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Escena IV[editar]

El ADMINISTRADOR, DOÑA VENTURA y DOÑA INÉS, que trae un pequeño lío.


D.ª INÉS. -Buenos días. Me parece que llegamos demasiado temprano para la diligencia de Burgos.

ADMINISTRADOR. -No señora; siempre es mejor esperar que exponerse... ¿Tienen ustedes ya billetes?

D.ª INÉS. -Esta señorita no más; yo soy la que vino ayer.

ADMINISTRADOR. -¡Ah! Sí, sí; ya me acuerdo. (Mirando el registro.)

D.ª INÉS. -Doña Ventura Bazán.

ADMINISTRADOR. -«Ventura Bazán»: esto es. «Un asiento de rotonda hasta Burgos, y cien reales entregados al conductor para comidas y demás gastos del camino.»

D.ª INÉS. -Eso es.

D.ª VENTURA BAZÁN. -¡Cómo! ¡Amiga mía, tanta generosidad!

ADMINISTRADOR. -Pueden ustedes sentarse, o pasar a la otra pieza, como ustedes gusten.

D.ª INÉS. -Muchas gracias.

D.ª VENTURA BAZÁN. -¡Ah señora doña Inés, cuántos favores le debo a usted! Hallándose tan apurada de recursos hacer este sacrificio por mí. ¡Ah!, crea usted que nunca, nunca olvidaré... (Llorando.)

D.ª INÉS. -Vamos, vamos, Venturita, lo que yo he hecho no tiene nada de particular. Vamos, hija, no llores, que tampoco a mí me falta nada para... Harta desgracia es para mí verme reducida a separarme de ti, y por eso únicamente siento haber perdido ese desgraciado pleito, que lo que es por mí... Yo debo cumplir la deuda sagrada de la amistad que contraje con tu buena madre. Al expirar te confió a mi cariño; y cuando la fortuna me quita la posibilidad de hacer por mí misma tu suerte, me veo obligada a buscarte una colocación donde estés al abrigo de la indigencia. Conozco hace muchos años a esa respetable señora de Burgos, a cuya casa vas de aya de sus niñas.

D.ª VENTURA BAZÁN. -¡De aya! (Suspirando.)

D.ª INÉS. -Ya sé que no habías nacido para ese empleo. La hija del valiente capitán don Enrique Bazán, muerto en el campo del honor, debía aspirar... ¡Como ha de ser! Dejemos tan tristes reflexiones. Ya sabes que lo hemos meditado bien, y que no queda otro partido que tomar. En fin, hija mía, la necesidad lo ordena.

D.ª VENTURA BAZÁN. -¡Ah, señora doña Inés! ¡Nunca podré encontrar en ella lo que pierdo en usted!

D.ª INÉS. -No, Venturita: tú la agradarás, ella te amará, no como yo te amo, porque eso es imposible, pero, quién sabe... Estoy casi segura, y mi corazón rara vez me engaña, de que tu primera carta me ha de dar excelentes noticias.

D.ª VENTURA BAZÁN. -Sí; pero yo hubiera preferido quedarme con usted.

D.ª INÉS. -¡Y yo, hija mía! ¿Crees que no lo hubiera preferido también? Pero tenerte a mi lado a tu edad, y cuando nos amenaza la indigencia... ¡Tiemblo al pensarlo! ¡En una corte, hija mía! ¿A qué peligros tan continuos no se verían expuestos tus pocos años? Ya lo experimentaste no hace muchos días en el Prado, cuando a la subida aquellos dos calaveras se atrevieron a hablarte, y a faltarte al respeto, teniéndote por una...

D.ª VENTURA BAZÁN. -Afortunadamente la casualidad nos presentó aquel joven militar que los hizo callar y los echó a empujones. ¡Ah! ¿Le he dicho a usted que anteayer pasó por nuestra reja?

D.ª INÉS. -No.

D.ª VENTURA BAZÁN. -¿No? Pues yo creía...

D.ª INÉS. -No, no me lo has dicho. ¿Y te habló?

D.ª VENTURA BAZÁN. -Sí señora. Pero me dio tanta vergüenza por la gente que pasaba, que no hice más que darle las gracias por su bondad, y..., me metí dentro toda conmovida. ¿Quién será ese joven, o que interés tendrá?

D.ª INÉS. -Nada. ¿Qué importa la opinión de un joven que probablemente no volverás a ver jamás?

D.ª VENTURA BAZÁN. (Suspirando.) -¡Jamás!... Ya lo sé. ¡Ay Dios mío! Aquí viene.

D.ª INÉS. -¿Quién, quién?

D.ª VENTURA BAZÁN. -El joven de quien hablábamos.

D.ª INÉS. -Vamos, vamos Venturita; entremos en la otra pieza.

D.ª VENTURA BAZÁN. (Se detiene mirando a DON CARLOS.) -Sí, entremos.


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