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Y ANTI-MAQUIAVELO.

Y hay pintores de habilidad tan singular que nunca han sabido pintar sino mónstruos y demonios. —Maquiavelo es un pintor de este jénero.

 Este escritor se empeña en representarnos al universo como un infierno, y a los hombres como criaturas infernales. No parece sinó que se complace en calumniar al jénero humano, en fuerza del odio que profesa a nuestra especie; y que se ha propuesto desterrar del mundo a la virtud, para hacer que los demas hombres se le parezcan.

 Maquiavelo sienta por principio que no es posible ser siempre bueno, justo y humano en este mundo malvado y corrompido, sin esponerse a perder la vida. Yo rechazo esta proposicion, y aconsejo, por el contrario, a los que quieran vivir felizes y satisfechos, que obren siempre con prudencia, sin separarse del camino de la virtud: así conseguirán que los malvados les teman y respeten. Los hombres, sin esceptuar los reyes, no son en jeneral ni enteramente buenos ni enteramente malos; pero todos ellos, malos y buenos, respetarán siempre a un príncipe poderoso, justo y hábil. Mejor quisiera yo declarar la guerra a un tirano que a un buen rey: a un Luis XI, por ejemplo, que a un Luis XII, a un Domiciano que a un Trajano; porque un buen rey puede siempre contar con la fidelidad de sus tropas, pero un tirano no podría impedir que sus soldados desertasen y se uniesen a los míos. Si yo quiese marchar sobre Italia con solos diez mil hombres para destronar a un Alejandro VI, la mitad de la Italia me sería favorable; pero si fuese con cuarenta mil hombres a hostilizar a un Inocencio II, la Italia toda se levantaría para defender a su príncipe y castigar al invasor. Ninguno de los reyes buenos y justos que ha tenido la Inglaterra ha sido jamás destronado por la fuerza de las armas; y por el contrario, todos sus malos reyes han sucumbido en la lucha, siempre que se ha levantado un pretendiente con un puñado de hombres.

 El príncipe debe ser intrépido y virtuoso, aunque haya de tratar con hombres perversos; de este modo la virtud, emanando del trono, se difundirá entre sus súbditos, y sus vecinos imitarán su ejemplo, y los malvados temblarán en su presencia.


CAPITULO XVI

De la liberalidad y de la parsimonia.

 Comenzando por las primeras calidades de que acabo de hablar, confieso que es muy bueno acreditarse un príncipe de liberal; pero peligroso tambien ejercitar la liberalidad de manera que no sea despues temido ni respetado. Voy a esplicarme, Si el príncipe se muestra liberal en el grado conveniente, quiero decir, con medida y discernimiento, contentará a pocos, y será tenido por avaro. Por otra parte, un príncipe deseoso de que su liberalidad sea ponderada, no repara en ninguna clase de gastos; y para mantener esta reputacion, suele luego verse obligado a cargar de impuestos a sus vasallos y a echar mano de todos los recursos fiscales, lo que no puede menos de hacerle aborrecible; fuera de que, agotado el tesoro público con su prodigalidad, no solo pierde su crédito y se espone tambien a perder sus estados al primer revés de la fortuna, sinó que al cabo gana con sus liberalidades mayor número de enemigos que de amigos, como sucede todos los dias. Lo mas singular es que tampoco podrá mudar de conducta ni moderarse, sin que al instante se le tache de avaro.

 Supuesto, pues, que un príncipe no puede ser liberal sino a tanta costa,