Al maestro, cuchillada

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda



Al maestro, cuchillada
de Félix María Samaniego



Allá en tiempos pasados
salieron desterrados
de la Grecia los dioses inmortales. 
Un asilo buscaban,
cuando en nuestro hemisferio se fundaban 
diversas religiosas monacales, 
y entre ellas, por gozar la vita bona, 
se refugió el dios Príapo en persona. 
De tal deidad potente el atributo 
con que hace cunda el genitario fruto, 
es que todo varón que esté en su vista 
siempre tenga la porra tiesa y lista. 
Con que de esta excelencia 
sintiendo la influencia,
en todos los conventos donde estaba 
el vigor de los frailes se aumentaba 
de modo que las tapias eran pocas 
para tener a raya sus bicocas. 
Furibundos salieron y atacaron 
a roso y a velloso;
pero, aunque más metieron y sacaron, 
el efecto rijoso
no por eso cedía
y cada miembro un roble parecía. 
El dios Príapo al momento
vio que este monacal levantamiento 
sus fuerzas desairaba,
pues más que él cualquier fraile trabajaba, 
y por miedo a los rudos empujones 
de tales campeones,
abandonarlos luego
pensó, tomando las de Villadiego. 
Fuese, por no pasar el tiempo en vano, 
a un convento de monjas de hortelano; 
pero cuando las madres recogidas 
sintieron de tal dios las embestidas, 
crecieron sus deseos
a par de los continuos regodeos,
tanto que al huésped molestando andaban 
y a puto el postre daban y tomaban. 
Entre ellas el potente fornicario 
todavía estuviera
si un caso extraordinario
por su influjo viril no sucediera;
y fue que, como siempre en los conventos 
hay algunos jumentos,
en éste dos las monjas mantenían 
que los trabajos de la huerta hacían; 
ítem más, un berraco había en ella, 
de gordura hecho pella,
y su choto ya mancebo
que para procrear tenía cebo;
por desdicha los pobres animales 
sintieron los impulsos naturales 
del dios que los cuidaba,
y al tiempo que en la huerta paseaba 
la femenil comunidad en tropa, 
oliendo que eran hembras en la ropa, 
el cerdo con gruñidos, 
el choto con balidos, 
y los asnos a dúo rebuznando 
y sus virotes a lucir sacando, 
tras de las monjas daban
y, aunque corriesen, bien las alcanzaban; 
pero como enfilarlas no podían, 
en el suelo caían,
donde el polvo, esperma y otras cosas 
las dejaban molidas y asquerosas. 
Entonces protección al hortelano 
pedían, pero en vano, 
porque a los animales su presencia 
aumentaba la gana y la potencia. 
Así que esto las madres conocieron, 
por el maligno a Príapo tuvieron, 
que, después de gozarlas, 
enviaba el Señor a castigarlas; 
con que, dando al olvido 
los méritos del dios antecedentes, 
después de que le hubieron despedido 
quisieron, penitentes, 
de su buen confesor aconsejadas, 
sólo por éste ser refociladas. 
Príapo, despachado,
se marchó a la mansión de un purpurado 
de geniazo severo,
donde entrar pretendió de limosnero. 
El señor cardenal, con mil dolencias
se hallaba, de sus obras consecuencias, 
con tres partes de un siglo envejecido 
y en la cama impedido,
cuando sus pajes en la alcoba entraron 
y al pretendiente dios le presentaron. 
Ya había en ellos hecho
la presencia del huésped buen provecho 
inflamando sus flojas zanahorias 
de suerte que, tornando a la antesala, 
las empuñaron con primor y gala 
y se hicieron sus cien dedicatorias.
En tanto, el cardenal, que estaba a solas 
con Príapo, sintió que se estiraba 
el cutis arrugado de su bolas 
y que se le inflamaba
tanto su débil pieza,
que enderezó la prepucial cabeza. 
Hallóse, finalmente, como nuevo 
y, echándole al mancebo 
una ardiente ojeada,
saltó del lecho, la camisa alzada, 
cerró la puerta y atacó furioso
a Príapo a traición, que, valeroso, 
vio que era, en tal apuro, 
descubrirse el remedio más seguro. 
En efecto, impaciente
se desataca y muestra de repente 
al cardenal impío
por miembro un mastelero de navío. 
Quedóse estupefacto el purpurado 
porque, a su vista, el suyo viejo y feo 
era lo mismo que poner al lado
del Coloso de Rodas un pigmeo;
y mucho más, oyendo que decía
el dios: —¡Habrá mayor bellaquería! 
Sacrílega Eminencia, 
Eminencia endiablada, 
¿quieres dar al maestro cuchillada? 
Sepas que es mi presencia 
la que tu miembro entona, 
porque soy el dios Príapo en persona: 
las cópulas protejo naturales, 
pero no los ataques sensuales 
de puerca sodomía; 
y, pues gozar ojete es tu manía, 
quédese el tuyo viejo, 
que en sempiterna languidez lo dejo. 
—¡No, por la diosa Venus!, humillado 
exclamó el cardenal. ¡A ti, postrado, 
dios de fornicación, perdón te pido! 
Mis sucias mañas echaré en olvido; 
pues, más que en flojedad tan indecente, 
quiero tenerlo tieso eternamente.