A la memoria

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A la memoria de mi amigo el artista Miguel Echerri, muerto en París a los 23 años de su edad, el día mismo en que salió el buque en que había determinado regresar al Perú
de Clemente Althaus



Ya acaba el tercer año su carrera,
idolatrado amigo,
desde que en extranjera
tumba te sepultó la adversa suerte;
y aún puedes desde el cielo ser testigo
de que en lo hondo de mi alma persevera
el dolor de tu muerte.
Radiante de alegría,
y bella nuncia de más bello día,
se avecinaba la feliz aurora
en que, tras los pesares
de larga ausencia, a tus remotos lares
te condujese nave voladora:
pero se adelantó la aguda espada
de la muerte traidora;
y aquella misma aurora tan ansiada
en que partir debiste al patrio suelo
desde playa francesa,
¡Te vio partir del puerto de la vida
a la oscura región desconocida
de la que nunca viajador regresa!
¡Y así en el alba de tu hermoso día,
cuando más lo futuro te reía,
tú, que eras de la patria una esperanza,
tú, puro corazón, tú, excelsa mente,
en el sepulcro lóbrego te hundiste!
¡Y en tanto el necio a ver cubierta alcanza
de blancas canas la insensata frente,
y un siglo entero el opresor existe!
¡Y nuestra patria triste
que en su florida primavera verde
sus buenos hijos pierde,
y tantos ya lamenta malogrados;
vivir contempla días infinitos
a sus hijos infames y malvados,
y crecer con sus años sus delitos!
¡Y yo que ha poco en verte me agradaba
lleno de juventud y lozanía,
a tan clara verdad mi fe negaba
y comprender tu muerte no podía!
¡Y en pasajero olvido,
a las horas usadas,
a tu taller modesto y escondido,
como si aún vivo fueras,
llevé tal vez mis ávidas pisadas!
¡Y tal vez, recorriendo los lugares
y calles a tu planta familiares,
encontrarme de súbito creía,
como un tiempo solía,
con tu rostro risueño
y con tu ardiente presurosa mano
que estrechara la mía
en fraternal saludo cariñoso,
para seguir con enlazado brazo
y con pie perezoso
discurriendo al acaso
por las calles sonoras,
en vario platicar entretenidos
y olvidados del vuelo de las horas!
¿Con quién, pues en la tumba ya reposas,
tendré esas dulces pláticas sabrosas
de que eran tema poesía y arte,
y en las que tanta parte
pasamos de las noches silenciosas?
¿Qué otro placer se iguala en dulcedumbre
con el placer de conversar a solas
con caro amigo, a la süave lumbre
del hogar que chispea, despreciando
el tentador beleño del dios blando
cuya frente circundan amapolas?
¿Quién volverme pudiera esos momentos
cuando, ante los artísticos portentos
que al asombro descubre
el opulento y orgulloso Luvre,
mis oídos atentos
bebían de tus labios
los inspirados férvidos acentos
y discursos altísimos y sabios?
¡Y atónita sentía
entonces el alma mía,
de tus conceptos empapada y llena,
que era hermano tu espíritu divino
del espíritu angélico de Urbino
y del pintor sublime de la Cena!
Y esperaba engreído que suspensos
los artistas futuros
vieran tus tablas y sublimes lienzos
en esos mismos orgullosos muros
al lado de los lienzos inmortales
de Rafael, Corregio y Leonardo:
¡mas ¡ay! promesas y esperanzas tales
cortó la muerte con su crudo dardo!
¡Ah! si no hubiera muerte tan temprana
arrebatado a tu creadora diestra
los valientes pinceles,
tus gloriosos laureles
la frente orlaran de la patria nuestra,
de lauros tan desnuda todavía;
y los hijos de tu alta fantasía
y de tu diestra mano,
nos envidiara la opulencia ajena,
de tesoro sin tasa ofrecedora;
¡y el ingenio peruano
en ti admiraran la ciudad de Flora
y la que baña el orgulloso Sena!
Y tu la gracia entonces halagüeña
trasladaras al lienzo, y la dulzura
de la Beldad Limeña,
que a la Ausonia Hermosura
y a la Hermosura Griega
rendir la palma triunfadora niega.
¡Y animados aquí por tus matices,
respiraran también a nuestra vista
del Inca imperio los antiguos fastos,
y trágicos sucesos infelices
y horrorosas escenas
de la española bárbara conquista!
Y al mísero Atahualpa entre cadenas,
o asesinado por la atroz perfidia
del codicioso hispano furibundo,
con vengador pincel representaras:
y revivir hicieras
los altos hechos y proezas raras
que dieron libertad a medio mundo:
y arder se vieran en pared o tela
de Junin y Ayacucho las batallas,
y resonaran al iluso oído
el plomo ardiente que silbando vuela,
y el derramado son de las metrallas
y del cañon el hórrido estampido;
y se mezclaran de ambos vivos mares
horrendamente las contrarias olas;
hasta que al fin, cual rayos de la Guerra,
los colombianos Martes aguijaran
la fuga de las huestes españolas.
Y entonces mi semblante, en fiel traslado
por tu pincel amigo retratado,
en la edad venidera
mi nombre al tuyo uniera,
y tu amistad me hubiera eternizado!
Mas ¡ay! la amistad mía
que, anhelando pagar arte con arte
en el verso quisiera retratarte,
eterna vida darte desconfía:
que, de tu ingenio celestial diverso
el débil mío, mal podrá mi verso,
que corto vuelo alcanza,
dilatar tu alabanza
por la ancha redondez del universo.
Mas, si voz de la Gloria no es mi canto
y darte nueva vida no consigo,
guarda mi corazón ardiente llanto
que con tristeza, de consuelo esquiva,
por la memoria de mi dulce amigo
derramarán mis ojos, mientras viva.

(1864)


Esta poesía forma parte del libro Obras poéticas (1872)