A Meléndez Valdés

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A Meléndez Valdés (1)



 Desciende, del sagrado    
 monte, Calíope santa, y las loores    
 de Batilo me inspira; dí cuál fuera    
 de los brazos de Baco y los amores    
 por Temis arrancado;   
 cuál la Diosa severa    
 blandir le enseña la amenazadora    
 espada del delito vengadora.    
 
 La espada que tajante    
 en tu mano, Batilo, al poderoso    
 opresor amenaza herida y muerte.    
 Ya pálido el malvado poderoso    
 vacilar su constante    
 potencia de tu fuerte    
 brazo impelida mira, y ya caído    
 asombro es del tirano aborrecido.    

 Temis torna a la tierra    
 y en Celtiberia pone su morada;    
 por ti, justo Batilo, desde el cielo    
 a los mortales otra vez bajada;   
 la codicia, la guerra    
 sangrienta, ya del suelo    
 celtíbero huyen lejos, y vencidos    
 al cielo alzan los monstruos sus bramidos.    

 Otro tiempo el Tonante   
 sus rayos encendidos fulminaba    
 contra el tirano duro y ambicioso;    
 su fuego abrasador aniquilaba    
 las puertas de diamante,    
 y el déspota orgulloso   
 mientras fiado en la lealtad dormía    
 de sus guardas, con ellos junto ardía.    

 Tal el desapiadado    
 Lycaón, y tal el suegro de Linceo    
 sufren pena y tormentos inmortales;   
 que no borran del pálido Leteo    
 las aguas el pecado,    
 ni se acaban los males,    
 antes Alecto del azote armada    
 cruda castiga la nación malvada.   

 Mas ora el inocente    
 opaco bosque, y la floresta amena    
 de Júpiter airado los rigores    
 siente, y burla el perverso de la pena    
 debida a sus horrores,    
 y el cielo le consiente;    
 Huyamos ¡ay! las tierras habitadas    
 de iniquidad y vicios infectadas.  



Véase también