¿Suerte sola?

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A mi amigo Pedro Estanguet


-«¡Qué suerte tiene ese Pedro Guetestán! ¿Han visto? En la Exposición Rural le dieron una medalla y en el remate sacó por el toro premiado cinco mil pesos. ¿Qué les parece? tiene una suerte de brujo ese hombre. Todo lo que toca se le vuelve oro. Los miles de hectáreas que hace tres años compró a diez pesos, hoy valen cincuenta».

-«¿Y todo lo que ya tenía comprado hace tiempo por menos que nada?»

-«Debe tener una fortuna colosal».

-«Y quien lo vio cuando empezó con sus dos chacritas».

-«¡Ha tenido mucha suerte!»

«¡Ya lo creo que ha tenido suerte! ¡Si no fuera por esto! Y sigue teniéndola; aunque ya no la precisa porque el agua siempre va al río».

Así conversaban tres o cuatro vecinos de Laboulaye, pueblito ya de cierta importancia del sur de la provincia de Córdoba, en la línea del Pacífico, ponderando el éxito y la fortuna de Pedro Guetestán, uno de los primeros pobladores, si no el primero, de dicho pueblo; y no precisamente por envidia, sino más bien por esa humana necesidad de no admitir mérito sin explicar por alguna tácita restricción porque no lo ha tenido también uno, atribuían de común acuerdo a una suerte ciega dicho éxito y dicha fortuna.

Al oírles, ¿quién hubiera podido dudar que Pedro Guetestán había esperado la fortuna de brazos cruzados y que por pura casualidad se había hecho rico, como quien toma un billete de lotería y gana la grande; y que si, habiendo comenzado con ínfimo capital, tenía ahora cincuenta mil hectáreas de tierra de su propiedad; si administraba cien mil más de otros dueños, con interés en su producto; si vendía toros de cinco mil pesos y cosechaba la friolera de seiscientas mil bolsas de trigo; si transformaba en alfalfares anualmente diez mil hectáreas de rastrojos y vendía millares de novillos gordos a los más altos precios, todo esto lo debía a la suerte, no más, a la suerte sola, sin que su inteligencia, sus conocimientos y sus empeños, su espíritu de empresa, su habilidad, sus dones de organización y de administración, su tino para elegir gente y su energía para manejarla hubiesen tenido nada que ver en el asunto?

Exageraba esa gente. Guetestán había pasado toda su niñez trabajando a la par de sus padres, humildes inmigrantes bearneses, de peón, primero, en una estancia; de pastor, después, cuando, con sus economías, había podido el padre comprar una majadita; y desde chico, había cuidado sus animales con verdadera pasión, dirigiendo todos sus esfuerzos hacia el éxito práctico de su trabajo.

El tiempo que le dejaba el cuidado de la majada paterna, lo empleaba domando potros, amansándolos y haciendo de ellos parejeros; y con ellos corría carreras. Pero no era, como tantos, por afición al juego; pues, si trataba de ganar, no era por el interés de la apuesta que siempre era poco, sino para vender, después, a buen precio, a algún carrerista, el animal vencedor.

Tan afanados en economizar los padres y el hijo, como en trabajar, no podían menos de tener algún día algunos pesos amontonados, y con ellos compraron en Olavarría una chacra.

Instalados ya sus padres en tierra propia, resolvió Pedro Guetestán ir a buscar fortuna en los campos nuevos que, después de la conquista del desierto, se habían abierto por todos lados, y consiguió que lo mandase un viejo amigo de él y de su familia a regentar una pulpería en Laboulaye. No era todavía aquello pueblo ni cosa parecida, sino una simple estación perdida en medio de la Pampa. Asimismo, a pesar de la inevitable lidia, no exenta de peligros, con una población primitiva de matreros, de una inundación. que todo lo paralizó durante meses y de las competencias establecidas por fuertes negociantes venidos de adentro, no anduvieron del todo mal los fastidioso mostrador para volver a su primer oficio de criador negocios de la casa; pero ya soñaba Guetestán con librarse del de hacienda.

Con sencilla y clara intuición de lo único que requería esa tierra para dar, sin más complicaciones que algunas mejoras adecuadas, el producto de más fácil venta, hizo que vendieran los padres su chacra en Olavarría, ya valiosa, para comprar en ese desierto, todavía de muy poco valor, una regular extensión, los instaló en el pueblito que ya se iba formando, y empezó a arar y a sembrar de alfalfa la tierra comprada y a poblarla de hacienda vacuna. Su primer negocio fue vender para Chile, bajo forma de bueyes gordos, los novillos flacos que había comprado para uncirlos a sus arados, y con esto ya se pudo ver... cuánta suerte tenía.

Levantándose con el alba, incansable, olfateando con una perspicacia nunca desmentida el negocio provechoso y también el malo, agarrado del primero con las uñas hasta asegurarlo, esquivo para el otro hasta desalentar a los más vivos, cada día veía crecer su prosperidad. Había sabido elegir entre las mejores de la colonia en formación sus primeras chacras, y la tierra buena bien aprovechada pronto da para comprar otra. Por otro lado, su habilidad y su actividad no podían sino dar ganas a otros, sencillamente más ricos que él, pero desprovistos de gente de confianza, de sacar de sus tierras el provecho posible, y no le faltaron propuestas halagüeñas.

El mismo dueño de la colonia, hombre rico, emprendedor e inteligente, pero atraído irresistiblemente por las arruinadoras seducciones del juego y siempre necesitado de dinero, pronto descansó en Pedro Guetestán del cuidado de vender sus chacras a los colonos, hasta que pudo éste, un buen día, gracias a su crédito creciente y a la perpetua penuria del otro, comprarle barato y de golpe todo lo que le quedaba de campo. No hay duda que más que suerte, es una ley natural que el hombre trabajador y sin vicio, encuentre de vez en cuando al vicioso o al haragán, y se lo coma.

Y como un estanciero vecino tenía en campo extenso, pero sin cultivar, todo un rodeo de magníficas vacas importadas que, por falta de buen pasto y de cuidado inteligente, se hallaban en peligro de perecer, se las ofreció a Pedro Guetestán en sociedad; otra suerte que, por cierto, no le hubiese tocado, a. no haber podido proporcionar a esas vacas el recurso de sus alfalfares y de sus conocimientos en la materia.

Al cabo de algún tiempo, el dueño de las vacas, desinteresado ya del costoso capricho que se le había ocurrido al hacer venir esos animales que personalmente no podía atender, pensó que mejor sería para él deshacerse de una vez de ese clavo, y se lo propuso a don Pedro. Este vaciló mucho; por tentador que fuera para él el negocio y a pesar de las grandes facilidades que se le daban, temía meterse en camisa de once varas. Acabó, sin embargo, por aceptar: y suerte también se pudo llamar esto, porque dedicándose con empeño sin igual al cuidado de ese espléndido rodeo, supo sacar de él, en poco tiempo, maravillas. ¿Maravillas? Sí, que cualquiera, sin duda, de semejantes elementos, hubiese podido conseguir; pero que cualquiera también hubiese podido echar a perder, como lo habían hecho otros.

A fuerza de suertes de esta clase, Guetestán cada día más aseguraba su situación y su fama, y no es extraño que otro amigo suyo, al heredar un gran campo despoblado, se lo confiase para que lo pusiera en condiciones de producir. Sin desatender su cabaña, manantial inagotable ya, con hombres formados y vigilados por él, empezó a poblar y colonizar el campo aquél alambrado, estableciendo aguadas, arando, sembrando, plantando, afanado en hacer del suelo dormido que se le confiaba un emporio de riquezas; atrayendo para ello a esa Pampa despoblada gente y más gente, dándoles a todos elementos de trabajo, haciendo surgir del desierto en pocos años una estancia modelo, con leguas alfalfadas, hacienda numerosa y refinada. Y lo que tenía que suceder, sucedió: otros vinieron que, seducidos por tan constante éxito, pusieron a su disposición capitales ingentes, crédito ilimitado, para que, en sociedad con ellos, colonizara y administrara nuevos y extensos campos, ayudando con su experiencia, su actividad, su trabajo... y su suerte, por supuesto, a hacerles producir lo que ellos mismos, probablemente por falta... de la misma, no habían podido conseguir.

Y por esto, bien hubiera podido confesar la gente que, si efectivamente había sido feliz en casi todas sus operaciones y sus empresas don Pedro Guetestán, era únicamente porque había él ayudado a la suerte tanto, por lo menos, como ella a él, y que bien podía existir entre ambos reciprocidad de agradecimiento.


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