A un ruiseñor: Oda XI

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A un ruiseñor - Oda XI
de Juan Meléndez Valdés



¡Con qué alegres cantares,    
oh ruiseñor, celebras   
tu dicha y de tu amada    
el tierno afán recreas!    

Ella del blando nido     
te responde halagüeña    
con pïadas süaves   
y se angustia si cesas.    

Las otras aves callan;    
y el eco tus querellas    
con voz aduladora    
repite por la selva,    

mientras el cefirillo    
de envidioso te inquieta,    
las hojas agitando  
con ala más traviesa.    

Tú cesas y te turbas;    
atento adonde suena    
te vuelves y cobarde   
de ramo en ramo vuelas.   

Mas luego, ya seguro,    
los silbos le remedas,   
el triunfo solemnizas    
y tornas a tus quejas.    

Así la noche engañas,    
y el sol cuando despierta    
aún goza la armonía   
de tu amorosa vela.   

¡Oh, avecilla felice!,    
¡oh, qué bien la fineza    
de tu pecho encareces    
con tu voz lisonjera!   

Ya pías cariñoso,    
ya más alto gorjeas,    
ya al ardor que te agita   
tu garganta enajenas.    

¡Oh!, no ceses, no ceses    
en tal dulce tarea,   
que en delicias de oírte    
mi espíritu se anega.     

Así el cielo, tu nido,    
de asechanzas defienda,    
y tu amable consorte    
fiel por siempre te sea.    

Yo también soy cautivo;    
también yo si tuviera   
tu piquito agradable    
te diría mis penas,   

y en sencillos coloquios    
alternando las letras,   
tú cantarás tus glorias    
y yo mi fe sincera;   

que los malignos hombres    
burlan de la inocencia,   
y expónese a su risa   
quien su dicha les cuenta.