A la Aurora: Oda VIII

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A la Aurora - Oda VIII
de Juan Meléndez Valdés



Salud, riente Aurora,    
que entre arreboles vienes   
a abrir a un nuevo día   
las puertas del oriente,    

librando de las sombras   
con tu presencia alegre   
al mundo, que en sus grillos   
la ciega noche tiene;   

salud, hija gloriosa   
del rubio sol, perenne   
venero a los mortales   
de alivios y placeres.   

Tú de eternales rosas    
ceñida vas las sienes,   
mientras tu fresco seno    
flores y perlas llueve;   

tú, de brillantes ojos;    
tú, de serena frente,   
y en cuya boca manan   
risas y aromas siempre.   

Cuando la hermosa lumbre   
de Venus desfallece,   
de ópalo, nácar y oro   
velada le sucedes;   

y el pabellón alzando  
en que su faz envuelve   
tu padre el sol, sus huellas,   
nuncia feliz, precedes.   

Tu manto purpurado,   
flotando al viento leve  
de las eoas plagas,   
del cielo se desprende,   

hinche el espacio inmenso,   
y de su grana y nieve   
las bóvedas eternas   
matiza y esclarece,   

en cuanto alegre cruzas   
por sendas de claveles,    
desde su excelsa cumbre    
al cárdeno occidente.  

El sol que en pos te sigue    
tus vivos rosicleres   
inflama, y retemblando   
por verlos se detiene   

hasta que entre sus llamas   
tú misma al fin te pierdes   
y en su torrente inmenso   
envuelta despareces;   

si no es que tan penada    
de tu Titón te sientes,   
que por sus brazos dejas   
ya la mansión celeste.   

Los céfiros fugaces,    
que en un letargo muelle   
las flores en su seno 
rendidos guardar quieren,  

con tu calor se animan,   
las prestas alas tienden   
y en delicioso juego   
las liban y las mecen,   

de do a las aves corren   
que aún en sus nidos duermen,   
con su vivaz susurro    
pugnando que despierten   

a darte, oh bella Aurora, 
los dulces parabienes   
y henchir con su alborada   
las auras de deleite.   

Tú, en tanto más graciosa,   
en luz y en rayos creces,  
que en transparentes hilos    
cruzando al viento penden.   

Las cristalinas aguas    
cual vivas flechas hieren   
y hacen de bosque y prados  
más animado el verde,   

a par que sus cogollos   
alzan las ricas mieses   
y abriéndose las flores    
sus ámbares te ofrecen,  

que a la nariz y al seno   
y al labio que los bebe   
de su fragancia inundan   
y a mil delicias mueven.    

Y todo bulle y vive  
y en regocijo hierve    
rayando tú, que al mundo   
la ansiada luz le vuelves.   

Haz, ¡ay!, purpúrea diosa,    
que como en faz riente 
un día fausto y puro    
benigna nos prometes,   

así en mi blando seno,   
sin ansias que lo aquejen,   
la paz y la inocencia  
por siempre unidas reinen.