, la lisonja de que le hubiera «enseñado á hacerversos mejores que los suyos:» don Pedro jamás se propuso, como el rey de Prusia de Voltaire, «esprimir la naranja del génio» de Herculano «y arrojar despues la cáscara, » niéste tuvo nunca que desquitarse de tan dura frase diciendo con alusion á los versos del rey: «Yo lavo la ropa sucia de S.M.»

Es que Herculano presenta muy pocas semejanzas de carácter con Voltaire, y don Pedro V, el fundador de la Escuela superior de letras y del Observatorio astronómico, el heróico defensor de su pueblo contra los estragos de la fiebre amarilla, en nada se parece al que funda toda su gloria en laguerra de Siete Años, en la campaña de Silesia, en las batallas de Soor y de Rosbac, y en la toma de Spandan, cuyo mérito efectivo consiste en haber sacrificado á las armas un número de personas equivalente al que don Pedro salvó con el ejemplo de la abnegacion y la caridad. Héroes como Federico ha habido muchos en el mundo, aunque ninguno tan grande como el cólera, el más grande de los Césares que han barrido la humanidad; héroes como don Pedro V son rarísimos en los anales de las testas coronadas.

La amistad de Federico y Voltaire, una de las páginas más dramáticas del sigio XVIII, es la lucha entre dos diplomáticos, mejor dicho, entre dos campeones que representaban las dos magestades próximas á agitar el mundo con su pelea: la espada y el pensamiento.

La amistad de don Pedro V y Herculano, es el emblema de la única alianza posible entre esas dos magestades desde mitad del siglo XIX: el primero es un principe modelo que, sinafectacionalguna de ello, estudia sériamente, piensa como un filósofo, asiste puntualmente todas las noches á confundirse con los alumnos de una cátedra de la Academia de Ciencias, separa de su exigua lista civil todo lo necesario para fundar costosos establecimientos de enseñanza, deja la corona en palacio para irá recibir lecciones, niega á Folque permiso para ofrecerle la corona de la ciencia, con una inscripcion en el fronton del Observatorio, no gusta de llevar más que una cruz «la que él se ha ganado, » la de la fe, bre amarilla, y despues de haber dado á Portugal un impulso extraordinario, cuando baja á la tumba lleva tras de sí cien mil personas de todas las clases, que con el llanto en los ojos y la amargura en el semblante, se afanan en buscar inútilmente algo que sirva de indicio de que aquela muerte no ha sido natural, para desahogar en ese algo, sea el que quiera, lo hondo de la desesperacion general.

Herculano es como más adelante veremos, la naturaleza peor cortada para ser cortesana, es el hombre que ha empleado su vida entera en estudiará los reyes y en seguir paso á paso los infortunios de los pueblos; no cabe preparacion más detestable para contraer amistad con un monarca; pero como aquel monarca se empeñaba en acercarse al historiador, cifrando su ambicion en merecer aprecio, y como el historiador tuviera al fin que reconocer que à aquel príncipe cuadraba la bella aunque mal aplicada frase pronunciada por Lafayette el año 30, desde el balcon del Hotel de Ville, el rey coronado quitó todas sus asperezas al rey de la historia, penetró en su corazon y vió satisfecho su orgullo de llegará ser él amigo predilecto de Herculano que, fiel á aquel cariño, lloró el dia que le llevó la muerte, se retiró á un valle solitario, y nunca acierta á decir palabra ni á tener los ojos enjutos cuando se nombra á don Pedro V.

Federico de Prusia era, pues, el déspota del siglo XVIII, que entre sus alardes de fuerza bruta, se entretenia en provocará Voltaire, á hablar de Platon. de inmortalidad, de libertad y otras cosas: Don Pedro de Portugal era el hijo del siglo XIX, amamantado en la ciencia que, inclinando ante el genio del pensador su cabeza coronada, pedia á Herculano luz, no para iluminar las intrigas miserables de la política menuda, sino para alumbrar su camino por la transformacion social del presente y los destinos de lo futuro.

Hemos dicho que el gran historiador interrumpia un dia de la semana el método de su vida y sus tareas. En su descanso del sábado reunia á su mesa diez ó doce jóvenes, de los que con más provecho cultivaban las letras; volvíase él mismo jóven, en medio de aquella sociedad y recobraba la jovialidad que se gasta y se borra en quien, como él, dedica su vida á ser severo é implacable en el juicio de los sucesos y de los hombres.

En aquella reunion de talentos escogidos, que acudian á oir la voz del maestro, habia libertad de discusion, nunca se reprimian los ímpetus de la generacion nueva, y cuando Herculano terciaba en la palestra, era para aconsejará los animosos, para animar y fortalecerá los tímidos, hallando descanso de las fatigas de la semana en nuevo y muy importante servicio á las letras, por medio de una enseñanza que no tenia aire de tal. Todo lo que hoy se distingue y brilla en la literatura portuguesa ha brotado de los sábados de la casa de Ajuda.

Allí, en un ángulo de la planta baja de la casita de que hemos hablado, hay una pieza de quince piés en cuadro, ahora solitaria, que ha sido el gabinete de trabajo del gran escritor y el teatro de bien interesantes escenas.

Todo se conserva en aquel aposento como en mejores tiempos; la estanteria de libros que cubre las paredes, la chimenea de hierro á cuyo amor conversaron en algun dia de frio dos amigos ardientes; la mesa de trabajo del escritor; el gran sillon enviado como regalo de Alemania, todo, menos el pensador, que huyó á esconderse "en un valle cuando el amigo abandonó este planeta.

En el próximo artículo acabaremos de conocer al gran historiador, es decir, de Herculano y del rey.
ROSI.