La Navidad en las montañas:Capítulo Ocho

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La Navidad en las montañas
Capítulo 8: El hermano cura de Ignacio Manuel Altamirano


Pero los chicos, luego que vieron al cura, vinieron a saludarlo alegremente, y luego corrieron al centro del pueblecillo gritando:

--¡El hermano cura! ¡el hermano cura!

--¡El hermano cura!--repetí yo con extrañeza;--¡qué raro! ¿Es así como llaman aquí a su párroco?

--No, señor,--me respondió el sacerdote,--antes le llamaban aquí, como en todas partes, el _señor cura_; pero a mí me desagrada esa fórmula, demasiado altisonante, y he rogado a todos que me llamen el _hermano cura_: esto me da mayor placer.

--Es Vd. completo. ¡Y yo que he venido llamando a Vd. el señor cura!

--Pues bien: está Vd. perdonado, con tal de que siga llamándome su amigo nada más.

Yo apreté la mano de aquel hombre honrado y humilde, y me aparté un poco para dejar a la gente, que había acudido a su encuentro, saludarlo a todo su sabor... Los ancianos le abrazaban (pues se había bajado del caballo) con ternura paternal, y él era quien los saludaba con veneración; los hombres le hablaban como a un hermano, y los chicos como a un maestro. En todos se notaba una afectuosa y sincera familiaridad.

Al llegar a su casita, que estaba, como es costumbre, junto a la pequeña iglesia parroquial, y en lo que podía llamarse plaza, el cura, enseñándome una bella casa grande, la más bella quizás del pueblo, me dijo:

--¡Ahí tiene Vd. nuestra escuela!

Y como yo me mostrara[1] un poco admirado de verla tan bonita y aseada, revelando luego que era el edificio predilecto de los vecinos, observé en éstos, al felicitarlos, un sentimiento de justísimo orgullo. El más viejo de los que estaban cerca, me dijo:

--Señor, es _él_ quien merece la enhorabuena; por _él_ la tenemos, y por _él_ saben leer nuestros hijos. Cuando nosotros la levantamos, aconsejados por él, y la concluimos, al verla tan nueva y tan linda, le propusimos que se fuera a vivir en ella, porque le debemos muchos beneficios, y que nos dejara el curato para la escuela, pero se enfadó con nosotros y nos preguntó si él valía acaso más que los niños del pueblo, y si necesitaba ocupar tantas piezas él solo. Nos avergonzamos y conocimos nuestro disparate. Es muy bueno el hermano cura, ¿no le parece a Vd.?

Yo fuí a abrazar al cura en silencio y más conmovido que nunca.

Entramos por fin en la casa del curato, que era pequeña y modesta, pero muy aseada y embellecida con un jardincillo, provista de una cuadra y de un corral. La gente se detuvo en la puerta. Adentro aguardaban al cura el alcalde con algunos ancianos y algunas mujeres de edad. El cura se quitó el sombrero delante del alcalde, dando así un ejemplo del constante respeto que debe tenerse a la autoridad, emanada del pueblo; saludó cariñosamente a las viejas vecinas, y entró conmigo y los hombres a su saloncito, que no era más grande que un cuarto común. Pero antes de entrar, una de las viejas, robusta y venerable vecina, que revelaba en su semblante bondadoso una gran pena, detuvo al cura, y le preguntó en voz baja:

--Hermano cura, ¿lo ha visto Vd. por fin? ¿Está más aliviado? ¿vendrá esta noche?

--¡Ah! sí, Gertrudis,--respondió el cura;--se me olvidaba ... lo ví, hablé con él, está triste, muy triste; pero vendrá, me lo ha prometido.

--Pues voy a avisárselo a Carmen para que se alegre,--replicó la anciana... ¡si viera Vd. como ha llorado, hermano cura, temiendo que no viniera! ¡Pobre muchacha!

--Que no tenga cuidado, Gertrudis, que no tenga cuidado.

--Aquí hay algo de amor, amigo mío,--me atreví a decir al cura.

--Sí,--me dijo éste con aire tranquilo:--ya lo sabrá Vd. esta noche: es una pequeña novela de aldea, un idilio inocente como una flor de la montaña; pero en el que se mezcla el sufrimiento que está atormentando dos corazones. Vd. me ayudará a llevar a buen término el desenlace de esa historia esta misma noche.

--¡Oh! con mucho gusto: nada podría halagar tanto mi corazón; también yo he amado y he sufrido,--dije acordándome súbitamente de lo que había olvidado durante tantas horas, merced a los recuerdos de Navidad y a la conversación del cura.--¡Yo también llevo en el alma un mundo de recuerdos y de penas! ¡Yo también he amado!--repetí.

--Es natural ... dijo también suspirando el cura, e inclinando con melancolía su frente pensadora, surcada por arrugas precoces.

Aquello me puso silencioso, y así tomé asiento junto a un buen fuego que ardía en la humilde chimenea del saloncito.