A fuego lento: 35

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Capítulo V[editar]

Transcurrieron diez días y el fastidio de Alicia aumentaba.

-Me vuelvo a París, aunque me ase de calor, que no me asaré -dijo una mañana-. ¡Esto es muerte! Si quieres, quédate con Plutarco.

Baranda trató en vano de disuadirla. Estaba resuelta.

-¿Qué dirán los porteros al verte volver sola?

-¡Los porteros! ¿Qué me importan a mí los porteros? ¡Como si no estuvieran enterados de todo! En París me distraigo: voy a las tiendas, me paseo por el Bois...

-Aquí también puedes pasearte. Podemos hacer muy bonitas excursiones al Tréport, a Dieppe...

-No. Déjame a mí de excursiones. Para nada, además, me necesitas. Quédate y ve a tu Tréport y a tu Dieppe. Yo me vuelvo a París. Es cosa hecha.

-Pero...

-No hay pero que valga. Si me quedo aquí un día más, reviento. ¿Qué ojos humanos resisten esa playa y esa gente que parece de Ménilmontant? ¡Oh, no, no! A París. -Y se puso a hacer el equipaje.

El médico se alegró en parte, porque todo lo que fuese tenerla lejos, le alegraba; pero tembló ante la idea de aquella mujer sola en París derrochando el dinero en coches y trapos. Además, el hecho de venir al campo presumía para él una pérdida porque durante ese tiempo no ganaba. Había alquilado la casa por dos meses y no era cosa de dejarla por el capricho de Alicia.

-Puesto que insistes en irte, vete. Yo me quedo. Necesito reposo y aire. Mi salud, cada vez peor...

-No me des explicaciones. Haz lo que quieras. No soy yo quien paga. -Y la misma tarde cogió el tren camino de París, no sin pedirle al médico mil francos.

Baranda, al verse solo en aquella casa, pensó en Rosa. ¡Con qué placer pasaría una temporada junto a ella a orillas del mar! Luego recapacitó:

-¿Y si la otra da en el chiste de volverse y nos coge con las manos en la masa? ¡Ojalá! Aquí nadie nos conoce. Lo más que puede suceder es que me dé otro escándalo. Mejor. Así acabará la cosa más pronto.

Había llegado a un punto en que todo le era indiferente. Alicia no era tonta y ya evitaría sorprenderle. ¿Qué conseguiría con ello? Empeorar su situación.

Era un día claro y fresco que convidaba a andar. Rosa, el doctor y Plutarco salieron por la carretera, hacia Cailleux. Mimí iba delante corriendo y ladrando. Se encontró con otro perro. Se olieron en salva sea la parte y empezaron luego a orinar, levantando la pata, contra un poste del telégrafo. Mimí orinaba primero, después el otro, sobre el mismo punto.

-Diríase un diálogo de vejigas -observó Plutarco.

Las gavillas de trigo en forma de conos, semejaban a cierta distancia monjes orando de rodillas. En un montículo tres molinos, moviéndose, fingían un calvario giratorio. Las vacas rumiaban sacudiéndose las moscas con temblores de la piel, unas echadas, otras en pie. De cuando en cuando se metían la lengua en las narices o volvían de repente la cabeza para sacudirse la nube de insectos que las mortificaban sin descanso.

Los trigales temblaban como sacudidos por invisibles corrientes eléctricas. A lo lejos una hilera de álamos larguiruchos corrían fantásticamente agitados por el viento.

Siguieron andando. Un rebaño de ovejas de amarilloso vellón pacía en los rastrojos y un perro felpudo, de ojos sanguinolentos que chispeaban al través de la maraña de pelos que le caía sobre la frente, las vigilaba, ladrando a intervalos a la que se salía del redil, mientras el pastor dormía a pierna suelta. Entre los trigos sangraban las amapolas. La perspectiva humosa, caliente, comunicaba al espíritu una sensación soporífera. No había un árbol. A medida que andaban, se desenvolvía a sus ojos ya un tablero de lechugas, ya otro de remolachas, ya otro de tomates, ya otro de zanahorias. El mar estaba muy azul, sin oleaje, sin respiración casi, aletargado por el sol. Unas cuantas velas diminutas se arrastraban en el horizonte brumoso como gaviotas a flor de agua.

Baranda, bajo el quitasol, saboreaba en silencio la placidez bochornosa del mediodía. Rosa, que había venido muy pálida, ya tenía colores y sus pupilas, al influjo solar, brillaban con intensos visos turquíes. Iba recogiendo florecillas silvestres, inodoras y pálidas, que colocaba luego en el ojal de sus amigos. Se detuvo a ver un cordón de hormigas que arrastraban una mosca muerta.

-¡Qué curioso! -exclamó-. ¡Cómo se ayudan las unas a las otras! ¡Qué unión reina entre ellas!

-Y con todo -arguyó el médico- carecen de ternura, según las experiencias de John Lubbock.

Rosa se paró luego a contemplar los ojos redondos y húmedos de las vacas que parecían rumiar tristezas y sueños. Algunas bicicletas pasaban describiendo una estela de ruido y de polvo.

A lo lejos los chalets y las villas agrupados relampagueaban al sol. Una vieja ordeñaba una vaca colosal, de ancha y riquísima ubre, que pateaba sacudiéndose las moscas.

Baranda iba contento; pero su paseo era como el del preso a quien sacan a dar una vuelta para meterle después en el calabozo. Alicia le aguardaba en París. ¿Qué estaría haciendo? No sabía de ella. Su prolongado silencio, no dejaba de inquietarle. Deseaba verla, sin atinar a explicarse por qué.

Entraron en una ferme. Las gallinas escarbaban en el estiércol. El gallo, con la cabeza erguida, las contemplaba. De pronto corrió tras una que, abriendo las alas, se echó para recibirle. Rosa volvió la cabeza un tanto ruborizada.

Pidieron leche. Allí mismo, a sus ojos, la ordeñaron. Una vieja, envuelta la cabeza en un pañuelo, pasó por el patio arrastrando los zuecos. Una marrana recién parida la seguía gruñendo.

Salieron. Un carro cargado de paja rodaba rechinante por la carretera. Varios grupos de segadores, diseminados aquí y allá, recordaban Les glaneuses, de Millet. Plutarco se detuvo a ver dos perros que jugaban jadeantes sobre la yerba, luchando por violarse el uno al otro.

-¿Cómo se explica usted, doctor, que el perro, que tiene tanto sentido moral, modelo de constancia y de altruismo, sea a la vez el animal más impúdico?

¿Quién le ha dicho a usted que el impudor excluye ciertos sentimientos generosos? El perro no es más cínico que el gallo; es ardiente. Prueba de ello es que cuando está satisfecho no piensa en nada pecaminoso. Se echa y duerme.

Se sentaron en un banco. Mimí era objeto de las caricias de todos. Le hablaban y el animalito, poniendo las orejas eréctiles, fijaba la atención. Entendía.

-Ustedes son -dijo entristecido Baranda-, cada cual a su modo, mis únicos cariños.

A Rosa se la humedecieron los ojos; Plutarco le miró con profunda gratitud, y Mimí le saltó a las piernas. Después añadió:

-A usted, mi querido Plutarco, le recomiendo Rosa. Estoy seguro de morir antes que ustedes.

-¡Oh, doctor, no diga usted eso! -exclamó Plutarco conmovido.

-Tú nos entierras a todos -agregó jovialmente Rosa, tratando de disimular su emoción.

-Al tiempo. Siento que las fuerzas me faltan. Hasta la memoria, que me fue siempre fiel, empieza a flaquearme. ¡He padecido tanto! Ya es hora de volver -agregó tras un largo silencio.

Plutarco y Rosa se miraron como no se habían mirado nunca. Los ojos de aquel hombre casto adquirieron un brillo ardiente que sacudió los nervios de la francesa. En lo profundo de sus almas sintieron ambos como un estremecimiento de vergonzosa complicidad incipiente...

El ardor diurno se había transformado en un fresco ligeramente punzante. La naturaleza iba extinguiéndose en el silencio de la tarde y en la calma sedante del crepúsculo. Las palabras del médico, dichas en aquella hora de recogimiento universal, tenían algo de siniestras, algo que recordaba a un moribundo testando.

Sonó el Angelus y a Rosa se la antojó que todos aquellos molinos que abrían los brazos en la soledad de la llanura, imploraban misericordia. Una vaca mugía y su mugido catarroso se alargaba por el campo, lento, lento, lento... El mar se había alejado de la costa. El sol iba a su ocaso, primero amarillo, luego purpúreo. Todo respiraba la paz filosófica del adiós del día.

Cada cual iba sumergido en su propio pensamiento. Plutarco aplicó el oído a un poste del telégrafo. Funcionaba formando un sonido análogo al que se produce cuando se pasan los dedos por los bordes de una copa.

Una nube de golondrinas pasó tijereteando el aire. El segador, con la hoz al hombro, discurría entre los trigos caídos, evocando la tradicional figura de la muerte.

Una sombra rubicunda se tragaba el paisaje, del que sólo quedaban los contornos cenicientos, casi metafísicos.