A Lima (2 Althaus)

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

A Lima
de Clemente Althaus



El que perdidos para siempre gima
el contento del alma y el reposo,
vuele a tu seno, deleitosa Lima,
y s ser en breve tornará dichoso.
Tú, cual palacio de potente maga,
virtud encierras de sin par dulzura,
que cicatriza la más honda llaga
y la dolencia más antigua cura.
Tú a memorias acerbas y tenaces
la paz concedes del sabroso olvido,
y entre divinas ilusiones haces
mecerse el corazón adormecido.
De su patria al recuerdo lastimero,
como yo al tuyo, con dolor no inunda
en lágrimas su rostro el extranjero,
que tú eres a su amor patria segunda.
Y si te deja al fin, jamás olvida
tus blandos usos, tu vivir ameno,
y la noble dulcísima acogida
que le brindó tu hospitalario seno.
No hay hora en que tu mágica hermosura
a mi amante memoria no sonría,
que en la luz viva que tu sol fulgura
resplandecer parece la Alegría.
Y tu aire puro, tu apacible viento
parece, en vuelo perezoso y leve,
ser del Placer el deleitoso aliento
donde el anhelo del placer se bebe.
Jamás viste al relámpago temido
tu cielo iluminar, siempre sereno;
ni nunca, oh Lima, resonó en tu oído
la ronca voz del pavoroso trueno.
Ni te hirió con flamígera saeta
del cielo vengador la justa saña;
la tempestad tu atmósfera no inquieta
ni en sus sonantes piélagos te haría.
Tan sólo el Alba nacarada y fría,
sacudiendo sus húmedos cabellos,
en líquidos diamantes te rocía
y blando aljófar que destilan ellos.
No amortaja jamás escarcha o nieve
tus verdes campos, ni el Invierno frío
a penetrar tus términos se atreve,
también cerrados al ardiente Estío.
Y cual del hombre en la mansión primera,
hoy a tal patria por su culpa extraño,
para ti la florida Primavera
es la perpetua juventud del Año.
Sin tempestad que al navegante asombre,
el Pacífico mar a ti vecino,
conforme siempre con su dulce nombre,
semeja inmenso lago cristalino.
Nunca más tarde en ti raya la Aurora,
ni más temprano se despide el Día,
ni a su claro enemigo breve hora
logra nunca usurpar la Noche umbría,
si es bien que llames Noche la que aduna
toda de estrellas la infinita hueste,
a quien preside incomparable luna,
nuevo sol de la bóveda celeste.
Para ornarte el cabello, tus jardines
bellas flores tributan a millares,
y adornan tus espléndidos festines
los frutos más sabrosos y manjares.
Y si la Peste, que te envía ajena
playa, tu sano cristalino ambiente
con su aliento mortífero envenena,
el cielo rara vez se lo consiente;
y en ti la fuerza y el furor declina
que ciudades despuebla en tiempo breve,
que el ver tu gracia y tu beldad divina
a piedad casi y a perdón la mueve.
Fecunda madre de beldades eres,
que la Fama doquier canta y pregona,
y rinden a tus mágicas mujeres
las bellas Gëorgianas la corona.
¿Qué pecho habrá tan recatado y duro
que la preciosa libertad redima
de sus ojos que al Sol dejan oscuro,
de la gracia sin par que las anima?
¿Y quién habrá que se resista esquivo,
y quién habrá que se rehúse ingrato
al inefable agrado y atractivo
de su halagüeño cariñoso trato?
Ni helada nieve, ni insensible peña
son del que abrasan al gemir doliente;
cuanto hermosa es sensible la Limeña,
y si amores inspira, amores siente.
Y así en tu clima voluptuoso y blando
que a siempre amar el corazón convida,
ya entre amores eternos resbalando
el sueño deleitoso de la vida.
Y para ti las Horas indolentes
se encadenan en danzas amorosas,
enguirnaldando sus risueñas frentes
blancos jazmines y purpúreas rosas.
Al ocio, cual las árabes novelas,
son tus antiguas tradiciones gratas,
y al viajero suspendes y consuelas
con las dulces leyendas que relatas.
La flor de España, la feliz Sevilla
por secular proverbio decantada,
a ti la frente coronada humilla,
con sus hermanas Cádiz y Granada.
Al largo cielo en fin eres deudora
de tal beldad y gracias hechiceras,
que de toda ciudad reina y señora
y verdadero Paraíso fueras,
si el odiado sonante Terremoto
tal vez no fuese a visitar tu suelo:
tu sola plaga, y humillante coto
que poner quiso a tu soberbia el Cielo.
Pasa a veces veloz cual amenaza,
como del cielo saludable aviso,
soltar haciendo del placer la taza
a tu trémula mano de improviso;
Con pecho helado, a tu indecisa planta
sonar escuchas su rumor profundo,
que al mundo de los vivos se levanta
como la voz del subterráneo mundo.
Y en el rugido de tu horrendo azote
breves instantes tu pavor respeta
acentos de inspirado sacerdote,
terribles amenazas de profeta.
Y una vez y otra tu perenne fiesta
vuelve a turbar, y aunque tu enmienda tarda,
otra vez y otras ciento te amonesta,
y largamente tu mudanza aguarda.
Ministro en fin de la implacable Muerte,
y de las iras férvidas divinas,
con vuelo menos raudo te convierte
en vasto campo de hacinadas ruinas.
¡Bella hermana de Nápoles que, siendo
rico jardín del suelo Italïano,
yace a las plantas del volean tremendo
que sepultó a Pompeya y Herculano;
con igual riesgo y el olvido mismo,
al arrullo de cantos seductores,
duermes al borde de un profundo abismo
cubierto, todo de verdor y flores!


(1862)


Esta poesía forma parte del libro Obras poéticas (1872)