Almas errantes

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Almas errantes


- I - En la carretera[editar]

Es Maizales una blanca y verde aldea imaginaria, blancas las casas, verdes los prados, orilla del río, no lejos de la mar. Acampados ejércitos formidables de maíz, que le dan nombre, del río la separan. Bordea el maizal llana y polvorienta carretera, que limita por el otro lado con alegres colinas. Aquí y allá, en llano o monte, álzanse dispersas muchas casitas albas y relucientes como la nieve al sol. No pocas de ellas son elegantes hotelitos, rodeados de frondosa huerta o florido jardín, resguardados por verjas de hierro pintado de colores chillones.

A la entrada del poblado, y enclavado en el camino, se ve un edificio que, si en la parte alta aspira pomposamente a ser fonda, en la planta baja no quiere ser taberna, sin conseguir ninguna de ambas inofensivas pretensiones. Frente por frente a este hospedaje modesto y limpio, una parra sirve de toldo a la mesa de piedra, en torno de la cual hay siempre rústicos bancos y, en éstos sentados, rústicos ociosos murmuradores.

Como la murmuración no basta a llenar por completo los días de sol, con ella alterna el juego, y para mayor variedad, el tute se hermana con el monte, o tras de la reñida baraja, triunfa el pacífico dominó.

La gallarda moza, más que tabernera y menos que fondista, suelta de andares, rubicunda de rostro, apretada de carnes, viene o va, conforme la llaman o despiden los jugadores, trayendo o llevando las cartas y fichas, el vaso de cerveza, la copa de licor. De esta suerte, al vicioso ningún incentivo le falta: una deleitosa bebida, una partida animada y una buena moza -vino, juego y mujer-, las tres cosas tiene.

La muchacha, para desesperación de sus admiradores, es implacablemente honrada, y así el recreo no pasa de los ojos. El más inocente requiebro lo tomaría como un agravio.

-¡Amparo! -grita algún jugador o mirón del juego. Amparo entonces acude y sirve diligentemente cuanto se le pida de su taberna excesiva o de su fonda deficiente.

-¡Amparo! -ha gritado don Venancio, y Amparo ha acudido.

-¡Cerveza! -añade el buen indiano, y la tabernera se la trae.

-¡Ya hizo usted una de las suyas! -exclama entonces el compañero de juego del fastuoso don Venancio-. ¡En cuanto pide de beber, se le va el santo al cielo!

-Por mirar lo que no le importa -agrega zumbonamente un tercer jugador, señalando con un guiño del ojo derecho el desabrochado corpiño de la graciosa y fresca hospedera.

-Pues hoy no pasó por aquí nada que le distraiga -replica la buena moza, pronta al quite.

-Mucho decir es -interrumpe don Venancio exhalando un suspiro.

UN JUGADOR.- Juego.

UN MIRÓN.- Amparo se refiere a la costurerita.

DON VENANCIO.- ¿A quién? ¿A Magdalena? No hay nada; les juro a ustedes que no hay nada.

OTRO JUGADOR, que atiende poco al juego.- A quien aludía Amparo era a la viuda.

DON VENANCIO.- ¡Hombre!... ¡Le digo a usted!...

-¡Y que la viudita es de primera! -murmura, después de larga reflexión, otro del apiñado grupo.

-¡Me parece a mí que el tal mayordomo! -añade picaresco cierto viejecillo, aparentemente mudo hasta entonces.

La insinuación es acogida con significativas sonrisas, aun con marcados murmullos de asentimiento. Media hora hacía, lo menos, que a ningún ausente le alcanzaba un arañazo; la fiera plebeya de la baja murmuración empezaba a rendirse, de tanto haber dado descanso a las uñas.

¿Presintió la sonrosada tabernerita el nublado que se venía encima y la furia con que debería descargar? Lo cierto es que la noble y altiva mujer, muy atenta. siempre a su negocio y a no asistir al degüello moral de ninguno de sus clientes, puso carretera por medio, y a su tosco mostrador se retiró. Quizás entró en su pensamiento la idea de que, hallándose ella presente, los ociosos murmuradores tendrían una fama menos que devorar.

Amparo no les miraba, sin embargo, con malos ojos, ni les guardaba rencor en nombre de su sexo, frecuentemente por ellos escarnecido e insultado. Sobradamente les conocía, sabiendo que todos ellos eran excelentes personas, capaces de socorrer, en trance de apuro, al mismo prójimo a quien antes despellejaran.

Hubiérasele dado a cada uno de ellos obligación, que le ocupara durante las horas enervantes del calor, y de sus bocazas charlatanas no saliera entonces la menor alusión mordaz, ni asomaran siquiera a su mente los malos pensamientos. Pero aquella tertulia de la carretera formábanla holgazanes forzosos: ya cincuentones que regresaran del largo viaje a América enriquecidos para un mediano pasar, ya estudiantes en vacaciones; ora obreros sin trabajo, ora señoritingos sin voluntad de trabajar.

Dicho sea en descargo de tales sujetos, de allí salían, en época de fiestas, las más importantes cuestaciones del pueblo; y en no pocas ocasiones, de allí salieron también generosas limosnas para algunos desamparados de la suerte. En todo caso, el cognac y la cerveza cotidianamente corrían de lo lindo, las barajas cotizábanse en lo doble de su valor, todo lo cual inclinaba a la tabernerita a mirarles con piadosos ojos, no dando a los murmuradores otro castigo que el de sus breves ausencias cada vez que el río de la murmuración experimentaba alguna fuerte crecida. ¡Y a fe que hizo bien en ausentarse ahora! A la maliciosa insinuación del viejecillo siguió, a poco, un chaparrón de detalles comprometedores y de observaciones harto expresivas. Para decir verdad, la situación de doña Mercedes -que era de esta viudita de quien se trataba- y la de don Carlos, su administrador, no dejaban de prestarse a la fiera dentellada muy singularmente. Ambos eran jóvenes y vivían bajo un mismo techo. ¿Para qué más?

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Carlos nació y se crió en Maizales. Hijo de labradores pobres, fue desde los primeros años de vida orgullo de su padre. La inteligencia del muchacho revelábase tan despierta y luminosa, que a todos daba asombro el ver salida de tan humilde concha perla tan brillante.

-No dejes de dar educación a tu hijo, por poco que puedas -solían decirle los señores en buena posición al enorgullecido campesino-. Será un muchacho de provecho.

Tanto llegó a popularizarse y extenderse esta genial esperanza en el futuro talento del chico, que cierto filántropo algo extravagante inició, alentó y llevó a feliz término una suscripción entre las personas acomodadas de aquellos contornos para costearle los gastos de la segunda enseñanza al muchacho en muy decoroso colegio establecido en la capital de la provincia. Y a medida que los inscriptos en la lista de suscripción iban cansándose de ser caritativos, el extravagante filántropo tapiaba con sus propias fuerzas los resquicios que abría el egoísmo ajeno.

Cuando Carlos se enriqueció con el grado de bachiller, quiso la suerte loca poner el primer obstáculo en su camino.

El estudiante perdió a su padre. Aquella intensa desventura representaba para él una doble desgracia, porque estaba seguro de no poder continuar los amados estudios, cohibido por las imperiosas necesidades del problema cotidiano. Con no poca sorpresa del muchacho, no sucedió así. El extravagante filántropo que le protegía, ya sin colaboración de nadie, sufragó por sí solo los gastos para trasladar al chico a Madrid, sostenerle en la corte y darle carrera.

Carlos comenzó, en efecto, la de abogado, y ayudándose con el producto de una galana pluma que escribía primores, empezó en plena adolescencia a subir los floridos escalones de un brillantísimo porvenir.

Durante las vacaciones, Carlos volvía a Maizales; allí soñó los primeros ensueños, amó. los primeros amores y se deleitó con los más tempranos deleites. Era todo un hombre; física, moral e intelectualmente, nada había que pedirle.

Mediada la carrera, prodújose en el alma de Carlos una gran catástrofe moral que torció para siempre su destino. De verse halagado pasó a sentirse esquivado y rehuido; donde antes simpatías, hallaba desdén. Su madre, a quien tanto amaba, perdió la estimación moral del joven. Su padre, a quien siempre creyera respetado, había sido en vida víctima de traidor ultraje. El filántropo extravagante no era tal extravagante, ni tal filántropo, sino un cuco de cuenta y un concupiscente marrullero. Él mismo, el propio Carlos, había vivido en una inconsciente indignidad. Muerto el padre, los entapujados amores de la madre con el protector no tuvieron ya el freno del miedo ni tardaron en ser el pasto de las hablillas públicas. Los amantes acabaron por vivir juntos desvergonzadamente. Sintió el muchacho que una ola de fango le envolvía, que todos los nobles impulsos experimentaban un largo silencio en su corazón, que toda su sangre hervía en un bramido de protesta. Ya que no la sombra de Hamlet, la de Andrés Cornelys cruzó por su pensamiento. Pero su ofensor no dejaba de haberle protegido, a pesar del ultraje; cuanto era, cuanto sabía, cuanto valía, todo lo que en sí llevaba con orgullo, lo debía a aquel hombre. Carlos se negó a seguir aceptando la limosna infamante, a compartir con su madre el fruto de la deshonra paternal. En estas circunstancias Carlos emigró a América, dejando sus estudios, abandonando todo conocimiento teórico para entregarse a la práctica de vivir. Durante algunos años nadie en el pueblo volvió a saber de él. Al fin llegaron vagas noticias de que vivía en Cuba, ocupando modesta posición independiente.

Durante el verano anterior al de este vulgarísimo relato, Carlos embarcó para España y se presentó en Maizales de improviso. El reaparecido venía en buen pie de fortuna, según toda apariencia, diciéndose administrador de una gran señora cubana, y con el encargo de adquirir o construir en aquella aldea o en sus aledaños una hermosa finca. Y así lo hizo, comprando en buen puñado de miles de duros la mejor del contorno.

Todo fue entonces reverencias y agasajos al dadivoso recién llegado. Todos solicitaban su amistad, asediándole a preguntas y recuerdos. Su madre y el amante, que se casó con ella en el supremo trance del morir, llevaban ya años bajo la tierra piadosa del Camposanto; ya muertos, la murmuración, impotente para producirles dolor, les abandonó. Y las dramáticas vicisitudes del partir Carlos de su lugar nativo habían rodado también al olvido, más hondo que la muerte.

Todos los aprestos para convertir Bellavista, la posesión comprada, en plácido, ameno y confortable retiro, llevolos el administrador de la señorona americana con diligencia vertiginosa. Tuvo que oír el asombro de los maizalenses cada vez que nuevos muebles y enseres lujosos llegaban a la finca. Ya ultimados los preparativos, Carlos reembarcó, despedido con ostentosas y unánimes simpatías, dejando de su paso una huella de suave afecto, una estela de apacible luz.

Durante el invierno, la lluvia enfangó casi constantemente la carretera. Las reuniones de los jugadores y desocupados celebrábanse bajo techado, eran más breves y no cotidianas. La casa de Amparo estaba desconocida por lo poco animada. A veces, durante horas y horas, sólo interrumpía el silencio el lejano galopar de algún caballo, que se acercaba rápido y chorreante, descendiendo el jinete, aterido bajo el impermeable, sacudiendo éste y las botas de montar, apurando de un trago la copa de ginebra para reanudar con toda precipitación la incómoda marcha.

Sólo en algunos breves claros de sol, bajo las ramas secas de la escarchada parra, las alegres partidas de monte o de tute se renovaban con fugitivo esplendor. Entonces volvía a su apogeo la charla loca de los comentaristas profesionales, y con el grato recuerdo de Carlos, grata suele ser toda novedad, se juntaba la curiosidad impaciente de conocer a la anunciada poderosa señora, que debía en lo porvenir representar en Maizales algo así como la jerarquía deslumbrante de un Capitán general o de un Arzobispo. Quién la pintaba como vieja y bondadosa, quién como una joven ridícula y estrafalaria.

Pasó, en fin, la renovadora primavera sin que la desconocida llegase ni nadie de su familia viniera de vanguardia. Hasta que, entrado junio, arribaron felizmente, seguidos de cuatro criados y con abundantísimo equipaje, la viuda y su administrador.

Fue general la sorpresa. Tratábase de una mujer afable, expansiva; vestida siempre de trajes claros, con flores perennemente en los negros cabellos y sobre el pecho exuberante; alta, nerviosa, esbelta, morena y seductora.

Formaban una linda pareja ella y Carlos. Desde todos los labios maizalenses una sonrisa unánime de agrado les dio la bienvenida. Pero la mujer era lindísima y despertaba envidias en las vanidosas cabecitas del bello sexo; el hombre pudiera ser afortunado, y esto le hacía también envidiable de los zanguangos necios y presuntuosos. Hubiérase tratado de una vieja antipática, y nadie tendría nada que oponer. La dignidad de Carlos y la virtud de Mercedes, mirando al través de un prisma envidioso su fortuna y belleza, infundieron instintivas sospechas. La tormenta empezaba a fraguarse en las nubes; por entre aquellos apacibles maizales crecidos, en las fuentes claras, en las florestas serenas, en el ambiente luminoso, iniciábase una ráfaga de amenaza.

Cuando la presencia de Mercedes y Carlos en la carretera impuso silencio a las mordacidades de los que jugaban con D. Venancio al tute o les veían jugar, por entre los oreados cañaverales, que enhiestos recibían la caricia lujuriosa del sol, la brisa mansa de la tarde parecía musitar el célebre verso quintanesco:


«¡Ay, infeliz de la que nace hermosa»


- II - La «Mariposa»[editar]

En la taberna reinaba aquella noche grande algazara, porque estaba en el uso de la palabra el Manco; en el uso de la palabra y en el abuso de la bebida, según costumbre.

El auditorio aumentaba rápidamente; cuantos entraban a «echar» una copa quedábanse allí estacionados, suspensos de la labia del embriagado orador. Y las carcajadas generales eran tanto más de notar, cuanto que el excelente borrachín nada decía que fuera ingenioso o regocijado. Sarta de disparates sin gracia y sin intención eran sus discursos.

En aquel momento el Manco, saltando de la elocuencia heroica al blando lirismo, invocaba el dulce nombre de su hija.

-Así le digo yo a la mi fiya, que yé lo que quiero más en este mundo; el diablo me lleve. De la Mariposa hablo, don Teodomiro; usté la conoz. La mi muyer y yo pusímosla María y Josefa y Rosa, porque era el día de Santa Rosa cuando ella ha nacíu. María y Pepa hacen Maripepa. Maripepa y Rosa, Mariposa.

Y como advirtiera la sorpresa de los oyentes, añadía sentenciosamente el Manco:

-Yé una abreviatura.

-Usté bien lo sabe, don Teodomiro, lo que val la mi rapacina. Yé una perlina mismamente. ¡Y tan modosina, tan guapina como yé la mi neña! Yo, casarla, casarela a la mi Mariposa, porque ese yé el destino de la muyer y la ley de Dios. ¡Pero tien que ser un príncipe ruso del Celeste Imperio el que me la pida! Yé una glorina, don Teodomiro. ¡Lo que ella fai, lo que ella sabe, lo que ella trabaya, la bendita! ¡Y to por sostener al su padre, a este probe manco, que ya está muy vieyu!...

Y las lágrimas volvían a cortar la voz del orador.

Para hablar con verdad, la oratoria del Manco tenía más de meliflua y llorona que de ardiente y bélica. Nueva gallarda prueba hallábase dando de esta su ternísima especialidad, entre el general regocijo del auditorio, ponderando y enalteciendo los méritos, las virtudes, las pudibundeces y discreciones de su bella hija, cuando de súbito la inesperada exclamación de un concurdáneo cortó el hilo de sus logomaquias apologéticas.

-¡Ahí está la Mariposa!

Y el Manco, tembloroso, palideció de espanto.

En el umbral de la puerta acababan de apoyarse, breves y ligeros como dos pajarillos, los lindos pies de una mujer rubia y rosada, bajita y airosa, llenita de carnes, con grave expresión de melancólica indiferencia en los fríos ojos azules, con dulzura de risas y llamaradas de rubor en el rostro, con enérgico ceño.

La innata distinción aristocrática de aquella admirable figurita plebeya, contrastaba grandemente con el acre olor a vino, tabaco, borrachera y pereza que de la taberna emanaba.

-¿Quier un vasín de sidra, preciosa? -dijo, todo zalamería, un contertulio.

-Se agradece -contestó secamente la muchacha.

Y volviéndose con severidad al Manco:

-¡Ande, padre, ande para casa! -le dijo-. ¿No le da vergüenza estar siempre así?

Y aquel hombre, que se volvía un león para increpar a los gobernantes funestos y a los generales vencidos, salió sin chistar ni levantar los ojos, humilde como un cordero asustado, a la primera intimación de los juveniles labios de su airada hija, finos y rojos como brevísimos cintillos de coral.

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En mezquino tugurio, compuesto de cuatro piedras ligadas por muros de ladrillo, albergue tan mísero que sólo dejaba espacio para la cocina y para el comedor con una cama, vivía con su padre la Mariposa. Frente al tugurio se alzaba la panera, que servía también de dormitorio a la muchacha. Era ésta la costurera única de la aldea; el Manco y ella alimentábanse del producto de la aguja. Y no se atribuya a que el inofensivo borrachín fuera hombre nacido para una eterna holganza. No. El Manco trabajaba, aunque torpemente.

A falta de una ocupación sólida, nuestro orador tenía tres muy frágiles. Arreglaba paraguas, siendo esta defensa contra el agua una singular habilidad ingénita en tan ferviente adorador del vino; guiaba un carrito de movimiento insoportable, tirado por mula ciega y renqueada, que solía ser siempre, entre todos los caballos y mulas, la última en llegar; finalmente, aceptaba limosnas, aunque no las pedía. La imperfección del Manco de Maizales incapacitábale para los más usuales y en el pueblo más necesarios oficios; la pésima condición de su mula y absoluta inconfortabilidad de su carricoche, le hacían el carretero más antipático a los viajeros y aun a las maletas; gracias a que su nativa elocuencia le facilitaba el ser celebrado y agasajado en todas partes, granjeándose pronto la dádiva o el convite.

Andaría entonces la Mariposa alrededor de los veintiséis años, y no se le recordaba ningún novio, aunque recibía frecuentemente en sus altares ofrendas de ramilletes de adoradores. Si hemos de llamar las cosas por su realidad, resignémonos a confesar que Mariposa era coqueta, y que sus vuelos de flor en flor justificaron el raro nombre con que la confirmó su padre.

Durante el verano anterior, Mariposa estuvo, sin embargo, a pique de formalizarse y casarse. Hacía dos años, entonces, de que un acaudalado industrial, residente en Méjico, y deseoso de retirarse a su país, pidió informes acerca de las jóvenes maizalenses en estado de merecer, coincidiendo todas las referencias en que la más gentil, la más apetecible, la de mejores partes y prendas, era la hija del Manco. El mejicano, amigo íntimo del mejor orador de Maizales desde los imborrables años de la niñez, pidió al Manco el retrato de su hija, y formuló solemnemente, después de recibirlo, la petición de mano, invitando a la Mariposa y al paragüero para trasladarse a la patria de Moctezuma -así lo decía el Manco- con objeto de que se celebrara la boda.

La Mariposa levantó un muro de hielo contra los seniles ardores del mejicano enriquecido; pero las súplicas del Manco fueron tales, y con tanta insistencia propaló el fausto acontecimiento en sus discursos, que la muchacha llegó a temer el ridículo si no cedía, y acabó por dar su asentimiento.

A Méjico se trasladaron, pues, la Mariposa y el elocuente autor de sus días. El viaje fue un duelo continuado para el presunto suegro. La niña sentía constantemente la imperiosísima necesidad de llorar, y mil veces llegó el Manco a desistir de su proyecto, rogando otras mil al capitán del transatlántico que diera la vuelta y les reintegrara sin pérdida de tiempo a Maizales. Y entre las lagrimitas incesantes de su hija y el inmenso abismo de agua del mar, al pobre Manco se le aguaba todo el vino antes de llegarle al gaznate, y él, tan locuaz, permanecía perennemente mudo, como un buen diputado de la mayoría.

No fue, sin embargo, el calamitoso viaje lo peor, sino la llegada. El mejicano recibió a sus huéspedes con todas las melifluidades y prodigalidades posibles; pero verle la muchacha y atragantársele, fue todo uno.

-¡No puedo, padre, no puedo! -gemía la Mariposa.

El ricacho, que alentaba la esperanza de rejuvenecerse besando una boca de rosas y de risas, retrocedió hosco y molesto ante tales aspavientos, suspiros y lamentaciones. Así fracasó aquel concertado matrimonio, quedándose en Méjico el anciano novio enfurecido, que reclamaba a voz en cuello la devolución del dinero gastado en el viaje. Y así regresaron a Maizales: desolado el Manco, virgen la Mariposa.

Fue entonces, durante la ausencia del orador maizalense y de su hija, cuando Carlos llegó solo a la aldea, compró la finca de Bellavista para Mercedes, y tornó a embarcar.


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La subida del precio en la oferta no tardó en acrecentar la demanda. Los despechados adoradores de María Josefa Rosa, apenas la vieron volver con palma, sintieron redoblarse sus ardimientos y resucitar sus muertas esperanzas, con lo cual estrecharon el cerco, afilaron las uñas, adulzoraron más aún la expresión amorosa y, de pura dulzura, dieron en el más pegajoso empalago.

Dos de estos amadores irreductibles merecen aquí recuerdo especial. Uno de ellos ya os fue presentado, aunque le conocisteis poco; no vale el empeño de conocerle más. Es un excelente majadero este don Venancio el fastuoso, indiano retirado, almibaradísimo en el hablar, grotesco de andares y de modales, resplandeciente de joyas y febril por casarse con cualquiera.

Más temible es Andrés, hijo de un poderoso labrador, carácter sombrío, inteligencia sin cultivo alguno, querer de hierro, apetitos de bestia. Jactancioso y fornido, moza que él corteje nadie se la dispute. Habituado a los amores fáciles, el primer amor difícil le enciende el sentido y le centuplica la voluntad. Ingenuo y rudo, sabría morir o matar por amor. Cuanto más Mariposa le desdeña, con más fuego la mira. Y, en verdad, con todos sus vicios y virtudes, no mayores ni menores en él éstas y aquéllos que en los demás mortales, en verdad lo merece, por gustar tanto de ella y amarla tanto. De esta madera fueron, en la vida y literatura españolas, casi todos los criminales y los héroes.


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Para ser poco afortunado don Venancio en lances de amores, mientras él jugaba sosegadamente al tute en la carretera, de casa del indiano salía la Mariposa, que acudiera a entregar la labor encargada por una hermana del cincuentón. Y en la misma puerta del pintarrajeado hotelito que poseía el americano, la Mariposa tropezose con Andrés.

-¿Ya de retirada? -preguntó el mozo.

-A mi casa me voy, si usted otra cosa no me ordena -contestó la linda criatura.

-¿Llevas mucha prisa?

-Mi casa está lejos.

-Muy cerca para mí si te acompaño.

-Déjeme, don Andrés, y siga su camino.

-¿Será creíble que no te ablandes nunca? ¿Habrás de mostrarte siempre conmigo tan injustamente esquiva? ¿No merezco una esperanza siquiera?

-Déjeme, don Andrés, le repito, y no sea pesado.

-¡Por caridad, Mariposa!

-¡Eso digo yo! ¡Por caridad!

-De hoy no pasa el que hablemos.

-Todo lo tenemos muy hablado. Ya le dije cuanto podía decirle. Seamos buenos amigos.

-Esta idea de ser amigos, nada más que amigos, no la resisto.

-Pues otra cosa no puede ser.

-Ya sé por qué.

-Por nada.

-Hablemos con franqueza, Mariposa.

-Diga usted lo que guste.

Y prosiguieron el camino con algunos minutos de silencio. Mariposa se arreglaba nerviosamente el delantal. Andrés mordía con rabia el tallo de una flor.

Súbitamente, el enamorado asió violento a la muchacha por la muñeca.

-¡Don Andrés, por Dios! ¡Está usted loco! ¡Que me lastima! ¡Suélteme, o grito!

Y él no la soltaba, ni nada decía.

Cuando ella le miraba aterrorizada y sin amor, desasió al fin el joven la anhelada mano, y pasando de la exaltación iracunda a un gran abatimiento de tristeza, dijo con dolorido acento:

-¡Mariposa, tú quieres a otro!

-Le juro que no. Pero no tengo para qué darle explicaciones.

-¡Mariposa, acabas de mentir! ¡Tú quieres a otro!

La joven volvió a negar con un gesto altivo.

-¡Mariposa! ¡Lo sé! Tú sueñas con Carlos y él te desprecia.

La linda cabecita rubia irguiose airadamente.

-Bien, ¿y qué? ¡Aunque así fuera! -dijo la hermosa.

-Y no sabes que ese hombre no es sólo el administrador de la americana; es también su querido.

-¡No! -murmuró María Josefa, trémula la voz.

-¡Sí! -replicó firme y convencido el enamorado-. Yo te daré la prueba.

-Entonces lo creeré.

Nueva pausa larga. Andrés seguía mordiendo la flor.

-Y ahora que ya lo sabe usted -añadió altanera la chica-, espero que me dejará vivir tranquila y no será tan cobarde que divulgue el secreto.

-Siquiera para vengarte de él, deberías ser mía.

-Oiga usted bien, don Andrés, lo que voy a decirle. Yo tenía esa sospecha, pero la rechazaba como un mal pensamiento mío. Algo me hacía presentir que no había de faltar una persona a quien oírselo. ¡Dios mío! ¡Al que me diera la noticia, cuánto le odiaría yo! Y es usted quien acaba de dármela. ¡Pruebas, quiero pruebas! Y si ello es verdad, tomaré su consejo y sabré vengarme. ¿Con quién? Con cualquiera... ¡menos con usted! ¡Con usted no! Siempre recordaré con horror este instante. ¡Váyase, váyase noramala!

Él siguió acosándola y hablándola; pero ante el reiterado silencio y sombrío pesar de la joven, desistió al cabo de acompañarla y se quedó como clavado en el camino, mirándola alejarse, alejarse... y desaparecer.


- III - De arribada forzosa[editar]

La huerta de Bellavista era enorme. Casi desde lo alto del monte llegaba hasta la carretera. Daba entrada una soberbia y amplia verja de hierro pintada de verde. Espléndida y enarenada alameda, interrumpida a la mitad por soleada plazoleta, con fuente y estatua en el centro, llevaba al visitante hasta el jardín, riquísimo en rosales; a la terminación del vergel admirábase la terraza del hotel, que era éste un verdadero palacio. A ambos lados de la alameda, y detrás del hotel, dilatábase la huerta, pródiga en nogales, perales y manzanos. Frente a una de las puertas laterales del edificio, vieja y frondosa higuera cobijaba en su sombra un velador de piedra y algunas rústicas mecedoras de hierro. Sentado en una de éstas, apoyados los codos sobre la pétrea mesa, Carlos devoraba un respetable revoltijo de huevos fritos, jamón y salsa de tomate, mientras dirigía perezosamente miradas temerosas al fajo de periódicos sin abrir. Detrás de él, morral y escopeta recordaban que aquel hombre venía de cazar. El sudoroso y resoplante Pointer, a sus pies tendido, tampoco lo olvidaba, a juzgar por el gusto con que trituraba los huesos o se engullía los desperdicios del jamón que el almorzador abandonaba a su apetito. No serían las nueve de la mañana aún. Desde la umbría inmensa de Bellavista divisábase arriba las cumbres y abajo la carretera, los maizales, el río, dorados por la caldeada luz matutina y aspirando fatigosamente los rayos del sol.

El cielo de Asturias, cuando no gris, de un azul blanquecino, siempre toldo benigno que resguarda del calor o del frío, dejando sólo filtrarse la humedad, tiene, sin embargo, algunos días excepcionales, pocos y en el rigor del verano, de azul intenso, de luz rabiosa, que Andalucía envidiara. Éste era uno de ellos.

Apenas había apurado, tras de embaularse los huevos con jamón, el colmado vaso de vino de Candamo, leve rumor de la puerta le hizo a Carlos volver hacia allí la cabeza. Las blancas hojas de persiana se abrieron, y en el umbral apareció una esbelta y risueña morena, embutida en tenue vestido de color de rosa, en el cual se admiraba a un tiempo la sencillez y la elegancia. Bastaba ver a la dueña de aquel traje modesto, para adivinar su costumbre de llevarlos lujosos.

-Buenos días, Carlos -dijo Mercedes con expresión dulce.

-Buenos días, señora -contestó Carlos respetuoso, poniéndose en pie.

-Mucho se madruga.

Y Mercedes sentose familiarmente frente a él.

-Estaba desvelado, esperando que amaneciera, y apenas vi la primera claridad abrí la ventana. Por la pomarada pasaba Juanón; trabamos conversación, me vestí, y juntos fuimos a disparar algunos tiros por el monte. He regresado con un hambre atroz, y yo mismo estoy asustado de cómo devoré. Años hacía no me permitía estos lujos de holganza, y como ya han de acabarse pronto...

-¿Insiste usted en dejarme sola?

-Sí, señora; es preciso.

-Poca galantería es esa, caballero.

Esta palabra, «señora», tenía el privilegio de excitar los nervios de la bella cubana, cuando quien la pronunciaba era Carlos. Por esto, la réplica fue dicha en tono duro.

-¡Siempre será usted una chiquilla, Mercedes! -contestó indulgente el cazador.

-Mercedes me llamo y me gusta que me den mi nombre. Cuantas veces me diga usted «señora», otras tantas le contestaré «caballero». Habíamos quedado en que no volvería a darse el caso.

-Usted se gobierna solamente por el corazón, y en el mundo no se puede vivir así.

-Yo siempre pude.

-Demasiado lo sé.

Y Carlos sonrió con bondad.

-Muerto mi marido -prosiguió ella- y alejada de mi familia, ¿á quién tengo en la vida? A usted nada más. También usted es solo. Su adhesión a mi casa, su gran corazón, las bondades que le debí en mi desgracia, el interés con que cuida de mis negocios y acrecienta mi caudal, nos han unido. ¿Quién puede extrañar que nos tratemos como hermanos?

-Como a una hermana la quiero yo. Harto usted lo sabe, y don Alejandro, que fue para mí un segundo padre, también lo sabía.

Aquella solemne evocación del anciano marido difunto fue muy oportuna. La viudita permaneció pensativa durante algún rato.

-¡Señorita, señorita! -gritó una criada que venía del jardín- ¡No puede usted figurarse qué desastre!

-¿Qué ocurre? -preguntó Carlos impaciente, poniéndose en pie.

-¡El coche acaba de volcar!

-¿Qué coche?

-El de línea que venía de Berzosa.

-¿Hay desgracias? -interrogó la hermosa cubana ansiosamente.

-Sí, señorita. Una mujer se ha clavado los cristales en los brazos; un viejo que venía en la baca, se ha roto la pierna; un señorito muy elegante, se ha dislocado el pie; el zagal también está herido, y casi todos los viajeros vienen lastimados.

-¿Y dónde ha sido?

-Frente a casa de Amparo.

-¡Y allí no habrá hilas, no habrá vendas, no habrá modo de curarles! -exclamó Carlos.

A lo cual añadió Mercedes, volviéndose a la criada:

-Vaya usted a casa del médico, si no le han avisado ya. Antes deme el botiquín.

Y mientras la rapaza estuvo ausente, hasta tanto que trajo lo pedido, Mercedes propuso al administrador bajar ambos juntos a la carretera.

Esta proposición, como no podía menos, fue bien acogida, y al lugar del suceso encamináronse diligentemente la viuda y su subordinado.

En la primera curva de la llana carretera, a dos o tres hectómetros del fonducho, y a escasísima distancia de la verja de Bellavista, el coche, rotos los cristales, torcida una rueda, sosteníase con dificultad, mientras el mayoral, con el improvisado auxilio de algunos mozos de la aldea, trataba de recomponer lo destruido. A pocos pasos, tumbado en tierra, uno de los caballos estaba herido, junto al Manco de Maizales, que le miraba lastimeramente.

-¡Yé la competencia! -discurseaba el Manco hablando con un viajero contuso- ¡Yé la competencia! ¿Cómo habemus de tener nada en este probe país, cóime, si basta que yo ponga una tiendiquina pa que a la media hora se abra otra al llau? Púsose esta diligencia, y aluego non se fizo esperar la otra,¡pa hacele la competencia, contra! Y son los del otro coche los que han aflojau a la rueda el torniyu pa que en la primer revuelta volcara, como ha volcau, mancando a tos esos probes señores y a este probitín caballín, que en na se metió y yé una compasión el velo sangrar.

Y con agua del río, enlodada e infecta, lavaba las heridas del jamelgo.

Los otros jacos tísicos estaban algo más allá, paciendo libres, bajo la mirada vigilante de algunos contrariados viajeros. Dispersos en el prado, había un baúl grande y varias maletas.

Fuera de la fonda, sentado en el poyo de piedra, con la pierna rígida sobre la rodilla de espontáneo curandero, un viejo mal vestido exhalaba quejidos lastimeros:

-¡La mi pierna! ¡La mi probe pierna! -gemía.

Y cuando cualquiera de los demás heridos lamentaba patéticamente el percance, el magullado anciano movía tristemente la cabeza y repetía con voz quejumbrosa:

-¡Lo míu! ¡Lo míu!

En su rostro reflejábase intenso sufrimiento. Había sido víctima de un magullamiento general, por la desgracia de caerle encima un baúl al rodar de la baca del coche al empolvado suelo. La maldita competencia, que tan justificadamente indignaba al Manco, tal vez le costaría la vida.

Una obesa mujer de treinta años, lívido el rostro hermoso y cetrino, se subía las mangas hasta el biceps, no sin grandes dolores, y aparecía el antebrazo sangrando horriblemente. Un médico, que en el coche viajaba por casualidad y había milagrosamente salido ileso, pugnaba por contener la abundante hemorragia.

Más allá, donde los desocupados solían jugar al tute, un joven muy guapo, de barba y cabellos castaños fingidamente enmarañados, de mirada serena y azul, de boca impecable, de manos aristocráticas, vestido con elegante traje de franela blanca a listas rojas, y resguardada del sol la hermosa cabeza por un amplio pavero de castor, sentábase en tosca banqueta, y con el pie en el aire, se lo palpaba con una mano, intentando calcular la importancia del daño recibido.

Apenas Carlos y Mercedes llegaron, el apuesto desconocido se incorporó asombrada y bruscamente; pero el dolor fue más fuerte que él, obligándole a torcer la boca y caer en su asiento.

-¡Carlos!

-¡Fernando!

Ambas exclamaciones jubilosas resonaron juntamente. Unió a los dos amigos un fuerte abrazo.

-¿Quién contaba contigo, después de tantos años?

-¡Y encontrarnos así, donde menos lo esperábamos!

-Estás muy joven.

-También tú.

-¿Te hiciste mucho daño?

-Me he dislocado un pie.

-¿Y tienes precisión de continuar el viaje?

-Yo nunca tuve prisa por llegar a ninguna parte. Si vives aquí, me quedo contigo.

-En casa te cuidaremos. Vivo con esta señora, cuyos bienes estoy encargado de administrar.

Carlos indicó a Mercedes en una respetuosa mirada.

Descubriose Fernando acatadoramente, y la cubana sonriole afable.

-Pasará usted con nosotros un mes -dijo la hermosa.

-Encantado -respondió el lastimado viajero.

-Por lo pronto, vamos a llevarle; que le curen ya en casa. Será lo mejor. ¡Vaya con Fernando!

Y así diciendo, Carlos llamó a dos mozos que cerca se hallaban.

-¡Eh! ¡Sindo! ¡Manín! Pedidle a Amparo una butaca y traedle en ella al hotel.

-Lo malo será -insinuó Mercedes- que si Carlos se marcha pasado mañana, va usted a aburrirse mucho.

-Me quedaré hasta su curación, si usted me lo permite -replicó el administrador.

Y en los negros ojazos de la bella cubana esplendió una serena claridad triunfal.


- IV - Confidencias[editar]

En la terraza, frente a una mesilla volante, apoltronados en sendas butaquitas de mimbre, ambos amigos saboreaban el chocolate del desayuno.

Allá en los venturosos días fugitivos de la primera juventud, Fernando Gelabert y Carlos Carreño se consagraron mutuamente predilectísima estimación. Ya separados y distanciados por las vicisitudes de la vida, ninguno de ellos volvió a encontrar otro amigo en quien compenetrarse tanto. Años hacía, Fernando no sabía de Carlos, ni éste de aquél. El administrador de la viuda suponía a su camarada de Madrid trabajando en Roma como pintor pensionado. El artista creía definitivamente encerrado en Cuba a su antiguo condiscípulo. Apenas la casualidad les reunió de nuevo, adoptando el azar para este feliz resultado la aterradora forma del vuelco de un coche, despertó en ambos fraternales corazones el impaciente anhelo de asociarse en una fervorosa oración por los años de ausencia.

Las primeras confidencias partieron de Gelabert.

-Ahora me manejo perfectamente -decía el pintor-, pero no puedes imaginar cuántas y cuán reñidas fueron las batallas hasta conseguir la victoria. Pasé años de lucha cruenta, de miseria inclusive. De la gran fortuna de mi padre, nada me quedó al morir él, y aquella opulencia en que me conociste trocose pronto en angustioso problema diario. Mis pinceles eran todo mi capital. Y para serte franco, las esperanzas que mis maestros pusieron en mí empezaban a debilitarse. Los paisajes que yo pintaba parecían ensaladas, y respecto de la Historia, que teóricamente conocía como pocos pintores, mis aptitudes para reproducir sus tragedias en el lienzo eran bien deficientes. Sin embargo, en fuerza de trabajos y recomendaciones, obtuve una plaza para Roma. Yo ganaba poco y cuanto ganaba gastábalo fácilmente. Era un arruinado hidalgo con aficiones y gustos de príncipe. Nadie tenía fe en el porvenir mío y regresé a Madrid sin prestigio alguno en las esferas oficiales del arte; que también en las regiones artísticas hay mundo oficial.

-Sin embargo, tu cultura, tu conocimiento de la antigüedad, tus nativas exquisiteces y distinciones...

-Efectivamente, algo debía yo de llevar dentro cuando salí adelante. Pinté para la Exposición Nacional, y me rechazaron el cuadro. ¿Por qué? Lo ignoro todavía. Dijeron los jurados que era inmoral, y yo no afirmaré que lo fuese o no, porque no me conceptúo buen juez en tales materias. El hecho fue que aquel desaire señaló mi triunfo. Algunos periodistas me defendieron, por no tener en tal oportunidad cosa más interesante de qué escribir. Los críticos sensatos echaron puñados de tierra sobre mí. Me encontré clasificado definitivamente y me enorgullecí de mi rebeldía. Francamente rebelde fui desde entonces. Me habían excomulgado por un desnudo, y no quise pintar nada más que desnudos en lo sucesivo. Si algún encopetado personaje me hubiera tendido su mano protectora para encargarme el retrato de su mujer o de su hija, hubiérame visto precisado a confesarles que, sólo desnudas, las sabría retratar. Sentía una bella y serena concepción de la vida; la hoja de parra era mi enemigo. No veía en el amor sino inmaculado placer, y lejos de las pasiones, lejos de toda lucha mundana, no hallaba en el hombre, en la mujer, sino formas bellas. En mi estudio, como en mi persona, todo era un culto a la limpieza y a la libertad. Me llamaron desvergonzado, pornográfico, indecente y mil cosas más. Yo todo lo despreciaba, incluyendo la gloria, menos la belleza humana sin disfraz ni tapujos. Tenía fe en mí mismo; me adoraba como si fuera un dios, como pudiera adorarse el propio Goethe, y a tales extremos llegué de amor calológico que, de haberme sentido en trance de muerte, como aquel pintor Nani Grosso, del Renacimiento italiano, tampoco yo hubiera podido morir tranquilo sujetando con mis manos un Crucifijo tosco, y también hubiera necesitado que me trajeran un Donatello. Todo se encerraba para mí en la belleza, y espectador impasible de la vida al través de un prisma nítido y claro, no exigía bondad ni grandezas a los hombres, fidelidad o ternura a las mujeres; sólo que fueran bellos les pedía. Y así seguí pintando desnudos y desnudos, la forma humana, eterna fuente primordial e inagotable de lo bello; los cuerpos augustos de mis amadas mujeres, a quienes siempre besé con deleite y sin pasión. El público es versátil; de hereje me transformaron en santo; ya las desnudeces que brotaban de mis pinceles pasaban pronto a los más lujosos camarines. Hoy pinto poco y caro. Gano más de lo que necesito, vivo donde se me encapricha en el momento; no sé si las mujeres me aman, pero sé que gusto a las que me gustan, y de los hombres no quiero la admiración, sino el mercado, lo cual es suficiente para que a veces estrechen éste y agranden aquélla. Y así vivo, así triunfo, así derrocho, así soy feliz... Conque ya sabes toda mi historia desde que no nos vimos, y sólo por ser tú el oyente la he referido, pues habiendo en ella tantos recuerdos feos, la miro con igual repugnancia que si no fuera mía.

Carlos escuchó envidioso a su amigo. ¡Cuánto hubiera dado por un alma apacible como aquélla!

-¿Y tú? Supongo que tu existencia habrá sido más tormentosa. No a todos les lleva, como a mí, el desaliento a una olímpica impasibilidad.

-¡Ay! -suspiró Carlos-. ¡Gracias a Dios que encuentro alguien a quien llorar mis penas, de quien tomar consejo! Tu historia es llana y poética; la mía montuosa y prosaica. Tú eres fuerte, yo débil. Sabes imponerte a los hombres y cosas; a mí me dominan y abruman. Que eres un desterrado de la moral acabas de decirme...

-Un desterrado de la moral, no; un forastero en ella. Yo admiro y comprendo también las bellezas morales, pero no las amo por lo que tienen de moral, sino de bello. Todo elemento moral es para mí como un extranjero, y todo elemento bello como un conciudadano.

-Pues la moral -repuso Carlos- es cabalmente mi tirano terrible. Ante un conflicto perteneciente a sus esferas me encuentro.

-Puede ser también un bello conflicto -objetó el pintor.

-Es vulgarísimo, y esto le quitará toda belleza; pero, no por lo vulgar, menos abrumador. Aquí me hallaste de administrador de una mujer admirable...

-Que estará enamoradísima de ti indudablemente.

Yo no diré tanto. Nada juzgo más despreciable que la vanidad presumida. Pero no me interrumpas... Salí de Madrid casi un niño, como ya recuerdas, porque una triste aventura de mi madre me cubrió de oprobio. Emigré a América, esterilizadas y derrumbadas para siempre mis ambiciones literarias. De leer poetas y soñar poemas, pasé a barrer tiendas y cargar fardos. ¡Duro cambio fue aquel! Tardó la fortuna en sonreírme, pero al fin llamó también una vez a mi puerta. Don Alejandro Gutiérrez, un gallego inmensamente rico e inmensamente bondadoso, me colocó de capataz en un ingenio, dándole mis afanes por complacerle tanta satisfacción y protegiéndome él en tal manera, que en pocos años llegué a ser secretario suyo y, finalmente, su apoderado general. Mi laboriosidad, puedo afirmarlo sin jactancia, consolidó su caudal cuantioso. Aquel hombre contrajo matrimonio con una joven cubana, que entonces era casi una niña...

-¿Mercedes?

-Sí. Mercedes y yo, más que su esposa y su administrador, parecíamos hijos de don Alejandro. Él mismo se complacía en nuestra camaradería fraternal. Mientras don Alejandro vivió, no pasó por mí, ni seguramente por Mercedes, la más leve posibilidad de ser ingratos o traidores. Al morir, me dejó un buen recuerdo pecuniario. Mercedes me conservó además en el puesto que don Alejandro me había conferido. La posición de Mercedes y la mía, apenas quedamos a solas, era muy falsa, y presenté mi dimisión reiteradamente. Pero Mercedes, educada a lo yanqui y aferrada desde la infancia a sus caprichosas fantasías, se negó en absoluto a decirme adiós. Hube de resignarme, pues, a seguir en mi cargo y procuré estar junto a mi nueva ama todo el menor tiempo posible. Aun así, como advirtiera en ella hacia mí alguna afición -perdona esta presunción mía-, hallábame casi decidido, para no seguir compromentiéndola, a casarme con ella, en el supuesto, no muy difícil en su carácter, de que Mercedes misma se arriesgara a proponérmelo.

-Hasta ahora no aparece el conflicto.

-El conflicto está en que yo quiero a otra mujer y ella también me quiere. La malhadada idea que tuvo Mercedes de afincarse en mi aldea, propósito del cual intenté repetida y vanamente disuadirla, me ha puesto frente a la mujer que amé de niño, una muchacha a quien llaman la Mariposa por lo aparentemente mudable y fugitiva, siendo en el fondo tenaz, enérgica y segura como ninguna.

-¿Y has hablado con ella?

-El año pasado, cuando vine, estaba en Méjico. Ahora la he vuelto a ver. Busqué varias ocasiones de abordarla para pedirle perdón de mi antigua ingratitud; siempre me rehuyó implacablemente. Pero sus actos, su desengañada historia y sus amenazadoras miradas me acusan. Por si algo faltase, uno de sus pretendientes incurre en la torpeza de no desperdiciar ocasión alguna para herirme con bruscas hostilidades y provocarme con reticencias enojosas. ¿Tengo derecho a truncar la vida de esta mujer, que me quiere, y mi propia vida? ¿Puedo, por otro lado, dejar saldada mi crecidísima cuenta de gratitud con Mercedes, contrariándola en sus sentimientos más delicados, después de haber comprometido su fama? ¿Debo decidirme por el amor o por el deber?

-¡Amor, deber! -repuso el artista-. Soy mal consejero para este lance. Preséntame a las dos desnudas y te diré sin vacilar cuál debes elegir. Aparte que Goethe resolvió en su famosa Stella un semejante caso, uniendo en triple abrazo a la esposa, la querida y el marido... ¿Es morena la una y rubia la otra?

-Sí.

-Entonces, son perfectamente compatibles.

Y así continuó durante largo rato la conversación, no siéndole posible a Carlos conseguir que su amigo le aconsejara una moral solución para el conflicto moral de que se trataba, sino únicamente la solución bella para el bello conflicto.


- V - Entre dos fuegos[editar]

Fernando se aclimató en Bellavista muy a su sabor, y curada la herida, en lo cual se tardó más de un mes, aun llevaba otro en casa de la hermosa cubana, correspondiendo rumbosamente a esta generosa hospitalidad con artísticos regalos de raro valor.

Mercedes, por su lado, no quería que el artista saliera de allí nunca, pues su presencia era para retener a Carlos un medio inapreciable.

Y de los tres amigos juntos en Bellavista, estos dos, por lo menos, vivían dichosos.

Mercedes, con delicadas alusiones, no desaprovechaba ocasión de insinuarle o demostrarle al administrador su abnegado cariño. Y Fernando contribuía inconscientemente a hacer más intenso este ambiente de amor, con sus constantes himnos a lo bello y amable. Entre animadas excursiones y charla amena, pasaban veloces los días. Veloces para el pintor y para la viuda. Con la alegría de ambos contrastaba singularmente la misantropía de su acompañante.

Carlos había tenido, en aquellos dos mortales meses, con la Mariposa tres o cuatro breves encuentros. En el primero trató de implorar el perdón de la linda rapaza. Esta mostró la mayor extrañeza, echándolo todo a broma, asegurando que de nada se acordaba, y que lo pasado, bien pasado.

No eran aquellas dos bellezas, no -harto a Carlos le constaba, que las conocía a fondo-, dos fáciles conquistas para la amable serenidad griega que soñaba Fernando en resucitar.

Carlos presentía, por parte de una y otra, más o menos próximas tempestades. Abnegaciones o amenazas, sacrificios ofrecidos o reclamados, mortal pasión o mortal desengaño; algo que fuera incendio, destrucción y estragos, jamás una soberanamente bella quietud. Y él mismo no se resignaría tampoco a ser testigo impasible de la vida; su corazón le imponía a gritos la fuerte necesidad de un vivir activo, de una llama intensa, de un insaciable amor.


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En esta disposición la atmósfera, Carlos temía incesantemente, y su temor subió de punto durante la velada en que Mercedes anunció el propósito de ir con Fernando y con él a una romería. Era ésta de las que duran tarde y noche. Una tarde y una noche terribles, que Carlos habría de pasar frente a ambas mujeres, las dos acechándole, cohibiéndole, rindiéndole con diversas armas: con desprecios fingidos Mariposa, Mercedes con discretas ternuras, situado entre dos fuegos; seguro de que, ya se inclinara de uno u otro lado, siempre dejaría desgarrada una humana flor.

No hubo modo de que Mercedes desistiera, ni para él de excusarse. Aquella mujer, aparte de ser su protectora y poder darle órdenes, era como niña mimada invencible. Capricho que tuviera, nunca encontraba razón de no satisfacerlo. Para mayor desconsuelo, no contó esta vez Carlos con el apoyo de su amigo.

La temida fecha llegó. Era un día espléndido de fiesta y de luz.

Sin compartir el bullicioso júbilo de Mercedes y de Fernando, les acompañó Carlos a la romería, como la víctima se encamina al suplicio.

Doquiera deteníanse o cruzábanse con amantes parejas o con grupos ruidosos de retozonas y alegres rapazas. Ya distraía su atención la pregonera de avellanas, ya el gaitero anticipando generosas melodías. El sol -¡bendito sol de Asturias, que alumbra y no quema!- doraba pomaradas y maizales, bruñía el camino. En el complicado laberinto de vericuetos, regatos, cerrillos y praderas, todo era canciones, risas, cuchicheos y amores, galas de la tierra y del corazón.


- VI - La romería[editar]

El escenario de esta romería formábanlo una plazoleta y dos amplios prados, casi en la cima de la montaña. En uno de estos pradales alzábase en la linde menguado caserío, del cual descollaba, por lo gigantesco y bizarro, el pardo caserón de los Peñalbas, de vieja piedra sucia, de rotos balcones anchurosos, de rojo portalón claveteado, de borroso grande escudo señorial. En el palacete del Peñalba reinante estaban invitados aquella noche a sentarse a la mesa, entre otros quince o veinte comensales relativamente empingorotados, Mercedes y sus dos amigos.

En la plazoleta, junto a la ermita, alrededor de la cual cubrían zarzas y rosas silvestres las losas sepulcrales, erguíase la casa del capellán, donde por la tarde hubo la anual comilona para todos los curas de la parroquia, con la consabida dorada carne asada, las mejores truchas del Narcea y el más exquisito jamón de Cangas, sin olvidar el clásico arroz con leche, regado todo ello con sidra fuerte y vino de Candamo.

Desde los primeros repiqueteos de las campanas empezaron los vendedores a fijar sus blancas mesas de pino sobre la hierba, apoyando en las lanzas de los carros ociosos las pellejas de vino y esparciendo en torno el abigarrado tenderete de botellas de cerveza, cestas de variados hojaldres, jarras blancas o azules, largos caramelos de colorines y todas las vírgenes del calendario, representadas en confituras.

Ningún americano del contorno, con sus cadenas o sortijas más relucientes; ninguna señoritinga pudorosa; ningún mozo aldeano, todos en atavío de fiesta; ninguna moza, con los trapitos de cristianar realzando su gentileza y garbo, faltó a la misa.

Mientras duró ésta, gaiteros y tamborileros ensayaban sus más escogidas tocatas peregrinamente.

El sermón fue largo, o lo pareció; después la comida de los curas señaló el único acontecimiento mientras la fuerza del calor apretaba.

En los romeriles campos sólo vagaban entonces turbas de chiquillos, jugando a las chapas o disparando cohetes, siempre vociferando, siempre riendo con salvaje risotear.

Cuando ya el fuego del sol amansaba sus rayos, los primeros romeros madrugadores entraban, procedentes de diversos vericuetos, limpiándose el sudor del cuello y parándose a refrescar bajo los ennegrecidos toldos.

El ruidoso estallido de los relampagueantes cohetes, el dulce siseo de la gaita, el grave vozarrón del tambor, los pregones dangosos de las avellaneras, los carros desuncidos, los puestos rebosantes, los vasos de cerveza en alto, el runrun de las conversaciones, las atropelladas risas y atropellantes carreras de los chicuelos, preludiaban fiesta.

En el contiguo castañar algunos grupos merendaban, resaltando las blancas servilletas como manchas de nieve entre la verde hierba deslumbrante de la campiña húmeda.

Al asomar las primeras caras bonitas, el resplandor, que hasta entonces venía del sol, pareció venir de ellas, y de los resplandecientes ojos de las rapazas partió la señal de sensual alegría.

Dos o tres parejas de mozas bien plantadas, aproximándose como involuntariamente a un gaitero, improvisaron la giraldilla; a partir de entonces, la doble hilera humana fue alargándose rápidamente, ensanchándose el círculo de los mirones curiosos, difundiéndose la animación hasta hacerse ya tan grande el número de bailarines y de sus embebecidos contempladores, que muchos se trasladaron al segundo prado, donde algunas escasas parejas dieron origen a otras dos progresivas filas de hombres y mujeres embriagados en el bailoteo.

Cada vez eran en ellas más sueltos, más voluptuosos los movimientos, más copioso el sudor resbalando por la encendida mejilla, más dulces y sugestivas las miradas.

En ambos prados el rebaño humano bebía, bailaba, giraba, cantaba, daba voces. Gritos de vendedores, sones de gaita, risas, chicoleos, iniciaciones de borrachera y preparativos de amores, poblaban el ambiente. Cuando la luz del sol era mortecina, el rumor excesivo, general la distracción, mozas y mozos improvisaban, fuera de las catedrales de la giraldilla, otras capillitas de baile agarrao, a los acordes de algún entrometido e invasor organillo ambulante. Y como si la luz del sol fuera una barrera separadora, a medida que ella se distanciaba de los campos iban estrechándose cada vez más los contactos entre ambos sexos, hasta el punto de que, apenas insinuado el anochecer, las dos sombras de cada pareja bailarina proyectaban el suelo una sombra sola, compacta y ondulante.

En aquellos instantes de lánguido misterio crepuscular, llegaban Carlos, Fernando y Mercedes a la romería. Admiraron el agreste paisaje, el cuadro romeril; estrecharon manos amigas, saludaron a las señoritas peripuestas, visitaron los puestos, recorrieron los grupos.

El Manco, ante el habitual numeroso auditorio, en los albores de una embriaguez elocuentísima, acompañado siempre de su inseparable don Teodomiro, lloraba una nueva elegía por la pérdida de nuestro glorioso imperio colonial. A don Venancio, en otro tabernáculo volante, el deleitoso vaso de sangría no le impedía saludar con almibarados tiernos ojos a la esbelta cubana. La Mariposa, con los suyos hermosos, perennemente azules y fríos, no disfrazaba el enojo ante la declaración número mil del violento Andrés, indesahuciable por lo testarudo.

Cerca de esta pareja habíase detenido la viuda con los dos gallardos acompañantes, cuando acertó a llegar, como vanguardia de sus selectos invitados, el noble señor de Peñalba; quien rápido se dirigió a Mercedes para estrechar en su basta manaza de campesino voluntario las ajazminadas manitas de la graciosa americana, mientras la decía:

-¡Tanto bueno a honrar mi casa! Venga usted, señora, venga usted a endulzar con sus trinos de ruiseñor la cueva de este viejo lobo. En el campo, como en el campo.

-Me han contado que es todo un palacio su casa de usted.

-Grandota, pero nada más.

Y en esto el señor de Peñalba afirmaba la verdad. Aunque hombre culto, prefería ya la naturaleza a los libros. Todo en su vasto hogar tenía sabor agreste. Ningún refinamiento, nada de lujo, nada de muelle regalada blandura. Todo era tosco, enorme y recio. Solamente los cazadores o labradores hallarían algo interesante allí. Así debió de sospecharlo el pintor, quien apenas presentado a aquel cacique sin cacicato se apresuró a enunciar:

-Vaya usted, Mercedes. Luego iremos a recogerla Carlos y yo. Estos bailes agarraos me interesan mucho.

-Yo creí que solamente el desnudo entraba en sus dominios -opuso picaresca la grácil viuda.

-Estos bailes no son el desnudo precisamente -repuso el pintor-, pero poco les falta.

Con tales razones, amén de los obligados cumplimientos, la dulce cubana, dando el brazo al señor de Peñalba, con pintoresco séquito dirigiose a visitar el destartalado caserón, dejando al artista con el administrador, cercanos a la plática de Andrés con su bello tormento.

-¿Y nunca llegará a conmoverte esta constante e inmensa llama de mi pecho? ¿Nunca te merecerá una limosna de esperanza? -preguntaba, como siempre, el desesperado Andrés.

La Mariposa miró de soslayo a su antiguo novio, replicando después al actual pretendiente con forzada sonrisa, que a éste le pareció un rayo de sol en plena noche:

-¡Quién sabe! ¡Quién sabe! La esperanza es flor que nunca se deshoja, y tanto va el cántaro a la fuente...

-¿Cuándo? ¿Cuándo? -repetía anhelosamente el terco enamorado.

-¡Quién sabe! ¡Quién sabe! -canturreaba coqueta la risueña rapaza.

-Vámonos de aquí, Fernando -propuso Carlos agitadamente.

-¿Qué mosca te ha picado? -interrogó el pintor, contrastando la ordinariez de esta pregunta con la distinción del preguntante.

-Ninguna; pero sigamos adelante. ¡No vamos a estar aquí parados siempre!

Y Carlos tiraba nervioso del brazo de su amigo.

Cuando ya estuvieron a algún trecho de allí, Fernando espetó a su antiguo condiscípulo gravemente:

-Lo que tú necesitabas era que yo me entendiera con esta chiquilla, que debe de poseer, dicho entre paréntesis, unas ancas dignas del pincel de Rubens.

-¡No digas disparates!

-Yo tengo ya -añadió Fernando- interés por conocerla de cerca, para apreciar cuál es el hechizo que te esclaviza. Si yo la disfrutara, tú la olvidarías.

-Hablemos de otra cosa, si te parece.

-No me parece. Digo que siento la curiosidad de pegar la hebra un rato con esa coquetuela, y va a ser ahora mismo.

-No te lo perdonaría nunca el que habla al presente con ella.

-Que no me lo perdone; moriré con este disgusto.

Fue en vano que intentara Carlos convencerle. El pintor se acercó a la mozuela, invitándola a bailar.

-¿Quiere usted favorecerme con esta habanera, hermosa?

Mariposa, sorprendida por lo brusco de la invitación, se cogió a su brazo y bailaron.

Como era ya entrada la noche, los bailarines tenían mayor libertad contra las miradas indiscretas. Algunos sujetaban a su rendida pareja pasándole ambas manos por la espalda para oprimirla más. No faltaban piernas audaces lanzadas a un contacto definitivo. Sonrosadas, despeinadas, sudorosas, las mozas echaban el pecho adelante y la cabeza atrás, como si fueran a esquivar un beso; pero la distancia era tan breve, que el cálido aliento de la dominada continuaba quemando la mejilla del dominador.

Fernando, para quien todo atisbo de placer era una luz serena, no fue de los menos atrevidos en aproximación; pero como lo hacía sin jactancia, con el mismo natural impulso del que, acometido por repentina sed, se llega a una fuente para refrescarse el paladar, la muchacha hallose oprimida sin darse cuenta de ello, tan gradual e insensiblemente, que no había un segundo en el cual pudiera decir a su desenfadado conductor: «Ahora es cuando se acerca usted un poco más de lo debido.»

Y la avisada rubia le dejaba incrustarse, no por torpe deleite, que lejos de su naturaleza instintivamente delicada estaba siempre toda vulgar sensualidad, sino porque el aparentemente lascivo agrado venía en ayuda de su amoroso cálculo, esperanzada en que la esquiva frialdad de Carlos no resistiría tamaña prueba.

Así fue. Carlos dijo al pintor:

-¿Me permites dar una vuelta con tu pareja?

Y no dio una vuelta, sino muchas, durante las cuales contrastaban las reservas o arisqueces de las palabras con la estrechez y voluptuoso abandono de los movimientos.

El pintor, alarmado, volvió a quitarle la pareja, convirtiéndose en una verdadera intervención armada.

A poco cesó la música; los desmadejados danzantes se dispersaron por el prado.

Andrés se acercó nuevamente a la Mariposa.

-Te ruego -le dijo convulso- que no vuelvas a bailar con él.

-Yo bailo con quien me parece -repuso enfurruñada y hostil la chicuela.

-Acababas de darme la primera esperanza.

-¡Figuraciones suyas! Yo ninguna esperanza le di.

-Mientes, Mariposa. Tú me dijiste que tanto va el cántaro a la fuente...

-Usted tómalo todo al pie de la letra.

-Yo lo tomo como debo tomarlo. Juega con mi corazón, Mariposa, y destrózalo a tu capricho; no me quejaré. Pero ¡que no se alce entre nosotros la sombra de otro hombre más afortunado, porque a ese le mato! ¡Te lo juro por estas cruces!

-No se debe jurar sin necesidad.

-Ahora era necesario el juramento, porque tienes una perversa inclinación a ese sujeto, que te desprecia por otra, y tú misma me lo has confesado.

-Ni yo nada le confesé nunca, ni ha nacido quien a la Mariposa desprecie.

-No trato de injuriarte. Sólo te pido que no bailes con él.

-Usted no tiene razón para pedirme nada, y yo saldré con él ahí, al centro, en cuanto me saque.

-Está bien. Yo le separaré de ti por malas, ya que no quieres, por las buenas, hacerlo tú misma.

Y Andrés calló, sin alejarse. Mariposa también guardó silencio, abstraída en el dulce recuerdo del fugitivo rozamiento, reflejo bienhechor de las caricias puramente anheladas.

Fernando, sin que pudiera Carlos sujetarle, personose otra vez al lado de la costurera e insinuó una nueva invitación a la danza.

-Esta joven no baila con usted -exclamó Andrés con firmeza brutal.

-No es bello ese gesto -dijo el pintor-, y todo lo feo me repugna. No he hablado a usted, sino a esta niña. Por lo tanto sus palabras, además de groseras, son inútiles.

-Siento, por ser usted forastero, haberle ofendido -replicó el desdeñado amador, sin jactancia ni bajeza-; pero si no la dejo salir en su compañía no es por usted, sino por el señor, a quien usted la ha cedido y que no supo guardar la debida compostura.

-¡Estás loco, Andrés! -protestó Carlos.

-Me parece que hablé bastante cuerdamente y muy claramente.

En torno de los reñidores habíase improvisado ya, apenas levantaron la voz, un grupo relativamente grande.

-No te di razón ninguna para hablarme así -añadió Carlos, con visibles esfuerzos por refrenar sus arrogantes instintos, supeditándolos a una prudencia conveniente.

-Dejémonos de tonterías -contestó Andrés, rojo de ciega ira-. Usted sabe que esta mujer le quiere, y como no puede hacerla su esposa, porque otras ambiciones o compromisos se lo vedan, trata de hacerla su querida.

-¡Así se insulta a una mujer, sin ampararla nadie! -exclamó indignada la Mariposa, rompiendo a llorar.

-Andrés -agregó Carlos con frío aplomo-, lo que acabas de decir es una canallada.

-¡Esto quería yo! -rugió el despechado amante con salvaje gozo, lanzándose sobre Carlos, llameante la mirada, apretados los puños.

Algunos testigos de la escena le contuvieron; pero, en la imposibilidad de alcanzar a su enemigo, Andrés le escupió a la cara venenosamente.

Las mujeres gritaron. Los hombres abalanzáronse a evitar la refriega.

-¡Carlos, Carlos, déjale, ven! -suplicaba ansiosamente Fernando, tirando de él.

- ¡Carlos! ¡Carlos! -gemía la Mariposa amorosamente.

Era ya tarde. El bastón del administrador había zumbado fuertemente en el aire, cayendo pesado, recio sobre la frente del adversario, que bañó la sangre en profuso chorro.

Andrés, nublado por la sangrienta venda roja, echó la mano al cinto y empuñó el revólver. Sonó el tiro, milagrosamente sin herir a nadie.

El asombro pánico de los romeros no es para detallado. Prodújose un estremecimiento general. Bastó un instante para trocar las galas festivas en horrores trágicos. Hubo, según el cliché periodístico, indispensable en este caso, «sustos, carreras y desmayos». Muchos se refugiaron bajo las tiendas de campaña. Las mozas apretáronse contra sus cortejadores. Cesó la música, cesó el baile. Primero, fue unánime y temeroso el silencio. Después, los más valientes empezaron a prodigar consuelos o comunicar a los débiles la propia entereza. Alrededor de Carlos y Andrés, todo el grupo, con la excepción de cinco o seis amigos de ambos beligerantes, se evaporó en menos que se dice, quedando por completo libre de humanas formas aquel trecho de campo. Un disparo, aunque no produzca daño alguno, es siempre espantable. Cuantos lo oyen, sienten que la muerte vuela en torno de ellos, azotándoles el rostro, golpeándoles el corazón con un negro aletazo. Nada más imponente que la brusca interrupción de una fiesta ante el zarpazo de un peligro.

Cuando los ánimos empezaron a tranquilizarse, el general barullo de los comentarios fue ensordecedor. Aun los más amigos de Andrés -los mismos que le registraron y desinfectaron la herida, que no era profunda, ni grave, felizmente- no encontraban razones para defenderle. El postergado pretendiente de la Mariposa había procedido con ligereza e insolencia, locamente, traidoramente. Carlos dio evidencias de prudente sosiego primero, de viril energía después. No estaban con él las simpatías, pero no podía menos de hacérsele justicia; tan legítima y fundada era su causa.

No bien hubo desaparecido Andrés de la escena, convencidos todos de que la herida no era importante, algunos mozos de agallas vagaban de un lado para otro, repitiendo con voz serena:

-No ha sido nada. Siga el baile.

Muchos, sin embargo -y entre estos muchos un buen ramillete de lindos talles-, habían puesto pies en polvorosa. La animación de la romería decayó grandemente.

Tornaron los sonidos de la gaita a flotar melancólicamente en el aire de la montaña; se reanudó el baile.

Carlos -a quien nadie volvió a molestar, ni se hubiera consentido que le molestara- se encaminó, con su amigo el pintor, al caserón de los Peñalbas, donde los curiosos, fingiendo amables solicitudes, le asediaron a indiscretas preguntas, rehuidas con discretas vaguedades.

El administrador murmuró al oído de la viuda:

-Perdone usted, pero me contuve cuanto pude.

La viuda le contestó anonadadamente:

-Nada me diga. Todo me lo han referido.

-Aseguro a usted, Mercedes...

-Toda excusa huelga; no tiene de qué arrepentirse. Usted ha cumplido con su deber; yo sabré también cumplir con el mío.

Y como tratara Carlos de hacer más largo el aparte, la viuda terminó así el coloquio:

-Silencio. Nos miran.

El banquete ofrecido por el señor de Peñalba a sus amigos fue enojoso y árido. Todo tenía en aquella casa, los manjares como los muebles, las conversaciones como las paredes, olor a viejo, sabor a rancio. El encogimiento de los invitados era visible. Nadie quería aludir a la riña reciente y nadie creía interesante ni posible otro tema. Mercedes, alma leal, poco propicia al disimulo, no recataba su melancolía. Fernando intentó reiteradamente dar calor de vida con sus alegres decires a aquella inercia espiritual del tieso Peñalba y de sus rígidos comensales; empeño inútil.

Esta austera sequedad tenía por contraste el estruendoso batiborrillo de los romeros. Seguían los cohetes retumbantes hiriendo el aire con curvas luminosas. Tambor y gaita les saludaban batiendo y tarareando gentilmente. Llegaban al adusto comedor de los Peñalbas ecos estridentes de carcajadas, regocijadas voces de cantantes desafinadores, murmullo confuso de estrépito humano. Como en toda fiesta, los ricos tenían mucho que envidiar a los pobres.

En los campestres conciliábulos, llevaba la palma, como siempre, el escanciador afortunado del gran orador.

-Yé asina. ¡La joventú, y ná más que la joventú! Gracias a Dios sean das, don Carlos mancole poco. ¡Quién tal dijera, cóime! La mi rapacina ha viniú porque estaba ofrecía, porque del invierno pasau, cuando la probitina tuvo las inginas, ofreciole a la Virgen de venir a esta romería. Y lo que se ofrez, ha de cumplirse, cóime. ¿Qué culpa tien la mi rapacina, non yé verdá, don Teodomiro, de haber nacíu tan guapina y de que los mozos anden empecataus? Yo soyle franco, don Teodomiro; si don Carlos me la pidiera por esposa u por cónyuge, yo dársela, mi alma, se la daba; porque yé un buen rapaz, cóime, y los que mormuran son unos probetones llambiones, víztimas de la barbarie y de la iznorancia de este país, donde sólo se respeta a los jesuitas. ¡Cóime! ¡A los jesuitas, que han siu los que trajeron la Inquisición y los que perdieron las colonias! ¿De qué os reís, pollines? ¡El Manco lo diz y el Manco lo defiende! Porque la voz de este probe Manco yé la voz de la Historia. Y al que güelva a mormurar de don Carlos, cóime, cortarele la llengua. Si él quier casase con la mi rapacina, lo que ella disponga; yo en ná me entrometo. ¿Qué tanto mormurar de don Carlos? ¡Llambiones, fartones!

En el espaciosísimo salón de los Peñalbas, innúmeras bujías, encajadas en broncíneos candelabros vetustos, lucían orgullosas. Una orquesta deficientísima tocaba rigodones y valses, de los que oímos a nuestros abuelos, e imposible sería imaginar nada más pudibundo que las rigodoneras y valsadoras de aquella pretendida fiesta, prematuramente envejecida. Nada más declaradamente cursi, ni con tan insolentes presunciones de maravilla.

En un breve trecho de campo, iluminado con farolillos a la veneciana, no muy profusamente, mozos y mozas departían, abrazábanse, casi besábanse, en la intimidad del schotis y de la habanera.

Cuando las músicas cesaron, la alegría desbordose más loca aún; la jota y la giraldilla se reemplazaban, acompañándose los propios bailarines con sus cánticos.

Fernando y Carlos recorrieron errantes todos los corrillos, todos los rincones, ora buscando la luz y el ruido, ora la soledad, sin bailar otra vez.

Mercedes oía, sin escucharle, al señor de Peñalba sus largas narraciones de cincuenta años a la fecha.

Ya muy entrada la noche, llegada la hora en que los borrachos hacían intransitable el camino por doquiera, comenzó la general dispersión.

Los grupos numerosos subdividiéronse en corrillos reducidísimos, e insensiblemente retirábanse de éstos poco a poco mozos y mozas, repartidos en amantes dúos.

A la luz de la luna, que blanqueaba las copas de los castaños, ennegrecidos por la nocturnidad, y permitía divisar, lejos, muy lejos, la carretera como una cinta blanca, mientras se confundían más allá los montes y el río en una misma opaca mancha, las parejas empezaban a avanzar por los vericuetos montaraces, bajando la voz, amando la noche, tratando de esquivar los nacarados resplandores lunares, unidos cada hombre a cada mujer en una sola sombra, en un mismo amor. Avanzaban lentas las parejas, arrulladas por algún suave cantar lejano:

 «La vi llorando y dije:   
 -¿Por quién suspiras?   
 -¡Tengo mi amor ausente! Le estoy llorando   
 la despedida!   
 La despedida es corta,   
 la ausencia es larga.   
 ¡Hasta siempre que quieras,   
 bien de mi alma!   
 ¡La vi llorandooo!..»   


A Mercedes y sus dos amigos dio solemnes adioses en el pórtico de su palacete el noble señor de Peñalba. Con gran sorpresa de Carlos, allí esperaba la Mariposa en unión de otras jóvenes de Maizales.

La viuda dijo:

-Deme usted el brazo, Fernando, que es largo y accidentado el regreso. Y usted, Carlos, ofrezca también el brazo a Mariposa, que la pobre no encuentra a su padre, ni su pareja.

Así regresaron los cuatro. Mariposa y Carlos, ligados muy estrechamente por contactos frecuentes, por reproches inexcusables, por una íntima resurrección sabrosa del viejo amor lejano; Fernando y Mercedes, hablando poco, sumergidos en pensamientos tristes o cambiando entre sí observaciones sin interés.

¡Qué grande melancolía venía de la luna! ¡Con qué cerrado sueño dormían los campos!

De risco en valle, de matorral en arroyuelo, Fernando sentía en su brazo el tembloroso de la viuda, temiendo a cada instante ver desmayar la voluntad de esta hermosa dama -herida en lo más recóndito, en lo más puro-, y sin atreverse a mirar sus ojos, para que no le llamara indiscreto alguna lágrima.

Carlos merecía ser disculpado. ¿Quién, siendo de carne, acompañaría durante dos horas de recogimiento a una mujer querida, aspirando su aliento, quemándose en el fulgor de sus ojos, oprimiendo su brazo, tropezando frecuentemente con ella, sin amarla y decírselo?

En el silencio de la noche, Carlos y Mariposa, Fernando y Mercedes, al pasar por el borde de un cañaveral, sin que pudieran advertir sombra alguna en la honda espesura, se detuvieron un instante. Acababan de oír entre las cañas suspiros y besos.

En otras circunstancias, esta casual sorpresa hubiérase prestado a sabrosos discursos. Ahora, ni el pintor siquiera, cantor eterno del amor libre, osó comentarla.

Continuaron lentos, callados, conmovidos, por la abrupta senda.

El aire frío y húmedo, precursor del amanecer, oreaba los campos, teñidos de gris. De la luna quedaba sólo en el cielo una confusa bruma blanca. Leves franjas violadas tejían el despertar de la aurora.

Al entrar los romeros por la carretera, en el maizal vecino, ante el inmenso ejército de cañas de maíz, el incomparable patricio maizalense, nuestro amigo el Manco, poseído de bélico ardor, gritaba con potente voz:

-¡Firmes, soldados!

Y, como las cañas de maíz le desobedecieran, balanceadas por el viento, repetía estentóreo, mientras alternativamente sentíase caer o se incorporaba en fugitivo equilibrio:

-¡Firmes he dicho, cóime!...


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Cuando Mercedes entró en su dormitorio y abrió la ventana a los albores del día, aún llegaba resonante de la montaña el eco lejano del triste cantar:


«La vi llorando y dije:
-¿Por quién suspiraaas?...»


- VII - Vulgaridad[editar]

¡Oh, misterio! ¡Tú eres el supremo encanto de la vida! Cuando manos traidoras tu velo descorren, contigo se derrumba el palacio de los ensueños. ¡Qué íntimamente dulces los amores escondidos, el pecado amoroso compartido en la sombra, el beso arrebatado por sorpresa, el amor que pasa imprevistamente! ¡Qué voluptuosidad en las dudas e incertidumbres del corazón! ¡Qué placer el sabernos amados sin que nadie más que nosotros lo sepa!

Todo a los enamorados, fuera de ellos mismos, les estorba: la luz del día, que les delata a los curiosos; la luna filtrada por los árboles, que les expone a los indiscretos. El amante tiene en el ser amado su único amigo; una inmensa masa enemiga en todos los demás. Presiente y sabe que éstos, aun en el caso más dichoso, no han de dejar de profanarle su amor con una intervención restrictiva, meticulosa.

Del amor, el fruto más libre y bello de la naturaleza, hicieron los hombres calculadores, en prescripciones frías, algo metódico, reglamentado, exigente. Apenas los enamorados se convierten en prometidos, una nube de vulgaridad les envuelve. La duda surge inmediatamente acerca de la fuerza con que se nos ama, no suficiente acaso para conseguir que se nos aceptase apenas nos rebeláramos contra determinadas condiciones. En nuestro amor se ocupan los extraños, como si fuera cosa de interés suyo. En nuestro amor entra la religión para arrancarnos de las manos el privilegio de elegir libremente la hora en que habrán de satisfacerse nuestros anhelos. En nuestro amor se entromete el Código para convertir en obligaciones imprescindibles nuestros más gustosos sacrificios. Los sentimientos se transforman en preceptos, el misterio alado en palpable realidad. ¡Oh prosa invencible de la vida, que subrepticiamente te introduces en toda torre marfileña de la poesía por los resquicios todos!

El desengaño, al herir el alma heroica de Mercedes, la azotó bruscamente con una ráfaga de ordinariez. Carlos no era el ser extraordinario y ultrasensible que ella imaginara. Era un hombre como casi todos, nacido para haber amontonado algún dinero al llegar la edad de flaquear los entusiasmos juveniles, y enamorarse entonces de una mujer hacendosita e incapaz de toda abnegación sentimental, a propósito para cocerle los garbanzos, repasarle la ropa y darle robusta sucesión, amándola él con todos los trámites legales o esperas necesarias, después de pesarlo, de medirlo todo, ante una pudorosa aquiescencia de la turbamulta, con la inexcusable bendición del cura y con el sesudo visto bueno del juez.

La ambición espiritual de aquel hombre y su visión prudente de la felicidad, no eran difíciles de satisfacer; bastaba regalarle una esposa, como se le haría donación de una finca, para refugiarse a vegetar pacíficamente en ella durante el resto de su vida. Y Mercedes, atenta a la dicha del único ser humano que bajo su techo respiraba, no quiso negarle capricho tan fácil y hacedero. Fue el cruel desengaño amoroso una doble catástrofe para la heroica viuda; a la vez que derrocó sus ilusiones, encharcó su ideal.

Mujer de natural distinción y cortesía, consistiendo ésta principalmente en no hablarle a nadie sino de lo que pueda serle grato, y aquélla en no entregar las exquisiteces de nuestro espíritu o de nuestra persona sino a quienes tengan aptitud de comprenderlo o justipreciarla, desde el día siguiente al de la romería tuvo dos perennes cuidados: no molestar a Carlos con la menor insinuación interesada y despejarle bien el camino para que llegara rápidamente al término de sus afanes.

Hablole franca, resueltamente de su naciente noviazgo, con el consiguiente cumplido elogio de la novia y algún afable reproche por haberle ocultado a la propia Mercedes el secreto amoroso durante tanto tiempo.

-Necesita usted casarse; yo misma se lo hubiera aconsejado, si me creyera con autoridad para aconsejarle -decía la viuda a Carlos, sospechosa de la ineptitud de él para ponerse a tono con otra lógica-. La edad lo impone. El matrimonio da cierta respetabilidad. El hombre no es un hombre completo hasta que no vive al lado de una mujer. Se preocupará del porvenir; tendrá un objeto su existencia. María Josefa -¿no se llama así?- es una muchacha modosita, que será una buena mujer de su casa, y le hará a usted feliz.

Asombrado Carlos, bajando instintivamente los ojos, no acertaba si estas razones eran fraternales o irónicas. En la duda, resolvió escuchar la voz de su egoísmo. ¿Qué le ligaba a la viuda, a fin de cuentas, sino un tímido escrúpulo, que ella misma parecía voluntariamente querer desatar? ¿Y qué mal había en que él, como todos los hombres, eligiera libremente a una mujer para guardiana de su hogar y madre de sus hijos?

Esta misma conversación de Mercedes con sus amigos, acerca del proyecto matrimonial, se reanudaba casi todos los días en las horas del comedor.

El pintor sazonaba cotidianamente las graves razones de tales diálogos con ardientes himnos a la forma humana e inagotables repugnancias al fondo. Y, gracias a este tercer personaje, en todas las comidas terminaba el sensato platicar con centelleante discreteo.

Sin embargo, una vez hubo que, habiendo sido Carlos el primero en levantarse y salir, el pintor, en un minuto de seriedad, dijo a la dama gravemente:

-No estamos tan distanciados como parece en nuestra concepción de la vida. Lo que yo solicito para la carne, usted lo pide para el espíritu. Tiene usted de las almas la misma visión que yo de los cuerpos. Igual serena libertad que yo para éstos, amaría usted para aquéllas. Seríamos usted y yo respectivamente dichosos, si almas y cuerpos fueran desnudos.

La amorosa víctima nada contestó. Abrió el balcón y miró hacia la carretera. Junto a la verja de Bellavista la Mariposa hablaba con Carlos. Sería el mismo coloquio de todos los días; ya no de celos y de amores, sino de muebles y de proclamas. Monótono pasear por el camino, idas y venidas a la fuente en el dúo apacible del amor, que espera paciente y seguro el encarnamiento. Sálese del pórtico palaciego del Amor para entrar por la portezuela casera del Matrimonio. Mercedes abandonó el balcón y bajó a la huerta; más que herida, desencantada.

Los propios temas de cada día devanaban, en efecto, los novios: la casita cercana a Bellavista, que Mercedes les compró, generosa, por regalo de boda; la amabilidad de aquella señora, que era la madrina insustituible, y a quien Mariposa, de odiarla como rival, pasó a amarla como bienhechora; don Venancio, que sería el padrino, por haber declarado con firmeza el pintor su aversión a apadrinar acto alguno sujeto a leyes y convenciones; la dulce paz del amor correspondido en manso hogar; la honrada complacencia de ver conseguido para siempre lo que tantas veces se desesperó de alcanzar nunca; el enojo de que tenga cada jornada tantas horas y no sea más breve, para mayor aproximación del codiciado nudo eviterno.

Uno idéntico a otro, pasaron en tranquilo bienestar los días, hasta llegar el del matrimonio, sin que aquel amor, tan tempestuoso antes de vivir y tan inagitable vivido, sirviera siquiera de murmuración a los jugadores de la taberna, porque, desde el día en que el fastuoso don Venancio supo su feliz designación para acompañar a doña Mercedes en el padrinazgo de los novios, ni a su mejor amigo le hubiera consentido la más leve futesa que, de cerca o de lejos, pudiera molestar a la viuda.

La ceremonia fue solemnísima; ni más ni menos solemne que todos los demás matrimonios pretéritos y futuros celebrados en Maizales, aunque, para fidelidad de la reseña, convenga añadir que algo les superó en rumbo y esplendor.

Al salir los nuevos esposos de la iglesia, los invitados viéronse agradablemente sorprendidos con un día de campo. En la huerta de Bellavista sirviéronles los cuatro criados de la cubana un espléndido almuerzo campestre, al cual precedió la mayor animación y siguió delirante bailoteo de giraldillas y de valses al aire libre, a los acordes o desacordes de lisiada orquesta.

El Manco, llorando de gozo y orgullo por la dicha y buenas prendas de su «rapacina», bebió el mejor vino de toda su vida y pronunció el mejor discurso de su larga carrera política, enardeciendo o regocijando al estruendoso auditorio con las derrotas de la patria y las victorias del amor, no terminando, según costumbre, con un furioso réspice a los jesuitas, por hallarse presente el párroco, circunstancia que aprovechó el orador insigne para entonar inspirado canto apologético a la «santa religión de nuestros mayores».

Don Teodomiro, con sonrisa benévola, no cesaba de asentir a estas peroratas, y andaba don Venancio, a fuer de correcto padrino, pendiente incesantemente de la hermosa madrina, para servirla y agasajarla.

Otro indiano, el relamido D. Esteban, dotado por Dios de abrumadora facilidad para improvisar versos, andaba de acá para allá ensartándoles a todos, exhortado por los convecinos de buen humor, cuartetas o décimas, que don Venancio festejaba zumbonamente.

Y al caer la noche sobre las montañas y sobre el río, la neblina crepuscular dijérase que desprendía emanaciones de paz campestre, de poesía familiar, de amor sosegado, algo de repetición, de vulgaridad.

En la carretera despidieron todos a la feliz pareja. Mercedes, dando el brazo al pintor, que debía partir de Maizales al siguiente día, subió lentamente por la alameda al jardín, a la casa. Aquella última comida, sin Carlos presente, fue triste. A poco de terminada, el artista se puso en pie, y con efusiva cordialidad despidiose de la viuda cubana, dándole gracias reiteradas por todas sus inolvidables deferencias.

-¿Se marcha usted decididamente, implacablemente? -preguntó la dama.

-Me voy, señora, porque así lo requieren las conveniencias de usted y la consecuencia con mis ideas.

-No comprendo -repuso ella débil.

-Me marcho para no enamorarme de usted -exclamó atropellado el pintor, cortándole la voz brusco sollozo.

Fue aquello un relámpago, y no hubo más.

La viuda, silenciosamente agradecida, le tendió la mano. Después la vio alejarse, alejarse en el corredor lenta, pensativa, sin consuelo...

Cuando algunas horas más tarde, recobrado su olimpismo de siempre, en el automóvil de Mercedes encaminábase vertiginosamente Fernando a alcanzar el tren, era la mañana alegre y plácida.

Ante la azul limpidez del cielo, ante la verde majestad de los campos, el viajero repelía, asqueado, las groserías de los hombres, las sangraduras del inquieto vivir.

-Si las pasiones no la alborotasen -monologaba el pintor-, ¡qué eternamente bella mar sería la vida! Mientras las pasiones el mundo muevan, el arte, forzado a reflejarlas, será ordinario...

Y las nubes de polvo de la carretera empañaban la diáfana serenidad del paisaje.