A Aglaya

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 ¿Quién pudiera atajar, dulce señora,   
 El raudal inexhausto de la vida?   
 ¿Quién, en las horas de ventura arcana,   
 Decir al corazón: «Aquí reposa,   
 La tienda levantemos;   
 Bastan sus lienzos a albergar dos almas»?   
 No es la vida el fragor de la pelea,   
 Ni el ciego impulso de ambición insomne   
 Que lucra maldición en los aplausos,   
 Sino la antigua idealidad serena,   
 Amplia fruición de sí, propio dominio,   
 Que no se asienta en la movible base   
 De favor popular o regio amparo;   
 Ni al hilo de la gente,   
 Sierva camina de opinión tirana.   
 Corren sus días cual intacta linfa   
 Que murmurando por la selva fluye;   
 La pompa de los cielos,   
 El vario ornato de perpetua boda   
 Con que Naturaleza se engalana,   
 En él encuentran cristalino espejo,   
 Que ni las sombras de la duda empañan,   
 Ni el desaliento hiela;   
 Señor de sí se eleva el pensamiento,   
 Y congregando aromas y esplendores,   
 Rico de propio jugo,   
 Y rico de la savia poderosa   
 Con que le nutre la opulenta vida,   
 Desata sus corceles   
 A conquistar el mundo de la idea.   
 ¡Feliz si logra la templanza activa,   
 El reposo fecundo,   
 Del arte y la razón ansiada meta!   
   
 ¡Mísero quien le pierde! Y no te asombre   
 Verme llegar, señora, a tus umbrales,   
 Cual náufrago lanzado   
 Por brava tempestad a nueva orilla,   
 ¿Quién sabe si benigna o procelosa?   
 Mas no será aquel mar de escollos rico,   
 De fabulosos monstruos y tormentas,   
 Que desligó las tablas de mi nave,   
 Que mi brazo cansó, gastó mi fibra,   
 Y hoy me arroja a tus pies, roto y maltrecho.   
   
 Encadenome un día   
 Lazo falaz de pérfida hermosura;   
 Ya ni un rescoldo queda   
 Que las cenizas de su pecho avive,   
 Mas no la ingratitud manche mi labio;   
 Y aunque cien veces martilló risueña   
 Mi espíritu en el yunque de la vida,   
 ¿Cómo olvidar que fueron   
 Sus palabras de amor las que sonaron   
 Por la primera vez en mis oídos?   
 Cifré en su pensamiento   
 Cuanto de luz, de gala y esplendores   
 El pensamiento crea,   
 Yo la endiosé para adorarla luego,   
 El yerto mármol transformando en numen.   
 Era la estatua de Memnón, que sólo   
 Lanzaba sus recónditos sonidos   
 Cuando la luz de mi pasión la hería;   
 Por ella ambicioné triunfos y palmas,   
 Atar a mi cuadriga la fortuna,   
 Hacer sonar mi nombre entre la ciega   
 Versátil muchedumbre,   
 Saciar mi sed en las eternas fuentes   
 Del bien y la belleza,   
 Y con viril acento,   
 Descubrir la verdad a los mortales,   
 Para que el eco del aplauso diera   
 Recóndita fruición y arrullo grato   
 A mis tiernos amores,   
 Y en la santa labor ella gozase   
 De abrir un alma nueva   
 A los rayos del arte y de la vida.   
   
 Todo pasó; no volverán mis quejas   
 A interrumpir la calma   
 En que su muerto corazón reposa;   
 Ella al estruendo volverá del mundo,   
 Que sembrará de flores su camino,   
 Hasta que al peso de los años ceda,   
 Y se halle sola, desamada y triste,   
 Y se acuerde de mí; yo, que entre tanto,   
 Rotas las alas, perdereme oscuro   
 Entre la inútil, perezosa turba   
 Que despreciaba ayer; y eso que siento   
 Hervir el alma en entusiasmo santo,   
 Y algo que no es mortal rueda en mi mente.   
   
 ¿Será verdad, señora, que en el alma   
 Una vez y no más brotan las flores?   
 ¿Nada dirán a mi pasión dormida   
 La rubia mies, diadema de tu frente,   
 La casta luz de tus profundos ojos?   
 ¿Podré escucharte impávido y sereno,   
 Sí para ti enlazados   
 Bondad nativa y peregrino ingenio,   
 Cual hadas mecedoras de tu cuna,   
 Benévolas pusieron   
 En tus labios de púrpura el tesoro   
 Que en torrentes de gracia se derrama?   
 ¡Si a veces imagino   
 Que aún vuelve a mí la antigua primavera,   
 Que auras del cielo infunden   
 Nuevo y pujante retoñar de vida   
 Al talado vergel de mi esperanza,   
 Y que del alma en el arcano centro,   
 Por bosques frondosísimos de ideas,   
 Torna a mover sus perezosas aguas   
 La fuente del amor y la armonía!   
   
 ¿Y no te han dicho alguna vez mis ojos   
 Que a compasión te muevas?   
 Por ti capaz me siento   
 Aun de domar mi condición bravía;   
 No será mi pasión ciega y fogosa,   
 Como avenida torrencial deshecha,   
 Cual fue el hervor de los pasados días,   
 Mas limpia fuente o cristalino arroyo   
 Que copie tu querer como un espejo   
 Y se dilate mansa por la vida.   
 Una palabra tuya   
 Freno será a mis ojos y a mi lengua;   
 Huiré de ti cual despreciado siervo,   
 Por contemplarte a solas sin enojos;   
 La lengua maldiciente   
 Jamás al tuyo enlazará mi nombre,   
 O dirá que las ruedas de tu carro   
 Pasaron sobre mí, sin que fijaras   
 En mí la vista, ni escuchases ruego.   
   
 ¡Vano soñar!... que pasen en buen hora;   
 Yo quisiera tener, para ofrecerte,   
 íntegra el alma, virgen el tesoro   
 Que arrojé al turbio mar de mi destino.   
 ¡Tanto perdido afán, que en ti lograra   
 Más alto fin y generoso empleo!   
 Y entonces... a tus plantas te pidiera   
 Que marcases mi frente con el clavo   
 De servidumbre eterna... Mas no es digna   
 De ti, señora, la mezquina ofrenda   
 De un corazón que otro recuerdo mancha;   
 Y aunque de nuevo ruja   
 Y eleve en mí su indómita cabeza   
 La ronca tempestad que va conmigo,   
 Yo te amaré, pero en silencio siempre,   
 Y tu imagen vendrá consoladora   
 A posarse en mi umbral, ora desierto.   


Enero de 1882.