Las nubes (Cuéllar)

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LAS NUBES.[editar]


NUBES flotantes, húmedos vapores,
Viajeras incansables del espacio,
        Que vestís los colores
Del rubí, del zafír y del topacio!
Veros me place; el sol os ilumina
Y le tendeis magnífica cortina.

¡Las nubes! silenciosas mensajeras
De las azules cóncavas alturas,
        Que destendeis vistosas
En el éter flotantes colgaduras;
¡Oh! ¡cuánto goza el corazón si miro
Vuestro voluble é incesante giro!

Yo os amo, ¡oh nubes! porque acá en mi mente
Me revela una voz dulce y sonora
        En mi delirio ardiente
Lo que allá en vuestros senos se atesora:
Sí, yo comprendo, nubes vaporosas,
Vuestras gigantes cifras misteriosas.

Yo os amo; y cedo al celestial encanto
Que me inspirais, deidades de los vientos,
        Y alzo mi ardiente canto
Porque á vosotras lleguen mis acentos;
Y hallando así mi plácido recreo,
Siempre girar sobre mi frente os veo.

Y si en contornos frágiles, livianos,
Al blando soplo del ligero viento,
        Revelais los arcanos
De vuestra esencia, entonce el pensamiento
Se dilata en la bóveda del cielo,
Creciendo más mi infatigable anhelo.

Sí; porque miro en vuestras formas varias
De alcázares los muros derruidos,
        Las torres solitarias

O de monstruos alígeros unidos,
La fantástica tropa que pelea
Y del poeta el ánima recrea.

Mil perspectivas de óptica brillante
Semejais otras veces: de oro y grana
        El astro fulgurante
Con riquísima tinta os engalana,
Y allá sobre las cúspides del monte,
Lentas formais espléndido horizonte.

Cuando brillais ¡oh nubes! y la sombra
Va extendiéndose triste por el suelo,
        Sois la mullida alfombra
En que pasean los ángeles del cielo;
Que mientra el mundo en su letargo se hunde,
Lampo de oro por vosotras cunde.

Mas viene la tiniebla amenazante
Sus crespones tendidos por la esfera,
        Y ruge rebramante
El ábrego en su rápida carrera;
Se difunde el terror en la natura,
Y tiembla el universo de pavura.

Los pálidos relámpagos serpean
Con fosfórico brillo; del torrente
        Las rápidas ondean,
Truena la tempestad sobre mi frente;
Y allá hasta el centro de la negra nube
Mi pensamiento á deleitarse sube....

Á deleitarse, sí; que esos vapores
Que lleva el viento en revoltosos giros,
        Hablan á mis dolores
Y del bardo recogen los suspiros:
Esas nubes también, como mi alma,
Después del rayo gozarán la calma.

¿Por qué tiemblan cual míseros gusanos
Los hijos del placer y los amores,
        Los ricos cortesanos,
Al escuchar los vientos bramadores?
¿Por qué se entregan á letal desmayo
Cuando en el éter se desprende el rayo?

¿Y por qué os ocultais tras las cortinas
Y cerrais vuestras góticas ventanas,
        Cobardes mesalinas,
Más hechiceras cuanto más livianas?

¿Por qué sentís desgarrador quebranto
Transido el torpe corazón de espanto?

¡Ah! sí; temblad los que en infanda orgía
Los crímenes sedientos apuraron,
        Y con torpe ironía
Sacrílegos de todo blasfemaron:
¡Temblad, mientras al son del ronco trueno
Alza el poeta su cantar sereno!

Gózome, sí, con el sonoro canto
Que ajeno de las míseras pasiones
        Con júbilo levanto,
Oue al rebramar de fieros aquilones,
Resuenan en el cóncavo vacío,
La voz de mi Criador y el canto mío!