A fuego lento: 21

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Capítulo IX[editar]

-¡Era lo único que me faltaba! -exclamó el médico-. ¿Puede usted creer, amigo Plutarco, que Alicia anda diciendo por ahí que la inglesa es mi querida?

-Lo sé.

-Lo grave no es eso. Lo grave es que añade que me da dinero. ¡Figúrese usted!

-Esa mujer ha perdido el juicio.

-Sí, de puro despecho. Como para mí genésicamente no existe (tengo mis razones), imagina que me acuesto con todas las mujeres que conozco. Es una histérica malévola y obstinada. A diario me dice que me hará todo el daño que pueda y que no estará satisfecha hasta verme en medio de la calle pidiendo limosna.

-¿Y qué va a ser de ella entonces?

-¡Figúrese!

-A mí no me odia menos que a usted, doctor. ¿Sabe usted lo que dice de mí? Que soy su alcahuete de usted, que le busco a usted las mujeres, y hasta insinúa que entre usted y yo hay algo más que una amistad sincera...

-¿Qué quiere usted? Así son las histéricas. ¿Y qué hacer? ¿Qué hacer? -gemía, llevándose las manos a la cabeza.

Baranda estaba enfermo, a más de los riñones, de la voluntad.

-No le queda, doctor, más que un camino, o esa mujer acabará con usted a la postre: dejarla.

-¿Y la casa? ¿Cómo saco de aquí mis libros y mis muebles? Porque lo que es la casa no se la dejo. Imagínese usted el espectáculo que me daría si viese sacar una sola silla. ¡Ah, no! Todo lo prefiero al escándalo.

Tras una pausa continuó:

-¡Si viera usted cómo tira el dinero! «¡Ah, miserable! (así me llama). ¿Quieres que ahorre lo que. te has de gastar con la otra? ¡Qué mal me conoces!» He llegado a cogerla miedo. ¡Ah, si mis nervios motores respondiesen a mis deseos! Pero es inútil. Pienso una cosa y hago otra.

Después de otra pausa, prosiguió:

-¡Si asistiera usted a nuestras comidas, a nuestros fúnebres tête-à-tête! Yo no la miro; pero ella me devora con los ojos como si se tratase de auscultarme el cráneo. La criada nos sirve como una sonámbula, temerosa de que a lo mejor estalle aquel silencio en un Niágara de improperios. Por supuesto que la pobre Rosa es su pesadilla sempiterna. ¡La infeliz, tan buena, tan humilde! Es ella, usted lo sabe, quien me ayuda cuando tengo algún trabajo urgente. Va a la Biblioteca Nacional y me toma las notas que necesito, la que me pone en limpio los originales para la revistas, la que me escribe las cartas y quien me consuela en mis horas de angustia... De la una no recibo sino insultos, amenazas y asperezas; de la otra, sólo palabras de cariño y simpatía...

Plutarco se paseaba por el gabinete, preocupado y nervioso. Miró a la calle al través de los cristales del balcón.

-¡Qué hermoso día, doctor! ¿Quiere usted que demos un paseo a pie por los Campos Elíseos hasta el Bosque?

-No me vendría mal un poco de sol, ya que soy todo sombra por dentro.