Almas prestadas. Heliodoro, el reloj, mi nuevo amigo

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Almas prestadas. Heliodoro, el reloj, mi nuevo amigo
de Abraham Valdelomar



NOVELA CORTA


Como una bella primicia ofrecemos a nuestros lectores, el siguiente trabajo inédito de "El Conde de Lemos", el insigne y joven artista que, ora en prosa como en verso, en la literatura lo mismo que en el dibujo, ha dejado —tras de su muerte que todos deploramos tanto— muestras numerosas de su elevado sentido estético, de su talento, su inspiración y su sensibilidad.


El señor Emilio Hilbck;


A la señora Josefa Navarrete de Hilbck;


Amigos muy distinguidos y cordiales:

El reloj en el cual quisísteis fijar la hora, para mí inolvidable y encantadora, en que nuestras almas se comprendieron, está conmigo. Ya me ha visto llorar: ya es mi amigo íntimo. Ha marcado ya las horas de mis breves, hondas, mudas y frías tragedias cotidianas: ya lo sabe todo. Es la Hostia de Eternidad —¿no es acaso como una hostia que marcara el viaje de la Vida por el Espacio y por el Tiempo?— Esta hostia de Eternidad, esta especie de oblea de Infinito, esta moneda filosófica que ponéis en mis manos para que me acompañe en la peregrinación de la tierra de igual manera que los egipcios ponían una moneda en las manos de sus seres queridos, al despedirse de la vida para que los acompañara en el viaje misterioso; este corazón, chato, cincelado y de oro que tiene sobre nuestros corazones la gran ventaja de que para hacerlo latir basta con darle cuerda; este reloj, esta pulsera y cincelada joya que me habéis obsequiado, este ser delicado, elegante, armonioso cuyo ritmo es perfecto y cuyos dos brazos que giran, se abren y se cierran, se distancian y se juntan, parecen, al ponerse horizontalmente, que nos llaman con los brazos abiertos; cuando éstos se juntan en las XII, ¿no parece, distinguida y esbelta señora y altísimo amigo, que se juntaran en una oración, como si rezaran por la vida? ¿Y cuando caen, formando ángulo hacia abajo, que lloraran, con los brazos caídos, alguna terrible desilusión? El reloj es como un hombre, amigos míos y señores; algo más, es como un hombre inteligente, discreto, muy elegante, muy laborioso, que trabaja en la tarea más elevada y más llena de filosofía:

...tac-tac... tac-tac... tac-tac...

¿Sería aventurado decir que el reloj es la voz de Dios? Y luego qué ritmo tan igual, tan ecuánime y qué lenguaje tan suave y tan de persona bien educada. Creo haberos dicho, inteligentísima señora y gentil amigo mío, que de todos los dioses del Olimpo con el único que no mantengo relación cordial es con Morfeo y de aquí que, como no todas las noches puede uno pasarlas en tan encantadora forma y en tan incomparable y grata compañía como la que yo tuve la fortuna de pasar en nuestra casa el 22, busqué quien me acompañara en mis horas de riña con el dios heleno. Los amigos no sirven para el caso, pues la mayoría de los hombres son necios y bellacos y si hay algo que me reconcilia con Morfeo son ciertos libros de versos de algunos poetas nacionales, ante cuya lectura Morfeo suele rendirse incondicionalmente. Mas, cuando esto no ocurre, cuando no tengo versos nacionales y que me quede sin dormir, el reloj es mi mejor amigo. Es mi amigo tierno que, desde el velador, echadito de espaldas, barrigoncito como un banquero yanqui, me arrulla,

...tac-tac... tac-tac... tac-tac... parece decirme:

Arrorrórrori to arrorrórrorito! Duérmete niñito por amor de Dios!...

Es pues un ser, un pequeño ser de cuerpo y alma el que me habéis obsequiado. Yo lo he bautizado con el nombre griego de Heliodoro, hija del Sol. Heliodoro y mi antigua compañera Omega, son ahora mis mejores amigos. Y cuando llegue el día en que mi propia cabeza vaya a ser la Omega de algún otro artista, Heliodoro, con esa elegante indiferencia, con esa serena majestad con que hoy me arrulla, él, Hostia de Eternidad, Oblea de Infinito, Moneda de Filosofía, Heliodoro, este corazón cincelado y de cuerda, con sus dos brazos me abrirá la Puerta del misterio, y los fijará en una de esas sesenta rayitas negras. Me entristece, solamente, la idea de no saber en cuál de ellas, siendo apenas sesenta, se fijarán un día los brazos de Heliodoro empujados por la ambigua y dudosa señora importuna que se llama la Muerte.


Beso a Uds. las manos.


Abraham Valdelomar.