Al ilustre literato

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Al ilustre literato Don Francisco de Paula Martínez de la Rosa[1]
de Jacinto de Salas y Quiroga



ODA


Vous seul pourriez parler dignement de vous même.
VOLTAIRE.
Yo vi, sobre la cima de los Andes,   
al indio ennegrecido y medio hambriento   
rodar entre las rocas y la nieve;   
yo le vi maldecir su nacimiento,   
cuando, al mando despótico del hombre,
doblaba su cerviz ensangrentada,   
por los golpes y el peso quebrantada.   

Y cuando murmuraba su infortunio,   
y tal vez recordaba suspirando   
el lecho de su esposa, 
yo, mi genio altanero alimentando,   
acordaba mi lira melodiosa,   
y a mi voz y a mi genio dando riendas,   
calmaba así la turba pesarosa:   

«Hijos de Manco-Cápac, les decía,
escuchad mis acentos;   
¿no veis allá a lo lejos la bahía   
y la nave agitada por los vientos?   
Allí vino el primero que ha luchado   
con el padre infeliz de vuestros hijos.
¿Recordáis cuanta sangre ha derramado,   
antes de ser señor de vuestro suelo?   
El fogoso animal que le llevaba   
espuma enrojecida derramaba;   
su acero, su cañón, cuyo estallido, 
semejante al yalpor, daba la muerte,  
con su sangre no más se vio teñido.   
La flecha emponzoñada, del más fuerte   
el valor abatía,   
y cuando en las llanuras de la patria  
cuerpo a cuerpo, atrevido se medía   
con los hijos membrudos de los Andes,   
el suelo veces mil se estremecía, 
antes de declararse la victoria;   
y si a veces el polvo habéis mordido,
no caísteis jamás sin mucha gloria:   
creedme, si el hispano es vuestro dueño,   
los Dioses nada más os han vencido».   

Aquí cesa el sonido de mi lira,   
y el indio que escuchara enternecido,
y que aún en su pecho amor abriga,   
sólo puede decir con voz melosa:   
«Manco-Cápac, poeta, te bendiga».   

Tal el tierno cantor del mediodía   
endulzó mis pesares, 
que al llegar a mi oído sus cantares,   
rebosara mi pecho de alegría.   
¡Oh! Cuando en mi niñez tempestuosa,   
vagaba por el mundo sin consuelo,   
¡cuántas veces mi llanto regó el suelo, 
y anunció mi pesar y mi quebranto!   
Y al escuchar de Edipo los quejidos,   
y su canto divino de dulzura,   
me olvidé de mis penas... y mi llanto   
brotó... mas no era llanto de amargura.

Enmudeció mi labio, enternecido   
me prosterné, y llorando sólo dije:   
«Gloria al cantor divino del Edipo».   
Gloria, gloria al cantor del mediodía,   
que con su lira de oro más suave 
que el aire embalsamado de su patria   
esparce por el pecho esa alegría,   
melancólica, dulce, interminable,   
que eleva hasta el empíreo el pensamiento,   
y del alma afligida es alimento. 

Él, del modo que el águila altanera   
canjea sus miradas penetrantes   
con los rayos del sol, así se eleva,   
y en la contemplación tal se complace,   
y su mente sostiene del destino
el querer invariable.   

¡Quien tuviera tu voz para cantarte!   
¡Para decir cuál goza el pecho mío   
al escuchar tu voz! A tu albedrío   
río, lloro, suspiro en un instante,
me horrorizo en la bóveda espantosa, 
lloro sobre el sepulcro de una esposa,   
o recuerdo la gracia de una amante.   

Todo lo puedes tú, sólo una cosa   
no puedes, y es que el mundo no te adore,   
y no diga al oír tu melodía,   
ardiendo de entusiasmo y de ternura:   
«Gloria, gloria al cantor del mediodía».    


  1. Véase Francisco Martínez de la Rosa.