Alfredo: 15

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Alfredo de Joaquín Francisco Pacheco


6.ª[editar]

ALFREDO, BERTA.


BERTA.- ¿Sois vos, Alfredo?

ALFREDO.- ¡Es ella!

BERTA.- Pareciome oír una voz que se quejaba en este sitio..., y naturalmente me he dirijido acia él... Seríais vos..., sí: no quiero interrumpiros: ...los corazones tristes se reposan en la soledad..., y estas dulces y melancólicas noches de Sicilia..., ¡ah!..., no hay en ninguna rejión noches tan bellas como en este país.

ALFREDO.- ¿Son bellas, decís?

BERTA.- Vos no podéis estimarlas, Alfredo; porque no habéis esperimentado las de otras rejiones... ¡Dichoso vos, que nunca abandonasteis el suelo de vuestra patria tan hermosa!... Pero yo..., yo, juguete de un destino voluble, yo he conocido las escarchas y las nieblas de Inglaterra, y los arenales ardientes de la Palestina..., el país de los huracanes del polo, y el país de los huracanes del desierto... ¡Ay!, ¡ni en la Palestina ni en la Inglaterra se respiraba el aliento de esas flores, ni se escuchaba ese blando murmullo que es tan agradable a mi corazón!... Pero me olvidaba..., perdonadme, Alfredo: ...voy a dejaros...

ALFREDO.- ¡Ah!, no..., ¡no me dejéis!..., continuad ¡por compasión!... ¡Son tan dulces vuestras palabras! ¡Me quedan tan cortos momentos de oírlas!

BERTA.- ¡Cómo, Señor!, ¿marcháis?, ¿cuándo?, ¿a dónde?..., ¡nada me habíais anunciado!...

ALFREDO.- Sí, Berta..., marcho: ...mañana mismo: ...es forzoso: ...el nuevo sol me verá lejos de aquí.

BERTA.- Tan pronto!

ALFREDO.- ¡Pronto!..., ¿tendríais vos interés en dilatarlo?

BERTA.- ¡Yo!... Pero, ¿a dónde es vuestra marcha?, ¿cuál es el objeto de vuestra partida?

ALFREDO.- ¡Lejos..., muy lejos...! Para no vernos más en este mundo... Esos desiertos arenales, esas rejiones asoladas bajo un sol sin piedad...

BERTA.- ¿La Palestina?

ALFREDO.- Sí, la Palestina... Allí, allí... No hay en el mundo otra esperanza, no hay otra salvación para Alfredo!

BERTA.- Yo respeto vuestras razones, y no quiero arrancaros los secretos de vuestro corazón... ¡Quiere decir que la desgracia no se ha cansado de perseguirme...! ¡Cuando pensaba haber encontrado un apoyo, un amigo verdadero, que me hiciese más soportable mis penas..., cuando había sentido por vos la más dulce simpatía..., voy nuevamente a quedar abandonada a merced de un hermano caprichoso, y a todo el horror de un desamparo eterno.

ALFREDO.- ¡Por piedad, Berta!, ¡por piedad!... ¡Ah!, vos no sabéis...

BERTA.- Disimuladme si os he hablado de mí. Es la primera vez..., porque iba a ser la última. Había colocado en vos mi esperanza..., y es muy triste renunciar a ella...

ALFREDO.- (¡Imposible!, ¡imposible!... Yo no puedo abandonarla.)

BERTA.- Quisiera pediros un favor... Marcháis a la Palestina..., llevadme a mí también... Allí, en el monte Carmelo existe un monasterio de relijiosas, donde he pasado algunos años de mi vida..., allí existen también las únicas relaciones que me quedan en el mundo... Conducidme a él. En él rogaré a Dios por vuestra prosperidad..., y si mi memoria no os es enteramente agradable, en él podréis de tiempo en tiempo saludar alguna vez a vuestra amiga.

ALFREDO.- No, Berta; ...no partiréis..., no partiremos... ¡Imposible!, ¡imposible!... ¡Perezca mi virtud!..., ¡imposible!... No puedo abandonaros... El crimen..., el infierno mismo..., ¿qué me importa?... No..., ¡no os abandonaré!

BERTA.- ¡Alfredo!

ALFREDO.- Sí, Berta: conocedlo: conoced nuestra situación..., ya es imposible callar... Yo os adoro..., yo llevo el infierno mismo, el infierno del amor, dentro de mis entrañas... He luchado..., he resistido..., he querido huir..., ¡imposible! Vos no me habéis dejado huir... Vos habéis querido precipitarme...

BERTA.- ¡Yo!

ALFREDO.- Tú, tú..., que también me amas, tal vez sin saberlo..., tú, que me has arrastrado al abismo donde vamos a precipitarnos uno y otro... Porque ya es forzoso, Berta: ...ya es forzoso que tú seas mía, y que yo sea tuyo..., ya es forzoso que gozemos la felicidad del delirio, pues hemos perdido la de la inocencia... ¡Forzoso, sí, forzoso...! ¡Hija de la Bretaña!, tú has nacido para mí..., un destino férreo nos une..., una mano de bronce nos impele el uno contra el otro... ¡Ven! Aquí..., a la faz del cielo y de la tierra...

BERTA.- ¡Alfredo! ¡Alfredo!..., vuestro padre...

ALFREDO.- ¿Qué importa mi padre?... Mi padre fue feliz antes de bajar a la rejión del descanso... Yo también lo seré... Tú me perteneces desde mi infancia: sí: porque tú has realizado todas la ilusiones que la mecieron... Me perteneces..., ¡maldición!, ¡maldición al que lo haya impedido!...

BERTA.- ¡Por piedad, Alfredo..., no abuséis de mi debilidad...! Quizá..., ¿quién sabe?..., puede ser...

ALFREDO.- ¡Indudable! Tú me amas... mi corazón ha incendiado el tuyo..., ese es nuestro destino... la fatalidad de nuestra estrella... ¿Quién puede impedirlo?, ¿quién? Vamos a ser felices... Seamos felices un solo momento, y después ¡que el infierno nos confunda! ¿Qué importa?... Un instante; y venga, ¡venga en seguida el rayo que nos aniquile!...

BERTA.- ¡Qué palabras!... Tú me pierdes... Mi resistencia..., ¡ay!... ¡Alfredo!... ¡Y bien!... Yo te amo.

ALFREDO.- Pero no lo digas... ¡Palabra de felicidad!..., que no la repita el eco..., que no la gocen las auras..., ¡para mí, para mí solo!... ¡Momento de placer! ¿Qué ha sido mi vida hasta ahora? ¡Vanidad..., necedad..., insipidez eterna! ¿Me amas, Berta?, ¿me amas?... Y tú me lo has dicho..., y tus labios..., tus ojos..., esas lágrimas de placer, que se escapan por tus mejillas... ¡Noche!, ¡primera noche de mi existencia!... Antorcha que iluminas mi ventura!...


(Berta lánguida y abandonada. Alfredo en el mayor delirio la tiene entre sus brazos).


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