A eco

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A eco de Clemente Althaus


«Infeliz enamorado,
de la ciudad el estruendo
vengo solitario huyendo
a este triste despoblado,
donde tú solo a mi acento
y alto gemido doliente,
respondes con balbuciente
lengua sonora de viento;
repitiendo la postrera
sílaba de cuanto digo,
como invisible testigo,
que remedándome fuera.
Y como en su soledad
compañía necesita
mi alma a quien decir su cuita,
cual histórica verdad
a admitir mi fantasía
la hermosa fábula llega
que de ti fingió la griega
risueña Mitología.
Ni te reputo ya un vano
compuesto de aire y sonido,
sino un errante afligido
viviente espíritu humano.
Sí, tú fuiste ninfa bella
de locuaz habla ingeniosa,
a quien de Jove la esposa
privó para siempre de ella,
cuando, yendo de su infiel
esposo en busca, su curso
detuvo tu hábil discurso,
mientras se escapaba él.
Mas tu desdicha mayor
no fue tan dura mudez;
que el que en eterna niñez
vive, crudísimo Amor,
tu pecho acertó a prender
en la beldad de Narciso,
del que a sí mismo se quiso,
como un hombre a una mujer,
cuando por la vez primera,
de una fuente en el cristal,
terso espejo natural,
vio su figura hechicera.
En mirarse embebecido,
con clavado inmóvil pie,
al cabo trocado fue
en la flor de su apellido:
Del Olimpo vengador
justo con digno castigo
al rigor que usó contigo
y con el vulgo amador.
¡A cuántas ninfas y cuántas
robado la paz había,
que iban en pos noche y día
de sus adoradas plantas!
Mas lo que en ti su desaire
en ninfa ninguna pudo,
que te adelgazó el agudo
dolor trocote en aire.
Desde entonces moradora
eres de las soledades,
de Narciso las crueldades
lamentando a cada hora.
Por la voz tan solo viva,
con rubor eternamente
huyendo vas de la gente,
de todo consorcio esquiva.
Y, si alguien con pie veloz
por alcanzarte se afana,
siempre igualmente lejana
oye tu imperfecta voz.
Pero tus pasos detén
a mi ruego; sólo intento
contigo hablar un momento,
quizá por tu propio bien.
Que, si mis penas crüeles,
ninfa infeliz, escuchares,
de tus antiguos pesares
podrá ser que te consueles.
«Como tú, yo amo también,
y a una bella el alma di,
como Narciso a ti,
me paga a mí con desdén.
Como tu ingrato doncel,
de sí misma enamorada,
de la turba no se apiada
en idolatrarla fiel.
Y a su constante rigor
no es escarmiento y aviso
el ejemplo de Narciso
trocado, por vano, en flor.
Ni, ya que esquive la dura
pena del que amó su imagen,
teme que los años ajen
y marchiten su hermosura;
que cual si toda la vida
debiera ser bella y moza,
simple no aprovecha y goza
su risueña edad florida.»
Así lamenta sus males
un desdichado mancebo,
a quien paga hermosa dama
con desvíos sus obsequios;
y a sus lastimeros ayes
con humano triste acento,
como de oírle apiadada,
sólo tú respondes, Eco.


(1859)


Esta poesía forma parte del libro Obras poéticas (1872)