A Granada (Zorrilla)

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A Granada, en la ceremonia de la coronación[editar]

Ille ego qui quondam…

I.[editar]

Yo soy aquel de entonces, el trovador romántico,
el que en tu prez a miles sus versos prodigó:
y acorde con aquéllos va a ser mi último cántico.
¿Por qué de lo que he sido renegaría yo?

Mas ¿quién soy yo? —¡Un poeta! —Pero eso, ¿qué es? —Pues… nada.
No está clasificado su indefinible ser:
yo soy el vuestro, el viejo poeta de Granada;
y pues me honráis…, vosotros quién soy debéis saber.

Yo sé de mí lo incierto, lo vago, lo inseguro,
o imaginario y fútil, lo sin razón ni pie:
todo eso en que se amasa la fama; un pozo oscuro
do en ver se empeñan todos lo que ninguno ve.

Para unos, el poeta del pueblo es maravilla;
para otros, un inútil parásito holgazán;
y nimbo aquí de gloria, y allá tal vez mancilla,
por todos anda puesto del precipicio a orilla,
y de algo inverosímil reputación le dan.

La mía es un conjunto de absurdos y de antojos
creados y creídos por el favor vulgar:
un aluvión de versos que dan placer y enojos,
un haz de pocas flores entre un millar de abrojos
que echadas entre el pueblo me han hecho popular.

Mas ¿quién soy yo en mi patria? ¿En dónde tengo arraigo?
¿En dónde me encasilla su escalafón social?
A su social progreso, ¿qué bien, qué misión traigo?
No sé… tan alto subo como afondado caigo.
¿Quién sabe ya qué puesto me asigna cada cual?

Broté en un cementerio, cual flor de jaramago
parásita en sus tapias y de sus tumbas flor:
cogióme un torbellino, me echó en el viento vago,
me transformó en alondra… y yo aspiré a condor.

¿Fué aspiración legítima y anhelos justos fueron?
No sé; mas como el pájaro, con alas me sentí:
volé… y volé…, y volando las alas me crecieron,
y di la vuelta al mundo…, y he vuelto… y heme aquí

Cantando de Granada las glorias de vivido;
glorifiqué su nombre por dondequier que fuí;
y hoy, cual la golondrina leal que vuelve al nido,
como me fuí cantándola, cantándola volví.

¡Señor, sostén del mundo: Dios bueno y compasivo
que incólume me guardas de ruin decrepitud,
sosténme hoy, a Granada pues que me vuelves vivo,
para elevarla un himno de inmensa gratitud!

Sus hijos, de mis versos y amor en recompensa,
me dan tan excesivo y excelso galardón,
que tal honor me espanta y el corazón me prensa:
los viejos le tenemos sujeto a la razón.

Y está la fe ante todo de mi conciencia honrada:
y lo que en ella guardo me importa haceros ver.
Oid: cuando cantaba las glorias de Granada,
enamorado de ella, ¿qué menos pude hacer?
Mas ni pedíla nunca, ni a mí me debe nada,
ni por mi vuelta ahora, ni por mi amor ayer.

Hoy vuelvo… pero vuelvo llamado y sometido
a tan difícil, arduo y excepcional papel,
que ante él debo decirles a los que me han traído:
«Me habéis este escenario vosotros prevenido:
sois, pues, los responsables de lo que yo haga en él.
Tan grande apoteosis no se hace a ningún vivo:
soberbio quien la acepte, par es de Satanás,
y el pueblo que le ensalce le humillará agresivo:
no a mí, que ni la ansiaba ni la acepté jamás.

Absorto aquí conmigo delo que hacéis me espanto;
yo vengo agradecido y a vuestro antojo aquí.
¿Me coronáis? La excelsa coronación aguanto;
pero tened presente que no aspiro yo a tanto;
vosotros daréis cuenta de lo que hacéis de mí.»

II.[editar]

Poetas que a Granada venís en honor mío,
amigos exaltados del viejo trovador,
ociosos, destemplados con el calor y el frío
y hostiles a quien se honra por algo superior,
curiosos de alma cándida o espíritu bravío…
no me tengáis envidia ni me guardéis rencor;
porque ni pujos tuve jamás de señorío,
ni ya me queda tiempo de hacer el gran señor.

No aspiro yo a erigirme la Alhambra en Capitolio,
ni cobro de rey humos por tal coronación,
ni mi dosel de flores cambiar pretendo en solio,
ni que por rey me tome del vulgo el gran montón.

El humo de la gloria no aturde mi cabeza:
si en mí hay virtud alguna, si hay algo grande en mí,
es que en mi vida pude creer en mi grandeza,
y que la grande sombra que proyecté no vi.

¡No a fe! porque yo mismo mi sombra ver no pude,
de cara al sol marchando constante hacia la luz;
y si hoy a esta asamblea mi gratitud acude,
es, Capitolio o Gólgota, para que aquí me escude
bajo el pendón de España la sombra de la Cruz.

Cristiano y caballero, como español sin tacha,
canté la fe y las glorias que en mi nación hallé;
pasé del torbellino del siglo en una racha;
de mucho que di a muchos no guardo ni una hilacha;
yo no he vendido nunca mi pluma ni mi fe.

Sé poco, mas vi mucho; y en mis tan largos días
he visto mil infamias, mil viles felonías
a muchas glorias falsas sirviendo de blasón:
del viejo la experiencia no cree ya en teorías;
hoy mis creencias viejas son viejas niñerías;
hoy veo tierra, gentes y cosas como son.

A errar predestinado nací sin duda alguna;
tal vez no tuve nunca ni medios para el bien,
ni para el mal alientos: la gloria, la fortuna
miré y cuanto produje con sin igual desdén.

De gloria, placer y oro corrió a mis pies un río;
de España he sido asombro, su pueblo me adoró;
el mundo pudo un día, y aún hoy tal vez, ser mío,
y osar pudiendo a todo, a todo he dicho «No».

No sé, ni saber quiero, si la ovación merezco;
la sufro agradecido con muda sumisión;
y aunque me halaga el triunfo, ne de él me ensoberbezco,
ni gratitud en frases estériles ofrezco:
mi fe no está en mi lengua, está en mi corazón.

A mí no me alucina tal ovación: me asombra:
si hoy llevo esta corona con la que andar no sé,
mañana ya sin ella me volveré a la sombra
de mi rincón, ya solo, sin vanidad y a pie.

III.[editar]

Mas Dios marcó mis horas: ya mi alma, que está alerta,
tras mí la muerte siente: mi tumba está ya abierta:
mis fuerzas aniquila la trémula vejez:
mi inteligencia ofusca su cerrazón incierta:
franqueada ya me tiene la eternidad su puerta,
y estáis mi voz oyendo por la postrera vez.

¡Adiós, ciudad bendita, por mi laúd cantada;
adiós, pueblos que a oírme, de mí venís en pos;
adiós, hijos bizarros de la ciudad sagrada;
adiós, hijas alegres de la gentil Granada!…
Quien de la nada vino se vuelve ya a la nada;
voy por mis viejos versos a que me juzgue Dios.