A Federico

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Niño que al triste fulgor
de mi estrella amortecida
vas penetrando en la vida
por la senda del dolor;
que, angustiado cuando ves
mi tormento y mi martirio,
vives mustio como un lirio
nacido al pie de un ciprés,
y con infantil piedad,
compartiendo mi agonía,
ni aun buscas la compañía
de los niños de tu edad:
cuando, en presencia de Dios
que nos ve desde la cumbre,
al dulce amor de la lumbre
solos velamos los dos,
y corren, sin que yo quiera,
mis lágrimas silenciosas
entre las ondas sedosas
de tu rubia cabellera,
y en mi agitado interior,
con lucha terrible y muda,
combaten la fe y la duda,
la esperanza y el temor,
aunque por tu edad ignoras
lo duro de estas batallas,
me ves silencioso y callas;
me sientes llorar, y lloras;
y entonces, de una pasión
a otra pasión arrastrado,
por dos fuerzas desgarrado
se me parte el corazón.
Temblando, el llanto reprimo;
en mi congoja sombría,
miento frases de alegría
y el labio en tu frente imprimo;
que aunque mi aflicción es tanta
y es tan acerbo mi mal,
no han de ser ellos dogal
de tu inocente garganta.
Procurando tu ventura,
el voto debo cumplir
de la triste que al morir
te encomendó a mi ternura.
Crece, sí, mi dulce amor;
nada perturbe tu calma,
que aun no tienes, niño el alma
templada para el dolor;
ni puede querer tu mal
la que, previendo mi duelo,
me dejó para consuelo
tu sonrisa angelical.
Vida de bien tan avara
presta a tu infantil belleza
una sombra de tristeza
que más hermoso te para;
mas ¡ay! me aterra pensar
que mi constante amargura
puede aumentar tu hermosura
con la sombra de un pesar.
En este ambiente nocivo
del dolor, que es mi elemento,
por ti solamente aliento,
por ti solamente vivo;
y cuando, exaltado y loco,
toda esperanza perdida,
juzgo imposible la vida
y a voces la muerte invoco,
pensando en tu porvenir
siento en las arterias frío...
¡Crece, crece, niño mío,
por que pueda yo morir!