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A fuerza de arrastrarse: 07

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Escena quinta

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PLÁCIDO, BLANCA, CLAUDIO y JAVIER.


CLAUDIO.-Ya hemos convencido a la pobre vieja. (Entrando muy alegres.)

JAVIER.-(A BLANCA.) Hola..., ¿has venido tú?

BLANCA.-Sí..., a buscarte... Estuve paseando... hacia la ermita..., y la tarde estaba muy hermosa..., y me dió mucha pena el pensar que voy a dejar todo esto... ¡Mucha pena!... ¡Tú no lo sabes bien! Conque pensé una cosa, y te lo voy a decir.

JAVIER.-¿Qué pensaste?

BLANCA.-También me da mucha pena decírtelo..., porque eres mi hermano y te quiero... Hay días malos en que todo da pena.

JAVIER.-Pues mira tú, para mí es hoy un gran día.

CLAUDIO.-Y para todos nosotros, y para ése. (Por PLÁCIDO.)

BLANCA.-Para ése no.

PLÁCIDO.-Sigue..., sigue... ¿No te atreves a explicarle a tu hermano lo que has pensado?

BLANCA.-Sí me atrevo, Plácido. Oye: tú conoces a Marta; es tina buena mujer y muy honrada.

JAVIER.-Sí lo es. ¿Y qué?

BLANCA.-Tiene dos hijas: son unas buenas chicas.

JAVIER.-Sí lo son.

BLANCA.-Y no hay nadie más en la familia.

CLAUDIO.-Sí hay: el cochinito y la vaca.

JAVIER.-(Riendo.) Es verdad.

BLANCA.-Pues yo sé que si yo le dijese a Marta: «Mi hermano se va a Madrid a probar fortuna; pero yo no quiero ni servirle de estorbo ni serle gravosa, de modo que si tú no tienes inconveniente me quedaré en vuestra casa, os ayudaré como pueda, y os daré como ayuda lo poco que tenga», ¿comprendes? Yo sé que si le dijese esto a Marta se pondría muy contenta.

JAVIER.-¡Pero yo me pondría muy furioso! ¿qué disparate es éste?

BLANCA.-(Medio llorando, pero con energía.) Lo he resuelto.

JAVIER.-¡Pero Blanca!

BLANCA.-(Llorando más, pero decidida.) Lo he resuelto.

JAVIER.-Pero ¿por qué?

BLANCA.-¡Porque soy así; pero lo he resuelto, lo he resuelto! (Llorando desesperadamente.)

JAVIER.-Eres una mala hermana.

BLANCA.-Tienes razón, y lloraré todo lo que tú quieras, y te pediré perdón de rodillas; pero tú te marcharás y de rodillas me quedaré.

JAVIER.-¡Blanca!

CLAUDIO.-¡Esta chica se ha vuelto loca! Lo comprendería si se quedase Plácido..., porque se sabe lo que se sabe...; ¡pero si nos vamos los tres!

BLANCA.-¿Cómo?... ¿Qué estás diciendo?... ¿Que Plácido...? A ver, repítelo.

JAVIER.-Viene con nosotros a Madrid.

BLANCA.-Pero ¿es verdad?

PLÁCIDO.-(Riendo.) ¡Tonta!... ¡Si todo ha sido una broma!... Los tres, y tú con nosotros, a Madrid.

BLANCA.-¿Una broma?

PLÁCIDO.-Sí.

BLANCA.-(Aparte, a PLÁCIDO. Entre tanto, JAVIER y CLAUDIO hablan y ríen.) Ha sido una broma muy cruel y demasiado larga. Yo no hubiera tenido corazón para darte esa pena.

PLÁCIDO.-Es verdad. Perdóname.

BLANCA.-(Entre enojada y risueña.) Harás fortuna en Madrid: sabes fingir.

PLÁCIDO.-¿No estás contenta?

BLANCA.-Sí lo estoy; pero mejor hubiera sido que nos quedásemos.

JAVIER.-(A BLANCA.) Conque, a ver, ¿qué resuelves?

BLANCA.-¡Qué remedio...,. si te empeñas..., si me lo mandas!...

JAVIER.-¡Qué docil eres!

CLAUDIO.-Si has de llegar a las doce a casa de don Rufino, ya puedes emprender la caminata.

PLÁCIDO.-(Resueltamente.) Es verdad. Lo que ha de hacerse, ha de hacerse pronto. Vuelvo en seguida. (Sale un momento.)

BLANCA.-¿Adónde va?

CLAUDIO.-A procurarse fondos para el viaje.

BLANCA.-No comprendo.

JAVIER.-(En broma.) Tiene un tesoro escondido.

CLAUDIO.-¡Un tesoro!

BLANCA.-Estáis de broma..., hoy todo el mundo está de broma.

JAVIER.-Un cuadro..., ¡una pintura admirable!, ¡restos de su riqueza!

CLAUDIO.-Don Rufino, el anticuario..., o el usurero, se lo compra.

JAVIER.-Lo menos da tres mil pesetas.

CLAUDIO.-Pero ¿qué cuadro es ése?

JAVIER.-No sé.

CLAUDIO.-Ni nos importa.

BLANCA.-¿Será...? ¡No puede ser! ¡Por nada de este mundo lo vendería!

PLÁCIDO.-(Dispuesto para el viaje, con el sombrero y un cuadro envuelto en un lienzo.) Ya estoy en marcha. Hasta mañana. Adiós, Blanca; perdóname. (El cabo de vela se apaga; la salida queda a oscuras, por la puerta y la verja entra la luna.)

BLANCA.-¿Qué llevas ahí?

PLÁCIDO.-Un cuadro que me compra don Rufino.

BLANCA.-¿Qué cuadro es?

PLÁCIDO.-Nada..., lo único que tengo..., es precioso... Adiós, que se hace tarde.

BLANCA.-No; espera. No te veo la cara; pero en el tono de voz hay algo que me hiere.

PLÁCIDO.-La miseria hiere siempre. Adiós.

BLANCA.-(Deteniéndole.) No... Responde: ¿es un retrato?

PLÁCIDO.-¿Qué quieres que sea?... ¿Qué otra cosa tengo?... ¿Qué puedo vender?... ¡Como no venda mi alma!

BLANCA.-¿Es aquel retrato tan hermoso que me enseñaste un día?

PLÁCIDO.-¡Sí muy hermoso! ¡Ella era muy hermosa!

BLANCA.-¿Es el retrato de tu madre?

PLÁCIDO.-¡Claro! ¿Para qué están las madres? ¡Para salvar a los hijos! Adiós... (Se desprende de BLANCA y sale corriendo.)

BLANCA.-¡No...; eso, no!... ¡Plácido..., Plácido!... ¡No lo vendas!... ¡Es una mala acción! ¡Es peor que si vendieses tu alma!... ¡Plácido!... ¡No me oye..., no me oye!...

CLAUDIO.-Pero ¿qué tiene esta chica?

JAVIER.-Blanca, ¿qué tienes?

BLANCA.-¡Ay Dios mío! ¡Dios mío! ¡Mal empieza el viaje!... Antes me hizo llorar!... ¡Ahora vende el retrato de su madre! ¡Os digo que me da mucha pena! ¡Que me da mucho miedo!