Aben-Humeya: 04

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Acto I[editar]

El teatro representa una sala de arquitectura arábiga de la casa de campo de ABEN HUMEYA, en las cercanías de Cádiar; está adornada decentemente, pero con mucha sencillez, y vense en las paredes aprestos y despojos de montería. A mano derecha de los espectadores habrá una ventana, y enfrente de ella una puerta; también habrá otra en el foro, por la que se sale a una especie de azotea con vistas al campo. Hasta la escena séptima, todos los actores se presentan vestidos a la española, excepto las mujeres, que tendrán un traje bastante parecido al de las moras, con un gran velo blanco.


Escena I[editar]

ABEN HUMEYA, ZULEMA.


ABEN HUMEYA estará sentado, componiendo una ballesta. ZULEMA se levanta, deja en su silla unos bordados que tenía entre manos, y se acerca a él.


ZULEMA.- ¡No, querido Fernando; el corazón de una esposa no se engaña nunca!... De algún tiempo a esta parte, noto que estás inquieto, caviloso, acosado de tristes pensamientos... Sin duda guardas en tu pecho algún secreto grave; y lo que más temes, al parecer, es que tu Leonor llegue a descubrirlo.


ABEN HUMEYA.- ¿Y qué secreto pudiera yo ocultarte?...


ZULEMA.- No lo sé; ¡y cabalmente esa misma duda es la que aumenta mi desasosiego!... Te veo en un estado muy parecido al que me causó tantos días de pesar cuando acabábamos de unirnos en Granada; pero entonces yo misma me anticipaba a disculparte: te hallabas en la flor de la mocedad, veías oprimida a nuestra raza y la sangre real de los Aben Humeyas hervía en tus venas con sólo ver al vencedor... Ese fue, y no otro, el motivo que me estimuló a salir cuanto antes de aquella ciudad cautiva, llena de memorias amargas, que mantenían tu ánimo en un estado de tristeza y de irritación, que me puso en mucho cuidado... Después llegué a lisonjearme, te lo confieso con franqueza, de haber logrado mi objeto, desde que fijamos nuestra morada en estas sierras... Al ver que ibas recobrando la paz del alma, me sentía envanecida con mi triunfo; y si tenía que compartirlo, ¡sólo era con mi hija!... Me parecía que su presencia serenaba tu corazón; y los delirios de la ambición no perturbaban ya tu sueño...; pero, te lo repito, de algún tiempo a esta parte...


ABEN HUMEYA.- ¿Qué has notado? Dilo.


ZULEMA.- ¿Qué he notado?... ¡Todo cuanto puede afligirme!... Evitas con el mayor cuidado desahogar tu corazón conmigo; y hasta parece que temes que se encuentren nuestras miradas... Cuando mi padre, participando también de mis recelos, ha procurado tantear la herida de tu alma para procurarle algún alivio, has escuchado sus consejos con tibieza y desvío; al paso que te veo rodeado de los más díscolos de nuestras tribus, refugiados en las Alpujarras; de cuantos sufren con mayor impaciencia el yugo del cruel Felipe... ¡Guárdate, Fernando mío, guárdate de dar oídos a sus imprudentes consejos; escucha más bien la voz de tu esposa, que te pide por su amor, por nuestra hija, que no expongas una vida de que pende la tuya!


ABEN HUMEYA.- Tus temores no tienen ni el menor fundamento; y tu mismo cariño te hace ver mil riesgos que no existen sino en tu fantasía. Estoy triste, no lo niego; mi corazón está lleno de amargura... ¿Tengo acaso motivos para estar alegre?... Tú misma me despreciarías, si me vieras contento.


ZULEMA.- No, Fernando; yo no me alucino respecto de nuestra situación: sé bien los nobles sentimientos que te animan; y yo propia, así cual me ves, ¡no he nacido tampoco para ser esclava!... Pero ¿qué podemos nosotros, débiles y miserables, contra los decretos del destino?... Si hubiéramos nacido algunos años antes; si me hubiera visto siendo tu esposa cuando el trono de Boabdil aun se mantenía en pie contra todas las fuerzas de Castilla, ¿crees por ventura que hubiera yo entibiado tu aliento, detenido tu brazo?... Pero cuando la ruina de nuestra patria se ve ya consumada; cuando no queda arbitrio, recurso ni esperanza...


ABEN HUMEYA.- ¡Debo yo estar alegre!


ZULEMA.- (Después de una breve pausa.) ¿Y de qué sirve atormentarte con ese torcedor?... Aun en medio de tantas desdichas, no te faltan motivos de consuelo: ves correr tus días en el seno de tu familia, vives en la tierra de tu predilección, esperas mezclar tus cenizas con las cenizas de tus padres... A veces suelo, cuando me hallo más decaída de ánimo, trepar hasta la cumbre de estas sierras, y desde allí me parece que diviso a lo lejos las costas de África... ¿Creerás lo que me sucede?... como que siento entonces aliviarse el peso que oprimía mi corazón, y me vuelvo más tranquila, comparando nuestra suerte con la de tantos infelices, arrojados de su patria y sin esperanza de volverla a ver en la vida... ¡Esos sí que son dignos de lástima!


ABEN HUMEYA.- (Levantándose de pronto.) No son tan afortunados como nosotros.


ZULEMA.- Pero ¿de dónde proviene esa agitación, que intentas en vano ocultarme?...


ABEN HUMEYA.- ¿Yo? Estoy tranquilo... ¿No lo ves?...


ZULEMA.- ¡Ah! esa misma tranquilidad es la que me hace estremecer.


ABEN HUMEYA.- Sí, estoy tranquilo; y sin embargo, veo el trono de mis mayores hollado por el insolente español, nuestras mezquitas convertidas en polvo, nuestras familias esclavas o proscritas... ¿Qué más quieren de mí?... Yo propio, indigno de mi estirpe, blanco de la ira del cielo y del menosprecio de los hombres... ¿Qué digo?...; ¡ni aun puedo volver los ojos sobre mí, sin sentirme cubierto de vergüenza!


ZULEMA.- Sosiégate, Fernando...


ABEN HUMEYA.- Muy desgraciados son, haces bien en compadecerlos; muy desgraciados son los que pueden todavía, a gritos y a la faz del cielo, aclamar el nombre de su patria y maldecir a sus verdugos; los que adoran al Dios de sus padres; los que conservan sus leyes, sus usos, sus costumbres... ¡Cuánto no deben envidiar nuestra dicha!... ¡Nosotros vivimos con sosiego bajo el látigo de nuestros amos, adoramos su Dios, llevamos su librea, hablamos su lengua, enseñamos a nuestros hijos a maldecir la raza de sus padres!...; pero ¿por qué te has inmutado?


ZULEMA.- ¡Si te oyese alguien!...


ABEN HUMEYA.- Tienes razón; se me había olvidado: los viernes no nos permiten nuestros amos ni aun cerrar nuestras puertas... ¡Quieren acechar hasta los votos que dirigimos al cielo en este día, consagrado por nuestros padres...; han menester, para saciar su rabia, escuchar los ayes de las víctimas!


ZULEMA.- Por Dios, Fernando, aguarda un instante; al punto vuelvo...



(Va a cerrar la puerta, a tiempo que entra FÁTIMA, turbada y sin aliento, y se arroja en los brazos de su madre; trae un velo en la mano.)


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