Aben-Humeya: 24

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Escena X[editar]

LARA, MULEY CARIME, ABEN HUMEYA, ABEN ABÓ, ABEN FARAX, ABEN JUHAR, EL PARTAL, EL DALAY, EL XENIZ, el ESCUDERO castellano y muchos MORISCOS.


ABEN HUMEYA.- Decid, noble Lara, a qué sois enviado... Dispuestos nos veis a escucharos.


LARA.- El ilustre marqués de Mondéjar, capitán general del reino de Granada, me envía a vos, don Fernando...


TODOS LOS MORISCOS.- (Interrumpiéndole de pronto.) ¡Aben Humeya!


ABEN HUMEYA.- (Impone silencio a los suyos con el ademán, y después se vuelve a LARA, que habrá manifestado alguna sorpresa.) Podéis continuar libremente; nadie volverá a interrumpiros.


LARA.- El ilustre marqués de Mondéjar me envía cerca de vos y de estos pueblos... y antes de servir de intérprete a tan digno caudillo, omito, como inútil, recordaros cuán acreedor es a vuestra veneración, a vuestra confianza y, aun puedo decirlo sin recelo, a vuestra gratitud... Tan grandes y tan recientes son sus beneficios, que no habréis podido olvidarlos. De muchos años a esta parte, os ha gobernado con celo y con justicia... Ni se ha contentado con eso; sino que honrándose, entre tantos títulos de gloria, con el de vuestro protector natural, no vaciló un instante en ir a echarse a los pies del trono... No parecía un jefe solícito, intercediendo en favor de un pueblo, sino más bien un padre ofreciendo su vida por sus hijos... ¿Y cómo habéis correspondido vosotros a tan hidalgo proceder?... No necesito sonrojaros; tended la vista en rededor... o más bien, mirad vuestras manos; ¡teñidas están de sangre inocente! Y a pesar de todo, a la vista de tanta atrocidad, cuando se oyen aún los ayes de las víctimas, y cuando el brazo de la justicia está ya alzado sobre vuestras cabezas, tomo yo sobre mí dirigiros todavía pláticas de paz... Conozco bien a Mondéjar; le agrada más el perdón que el castigo. ¡Pero cuidado no os equivoquéis al calcular el motivo o las resultas de este paso!... Sólo una sumisión pronta, un sincero arrepentimiento, un recurso a la clemencia del monarca, sirviendo de intercesor ese mismo jefe, vuestro ángel tutelar en la tierra, pueden preservaros hoy de una ruina cierta... ¡Dios, únicamente Dios, pudiera salvaros mañana!


ABEN HUMEYA.- (Se habrá mostrado como pensativo y distraído al concluirse la alocución de LARA.) ¡Hola!... cargad de cadenas a ese castellano, y conducidle a una mazmorra.



(Algunos MORISCOS dan muestras de obedecer, y después se detienen indecisos.)


LARA.- ¡Y qué! ¿Vais a coronar tantos crímenes con este atentado?... Pero nadie se acercará impunemente a un soldado de los tercios de Castilla.



(Echa mano al puño de la espada; el ESCUDERO hace ademán con la lanza de ponerse en defensa.)


ABEN HUMEYA.- Lara, el ánimo y esfuerzo nada valen en esta ocasión... Vais a experimentar, vos mismo, los tormentos que nuestros antiguos opresores nos han hecho sufrir... Ahora veremos hasta dónde raya esa entereza castellana, de que blasonáis tanto; o si antes bien no preferís rescatar la vida a costa de vuestra sumisión, de vuestros juramentos, de vuestra misma fe...


LARA.- ¿Quién?... ¡Yo, bárbaro!... ¿Renunciar yo, por salvar una vida sin honra, renunciar a mi rey, a mi patria, a la religión de mis padres?... ¡Antes la muerte, mil veces la muerte!


ABEN HUMEYA.- (Con sequedad y desaire.) Esa es nuestra respuesta. Marchaos.


TODOS LOS MORISCOS.- (Arrebatados de entusiasmo.) ¡Viva Aben Humeya!


LARA.- (Después de mostrarse un poco perplejo.) Escuchadme... un momento siquiera...


ABEN HUMEYA.- ¿Y qué tenéis que añadir?... ¿Reconvenciones?... Ya las hemos oído. ¿Promesas?... No hay una sola que no hayáis quebrantado. ¿Amenazas?... Resueltos estamos a morir.


MUCHOS MORISCOS.- ¡Todos lo estamos!


OTROS MUCHOS MÁS.- ¡Todos!


LARA.- Pero tenéis esposas, tenéis hijos... ¿Habéis pensado en su suerte?


ABEN HUMEYA.- Sí, hemos pensado en ella; y al punto hemos empuñado las armas.


VARIOS CAUDILLOS.- ¡Y para no soltarlas jamás..., jamás!


ABEN HUMEYA.- Ya estáis oyendo, Lara... ¿qué esperáis?...


LARA.- (Tras una corta pausa.) Voy por última vez a poner vuestra suerte en vuestras manos; mas no olvidéis, en tan fatal momento, que seréis responsables ante Dios y los hombres de cuanta sangre se derrame. (Toma la lanza que tenía el escudero, clávala en la tierra, y cuelga de ella el escudo. Vuelve luego a su puesto.) -¡Habitantes de estas sierras!... el marqués de Mondéjar os envía su propio escudo, en señal de protección y como prenda inviolable de paz... ¿Queréis guardarle en vuestro poder y volver inmediatamente a la obediencia del rey de Castilla?


VARIOS MORISCOS.- ¡No!


OTROS MUCHOS.- ¡No!



(Tiran piedras y flechas contra el escudo, y échanle por tierra.)


ABEN ABÓ.- (Coge un tizón ardiendo de la hoguera, otros moriscos siguen su ejemplo, y van a pegar fuego a la iglesia.) Di a Mondéjar que venga a tomar posesión de la villa... ¡nosotros mismos vamos a iluminarle el camino!


LARA.- ¿Qué hacéis?... ¡Acabáis de pronunciar vuestra sentencia de muerte!


(Hace una seña al ESCUDERO, que vuelve a tomar inmediatamente la lanza y el escudo.)


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