A Lidia

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 Almas afines hay; bésalas Jove,   
 Y las manda a la tierra con el sello   
 De divina hermandad. Si no se encuentran,   
 Largo gemido y sempiterno lloro   
 Es su vida mortal. De vanos sueños   
 Se enamoran tal vez; el aire abrazan,   
 Y entre el error y la esperanza viven.   
 Una forma, una línea o un sonido   
 Les trae el eco de su dulce hermana,   
 Sombra falaz que sujetar ansían,   
 Y que cual humo leve desparece   
 En la nocturna lobreguez. La idea   
 Del vago bien, la forma no encarnada,   
 Místico amor, reminiscencia acaso,   
 Vive inmortal en la memoria suya,   
 Y es tormento no más. Al rudo soplo   
 Muere extinta la llama creadora,   
 O a sí propia se abrasa. Desfallece   
 La inspiración; cual Tántalo sediento,   
 El alma anhela las eternas aguas,   
 Que huyen del seco labio burladoras,   
 O quiere, como Sísifo, en la cumbre   
 Parar la piedra que hasta el fondo rueda.   
 ¡Vano anhelar! la trama de su vida   
 Nadie logra romper; nadie separa   
 Los negros hilos de las blancas hebras.   
   
 ¡Y qué blancas tal vez, si encuentra el alma   
 Su inmortal, peregrina compañera,   
 Eco perdido de su voz, reflejo   
 De su hondo pensamiento enamorado,   
 Que en ella se depura y enaltece,   
 Y medra en esplendor y en hermosura,   
 Y comprende en altísima manera   
 La cifra de lo hermoso y lo perfecto!   
 Entonces, a la lucha de la vida   
 Firme desciende el vigoroso atleta,   
 Y ni el rumor de populares armas,   
 Ni la faz del tirano, ni las olas   
 Del velívolo mar, ni el duro ceño   
 De la rígida ciencia le intimidan.   
 Lo que antes era mármol, blanda cera   
 Bajo sus manos es, y le obedece   
 Cual dócil sierva la palabra; rinde   
 La materia a sus pies, domeña el mundo,   
 Y es rayo en la tribuna y en las lides,   
 O circunda su frente vencedora   
 El lauro de las hijas del Permeso.   
   
 Bañarse en la corriente de la vida,   
 La tela trabajar del pensamiento,   
 Cuando hay un alma que a la nuestra sigue   
 Y con nosotros el bordado trama,   
 Hilos de amor mezclando a la madeja;   
 Arrancar de sus labios tembladores   
 La frase a medio hacer, envuelta en risa;   
 Aprender en la lumbre de sus ojos   
 Lo que nunca en las áridas escuelas,   
 Altísima de amor filosofía;   
 Y en su gallardo cuerpo ver cifrados   
 La luz, el movimiento, la elegancia,   
 La quintaesencia del arcano ritmo,   
 Es gozar y es vivir. 
   
 ¡Oh, cuántas veces   
 La triste maga de los montes míos,   
 La de cerúleos, penetrantes ojos,   
 Me trajo en el arrullo de la brisa,   
 O en el clamor de mi natal ribera,   
 Su peregrina voz! ¡Cuántas su forma   
 Vi dibujarse en el tendido cielo,   
 O surgir de las ondas inclementes   
 De nuestro mar, en moribunda tarde!   
 ¿Era la antigua helénica sirena,   
 Del golfo siciliano desterrada,   
 Para amansar con dóricos cantares   
 Al britano argonauta? Yo sentía   
 Gigante anhelo por asir la diosa,   
 Cual a Juno Ixión; mas, como Juno,   
 Siempre la diosa en nube se tornaba.   
 Y un sueño la juzgué, mas no era sueño;   
 Que en otras playas, en región distante,   
 Su huella descubrí, y en la alta noche   
 La vi pasar ceñida de hermosura,   
 Bajo el sereno azul partenopeo,   
 O en las bátavas nieblas reclinada.   
 Ella encantó mis solitarias horas   
 De escolar vagabundo. Ora la encuentro,   
 Y no velada en misterioso enigma,   
 Mas plástica y radiante. Eres aquella   
 Que yo soñé, dulcísima señora,   
 Risa perpetua, omnipotente gracia;   
 Es de diosa tu andar, mora en tus labios   
 La grata persuasión, rige tu mente   
 La Urania Venus con lazada suave   
 De inmortal secretísima armonía,   
 Que rica por tus miembros se difunde.   
 No fue tan grácil la veloz Camila,   
 Sobre intactas espigas revolando;   
 Y el lauro del ingenio te otorgara   
 La misma de Sinesio profesora,   
 Decoro y flor y luz de Alejandría.   
   
 No rondaré sin tregua tus umbrales,   
 Haciendo resonar en tus oídos   
 El ya enojoso, por cantado a tantas,   
 Himno de amor. En el misterio vive   
 Y del profano vulgo se recata   
 Este mi oculto deleitoso fuego.   
 Ayúdale a crecer; nunca los ojos   
 Que tan alto tesoro ávidos celan,   
 Sorprenderán mi amor en mi semblante,   
 Ni juntaré mi voz a la alabanza   
 Que de ti en torno sin cesar resuena;   
 Y me verás indiferente, mudo,   
 Reprimiendo la férvida palabra   
 Que de mis labios escaparse quiere.   
 Mas ¡cuántas cosas te diré al oído,   
 Si quieres escucharme sin enojos!   
 Escúchame, señora, que es mi alma,   
 Si tormentosa como el mar bravío   
 Que de mi cuna los peñascos bate,   
 Dura y tenaz y firme y resistente   
 Cual la honda raíz de mis montañas;   
 Y ni el recio huracán de tus desdenes   
 Podrá abatir el generoso tronco   
 De esta pasión que crece y se agiganta,   
 Firme como el Titán en su caída.   
 Puede el cierzo doblar el leve mirto,   
 Y de su pompa y su verdor privarle;   
 Mas al roble, monarca de las selvas,   
 Sólo el rayo del cielo le derriba,   
 Sólo en lid secular le doma el tiempo.   


Madrid, marzo de 1880.