Romance de don Fadrique

De Wikisource, la biblioteca libre.
(Redirigido desde «Romance del don Fadrique»)
Saltar a: navegación, buscar

Romance del don Fadrique
de Anónimo


        Yo me estaba allá en Coimbra,           
        que yo me la hube ganado,               
        cuando me vinieron cartas               
        del rey don Pedro, mi hermano,          
        que fuese a ver los torneos             
        que en Sevilla se han armado.           
        Yo, Maestre sin ventura,                
        yo, Maestre desdichado,                 
        tomara trece de mula,           
        venticinco de caballo,   
        todos con cadenas de oro,               
        de jubones de brocado.          
        Jornada de quince días          
        en ocho la había andado.                
        A la pasada de un río,   
        pasándole por el vado,          
        cayó mi mula conmigo,           
        perdí mi puñal dorado,          
        ahogáraseme un paje,            
        de los míos más privado,         
        criado era en mi sala           
        y de mí muy regalado.           
        Con todas estas desdichas               
        a Sevilla hube llegado;                 
        A la puerta Macarena     
        encontré con un ordenado,               
        ordenado de evangelio,          
        que misa no había cantado.              
        -Manténgate Dios, Maestre,              
        Maestre, bien seáis llegado.     
        Hoy te ha nacido hijo,          
        hoy cumples ventiún años.               
        Si te plugiese, Maestre,                
        volvamos a bautizarlo,          
        que yo sería el padrino,         
        tú, Maestre, el ahijado.                
        Allí hablara el Maestre,                
        bien oiréis lo que ha hablado:          
        -No me lo mandéis, señor,               
        padre, no queráis mandarlo,      
        que voy a ver qué me quiere             
        el rey don Pedro, mi hermano.           
        Di de espuelas a mi mula,               
        en Sevilla me hube entrado.             
        De que no vi tela puesta,        
        ni vi caballero armado,                 
        fuime para los palacios                 
        del rey don Pedro, mi hermano.          
        En entrando por las puertas,            
        las puertas me habían cerrado;   
        quitáronme la mi espada,                
        la que traía a mi lado,                 
        quitáronme mi compañía,                 
        la que me había acompañado.             
        Los míos, desque esto vieron,    
        de traición me han avisado,             
        que me saliese yo fuera                 
        que ellos me pondrían en salvo.                 
        Yo, como estaba sin culpa,              
        de nada hube curado.     
        Fuime para el aposento          
        del rey don Pedro, mi hermano.          
        -Mantengaos Dios, el rey,               
        y a todos de cabo a cabo.               
        -Mal hora vengáis, Maestre,      
        Maestre, mal seáis llegado.             
        Nunca nos venís a ver           
        sino una vez en el año,                 
        y ésta que venís, Maestre,              
        es por fuerza o por mandado.    
        Vuestra cabeza, Maestre,                
        mandada está en aguinaldo.              
        -¿Por qué es aqueso, buen rey?          
        nunca os hice desaguisado,              
        ni os dejé yo en la lid,         
        ni con moros peleando.          
        -Venid acá, mis porteros,               
        hágase lo que he mandado.               
        Aún no lo hubo bien dicho,              
        la cabeza le han cortado;        
        a doña María de Padilla                 
        en un plato la ha enviado.              
        Así hablaba con ella,           
        como si estuviera sano,                 
        las palabras que le dice         
        de esta suerte está hablando:           
        -Aquí pagaréis, traidor,                
        lo de antaño y lo de hogaño,            
        el mal consejo que diste                
        al rey don Pedro, tu hermano.    
        Asióla por los cabellos,                
        echádosela a un alano;          
        el alano es del Maestre,                
        púsola sobre un estrado,                
        a los aullidos que daba                 
        atronó todo el palacio.                 
        Allí demandara el rey:          
        -¿Quién hace mal a ese alano?           
        Allí respondieron todos                 
        a los cuales ha pesado:          
        -Con la cabeza lo ha, señor,            
        del Maestre, vuestro hermano.           
        Allí hablara una su tía                 
        que tía era de entrambos:               
        -Cuán mal lo mirastes, rey,      
        rey, qué mal lo habéis mirado.          
        Por una mala mujer              
        habéis muerto un tal hermano.           
        Aún no lo había bien dicho              
        cuando ya le había pesado.       
        Fuese para doña María,          
        de esta suerte le ha hablado:           
        -Prendedla, mis caballeros,             
        ponédmela a buen recaudo,               
        que yo le daré tal castigo       
        que a todos sea sonado.                 
        En cárceles muy oscuras                 
        allí la había aprisionado,              
        él mismo le da a comer,                 
        él mismo con la su mano,        
        no se fía de ninguno,           
        sino de un paje que ha criado.