Amar... sin importar el sexo

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Amar... sin importar el sexo
de Antonio Domínguez Hidalgo



Ensayos Para Niños, Adolescentes Y Adultos Con Mente Joven.


Aquí, en orden y concierto,
se intenta explicar con unas cuantas palabras,
algunos porqués fundamentales de la vida
y las razones factibles
para perfeccionarnos como seres humanos.


Primera Edición 1987.


A MIS HUEHUETZIN (reverendos abuelos)
QUE CON SUS TLAHTOLLI (sabias conversaciones)
ME HICIERON COMPRENDER
   LA TERNURA
 Y
  LA HUMILDAD.
 


ÍNDICE


Página
Libro I. Amar la Naturaleza
5
Libro II. Amar la Cultura
25
Libro III. Amar Nuestro Cuerpo
41
Libro IV. Amar la Humanidad
57
Libro V. Amar el Campo
71
Libro VI. Amar la Ciudad
87
Libro VII. Amar el Arte
103
Libro VIII. Amar la Ciencia
115
Libro IX. Amar la Paz
127
Libro X. Amar, sencillamente amar
141



LIBRO I AMAR LA NATURALEZA

Aquí, en orden y concierto,
se intenta explicar
 para qué evitar la contaminación
y conservar el equilibrio ecológico.

UNO

Imagina que eres un astronauta volando en la inmensidad del espacio y desde los controles de mando de tu nave contemplas cómo se extiende incontrolable por todos lados, el Universo.
Semeja una infinita ciudad de galaxias tejida con estrellas, planetas, satélites, aerolitos, cometas y millones de creaturas más, en perpetuo movimiento. Parece imposible siquiera vis-lumbrar paredes que la detengan.
Es inconmensurable.
Allí... entre sus espaciosas avenidas, ves de pronto flotar una enorme casita azul; enorme para nosotros cuando nos encontramos en ella; casita, para la descomunal urbe cósmica donde pasea. Le decimos Tierra y es nuestro hogar; un hogar formado por miles de hogares que habitan los más diversos seres. Hasta en los rincones más escondidos se han construido.
Desde las alturas por donde vuelas, no los alcanzas a distinguir, sin embargo, forman la vida: todos, vegetales, animales, humanos, poblamos este lugar mineral donde hemos nacido.
Es nuestro total hábitat y quisiéramos que en verdad fuera... un dulce hábitat.

DOS

Y ahí va nuestro planeta... inmerso entre las multitudinarias lumbreras del cosmos indominable. Sigue una eterna ruta, aparentemente la misma que navega la estrella alrededor de la cual gira, cual encadenado. En el espacio se ve tan diminuto como un granito de arena perdido en un desierto.
Es un planeta azul, o como dice una vieja canción, pintado de azul, y esto lo distingue de los demás por tanto oxígeno que lo rodea y lo modela.
Él le colorea su atmósfera y le hace ver de azul los mares: azules e infinitos mares… sin embargo pequeñísimos en relación con las dimensiones del universo. Y como el agua es lo que abunda en la Tierra, agua y oxígeno nos dan la vida.
Y el agua corre desde frescos manantiales y se va transformando en arroyuelos, en arroyos, en ríos, en cascadas, en mares, en océanos.
A veces se queda quieta en los lagos o en las lagunas; en los estanques o en las presas; en los charcos o en las fuentes.
En otras, cuando el calor arrecia, se hace vapor y se eleva convertida en blancas nubes que al refrescarse, tiran sus grises abanicos y descienden hechas lluvia.
Entonces baja de los cielos, entre cadenciosas músicas o estridencias electrizantes, vuelta lloviznas, aguaceros y torrentes.
Millones de gotas bailarinas saltan y se deslizan durante una gran danza al caer sobre la tierra que sedienta recibe su bebida bienhechora entre sus fauces, porque sabe que el agua, con su oxígeno amoroso, hará crecer y continuar la vida.
Pronto, plena de gratitud, elevará sus verdes brazos para retribuirle su donación.

TRES

Al planeta azul lo acaricia el aire y el aire hace que el oxígeno se extienda por todos los rincones de nuestro enorme hogar: la Tierra, nuestra reverenda madrecita y reverendo padrecito a la vez. Ella-Él, tierna y feraz, se manifiesta dual como la eterna energía creadora que la con-forma, gracias a lo cual todos existimos: minera-les, vegetales, animales.
Y aunque no se ve, con su murmullo eterno el aire logra que nuestra Tierra, se limpie y florezca.
Como un divino soplo mueve las ramas de los árboles, arbustos, matorrales y plantas que brotan por todas las superficies donde el agua fecunda cae y desparrama sus simientes.
Así van brotando las selvas, los bosques, las praderas, las llanuras.
Una fiesta de verdes vestuarios son las hojas con que envuelven sus cuerpos de madera. De jade es su color que como gigantesca falda verdecina cubre cerros, hondonadas, mon-tes, montañas, cuestas y cañadas.
Por la noche, cuando los follajes duermen, despiden tanto oxígeno en sus sueños que el aire se despoja de impurezas y despierta tan limpio y transparente como si se hubiera recién bañado.
Entonces, en esos amaneceres vegetales, una sinfonía verdiazul es la Tierra con su oxígeno creador.
De oxígeno es la vida y el viento gentil, la extiende por todos los espacios de su rosa.

CUATRO

Si un día faltara el oxígeno; si el agua lo perdiera eternamente; si el aire desapareciera, si los verdes se secaran para siempre, la vida acabaría. Ni tú ni yo ni nadie podría existir más.
Nuestro grande hogar, este hogar de hogares, nuestro planeta Tierra, padrecito y madrecita a la vez, tuyo y mío, se hundiría en la total opacidad de la árida muerte y nosotros, los que vivimos bajo su amparo vital, vegetales, animales, humanos, también sucumbiríamos. Estaríamos en un mundo descarnado, en la nada mineral.
No más trinos de pajarillos ni coloridos de flores; no más aleteos de mariposas ni miel tonificante de las abejas; no más trigo ni maíz ni arroz ni mijo; adiós los suculentos frutos y los alfalfares, las espinacas o los nopalitos.
No más correteos de potrillos por los llanos ni parloteo de luminosos guacamayos en las junglas. No más cantos ni bailes ni juegos ni sonri-sas.
Una esterilidad infinita y blanquecina envolvería a la Tierra y ni un vegetal ni un animal ni un humano podría habitarla.
Sin oxígeno moriría la vida.

CINCO

¿Cómo impedir que triunfe la región de la nada? El lugar incoloro. El sitio de lo descarnado. ¿Cómo evitar que desaparezca el oxígeno purificador; ese elemento de la energía creadora que mueve al universo y da vida a nuestro hogar de hogares? Acaso te preguntes.
Sencilla es la respuesta y muy clara:
¡Cuidándolo!
Protegiendo todo aquello que produzca oxígeno: los bosques, los árboles, las plantas, las flores, los ríos, los mares, las playas y los aires.
Evitando eso que lo destruye: La basura, los humos, la contaminación, la guerra.
Y si cuando alguien cuida con ternura y convencimiento a otro para que se perfeccione, se dice que lo ama, amemos el aire, el agua, la vegetación. Cuidémoslos.
Amemos a la Naturaleza así como a ti te han amado a cada instante, aunque sea a su modo, tus padres. Conservémosla radiante de existencia. Perpetuémosla, protejámosla, ayudemos a que mejore siempre.
Si promovemos el cultivo de oxígeno, haremos que nuestro grande hogar de hogares, nos siga brindando la alegría de vivir, aunque sólo sea por los breves momentos que pasamos aquí...en la tierra...
Comprende. Muchos otros llegarán y go-zarán de nuestra obra. Así nunca moriremos. Este amor habrá de darnos vida eterna y al menos flores o cantos...

SEIS

Amar el aire, el agua, la vegetación, los seres que pueblan la tierra, es amar a la Natura-leza y amarla es conservarla para lograr su perfeccionamiento, así como cuidamos y mejoramos nuestra propia persona, nuestra propia familia, nuestros propios hogares.
Usemos para ello nuestra inteligencia creadora y nuestra constante voluntad de hacerlo. No es difícil si pensamos en esto cada vez que nos encontramos enfermos y reflexionamos en las causas de nuestro mal. ¿Por qué la magnitud de los contagios o de las infecciones? ¿Cómo podríamos evitarlo?
De esta manera lograremos salvar a nuestra reverenda madrecita Naturaleza, padrecito también, y a nosotros mismos, de posibles des-trucciones, nefastos retrocesos o acortamiento de nuestra existencia, ya de por sí tan diminuta.
Amando la Naturaleza, la haremos más esplendorosa, más saludable, más fortificante.
Cuidándola, estaremos en posibilidad de no dañarla y podremos darnos cuenta de cómo preservarla para nuestro futuro y para el de aquellos que con el tiempo vengan a nacer y florecer sobre esta Tierra.

SIETE

Hoy, cuando lo futuro de hace mucho tiempo nos ha estado alcanzando y se ha logrado hacer de la vida humana algo menos arduo; hoy, cuando hemos llegado al bienestar que las máquinas pueden ofrecer al hombre para aligerar su trabajo; hoy, apenas nos estamos dando cuenta de las heridas que se han causado a la Naturaleza para gozar de los progresos logrados y de aquellos otros daños que un desarrollismo egoísta, convenenciero, ambicioso, conflictivo e incontrolable le ha producido, tal vez para siempre.
Pero también hoy, afortunadamente, aún tenemos la posibilidad de cambiar la ciega ruta de quienes están destruyendo el aire, el agua, la flora, la fauna.
Gracias a aquello por lo cual todos vivimos, las reacciones negativas de la energía creadora, nos encontramos a tiempo de la salvación.
Aún podemos evitar el acabóse, como el de los dinosaurios.

OCHO

Podemos aprender mirando lo pasado, cuidando de no cometer los errores hechos hace tiempo.
Y también, por qué no, los conocimientos obtenidos en el ayer y que todavía son útiles para mejorar nuestro ambiente natural, nuestro hábitat.
Mucho tenemos que aprender de nuestros remotos abuelos campesinos.
¿Quiénes más que ellos conocían los signos de la energía creadora? Los de la tierra, los del viento, los del agua, los del fuego.
Así, estudiando la herencia de conocimientos que nos legaron los hombres antiguos, elaborar la nueva planificación de nuestro grande hogar:
La tierra de la mayor felicidad individual dentro de la mayor felicidad colectiva.
Valorando y respetando el pasado, protegeremos las bellas cosas que nuestros viejos progenitores creativos nos legaron: evitaremos sus fallas y pondremos las sanas bases naturales para un mejor futuro. Ése que tú vivirás y otros después de ti.
Se los debemos…

NUEVE

Aprender a controlar nuestros impulsos y dirigirlos hacia el perfeccionamiento de nuestra sociedad y nuestro ecosistema es obra de nuestra voluntad, pero también de nuestra conciencia; ese mundo de sensaciones y percepciones que día con día se va interiorizando en tu cerebro y que, cual un espejo, con las representaciones que se le van formando, siempre se encuentra lista para recordarte que nunca podemos escapar de ella.
La conciencia constituye parte esencial de nuestra mente. Mientras vivimos siempre se encuentra en nosotros convertida en conceptos y manifestada después en lenguajes. Aún dormidos, en nuestros sueños, la conciencia se halla presente, a veces distorsionada, vestida con mil disfraces dispuestos a aparecer en las más variadas y diversas formas. Como humos.
La conciencia marca la diferencia entre nuestra animalidad y nuestra humanidad; constituye el ascenso admirable de nuestra entidad biológica hacia la autocomprensión de lo que somos, de lo que hacemos, de lo que debemos hacer y ser para comprender a los demás y para que los demás nos comprendan.
Por ello, una de las primeras direcciones de nuestra conciencia ha de ser la comprensión del amor a la Naturaleza. Cuidándola, conservándola, guiándola, lograremos tener nuevamente lo que en ayeres distantes se poseía: un cielo limpio y transparente; unos espacios de agua tan luminosos que parecían de plata; unos bosques tan abundantes que semejaban una gran falda de jade con que se vestía la Tierra y una fauna feliz de sus correrías, chapuzones y revoloteos.
Seamos conscientes de ello y siempre percibamos la realidad de nuestros entornos con el fin de transformarlos enaltecedoramente.

DIEZ

Si observas a tu rededor descubrirás que existe un desequilibrio total entre la Naturaleza y lo que el hombre ha hecho con su inteligencia creadora. Las ciudades, las fábricas, los edificios, el asfalto, han avasallado los campos, los lagos, los ríos, las playas, y hasta las montañas.
La humanidad, por su afán de sobrevivir llegó al saber y con sus informaciones, su tecnología y su voluntad, ha llegado a construir desorbitantes asentamientos sin medir en la destrucción que con ello ha hecho de la Naturaleza.
Se hace necesario entonces rebuscar el equilibrio; y que la ciudad sea campo a la vez de árboles, manantiales, pastos, flores, aves; y que el campo tenga reflexivamente los avances de la ciudad: electricidad, transporte, comunicación.
Se requiere reinstalar la armonía entre todo lo que nos rodea; natural o creado por hombres y mujeres; esto es, naturaleza y cultura al ritmo equilibrado de la danza cósmica en la que estamos inmersos por ese avanzar sin fin del Universo hacia un inconmensurable renacer perpetuo.
Y cuando hablamos de equilibrio, nos referimos también a pensar en lo que espera a nues-tro hogar de hogares dentro de cien años; irrisorio tiempo terrenal en comparación con el de las galaxias, pero a la vez extenso para la pequeñez humana; ¿cuáles serán los futuros desequilibrios que han de evitarse y cómo imaginar los planes adecuados con que esperaremos a los niños del mañana; aquellos que vendrán a poblar el mundo del siglo XXI?

ONCE

Piensa en los mejores caminos para cuidar nuestro hogar de hogares y descubrir aquellos que han echado a perder nuestro entorno, dañando los recursos naturales y destruido la vida.
Al hacer esto podremos entender hasta donde llegan los límites del progreso; qué no debemos hacer con nuestro mundo y lo que podemos efectuar en bien de su conservación y perfeccionamiento.
Tú, usando tu capacidad de elegir que se llama libertad, debes contribuir a esa planificación y asumir un compromiso, el compromiso de ser libre, pues una libertad sin compromiso, se vuelve esclavitud:
por cada árbol seco, siembra diez;
por cada pajarillo muerto, protege a cien;
por cada basura tirada, recoge mil.
Busca siempre el equilibrio, la armonía de todo, la comprensión de la dialéctica vital.
Que nadie se quede sin la alegría de la be-lleza, de la verdad, del bien. Para eso somos libres: démosle a los demás lo mejor de nosotros, lo justo.

DOCE

Sí, debemos aprender a usar nuestra libertad y saber elegir. Sea en lo pasado, ahora, o para lo futuro, siempre hay alternativas; decisiones entre los matices de lo correcto y lo erróneo; de lo benéfico y lo perjudicial; de lo creativo y lo destructor. Recuerda: nada en nuestro mundo es sencillo ni único. Lo relativo nos aguarda a cada instante.
Ante ello, hay que saber elegir lo mejor para lograr el equilibrio entre lo bueno y lo malo, las ventajas y las desventajas, las falsas verdades y las mentiras ilusorias.
Hay que abrir bien los ojos para elegir. De ahí la importancia de saber equilibrar.
Y amar la Naturaleza es buscar siempre el equilibrio.
Esto también constituye un paso más en nuestra toma de conciencia.

TRECE

Hay que saber elegir. El amor por la Naturaleza nos ayuda a encontrar la senda precisa.
Lo mejor de todo siempre está presente en ella y si sabemos cómo mirarlo porque nuestra conciencia ha crecido, nuestra elección será atinada.
Si nos da energía, si nos da vida, si nos da oxígeno, si nos da el ejemplo de evolución, de transformación enaltecedora, de comprensión dialéctica, del equilibrio entre lo justo, lo veraz y la bello, la opción es indudable.
El amor a la Naturaleza nos ayuda a ver lo realmente grandioso de las investigaciones humanas.
Aquéllas que la perfeccionan, la mejoran, la ayudan a armonizarse en bien de todos, con el provecho para todos, no obstante algunos inconscientes, estacionados en la indiferencia o en el cinismo. No obstante algunos acumulados de palabras, pero imposibles de volverse acciones ejemplares.

CATORCE

El hombre ha inventado cosas que han alterado nuestras vidas y han afectado a muchos seres.
Por ejemplo, ante las plagas, el rocío inva-sor de los insecticidas se extiende sobre los campos de cultivos, los huertos y los invernaderos.
Desde lejos se ve como una llovizna primaveral que cae sobre las plantas, sin embargo no trae vida, sino muerte.
Los gusanos que corroen los frutos se desintegran, los molestos y peligrosos mosquitos sucumben, las alimañas parásitas se acaban, y se salvan algunos árboles, algunos frutos, ciertas flores, pero también, mucho de lo que allí inocentemente existía, queda envenenado.
Y es que el descuido con el cual la moderna tecnología se aplica a veces, sin pensar en los daños que puedan resultar de su abuso o de su uso exagerado, hace que una irresponsabilidad de tal tamaño, lentamente vaya fulminando a la Naturaleza en un imprevisto odio que parece bienestar.
Si se emplearan métodos de defensa agrícola controlados, seguro, podrían reemplazarse los peligros químicos y la existencia florecería como abanicos de amor.

QUINCE

¿Sabías que las focas con sus carcajadas roncas y angustiadas parecen pedir auxilio ante su probable eliminación?
¿Y que las dóciles y fortachonas tortugas caguamas se encuentran a punto de ser extinguidas?
¿O que los gigantescos cachalotes, esa especie de formidable ballena, casi desaparecen?
Piensa que un día, de seguir así la contaminación del aire, del agua, de la tierra, no sólo se habrán perdido para siempre las focas, las caguamas, los cachalotes, sino también nosotros, la orgullosa y ciega humanidad, como las bestias antediluvianas.

 
DIECISEIS

El mundo entero está en peligro. La mayoría no sabe utilizar el poder de la energía, aquello por lo cual todos vivimos, para el beneficio de los seres de la Naturaleza.
Un día la descubrió en el fuego y la reencontró en la electricidad, en los gases, en el vapor, en los átomos, mas la energía rebasa el control que sobre ella pueda efectuar el hombre.
Si la energía no se aplica en la conservación del mundo, el acabóse puede llegar de pronto.
A veces vivimos en medio de bombas de tiempo y ni cuenta nos damos de ello. Somos inconscientes de su proximidad y los poderosos lo vuelven secreto de altura.
No exigimos que se nos informe de su presencia y se nos garantice seguridad.
Sólo mucho después lo sabemos, cuando han explotado.
Y se quieren tapar los pozos…

DIECISIETE

Sabemos que la poderosa energía adormecida en el uranio puede utilizarse para hacer de la vida humana un conjunto de comodidades, pero que también puede ser usada para destruirla totalmente, si se la mal despierta.
La energía nuclear resulta un terrible cuchillo de doble filo y todos piensan de manera diversa en cuanto a la utilidad que pueda dársele.
Algunos la aplicarían a la medicina, otros al desarrollo de la producción de objetos; ciertos individuos, a la guerra.
Mas si para todo lo que el ser humano realice, el principio y el límite se basa en el respeto que la Naturaleza nos merece, con amarla podría mejorarse todo. Nunca debíamos olvidar que ella es la máxima manifestación de la energía creadora y que de todos modos es nuestro-nuestra reverendo-reverenda-padre-madre.
Conservando los recursos vivos, vegetales y animales, de los cuales nuestras vidas dependen y equilibrando el progreso con el cuidado de ellos, se pueden, no sólo reparar los daños que ya se le han causado a la Naturaleza, sino llevar a la práctica trabajos que purifiquen la tierra, el aire, el agua.
La contaminación puede evitarse, si se planifica adecuadamente el desarrollo técnico.

DIECIOCHO

A pesar de toda la vanidad que los humanos hemos recibido al decirnos que somos el centro del universo, hoy sabemos que definitivamente somos una parte mínima del cosmos gigantesco.
Y aunque no queramos, dependemos de la perduración de la Naturaleza, de su conservación, de su cuidado.
Si ella se altera, no sólo peligra la vida de los hombres, sino de todo el planeta, ese hogar de hogares que quisiéramos fuera esplendoroso siempre para ti.
Un hogar donde los bosques abundaran día con día y sus árboles estuvieran en constante crecimiento de verdores.
Un hogar donde la vida animal se apreciara con la admiración que merecen sus formas de comportamiento.
Un hogar donde el trabajo del hombre partiera de un sencillo pensamiento:
               AMAR LA NATURALEZA

DIECINUEVE

Amar la Naturaleza es dirigir la energía del agua, del fuego, del vapor, del uranio, hacia el perfeccionamiento del universo.
Amar la Naturaleza es cuidar las playas y mantenerlas limpias.
Amar la Naturaleza es respetar la migración de las aves y no molestarlas. La caza es odio a la Naturaleza, pues el goce de matar por placer es problema de mentalidades enfermas.
Amar la Naturaleza es fomentar la creación de parques nacionales y motivar a todo el mundo para que los conservemos y agrandemos. Provocar incendios en los bosques, casi siempre por descuido, es odio a la Naturaleza.
Amar la Naturaleza es evitar que la contaminación, energía distorsionada, nos destruya, como ya principia a hacerlo. Y tú tienes una gran responsabilidad.
Quemar plásticos y hule en las ciudades con el pretexto de fogatas o instalar fábricas sin el control de sus desechos, es odio a la Naturaleza.
Manejar automóviles y camiones sin darse cuenta de todo el humo negro que despiden, es odio también a la Naturaleza.
Derribar árboles, sin sembrar muchos más; arrasar los pastos para aplastarlos con asfalto y no dejarles rincones por donde broten; dejar ba-sura por donde quiera sin importar el vivero que ensucie, el agua que manche, el río que contamine, es odio a la Naturaleza.
Odiar la Naturaleza es odiarse a uno mismo. Es suicidio irresponsable; es asesinato de lo mejor que tiene la humanidad: Nuestra propia madrecita, la Naturaleza. Nuestro propio padrecito, la Naturaleza. Nuestro-nuestra-reverendo-reverenda-padre-madre, eterna dualidad creadora, la Naturaleza.

VEINTE

Graba entonces en tu conciencia, hijita mía, hijito mío, mi coyotito, mi palomita, lo que te pedimos para tener mayor seguridad en nuestro planeta, para hacer más cómoda y hermosa la Tierra, para darle fuerza a los hombres y a las mujeres de todos los lugares en su trabajo creador: Cuidemos la Naturaleza.
Reparemos cada daño que le estamos causando; superemos los errores de la ambición devastadora; preservemos lo mejor de todo para lo futuro. Amémosla, ese es el camino. Pensemos y actuemos juntos. Protejámosla y conservémosla.
La Naturaleza es nuestro mundo; nuestro hogar. Su perfeccionamiento, el nuestro, el de todos; es su llamado. Escúchalo siempre.
¿O acaso preferirías que nuestro planeta Tierra, nuestra enorme casita azul, nuestro hogar de hogares, llegue pronto a quedar como un páramo sin fin donde ni los muertos tengan recuerdos?
¿O eliges participar activamente, con tu ejemplo, para que sea este planeta donde vives, tú, terrícola, no importa de donde, un verdadero hábitat feliz?


LIBRO II AMAR LA CULTURA.

Aquí, en orden y concierto,
se intenta explicar el significado de la cultura,
la conservación de sus aciertos
y el perfeccionamiento de sus logros.

UNO

Hubo una vez un niño que al despertar en cualquier noche, cuando abrió los ojos, se encontró al fondo de una enorme cueva tan oscura que sintió miedo; mucho miedo; tanto como en esos momentos en los cuales nos hemos sentido abandonados.
Un murmullo desconcertante, primero, y un ruido espeluznante después, lo habían traído del reino de los sueños.
Solitario sin más, apenas si veía entrar extrañas luces rojizas por la boca de aquella caverna donde dormía. Las tinieblas que lo rodeaban se vestían fantasmales en cambiantes e incomprensibles figuras que todo lo envolvían y provocaban que el pequeño comenzara a sentir una temblorosa emoción nunca antes experimentada.
Como pudo, a tientas, se incorporó, pero no podía tenerse en pie y casi a rastras, fue aproximándose a la entrada tambaleantemente y se asomó invadido de temor.
Lo que vio, le produjo más terror que la penumbra.

DOS

Allí, casi frente a él, un gigantesco volcán lanzaba torrentes de llamas y de lava por su cráter.
Su erupción enrojecía los cielos y un tronido incesante parecía que iba a romper la tierra.
Todo arrasaba a su paso, los árboles caían como pajas insignificantes. Las descomunales bestias eran devoradas por aquellos líquidos espesos e incandescentes donde el niño vivía.
Y éste, grito aterrado y lanzó al aire unas voces que mas bien parecían gruñidos de bestia acorralada. Pero nadie atendía a su pánico desgarrador.

TRES

Había visto a sus padrecitos y a sus madrecitas que venían corriendo a la cueva donde él se asomaba.
Desesperado hubiera querido salir velozmente de ahí y bajar a su encuentro, pero el pánico se lo impidió.
Algunos de los suyos caían como simples hormigas bajo las tórridas lavas que los alcanzaban.
Sus alaridos estremecían...
Y él, nada podía hacer por ellos.
Y ellos tampoco.
Nada había que lo protegiera.

CUATRO

Los seres humanos eran entonces tan insignificantes, que solo unidos podían salvarse de tantos peligrosos.
Ocultos en cavernas lograban escapar de algunos saurios que aun en aquellos tiempos sobrevivían o de los tigres dientes de sable y otras bestias.
Por eso los pocos que alcanzaron a llegar a la cueva, se introdujeron tan al fondo, que amontonados, su corazón parecía uno solo y aterrado palpitaba.
El niño estaba también temblando, acurrucado con ellos.
Con su horda.

CINCO

De pronto el niño sintió hambre, pero nada había de comer.
Solo una de sus madrecitas le entregó un hueso para roerlo un poco.
Uno de sus padrecitos le dio un pedazo de fruta.
Y aunque era poco, aquello le pareció delicioso.
Afuera el terror de la erupción seguía causando terribles estragos entre todas las plantas y animales.
El niño y los suyos habían logrado escapar de aquella catástrofe y se sentían más o menos seguros en el seno de aquel monte.

SEIS

¿Has pensado alguna vez que lo que ahora miras a tu alrededor se ha logrado con mucho esfuerzo y a través de miles de años?
Hoy no vives exactamente como el niño de nuestro relato.
Y aunque a veces hay catástrofes: inundaciones, terremotos, ciclones, ondas gélidas, el ser humano se encuentra listo para controlarlas gracias a conocimientos que ha obtenido con el paso de su esfuerzo.
Primero fue por simple experiencia, pero después por voluntaria investigación.
Y por supuesto que murieron muchísimos hombres, mujeres y niños antes de lograr explicar el por qué de algunos fenómenos y buscar la manera de controlarlos para salvar a la humanidad.
Esta búsqueda de saberes, aún no termina. Acaso nunca acabará.

SIETE

Hoy tú puedes ver tranquilo o tranquila la televisión, escuchar la radio, oír un disco, disfrutar de un video o de una máquina de juegos.
Si deseas, la comida está disponible en el refrigerador o en la tienda; en el mercado o en el súper.
Si tienes sed, el agua está en el jarrón, en la olla, en el botellón, en el purificador, en la llave o en algún jugo o refresco.
Ante la oscuridad, hay luz que te proporciona el foco, el gas neón, y hasta una veladora.
Si quieres ir a algún lugar lejano, a tu servicio está el autobús, el ferrocarril, el avión, el barco, y hasta una bicicleta.
Y aunque humilde, por lo menos tienes un cuarto donde dormir con más o menos seguridad.
¡Ya no es una simple caverna!
A tu lado la internet te conecta con todos los rincones del mundo y a través del correo electrónico puedes comunicarte con quien tú quieras, inclusive para pedir auxilio.
 
OCHO

Y por supuesto que podrías comentar: ¡No es cierto! Hay muchas personas en el mundo, a veces pueblos enteros, que aún no poseen lo necesario.
No tienen luz ni comunicación ni transporte. Se encuentran aislados. En ocasiones ni alimento suficiente ni agua en abundancia poseen.
Y tendrás razón. Mas en ello radica nuestra gran responsabilidad como seres humanos del siglo XXI.
Todavía no se logra que la humanidad total sea dueña de aquello a lo que tiene derecho por obra y gracia de su esfuerzo creador: alimento, vestuario, curación y casa.
¡Y es que como algunos pueblos tienen más y otros casi nada!
Parecerá justo entonces equilibrar la distribución de los bienestares que niños, niñas, ancianos, ancianas, mujeres y hombres del mundo merecen.
Pero a veces, el rugido de las bestias de la época de la erupción parece no haberse liquidado y subsistir aún en nuestros días.

NUEVE

Una de las soluciones, entre otras, se encuentra en la cultura.
Todo lo que el hombre ha hecho para transformar la naturaleza y dirigirla en bien de la humanidad se denomina cultura.
El hombre sin cultura, no es más que la insignificante bestia que huía de la erupción y se refugiaba en la cueva.
No es más que el hombre que arrebataba por instinto las sobras de un animal destrozado y a fuerza bruta, salvaje, se imponía sobre la horda.
Tal cual los animales aseguran voluntariamente su conservación, actuaban aquellos hombres del pasado. ¡Eran pobres animales humanos! Débiles, ignorantes, sin más apoyo. Como los irracionales carecían de alternativas. Todo era por instinto.
Pero hoy...
La flora y la fauna siguen tan esclavas de la naturaleza que no se pueden levantar sobre ella por obra de su sensibilidad, inteligencia creadora y voluntad, para tener conciencia de ello, dominarla y dirigirla para su propio bien, sin destruirla.
Solo el ser humano se ha superado por obra de su buena acción y su trabajo creativo.

DIEZ

¿Has visto alguna vez a un elefante construyendo una nave espacial?
¿O te has enfrentado con un león que busca tras de un microscopio al causante de alguna enfermedad?
¿O a una rata que realiza una preciosa sinfonía o dirige a una orquesta?
¿Has observado a lobos que inventan un telescopio?
¿O a tarántulas que escriban obras de teatro?
¿Has descubierto alguna jirafa que construya un rascacielos o pinte un mural?
¡Solo en las caricaturas que ves en el cine o en la televisión!
En la fantasía todo puede ser; en la realidad, sólo el ser humano creativo, puede efectuarlo.
Y tú eres un ser humano.
O por lo menos queremos que lo seas.

ONCE

Cuando tienes hambre, cuando tienes sed, cuando tienes miedo, es la voz de la Naturaleza que te recuerda nuestro origen animal.
Cuando sientes impulsos de apropiarte a golpes de algo que no es tuyo; cuando quieres dominar e imponerte por la fuerza a tu grupo, con tus familiares o con tus amigos, es la voz de la Naturaleza que te recuerda nuestro origen animal.
Cuando tienes ganas de defecar u orinar, o vomitar y estas enfermo, es la voz de la Naturaleza que te recuerda nuestro origen animal.
Y así como antes la lava de los volcanes arrasaba todo, aún la Naturaleza puede dominar de tal modo, que nos muestra la pequeñez del hombre animalizado.
Solo hay un camino, una esperanza, una oportunidad: LA CULTURA.
¡Sencilla es la respuesta!
 
DOCE

La cultura nos va transformando.
Los impulsos animales se controlan y se dirigen gracias a nuestra voluntad hacia una solución creadora; en el arte, en la ciencia, en la técnica, en la filosofía.
Nuestra base es animal, sí, pero aprendiendo a dominarla, a dirigirla, a encauzarla, la humanidad se eleva a tal altura, que por algo es la única que llega a parecerse a la Naturaleza: creadora y transformadora.
Sólo cuando la animalidad se presenta, la humanidad retrocede.
La injusticia, la ambición egoísta, el afán de poder, la hipocresía, el crimen, el engaño, el robo, la violencia, son algunas de las caras de la bestia humana.
La cultura nos crea la conciencia de cómo evitarla.

TRECE

Un ser culto ama la Naturaleza y la Naturaleza le responde con amor.
El animal común vive sin tener conciencia del eslabón del que forma parte y ni destruye ni construye; sólo vive y sin darse cuenta contribuye a la supervivencia de todos los seres que pueblan la Naturaleza, inclusive el hombre.
El animal humano es inculto:
Odia la Naturaleza y ésta únicamente le responde como se merece: sequías, inundaciones, ondas gélidas, alteración climática.
El animal humano mal usa todo lo que el humano culto aporta para el bien de la Naturaleza y sus seres. Incluso la humanidad.
Por eso existe una eterna lucha entre el animal humano y el humano culto.
¿Quién ganará?
Tú formas parte de quienes van a decidirlo.

CATORCE

El animal humano contamina, vuelve desiertos los bosques, mata por el placer de jugar a la cacería, ensucia la tierra y el agua.
El humano culto siembra árboles, tiene el cuidado de no manchar ni el aire ni el paisaje; ama la naturaleza que lo ha convertido en su prójimo.
El animal humano hace guerras, siempre injustas, tan sólo para imponer su egoísmo y vanagloriarse de lo que él individualistamente piensa como lo único válido de hacerse.
El humano culto despliega una actividad sin limites para extender el gusto por lo que engrandece a la humanidad.
El animal humano utiliza negativamente el progreso tan sólo para explotar y dominar a los demás animales humanos.
El humano culto crea ciencia, arte, técnica, filosofía para transformar a los animales humanos en humanos cultos.
El animal humano no admite crítica objetiva a sus acciones nefastas.
El humano culto se da cuenta de los malos pasos y con su ejemplo creativo lucha por el bien de la humanidad.

QUINCE

La cultura no es presunción ni pedantería ni ostentación. La cultura no es una memorización vanidosa de datos y fechas o curiosidades sin aplicación.
Para eso, el humano culto ha diseñado las computadoras; ellas cargan los datos que se requieran y que sólo sirven de fatiga inútil al humano culto.
La cultura es una aplicación de los mejores conocimientos y experiencias a la perfección de la Naturaleza, de tu naturaleza; de la humanidad, de tu humanidad; y de la propia cultura, tú propia cultura.
La cultura constituye una incesante y mejorada creatividad que se da en todos los pueblos del mundo.
Cada pueblo da su versión de ella y es nuestro deber comprenderla.

DIECISEIS

La cultura nace de las manos y la mente del animal humano a partir de sus necesidades vitales y sus acciones de trabajo.
El animal humano primero descubre las posibilidades infinitas de sus manos, de sus dedos.
Luego se da cuenta de las aún más infinitas posibilidades de su mente y las primeras ma-nifestaciones se dan desde regiones de su cuerpo: sus brazos, su piernas, sus ojos, sus gestos, su boca. Cuando llega a hablar y a escribir, crece, crece, crece.
Una lengua es el instrumento del trabajo de su mente y sus manos, son el gran instrumento para aplicar lo que su mente crea, diseña, juzga, piensa, siente, desea, representa.
Amar la cultura comienza pues, con el amor al trabajo de las manos y al trabajo de la mente.
Amar la cultura continúa con el cuidadoso uso del habla, del idioma, de tu lengua, de los lenguajes.
Amar la cultura se concreta en los objetos creados para el beneficio de todos: los objetos técnicos, los objetos científicos, los objetos artísticos.

DIECISIETE

Amar la cultura es amar al verdadero ser humano.
Amar la cultura es valorar todo aquello que el hombre y la mujer han realizado para el beneficio de la humanidad a través del tiempo que han vivido y que se llama historia.
Amar la cultura es amar la ciencia.
Amar la cultura es amar el arte.
Amar la cultura es amar la técnica.
Amar la cultura es amar la humanidad.
La cultura es el más grande producto que creamos los seres humanos.

DIECIOCHO

Pero el animal humano a veces intenta destruir la cultura y de hecho lo ha logrado en múltiples ocasiones. Por ejemplo, ¿qué elegirías tú?: Piensa en un grande y antiguo edificio de enorme belleza arquitectónica en el centro de una ciudad histórica. A algunos les gustaría verlo derrumbado para construir espacios destinados a oficinas, a una plaza comercial o a un lujoso hotel. Otra gente querrá conservarlo tal cual es, como un preciado legado del ayer. A unos más les agradaría que se derribara una parte para que se levantara uno nuevo en sus alrededores. Acaso un cuarto grupo propondría organizar un análisis en torno a lo que se debería hacer con el edificio. Según lo que elijas, serás un simple animal humano o un humano culto.
Ahora imagina un hermoso lugar donde el silencio y la calma parecen obra de magia. Un lugar donde bosques, creaturas y ríos son libres. Alguna gente no le importará dañarlos para hacer negocios. Otra querrá cortar los árboles maduros, pero sembrar nuevos y construir carreteras y rutas de acampar con el propósito de que mucha gente acuda a oír el silencio y sentir la calma para su regocijo. Otro grupo deseará conservar el desierto tal cual es, libre y sin cambios, lejos del escándalo público. ¿Tú qué elegirías?
De acuerdo con tu capacidad de elegir, serás animal humano o humano culto.
Y esto es ser libre.
El humano culto sabe utilizar la libertad.
El animal humano la degrada.

DIECINUEVE

Si elegiste ser un simple animal humano, lo que te depara el futuro es la destrucción. La muerte total. La naturaleza cobrará muy cara tu animalidad.
Si eliges ser humano culto, estás en camino de ser eterno, de nunca morir, porque tu obra de científico, de artista, de técnico, de filósofo, quedará escrita en el gran libro de la cultura que todos los humanos cultos, de todos los planetas por venir, valorará.
Ellos te rendirán homenajes y te enviarán siempre sus bendiciones por haber contribuido a salvar a la humanidad de la destrucción a la que los animales humanos la estaban orillando a fines del siglo XX.
Y todavía en el XXI.
Por eso, tratar de ser culto en el sentido que he intentado explicarte, bien vale una vida.

VEINTE

Amar la cultura es un precioso reto. Una oportunidad enaltecedora.
A veces es difícil, cuesta mucho esfuerzo, pero sus logros son espléndidos.
Dará un gran apoyo a tu mundo interior y al compartirlo con el mundo de los demás, comprenderás que el mundo de la cultura es el mundo de la mayor felicidad individual dentro de la mayor felicidad colectiva.
Amando la cultura serás justo en tus acciones.
Amando la cultura evitarás las ambiciones superfluas.
Amando la cultura te fortificarás y descubrirás su divinidad.
Amando la cultura, que es hacer cultura a la vez, podrás ser eterno.


LIBRO III AMAR NUESTRO CUERPO

Aquí, en orden y concierto,
se explica el porqué la salud
es la base de nuestro perfeccionamiento.
 
UNO

Hoy, como siempre, te levantaste muy temprano y te pusiste a tratar de perder el tiempo, pues cuando estás de vacaciones, no tienes la preocupación de asearte rápidamente para ir a la escuela ni de salir corriendo y menos de abrumarte con ciertos obstáculos que con frecuencia aparecen en el camino. ¿Te acuerdas de ellos?
Así que no pensaste ni en darte una ducha ni levantarte las manos o los dientes.
Dejaste que una sabrosa flojera te llevara rumbo a la televisión, a tu tocadiscos o a tus video-juegos favoritos; y sin otra cosa que hacer, iniciaste un divertido día.
¡Al fin que tus padres aún se encontraban durmiendo!
Mejor ni despertarlos.
Con eso de que luego comienzan los regaños...

DOS

Las horas pasaron y comenzaste a sentir hambre. Como aún no estaba listo el desayuno, fuiste a tu cajón preferido y sacaste una sarta de golosinas que ahí guardas para estas ocasiones.
¡Que ricos se veían los dulces!
¡Y los panecillos azucarados que tanto anuncian en la tele!
¡Qué importa que no te sirvieran leche, al fin que allí había el jugo negro de un refresco embotellado!
Y disfrutando de esa basura alimenticia, te sentiste feliz.
Acaso tan feliz como aquellos que saben cuánto la consumes...

TRES

Si te pones a pensar, lo que a veces comes resulta como si le pusieras simplemente agua a un coche para que caminara.
¿Podría arrancar con eso? ¡Claro que no!
El automóvil necesita gasolina y aceite para andar.
Esto es lo que verdaderamente lo alimenta.
La gasolina es su energía que lo mueve y el aceite le permite echar andar su máquina.
Con la gasolina el auto arranca; el aceite circula y ayuda a facilitar el movimiento de muchos tubos y tuercas.
Además, requiere de una gran fuente eléctrica para iniciar el movimiento de su gasolina y de su aceite. Necesita una batería.
Si el coche no la tiene y no se le pone gasolina, no marcha y si no lleva el aceite adecuado, tronaría.

CUATRO

Tú también tienes una maquinaria y es la más bella que hay en el universo.
¿Sabes cómo se denomina?
Su nombre es cuerpo.
Y si a tu cuerpo no lo alimentas bien, no va a funcionar como el coche al que sólo le pusieran agua.
Mas no creas por eso que tú vas a tomar gasolina para arrancar. Tú necesitas otras fuentes de energía superiores: leche, huevos, pollo, carne de res, pescado, fruta, arroz, maíz, trigo, queso, crema, agua, verduras; incluso frijoles y otras hierbas.
Todo eso es lo que va a hacer de tu cuerpo, un cuerpo fuerte y sano. Tal vez impresionantemente duro o musculoso
¿Te gustaría causar admiración como deportista de gran potencia?
No te niegues ese reto.

CINCO

Para que tu cuerpo esté fuerte y sano, necesitas aprender a cuidarlo.
Si le das una buena alimentación, un vigoroso ejercicio constante, una limpieza cotidiana, nunca enfermarás fácilmente.
Y si acaso te llegaras a enfermar, te aliviarías con mayor rapidez.
¿Quieres estar enfermo? Por supuesto que no.
Sólo recuerda las ocasiones en las que tu salud se ha vuelto precaria, en las molestias que te ha dado, en lo que has perdido.
Entonces no ignoras lo que debes hacer.
Sí. Exacto.
Cuidar tu cuerpo, es decir, quererlo, amarlo.
Por tu propia voluntad, con tu propio convencimiento, con base en disciplina y control, lo harás resistente a la fatiga, a las inclemencias del tiempo, a las enfermedades.

SEIS

Ponte frente a un espejo y mira la maravilla de la que eres dueño o dueña.
Observa tus cabellos, tu cara, tus ojos, tus cejas, tus pestañas, tus oídos, tu nariz, tu boca, tus labios.
Contempla tus dientes, tu lengua, tu garganta, tu cuello, tus hombros, tus brazos, tus manos, tu pecho, tu estómago, tus piernas, tus pies.
Moreno, blanco, negro, rubio, cobrizo o apiñonado, tu cuerpo es de los bellos ejemplos de la humanidad.
En él palpitan siglos de esfuerzos para ser mejores y perfeccionarse.
En él se acumulan los sueños de una más grandiosa y elevada etapa del universo.
No lo dudes.
¡Posees un fascinante cuerpo!
Es tu gran propiedad.
No permitas que te lo destruyan con engaños nutritivos.

SIETE

¿Y a quien más va a importarle tu cuerpo, si no es a ti?
Podrás decir que a tu papá o a tu mamá; tal vez a tus hermanos, a tus tíos o a tus abuelos.
Y estará bien.
Pero quien más deberá apreciarlo eres tú...

Sólo tú puedes amarlo como nadie.

Si aprendes a cuidar tu cuerpo no te dolerá la cabeza; tus dientes estarán sanos; tus oídos no te arderán; tu piel no tendrá ronchas ni comezón; tu nariz evitará el catarro y tus manos y tus piés te ayudarán fácilmente a jugar, a caminar, a correr, a nadar y a explorar...
Si tu cuerpo está sano, tendrás muchas ganas de conocer el mundo, de saber qué hay en él por dondequiera, de explicarlo, de ver cuan grande y sorprendente es.

OCHO

Tú cuerpo se pone en contacto con el mundo a través de los sentidos.
Los sentidos son como el volante de un coche.
El volante dirige al auto por las calles, por los viaductos, por las carreteras, por los caminos.
Tus sentidos te dirigen por el mundo.
Los sentidos que te guían son los ojos, los oídos, el olfato, el tacto, el gusto, el equilibrio y el sentir dónde está uno.
¿Dónde estás tú ahora? Tal vez en una recámara, en la sala, en el estudio, en la calle, en la escuela o tal vez en el jardín o en el campo y allí donde estés, está contigo tu cuerpo, el magnánimo amigo al que debes cuidar, pues siempre está contigo.
Hacer esto con tu cuerpo es aprender a conservar sanos tus sentidos.
La gran labor cultural de la humanidad requiere de cuerpos sanos. Son los grandes templos de su mente.
Y tu cuerpo es el magnífico templo de tu mente.
Adóralo.

NUEVE

Siempre que te encuentras despierto, usas tus ojos para ver y ellos son probablemente los más importantes de nuestros sentidos.
Hay muchas cosas que tú no podrías efectuar, si no pudieras ver.
Los ojos son como rápidas cámaras fotográficas que todo lo retratan.
Con tus ojos sanos podrás ver claramente las flores, las estrellas, la luna, las montañas, los pajarillos, las mariposas; y los grandes murales y los enormes puentes; y las bellísimas edificaciones, las impresionantes esculturas, los admirables decorados.
Si no cuidas tus ojos, no podrás ver caricaturas en la televisión, ni ver películas en el cine.
Por eso, cuida tus ojos, ayúdalos.
No frotes con las manos sucias tus párpados ni les eches líquidos que los lastimen; ni arena ni tierra.
Tus ojos son el sentido que orienta tus caminatas y te dan el goce de disfrutar silenciosamente del mundo bello que te rodea. El placer de contemplar desde tu mente.
Piensa en lo triste que sería no darte cuenta de todo lo sorprendente que nos circunda: la Naturaleza, la civilización, el arte.

DIEZ

También nuestros oídos nos guían, nos informan de la quietud y del sonido; de la calma y del escándalo; de los murmullos y del ruido.
Si no aseas adecuadamente tus orejas, el oído que protegen, se entorpecería.
Las orejas son como sus guardianes que deben estar siempre limpias.
Los oídos te avisan de lo que a veces no se ve de inmediato.
Si no los cuidas, dejarás de escuchar la voz del universo.
No podrás oír música ni cantos ni trinos.
Tampoco el soplo del viento, la caída de la lluvia, el rumor del oleaje, el murmullo de los manantiales o de los riachuelos.
Desconocerías la voz de tu papá, de tu mamá, de tus hermanos, de tus abuelos, de tus tíos, de tus amigos, de tus seres emocionantes...
Aprende pues, a amar también tus oídos. Son tus internos audífonos naturales y no necesitas ningún cable para conectarte, a pesar de todo, al maravilloso mundo donde vivimos.

ONCE

Y si descuidas tú nariz, no podrás oler el perfume de las flores ni la sabrosa comida que te alimenta. No podrás oler las manzanas ni las ciruelas ni los limones.
Tampoco te darás cuenta del algunos peligros silenciosos y que no se ven.
Sólo a través del sentido del olfato podrás notarlo.
El gas que se escapa.
El mal olor de las cañerías.
Algún líquido intoxicante.
Importante es entonces darle higiene a tu nariz, también ella te guía como el volante al automóvil.
Mantenla limpia, lávala, usa pañuelo o papel higiénico para darle el cuidadoso aseo que merece.
La nariz siempre nos adelanta lo que puede venir. Olfatea.
Ella nos guía en el laberinto de los olores.

DOCE

Si descuidas tu piel, tus manos o tus dedos, no podrás saber, cuando te bañas, si el agua se encuentra muy caliente o muy fría, o deliciosamente tibia. Ellos te avisan, son los mensajeros del sentido del tacto.
Si mantienes sucia tu piel, podrás infectar-la.
Te saldrán ronchas o manchas. La comezón te irritará tanto que te sentirás muy mal.
Y si no lavas tus dedos, tus manos, pueden ser los conductores de esos pequeños seres que nos enferman y que se llaman microbios.
Para amar nuestro cuerpo, hay que tener mucho tacto.

TRECE

¿Te imaginas como te sentirías si no pudieras ver o si fueras incapaz de oír o de leer?
¿Y si tus pies no te respondieran para caminar, saltar o correr?
¿Y si te fuera imposible mover tus brazos, tus manos o tus dedos?
¡Que terrible la parálisis; o la ceguera; o la sordera!
Debes dar gracias a la vida porque tu cuerpo funciona bien.
Por eso tienes que desarrollar la voluntad de cuidarlo y así, sin que sea egolatría, aprender a amarlo.
Es una linda obligación.
¡Y una gran responsabilidad cuyo beneficiario primero serás tú!

CATORCE

¿Y has pensado en tu boca y en lo maravillosa que es?
No solamente es el espacio donde vive el sentido del gusto. El que te permite saborearlo todo y darte cuenta de lo dulce o lo salado; de lo amargo o de lo simple; de lo agrio o de lo crudo.
También a través de ella puedes comunicar tus emociones, tus pensamientos, tus senti-mientos.
Por medio de ella puedes comer para mantenerte sano, fuerte, vivo y tomar líquidos que colmen tú sed o te curen de alguna enfermedad.
En tu boca están también los dientes que te permiten masticar lo que comes, molerlo, remolerlo, cortarlo.
Para eso están tus colmillos, tus muelas, tus incisivos. Todos de diferentes tamaños.
Si no cuidas tus dientes no podrás disfrutar de una sabrosa pera o de una exquisita carne asada.
¡Qué gusto cuidar nuestra boca!
Pregunta como les ha ido a quienes la han descuidado y la han dejado sin aseo.
La respuesta asusta.

QUINCE

Continúa observando en el espejo el espléndido ser que es tu cuerpo.
¿Qué dirás de lo que existe dentro de ti? Más adentro de tu boca sigue todo un formidable aparato para aprovechar lo que comes: el aparato digestivo.
Si comes cualquier cosa, sin cuidado, sucia o descompuesta, tu estómago puede enfermar.
Y tendrás dolor en tu barriga; horrendos retortijones que suspenderán con su tormento tu respiración y acaso te hagan llorar.
Poco a poco podrán ser invadido por la fiebre que alterará tu aliento y tus sueños.
En cambio si eres cuidadoso en la selección de tus alimentos, lograrás que tu aparato digestivo te demuestre que él también te ama, como tú a él.
Dale sabrosas frutas, verduras deliciosas, nutritivos jugos, ensaladas suculentas y cereales fortificantes. El pescado y los huevos te darán tantas proteínas que tu cuerpo se verá rozagante.
También te agradecerá si le das pollo, carnes asadas y leche.
Y agua en abundancia para que todo se diluya en tu organismo de manera eficaz.

DIECISEIS

Por allí dentro de tu cuerpo también andan otros señores aparatos, tan admirables que te permiten vivir para que tu hagas bellas cosas: cantar, bailar, recitar, leer, inventar, descubrir, investigar, crear.
Está tu aparato respiratorio y tus pulmones. Tu sistema nervioso y tu cerebro. Ese fósforo blando que ilumina tu mente.
Y por allí anda tu corazón como emperador de todo tu sistema circulatorio. Él hace que el precioso líquido llamado sangre pase por todo tu cuerpo y lo nutra para seguir viviendo.
Si los cuidas, ellos te amarán tan desinteresadamente que te harán sentir espléndidos bríos para efectuar esas obligaciones que tienes como ser humano responsable y consciente de destino: perfeccionar el mundo donde se vive y contribuir poco a poco a su comprensión.

 
DIECISIETE

¡Y qué fuerte estarás! ¿Y cómo sentirás impulsos de correr, saltar, nadar!
Tus brazos, tu torso, tus piernas te permitirán conocer ese mundo donde vives y al mismo tiempo ayudar a mejorarlo.
Ejercitando tu cuerpo, estarás en posibilidades de resistir futuros esfuerzos en tu acción diaria: ya sea en el estudio o en el juego; en un trabajo o en una excursión.
Y es que todo un sistema de músculos distribuidos hasta en los rincones menos imaginados de tu cuerpo, te darán la posibilidad de hacerlo.

DIECIOCHO

¡Qué músculos! Te dirán quienes admiren y comprendan tu tenacidad para ejercitarlo con el propósito de obtener la gran resistencia que requiere la activa vida diaria del trabajo y el estudio.
Los músculos sostienen ese maravilloso mecanismo que es tu cuerpo. Le dan plasticidad, movimiento, elegancia, belleza, pero sobre todo, una protección espléndida para que tu cerebro trabaje creativamente a lo máximo, sin fatigarse por cualquier esfuerzo.
Si ejercitas tus músculos, no sólo serás fuerte y sano, sino incansablemente creativo cuando se hallen en reposo.
La sangre oxigenará mejor tu cerebro y podrás pensar mejor.
Los más grandes sabios de la humanidad siempre ejercitaron su cuerpo, lo disciplinaron: corrieron, ascendieron montañas, caminaron. El célebre Pitágoras hizo de la gimnasia uno de los fundamentos de su vida. El razonar metódico y las musas, el arte, fueron los otros.
Si el sabio Aristóteles hubiera hecho más ejercicio físico, más hubiera escrito.

DIECINUEVE

¡Pero cuidado! Todo en exageración es negativo. Si comes demasiado, engordarás y podrás tener malestares. Si te sobre ejercitas, te cansarás tanto, que sólo querrás estar durmiendo y tu mente no se desarrollará como quisiéramos. Por eso, saber equilibrar lo mejor para tu cuerpo, es saber amarlo y esto sólo tú puedes descubrirlo.
¡Aprende entonces a conocer las reacciones de tu cuerpo! Siente sus ritmos interiores. Escúchalo. Cuídalo. Disciplínalo, más no lo rin-das. Ámalo. Y hazle caso, pero que tampoco te haga trampa al confundir la pereza con el cansancio. Prográmalo. Así formarás parte de una fuerte y sana humanidad que con tales bases, podrá perfeccionar su mente, pues, ¿de qué sirve ser un costal de músculos, cuando la mente se encuentra vacía de saberes?
Para controlar nuestra mente y dirigirla a la acción creadora, hay que aprender, por tanto, a controlar nuestro cuerpo y dirigirlo a la mejor de sus expresiones: la salud.
Según tu salud, verás el mundo. Si te falta, te parecerá triste, deprimente. Si la posees, podrás enfrentarte a los obstáculos que la vida presenta y luchar para triunfar sobre ellos.
Tu entusiasmo vencerá con el trabajo creador cualquier barrera.

VEINTE

Alguna vez has pensado: ¿De qué sirve tener mucho dinero y toda la riqueza del mundo, si siempre se está enfermo?
Tus tesoros no te alcanzarán para aliviarte.
¿Y para qué ser el más poderoso rey de todo el universo, si siempre te hallas víctima de alguna enfermedad?
Por más órdenes que des, no te alcanzarán para aliviarte.
¿Y qué caso tendrá que te amen todas las personas, si te encuentras sin salud?
Por más caricias y mimos que te den, tan sólo serán consuelos a tu malestar.
Por eso, aunque sin dinero, sin fama, sin poder o sin amores, si está sano nuestro cuerpo, podemos tenerlo todo, incluso el amor y el saber.
Amar tu cuerpo, cuidarlo, habrás comprendido, es también amar a la humanidad.
 
 
LIBRO IV AMAR LA HUMANIDAD

Aquí, en orden y concierto,
se habla de la trascendencia de los seres humanos
en el perfeccionamiento del Universo.


UNO

Hay muchos como tú, en todo el mundo.
No hay un solo lugar sobre la tierra donde no existan niños, niñas o adolescentes.
Por todos los paisajes, por todos los países, sus claras voces cantarinas o sus gritos de torrente cristalino ondean como banderolas agitadas por el viento.
Y tal cual tú juegas, ellos se divierten también; tal vez a su manera, pero igual que tú tienen juguetes o los inventan, los crean.
Quizás unas piedrecitas los entretienen, o escarban las arenas para hacer cuevas o carreteras.
Con unas cajas de cartón inventan ciuda-des o escondites y probablemente con un palo de escoba o una simple madera, o un trapo común, hacen las cosas que a veces haces tú.
Y como tú sonríen ante la sorpresa de sus descubrimientos o de sus creaciones.

DOS

Algunos humanos tienen la piel morena; otros tienen la piel negra; muchos la poseen cobriza o blanca, pero todos son humanos, como tú.
Algunos tienen el cabello café, otros rubio, muchos negro y también del color de la zanahoria, pero todos son como tú.
Algunos lucen enchinado su pelo, otros lacio u ondulado; hay quienes lo tienen muy escaso y otros abundante, pero todos son como tú.
Hay algunos altos y espigados, como jóvenes pinos; hay otros bajitos y regordetes, como lindos honguitos. Existen también de término medio, pero todos son humanos como tú.

TRES

Y los rostros de los jóvenes humanos como tú, son semejantes.
Poseen lindos ojos para admirarse de los seres y cosas que nos rodean, aunque algunos sean azules como el cielo, otros cafés, como los troncos de los árboles o negros como el petróleo o verdes como el jade y hasta de color violeta.
Su nariz les sirve para guiarse a través de los olores como a todos. Aunque algunos la tienen en forma respingada, o aguileña o chatita o recta.
Y sus labios, como los tuyos, ocultan unos dientes graciosos que los ayudan a comer frutas, cereales o carne.
Y no importa si son los labios y dientes grandes, menuditos, delgados o gruesos.
Forman la boca con que hablan y ríen los humanos, como tú.

CUATRO

Todos los humanos jóvenes del mundo, como tú, son bellos.
Representan la esperanza de los que somos adultos.
Y lo máximo de su belleza está en su mente.
Un día ustedes serán los que dirijan el mundo desde cualquier rincón del planeta.
Para entonces, desearíamos que hicieran cosas mejores de las que hoy hemos hecho.
Por eso tienen que conocer el mundo en todos sus panoramas y prepararse para comprenderlo.
Aprendiendo, estudiando, pensando, creando, llegaran a sentir lo más esplendoroso que nuestro ser puede concebir: el amor por la Naturaleza, el amor por el saber, el amor por hacer el bien a quienes nos necesiten.
Todos los humanos jóvenes como tú, formarán la nueva humanidad.

CINCO

Sí... Tú y cada humano joven, constituyen la semilla de la humanidad.
Si no fuera por ustedes, porque nacen, porque crecen, la humanidad sucumbiría, moriría, se acabaría.
Ustedes los humanos jóvenes, los niños, las niñas, los adolescentes, las adolescente, son nuestros rostros en la tierra, nuestros retoñitos, los más grandiosos hijitos de la creación.
Son trozos de nuestro corazón, pedacitos de nuestra carne, rayos de nuestra mente.
Son nuestras florecitas, nuestros conejitos, nuestros pajarillos, nuestra luna, nuestras estrellitas, nuestro sol.
Son nuestros jardines, nuestros bosques, nuestras siembras, nuestras milpas.
Tú y cada humano joven son el punto de arranque para perfeccionar el gran todo llamado HUMANIDAD.

SEIS

Perfeccionar nuestra humanidad es amarla con devoción a través de nuestro convencido esfuerzo.
Si tú intentas que un perrito, o un caballo o un gatito, cambie para superarse, verás que no pasarán de ser simples animalitos amaestrados.
No harán más.
Nunca te responderán con sus palabras; no hablan.
Nunca te responderán con sus obras musicales; no crean.
Nunca te responderán con sus inventos; no hacen ciencia ni técnica.
En cambio tú, tú si puedes hablar, cantar, transformar el mundo.
Sólo tienes que prepararte para ello y estarás amando a la humanidad de la que eres parte vital.

SIETE

Tú solo piensas en jugar, aunque has de saber que jugando, aprendes; jugando inicias el camino de tu perfección.
Tus juegos son una manera de poner en acción esa energía creadora que llevas como herencia humana.
Esa energía que ha hecho que los seres humanos inventen tantas cosas; hayan elaborado ciencias, hayan descubierto técnicas; hayan creado libros que nos introducen en el universo de los conocimientos, de los pensamientos, de las emociones, de los sentimientos.
Cada vez que juegas, te preparas; pones a trabajar, sin darte cuenta, tu imaginación, tu fantasía, tu memoria, tu inteligencia.
Eres todo un naciente humano.

OCHO

Mientras más juegas, más satisfecho te sientes.
A veces lo haces solo, y aunque no tengas juguetes, los inventas.
Cualquier cosa es buena para jugar.
Pero cuando más feliz eres, es cuando encuentras con quienes compartir, confrontar, resolver, las alegrías encantadas de tus correteos, de tus escondites, de tus juegos.
Cuando hay otros que como tú desean manifestar la fascinante emoción de divertirse, las horas pasan sin darte cuenta.
Y es que siempre existe una identificación entre seres humanos para obtener bienestar común.
Estás con amigos.

NUEVE

Amar la humanidad comienza con la amistad.
Amar a la humanidad nos conduce por la amistad.
Amar a la humanidad concluye con el nacimiento de nuevos amigos.
Tú y los humanos jóvenes de todo el mundo deben aprender a ser amigos.
Y ser amigo es ser como uno solo, como un gran lazo que nos ata en bien de todos, como los dedos de las manos que se ponen en acción para labrar, para esculpir, para modelar, para trabajar, para pintar, para escribir, para crear.
Hacer amigos es amar a la humanidad.

DIEZ

Un amigo es un tesoro que debemos saber siempre conservar.
Si ahora no lo tienes, procura encontrarlo y con voluntad, esfuerzo, consideración, aprender a serlo.
Ser amigo es comprender a quienes te rodean. Darles tu apoyo en lo que puedas y estimularlos para que superen sus problemas.
Cuando tú los requieras, ellos harán lo mismo por ti, no lo dudes. Si te abandonan, tú sigue ayudándoles. Un día recapacitarán.
Ser amigo es fomentar una enorme y total cadena de amigos que se unan creativamente en bien de la humanidad.
Saber ser amigo es también amar a la humanidad.
Por breve tiempo estamos prestados unos a otros, decían en sus poemas nuestros reverendos abuelos. Por eso gozad de la amistad que es la gran hermandad de los humanos.

ONCE

Si se destruye la amistad, si se rompen los brazos que nos unen a aquellos con quienes hemos pasado momentos maravillosos de charlas o de diversión, se ponen los cimientos a la indiferencia o al odio.
Si tú peleas con un amigo y no eres capaz de comprenderlo y perdonarlo, no amas a la humanidad.
Si alguien te pelea y aquél no es capaz de comprenderte y perdonarte, tampoco él ama a la humanidad.
Acaso nadie le ha dicho que negociando los significados de nuestras acciones podemos llegar a un mejor entendimiento.
Superando el odio, el rencor, la indiferencia, se ponen los cimientos de un gran edificio: una humanidad libre de pequeñeces que impidan su perfeccionamiento, porque la dividen.

DOCE

El rencor, el odio, el resentimiento abren la puerta para que entre a nuestro hogar la guerra.
Si algún irresponsable animal humano te hace daño y siembra en ti la inquietud de la venganza, se pone la base de la guerra.
Si en desquite, tú vas y lo agredes también, te conviertes en otro animal humano, que provoca más sed de venganza y aumenta los mo-tivos de la guerra.
Así ha sucedido entre los niños, entre los hombres, entre los pueblos.
Por insignificancias, la guerra ha impedido que la humanidad llegue a un perfeccionamiento mayor.

TRECE

Hoy se dice que la guerra con el hombre ha de acabar y que un día, triste día, puede ser que sólo exista pesadumbre, desolación y vacío.
Con frecuencia el hombre se destruye sin pensar en la bondad.
No le importan los valores que, en cada niño que nace, pueden dejar de crecer.
La guerra es odio a la humanidad y aceptarla es prepararte para que sufras, padezcas, sangres y nunca más existan jóvenes humanos como tú.

CATORCE

¡Claro! Has de decir que no es bueno agachar la cabeza y poner la otra mejilla.
Y tienes razón.
Pero así como no te pones a morder al perro que te ha dado un mordisco, tu comportamiento ha de ser a la altura del humano culto y no del animal humano.
La bestia se enfurece y ataca a la otra bestia, sin control, hasta el exterminio.
Tú, recuérdalo, amando a la humanidad, superarás con dignidad, inteligencia, sensibilidad y trabajo creador los ladridos y rebuznos del zoológico humano.

QUINCE

Y por supuesto que no siempre se está de acuerdo con lo que dicen y hacen los demás.
Pero podemos usar nuestra inteligencia, nuestro talento, y llegar a la comprensión de quienes realizan hechos que nosotros no haríamos.
Cada quien tiene sus razones para comportarse en determinada manera y tal vez, incluso, nuestro comportamiento les parecerá inadecuado a otros.
Sin embargo, tan diversos modos de pensar, rompen la unidad del ser humano.
Si cada quien hace lo que le venga en gana, el estancamiento de la humanidad se habrá convertido en grave.

DIECISEIS

¿Y cómo hacer qué todos se convenzan en realizar acciones solidarias para el beneficio de todos, sin pensar en las voces del animal humano?
¿Cómo lograr qué el egoísmo, la ambición desmedida, el afán de poder y la vanidad, se dominen en pos de la mayor felicidad colectiva?
¡He aquí el verdadero problema!
Mas contigo va a principiar su resolución.
Tú, que hoy eres joven humano, niño, niña, adolescente, has de ir perfeccionando una nueva visión del universo.
Amando la humanidad la irás descubriendo.
Más allá del yo, debe estar cercano el nosotros.

DIECISIETE

Sin embargo todos podemos estar de acuerdo en que lo que sea creativo y en beneficio de todos, naturaleza, cultura, y humanidad, debe ser aceptado e impulsado su desarrollo.
Los caprichos particulares no deben ser tomados en cuenta, si no están inspirados en los objetivos comunes del perfeccionamiento humano.
Si no se impulsa el arte, la ciencia, la técnica, la filosofía...
Si no se impulsa el amor a la naturaleza, a nuestro cuerpo y a la humanidad...
Si no se satisfacen las necesidades básicas y elevadas de la vida, debe evitarse que proliferen los individualismos egoístas.

DIECIOCHO

Amar a la humanidad es comenzar a amarte a ti mismo.
Cuídate, ama tu cuerpo, aliméntalo, ejercítalo, aséalo.
Amar la humanidad es principiar contigo la búsqueda de perfección.
Perfeccionar tus sentidos, tú memoria, tus conocimientos.
Perfecciona tu fuerza de voluntad, tu inteligencia y tu gran capacidad creadora.
Perfecciona tu habilidad para relacionarte con los demás, con tus padres, con tus hermanos, con tus amigos, con tus maestros, con los hombres y mujeres que pueblan nuestras ciudades y nuestros campos
Amar la humanidad principia contigo
Ámate para que puedas amar.
Dótate con los altos valores de la humanidad, lo bello, lo bueno, lo veraz, lo justo, y desenvuélvelos junto con quienes te rodean.
El beneficio colectivo constituirá el triunfo de todos.

DIECINUEVE

Amar la humanidad es dar apoyo y confianza a quienes se sienten inseguros.
Amar la humanidad es pregonar con el ejemplo lo que predicas.
Amar la humanidad es sentir el íntimo goce del triunfo al que tú has contribuido, sin escándalo, sin presunción, sin aspaviento.
Amar la humanidad es ver que el progreso se equilibra y no se efectúa en perjuicio de unos para el beneficio de algunos cuantos.
Amar la humanidad es amar el trabajo creador, el trabajo que transforma a la sociedad en otra mejor, más preparada, más justa, más sana, más unida para superar los errores cometidos.
Amar la humanidad es meditar, pensar en nuestras fallas, corregirlas y perfeccionarnos.
Amar la humanidad es incrementar nuestras virtudes, comprender nuestras incapacidades y maravillarnos de lo que podemos hacer día tras día en bien de lo humano.

VEINTE

Amar la humanidad es aprender a compartir y repartir aquello que tal vez se nos pueda dar en abundancia a nosotros.
Amar la humanidad es nunca olvidar el esfuerzo de tantos seres humanos cultos que han existido en la tierra y que nos han dejado sus creaciones en el arte, en la ciencia, en la técnica, en el pensamiento.
Amar la humanidad es saber desarrollar tus habilidades intelectivas, sensibles y físicas con el propósito de estar en el sitio adecuado pa-ra utilizarlas en beneficio de los más desvalidos.
Amar la humanidad es luchar por convertir a los débiles en fuertes de mente y de cuerpo.
Amar la humanidad es amar la verdad, el bien, la belleza y manifestarlas creadoramente en actos y objetos concretos para la colectividad donde vivas.
Amar la humanidad es amar la solidaridad, la voluntad y la inteligencia.
Amar la humanidad es contribuir a su perfeccionamiento responsable, libre y creativo.


LIBRO V AMAR EL CAMPO

Aquí, en orden y concierto,
se aclara el valor de la vida campesina
en la existencia humana.

UNO

La vida en el campo es una bella e incesante aventura.
Nuestros ojos se asombran y nuestros corazones se alborozan ante los constantes descubrimientos que por allí podemos encontrar.
Correteando entre los árboles de pronto nos podemos encontrar con una ardilla que corre tan veloz como nosotros; o con un lindo pajarillo que revolotea sus brillantes plumajes casi frente a nuestro rostro.
Acaso al explorar el charco cercano, o el riachuelo próximo, o el estanque, o el lago, nos entusiasmemos por la rana que saltó del lodo o por los pececillos que se agitan entre las paredes de cristal que forman su casa.
Tal vez en el corral o en la era, el campo nos sorprenda con la maravilla de sus regalos: las torres de maíz, los valles de trigo, las montañas de fruta o el escándalo presumido de las gallinas que pregonan la postura de su huevo.

DOS

El campo es un haz de prodigios...
Hasta en las épocas de mayor resequedad, como un gigante empolvado pero libre de egoísmo, nos da muestras de su benevolencia.
Ora nos ofrece hojarasca y leña para calentarnos un poco del frío invernal; ora nos regala tejocotes que penden de sus enflaquecidos árboles.
Acá nos hace saborear entre las arenas de su sequía, el rojo jugo de los corazones del nopal, las tunas, y con su frescura saciar la sed de nuestras largas caminatas por esas llanuras aparentemente sin vida.
¡Milagro florido de la tuna roja que al descascararla parece la sangre que nos da vida y nos redime!
El campo es un haz de prodigios.

TRES

Pero también tiene el campo sus sorpresas terríficas.
Susto que llevamos cuando de improviso escuchamos la fiesta maraquera de una serpiente de cascabel.
O cuando entre las piedras que descuidadamente cogemos para lanzarlas tan lejos como podamos, descubrimos nidos de alacranes que levantan su picuda cola furiosos ante la luz.
O también cuando en sus noches oscurísimas se escucha el rugido de los ocelotes o el chillar de los murciélagos o el triste lamentar de los coyotes que por enamorados no pueden dormir.
Tampoco hay que olvidar esos otros momentos cuando los mosquitos zumban y zumban y nos dejan, además de desvelados, llenos de tremendas ronchas que nos desesperan con sus comezones.
Sin embargo, aun estos peligros naturales tienen su encanto. No es que sean malos, sólo responden a sus instintos; a sus pulsiones orgá-nicas.
Uno sólo debe ser precavido con ellos.

CUATRO

Por eso hay que reflexionar cuando en el mercado, en el súper o en el tianguis, contemplamos fascinados y llenos de deleite los puestos donde se desparraman las frutas, las verduras, las flores.
Cuantos peligrosos quizá, tuvieron que verse para que ahora, allí, a nuestro alcance, con suma sencillez, uno compre todo aquello sin mayor dificultad.
Y es que a veces los que viven en las ciudades han perdido la total noción de los tremendos esfuerzos que ha costado el abastecerlas para la diaria alimentación.
Tú miras las manzanas, pero olvidas el peligro de las serpientes; tú saboreas las tunas, pero no te percatas de los alacranes vencidos; tú comes la sabrosa barbacoa, pero ignoras los ataques de los coyotes.
Piensa entonces si no vale la pena cuidar y proteger el campo.
Amarlo.
Y sobre todo, a quienes lo cultivan.

CINCO

En ciertas temporadas del año, el aire sopla para barrer los campos y con su escoba de vientos prepara el advenimiento de las lluvias.
Con sus tiernas caricias coge las semillas acurrucadas en algunas flores agonizantes, casi muertas, y las dispersa a todo lo largo y ancho de improvisados surcos.
Y acomodadas en sus cunitas de tierra, las bellas simientes del bosque, de las laderas, de las colinas, de los llanos, se ponen a dormir en espera de la gota de agua que las bese y las haga despertar para vestirse con los verdes fal-dones de la primavera.
Esta lección los campesinos la saben muy bien y como el ser humano es creador, la aprendió desde hace mucho tiempo para perfeccionarla.
Así nació la agricultura, como un milagro de amor y trabajo.
Obra y gracia de la percepción humana.
Triunfo de su inicial conciencia.

SEIS

Cuando llegan las lluvias con su ajetreo de gotas danzarinas, el campo se viste de verdor.
Parece que de pronto le brotara una gigantesca falda de jade, y sus montes y montañas, tal cual serpientes en reposo, figuraran sus holanes y collares.
Adornado con flores y frutos; con milpas y trigales; con cebada y alfalfares; el campo se nos ofrece como un padre protector que se dispone a darle alimentación a sus hijos.
Y es que el agua, como sabemos, poca o a torrentes, se une con sus cantarines murmullos a los vientos para darle a la tierra el frescor de sus sonrisas.
Entonces todo se vuelve fertilidad y vibración de vida.

SIETE

El campo se cubre de pastos.
Un manto de terciopelo verde se agita suavemente ante las caricias del rocío matutino.
Brotan hierbas y enredaderas silvestres que cual cascabeles balancean sus hojas al ritmo de los aires.
Un infinito resplandor de esperanza se desata por valles y cañadas; por potreros y llanuras; por cerros y hondonadas.
No hay un solo rincón que deje de ofrecer el milagro de la vida vegetal.
Y los animales retozan sus instintos para hacer sobrevivir su especie.
Amanecer en el campo, luego de una noche lluviosa, es sentir la lozanía de la naturaleza recién bañada.

OCHO

La lluvia cae y se fecundan las sementeras.
La tierra reseca, sedienta la encamina por su cuerpo y da a la luz del sol su fructificación.
Entonces aparecen las mazorcas y las espigas; las tunas y las higueras; las naranjas y los plátanos; el arroz y los frijoles; las lechugas y las calabazas; las verdolagas y los aguacates; las espinacas y los jitomates; las fresas y los melo-nes; las papayas, las piñas, el cacao...
Y tanto más, que a veces no alcanzamos a valorar tanto prodigio.

NUEVE

Pleno de vida, el campo nos transmite su alegría con el don de sus maizales; con la vibración de sus arbustos; con el resplandor de sus hortalizas; con el frescor de sus huertos.
Y los seres que lo pueblan, agradecidos de tanta abundancia, revolotean como sonriéndole a su benefactor; corretean como tratando de divertirlo; parlotean como intentando conversar con él.
Todo el campo se vuelca amoroso en dádivas para sus hijos, pero sobre todo para uno... Aquél que no sólo ha esperado a que le llegue el fruto, sino que lo ha ayudado para que surja.
Su hijo amado: el campesino.

DIEZ

Temprano se levanta, y aún antes de que el sol brote por el horizonte, el ya anda por ahí.
Apenas los pálidos resplandores del alba se asoman, él abre los ojos y enérgicamente se pone en pie.
Su cara despierta recibe, al asomarse a su siembra, la amorosa caricia de la mañana que bosteza.
Apurado revisa su corral donde ya las vacas mugen y hace el recuento de sus logros.
Y va rumbo al pozo por agua; o al estanque. Sus chivos y borregos también tienen sed y él, cuidadoso, como invadido de un peculiar amor, cuida lo ganado en arduas horas de vigilia.
Y suspira con la alegría de un enamorado...

ONCE

Pronto se oye el alegre palmotear de las magnánimas mujeres que en la cocina han encendido el fogón, calentado el comal y están haciendo las tortillas. Saben de su labor de amor para quienes trabajan la tierra.
Hierve la olla el agua lista para el café o el atole. Chirria el aceite que en la sartén recibe el zambullido de los huevos que se fríen. Se oye el alegre choque de platos y tazas que se acomodan sobre humildes mesas y el canto inmortal del molcajete que recibe el golpeteo cariñoso del tejolote.
Apenas la aurora asoma su penacho de fuego y ya los campesinos se aprestan a la diaria faena.
Niños, hombres y mujeres, con sus azadones, con sus mulas, con sus yuntas, y algunos con sus tractores, salen a sembrar o a recolectar los tesoros vegetales de la tierra.

DOCE

El sudor que corre como lluvia de amor por la frente o bajo el sombrero del campesinado, también contribuye con su rocío de sal a sembrar la tierra.
Gota por gota que pacientemente derrama entre los surcos, un día se transforma en resplandecientes verdores.
Allí brota la espiga; por acá el jilote; más allá el retoño; por aquí un botón.
Y tras de su sonrisa sudorosa, viene la gratitud de los hombres y mujeres que después de largas horas, arduos días, prolongadas semanas, ven por fin nacer de la tierra que han trabajado, el brote de su esfuerzos.
Y sonríen lúcidos, como padres satisfechos.
Sin embargo, a veces lloran cuando por sequías o exceso de tormentas, pierden casi todo.

TRECE

No obstante, el campesino prosigue. Su voluntad no sucumbe y continúa la labor. Tras de la yunta o sobre un tractor, sus manos callosas de siglos hacen surgir, a pesar de contratiempos e injusticias, poemas de amor para el hambre.
En ocasiones no saben siquiera si su esfuerzo será redituado abundantemente, mas la fe en su acción de cada minuto los colma de espe-ranzas.
Manos nervudas que esparcen semillas; dedos fibrudos que manejan el machete; puños que envuelven como acariciando el fruto recién logrado.
Allí va el campesino, controlando el fracaso en una lágrima o la risa triunfal de una abundante cosecha.
Míralo y agradécele siempre las mieses con que se hace el pan, la tortilla, el pastel, el refrescante y nutritivo jugo.
Agradécele siempre para que tu alma se agrande y tu mente resplandezca.

CATORCE

Agradécele, porque si por él no fuera, las fábricas de nada servirían; los laboratorios serían inútiles; los talleres sucumbirían entre sus herramientas y sus grasas.
¿De dónde saldrían las pastas para elaborar las sopas o los bocadillos, si no hubiera campesinos que cultivaran el trigo?
¿Y cómo obtendríamos los sabrosísimos guisos de aves o de vaca, si nadie se encargara de criarlas?
¿Y cuándo podríamos deleitarnos con las ricas ensaladas de frutas o de verduras?
¡Ni siquiera golosinas! Faltaría la miel que recolectan los apicultores y el azúcar de los cañeros.

QUINCE

La vida de las ciudades sería inútil si no fuera porque los campesinos la sostienen con sus cosechas.
El esfuerzo de la gente del campo les inyecta su progresista existencia.
¿De dónde se obtendría la comida?
Por eso es necesario poner mucho énfasis en lo que el campo vale.
El campo, sin las ciudades, subsistiría; pero las ciudades sin el campo, terminarían por ser calles, plazas y edificios vacíos; como las ruinas abandonadas de arcaicas urbes que desaparecieron en los descuidos de la historia.
Así ha sucedido siempre.
Cuando los habitantes de las ciudades no hicieron más caso del campo, murieron de hambre y tuvieron que ser despobladas para regresar a la vida de la Naturaleza campesina.
Piensa en Teotihuacan; piensa en Tula; piensa en Chichen Itzá, en Tikal o en Machu Pichu.
Recuerda algunas viejas ciudades del Asia o de la antigua Europa que se petrificaron fantasmales.
Apenas si los ecos de los vientos les dan resonancias de su pasada ingratitud.

DIECISEIS

Hoy estamos aún a tiempo para comprender que el abandono del campo y el deterioro de sus actividades en pos de las engañosas ventajas de las ciudades con sus talleres, sus fábricas y oficinas, es un error.
La contaminación mortal que día con día nos invade, lo está advirtiendo.
¿Has visto cuantos pajarillos mueren inexplicablemente año tras año?
¿Cuántos peces flotan muertos en lagos, ríos y mares?
¿Y el clima que se está alterando?
¿Dónde han quedado los trinos, las transparencias de los manantiales, las eternas primaveras?
Es necesario volver a amar el campo como desde siempre el ser humano lo había hecho.
Cuidarlo, atenderlo, revalorar la importancia del trabajo campesino, es reiniciar un amor que se encuentra moribundo, tan moribundo como los irresponsables que en las ciudades viven sin darse cuenta del gran peligro creciente.
Al final, los comodinos serán quienes más lo lamenten.

DIECISIETE

La ciudad apabulla y se convierte en una enorme carga para el campesinado.
Mientras éste trabaja arduamente para el sostén de sí mismo y de las ciudades, en las ciudades parece haberse olvidado que ellas han sido erigidas con el fin de dar el alto refuerzo de la cultura y sus inventos, ciencia y técnica, a la vida del campo.
Tú desayunas, comes y meriendas, mucho o poco, sin más problemas que la economía de tus padres o de tus familiares.
Ignoras que atrás del taquito, del pastelillo, del antojito o de la torta, muchos humanos jóve-nes como tú, laboran desde muy temprano ayudando a sus padres en los sembradíos, a cuidar los borregos o las vacas, a regar las plantas o a desgranar las mazorcas.
Son como pequeños empresarios de la más bella actividad de amor; la que no contamina; la que vuelve sano el cuerpo y la mente. La que permite seguir disfrutando de la vida.

DIECIOCHO

Y no es que la vida urbana sea despreciable, sino que sólo muy pocos saben vivirla.
¿Quienes? Aquellos humanos creativos que aprovechando las bases que el campesino les otorga, ponen a trabajar su talento, su inteligencia, su sensibilidad, sus informaciones, sus conocimientos para llegar a grandes descubrimientos que ayuden al campesinado a perfeccionar sus actividades, a mejorar las cosechas y a alcanzar un alto nivel en su productividad.
Sin embargo, hay muchos, que como los zánganos, deambulan en las ciudades sin hacer nada creativo. Viven a costa del esfuerzo ajeno y todo lo degradan en destructividad.
Son cual animales depredadores que no les importa nada más que sobrevivir a su cínica conveniencia. No saben que la rémora se acaba, cuando el tiburón sucumbe.
Y pensar que ellos pudieron ser grandes campesinos, pero por causa de los engaños de la publicidad, pobres o ricos, creyeron que la ciudad era el paraíso de la pereza y se equivocaron.
Sólo han logrado hacer con ella un aglomerado desierto de concreto, un páramo de envidias, calumnias, miserias y violencia.
Un lago sin cisnes y sin águilas.

DIECINUEVE

La irresponsabilidad de algunos que viven en las ciudades y que nada hacen para perfeccionar la existencia campesina, de la que todos dependemos, es lo que derruye a las urbes.
Todos quieren estar a fuerza en la ciudad, aunque lo que realicen en ella, sea humillante y miserable.
¡Y es que muchos se avergüenzan de ser campesinos, cuando en realidad constituye un orgullo al cual se puede siempre regresar!
Quienes viven en las ciudades, tienen la obligación de encauzar todos sus estudios al mejoramiento del campesino.
Tú mismo, tú misma, si lo decidieras, podrías ser con el tiempo un admirable campesino, una admirable campesina.
¡Qué paz fortalecida en esos anocheceres vegetales de cansancio fecundo que no te dejarían nunca caer en el hastío de la insatisfacción citadina!

VEINTE

Amar el campo, es así, tomar clara conciencia de la elevada misión de las ciudades como protectoras y perfeccionadoras del mismo.
Es asumir la responsabilidad de velar con profundas investigaciones para que bosques y huertos, hortalizas y pastizales, aguas y ganado, rindan el máximo de beneficios al campesino que indudablemente redundará en el bienestar de quienes laboran creativamente en las urbes.
Si se descuida el campo, si muere, la muerte de las ciudades no se podría impedir.
Amar el campo es comprender los vínculos maravillosos de la sobrevivencia humana; es agradecer que de él brota la base para la grandeza cultural de la humanidad; es asegurar la conservación de nuestra especie y su transformación en las equilibradas sociedades de lo futuro.
Amar el campo es prepararte en el estudio para realizar un agradecido intercambio de bienestares.
Amar el campo, hijito mío, hijita mía, es elegir la alternativa de la salvación.


LIBRO VI AMAR LA CIUDAD

Aquí, en orden y concierto,
se analiza cómo apreciar la vida urbana,
y educarse para disfrutar de sus ventajas
al saber aprovecharlas en beneficio de la humanidad.

 
UNO

Dentro del universo gigantesco, existen muchos pequeños universos que el ser humano ha creado, mejor dicho, construido. Son parte de sus orgullos, aunque con las dimensiones del cosmos, no obstante que para cada uno de nosotros sean enormes, resultan minúsculos.
Obra de su ingenio y de sus esfuerzos, han causado admiración a quienes han tenido la oportunidad de visitarlos. Tú, inclusive, puede ser que vivas en unos de ellos.
Tienen tantas sorpresas, tantos rincones cargados de historias, aventuras, tradiciones y leyendas que indudablemente has de asombrarte con ellos, pues en estos pequeños universos ha surgido la chispa inmortal del ingenio humano.
Son universos, porque tienen todo lo que el ser humano puede necesitar para vivir. Y no sólo el hombre, sino también los animales y los vegetales.
Por doquiera aparecen miles de variados objetos que como por arte de magia, maravillan con lo que pueden lograr: microscopios, telescopios, televisores, discos, videocaseteras, jeringas o rociadores de pinturas.
Desde la semilla más extraña en el cajón de un herbolario misterioso hasta la mas exótica vestimenta en la casa de una afamada modista, puede hallarse en estas verdaderas reproducciones del universo.
Alimentos, medicinas, vestuarios, utensilios, piedras preciosas, metales, joyas, peceras, todo, todo en tiendas enormes o modestas puede adquirirse.
¡Asombra su capacidad de arcón sin fondo o de cuerno de la abundancia!

DOS

Cuando paseas por esos pequeños universos te emociona el tránsito de sus calles, de sus avenidas, de sus calzadas, de sus bulevares.
La velocidad intrépida con la cual los automóviles circulan por sus ejes viales, por sus viaductos, por sus circuitos, por sus autopistas periféricas, te causa un estremecimiento increíble que va de la alegría al susto.
¡Cuánto rugido en movimiento! ¡Qué de rechinidos y silbatazos! ¡Cómo vociferan algunos choferes!
Y es que esos pequeños universos, hacia fines del siglo XX, parecerían haber sido vueltos a planificar, sin importarles la destrucción de tradiciones a su paso, para ser el reino de los auto-móviles.
Así, a veces vas tú en un autobús o en un coche o en un tranvía, mirando por la ventanilla; curioseando todo lo que va apareciendo por las calles.
Es un verdadero espectáculo que te divierte. ¡Tantas personas diversas vestidas de mil maneras! ¡Tantos aparadores luciendo sus luminosos letreros de ofertas y ventas!
¡Parecen museos vivientes!
En estos pequeños universos se tienen tantas, pero tantas cosas por ver, que el tiempo transcurre veloz en ellos.
No obstante, a veces parece que los invade el vacío.

TRES

Cuando la noche llega, tantas luces se encienden impetuosas en sus extensiones, que vista desde las alturas de un avión, o de un rascacielos, o de un cerro, semeja un lago infinito de luces, o un espejo del cielo estrellado.
Faroles, focos multicolores fijos o movibles, reflectores, lámparas, anuncios luminosos gigantescos le dan tanta luz que más parece día que horas nocturnas.
Enormes marquesinas titilan cegadores repertorios de diversión y en miles de rincones se labran desdichas o alegrías.
En algunas plazas y calles, la gente pasea, conversa, escucha música, canta o baila.
En muchas casas, a pesar de contratiempos, la gente disfruta de charlas familiares o se dispone a descansar.
Saben que cuando amanezca, los pequeños universos les exigirán el sostén cotidiano para su perduración.
Mientras, estatuas y monumentos fastuosos permanecen gélidos en su homenaje de vida a tantos seres heroicamente muertos para consolidar la ilusión de una patria eterna.
 
CUATRO

Esos pequeños universos, apenas esbozados, son las ciudades. Existen tantas en el mundo. Fascinantes y misteriosas algunas cargan famas de siglos y se adornan con los despojos de sus conquistas. Se enriquecieron con el poder de humanos ambiciosos que creyeron ser eternos y casi todas empobrecieron por la guerras y las corrupciones.
Hubo un tiempo en que eran tan pequeñas, tiernamente diminutas como un diorama, que la gente les llamaba pueblos y todos sus habitantes se conocían. Para bien o para mal siempre podían charlar familiarmente en el mercado, en la iglesia, en la plaza. Hoy, algunas ciudades han crecido tan tremebunda y descomunalmente que hasta su nombre se ha expandido. Se han vuelto megalópolis salvajemente inhumanas.
Y han cambiado tanto, que a lo largo a lo alto; a lo ancho y hasta en lo profundo, late una existencia de arduo trabajo que intenta parecer vida. Seres silenciosos e incomunicados suelen deambular por ellas sin detenerse a compartir contemplaciones.
En los barrios más apartados, en los rascacielos más lujosos, en los centro comerciales, en las estaciones del tren subterráneo, donde quiera, como en un hormiguero, la gente se aglomera para subsistir.
Pocos son los que encuentran la recompensa justa a sus afanes. Muchos nada tienen. Algunos lo acaparan todo, como si quisieran ser algún día los más ricos del cementerio.
Mas pesar de todo... y de todos, el ciclópeo mínimo universo de las urbes subsiste en la esperanza de los jóvenes humanos que lo restauren en su inicial utilidad.
Cuando la ciudad duerme y el silencio se pasea por sus calles parece que sueña en ser la pálida y hermosa sombra de un museo.
La oquedad de algún loco taconeo que se detiene, le hace sentir que acaso alguien se da el tiempo para admirar algún sobreviviente rincón de su pasado.

CINCO

¡Bella es la ciudad cuando por las mañanas despierta como desvelada!
Un bostezo de amor flota por sus calles y los nacientes rayos del sol le acarician su cuerpo humedecido por el rocío de las máquinas barredoras.
Apenas un rumor muy leve de automóviles, camiones y motocicletas, se deja oír como invadiendo sus mutismos noctámbulos recién abandonados.
Luego, un ajetreo de puertas que se abren, de ventanas que se cierran, de cortinas que se levantan, de pasos que corren a las esquinas para tomar el transporte que ha de llevarlos a sus fábricas, a sus talleres a sus escuelas, a sus oficinas, extienden sus ruidos como carambolas de un billar mecánico.
Poco a poco las aglomeraciones pujan sus esfuerzos de vencer vicisitudes y como un alud de colores se abren los ensueños cotidianos de sus habitantes.
¡Bella es la ciudad cuando despierta!

SEIS

Y por allá las fábricas aletean como gallos cantadores, sus silbatos matutinos.
Las máquinas esperan que el reloj marque la hora en que cientos de manos obreras las echen a cumplir con su misión prevista.
Y se mueve la palanca y se oprime el botón del encendido y se apresta la herramienta y los hornos inician sus fogatas.
Un torrente de golpes férreos estremece los oídos y un torbellino de humos las gargantas y los ojos.
La maquinaria bufa; las rótulas truenan; las poleas gimen. Tras los remolinos del fuego o el serpentario de cables, se cuecen los productos de la venta.
En algunos de esos rincones de la industriosa ciudad se fabrican los objetos que después el campesino podrá tener para aligerar sus siembras:
Que el fertilizante, que el tractor; que la pala, el irrigador o la cubeta.

SIETE

Y por otro lado, las oficinas se desperezan, tienen que hacer los trámites de envíos, elaborar documentaciones necesarias para algún negocio o registro, organizar campañas educativas o comerciales, elaborar planes de diversas acciones, revisar el orden de la ciudad, administrar y repartir obligaciones y derechos, guiar y vigilar.
El tecleo de las computadoras se vuelve un monótono ronroneo; el murmullo de los papeles que se revisan, gritan su languidez y el golpeteo de sellos semejan gotas que caen violentas sobre el asfalto.
El fax que anuncia su inminente presencia compite con el nervioso tic del correo electrónico.
Tal vez menos productiva sea la burocracia, pero necesaria para llevar las cuentas de lo que hay en la ciudad, de lo que sale de ella, de lo que entra.
Por eso viven de estadísticas.

OCHO

Sin embargo, no pienses que ha de ser siempre así.
Si hoy las ves atiborradas de automóviles y de humo; de gente y de ruido, vendrá un tiempo en que las ciudades tendrán que cumplir la gran misión para la cual la humanidad inteligente y creadora las hizo.
Un día, oh ciudades, sus fauces lobunas irradiarán la magia de su grandeza bienhechora.
En un principio parecieron simples lugares de comercio; después prósperos sitios de banqueros; más tarde un exceso de talleres y de fa-bricas; y hoy, un angustiante nido de problemas.

 
NUEVE

A pesar de su existencia aparentemente gravosa para el campesino y para el trabajador, las ciudades se convirtieron en estrellas refulgentes de cultura.
Grandes teatros se abrían para dar cabida a la inspiración de sensibles dramaturgos, declamadores, actores, músicos, bailarines, cantantes, mimos.
Enormes galerías mostraban la sensibilidad de sus escultores, pintores, arquitectos, artesanos.
Los museos lucían la huella creadora de muchos grandes hombres.
Y las escuelas principiaron a dar la oportunidad a todos de introducirse en ese mundo de arte, de ciencia, de técnica y de filosofía.
Al principio sólo unos cuantos, hoy todos los que desean, pueden estudiar, perfeccionarse y luchar por mejorar este mundo que vivimos.
Sólo hace falta la voluntad de transformarse y transformar el medio.

DIEZ

Pero también desde antaño, cuando esos pequeños universos apenas nacían o transcurría apacible su crecimiento, ya sus laberintos de callejas, callejuelas y plazas, eran invadidos por caballos conducidos por arrogantes caballeros o borricos bonachones por simpáticos campesinos que llegaban desde el campo a vender sus productos de cultivo.
Y en carretas o carretelas; en carruajes o carrozas, la gente se transportaba por ahí.
Ya no sólo a pie eran los paseos por sus hermosos jardines y plazuelas; los empedrados o los adoquines sentían el vibrar de las ruedas que poco a poco el progreso les hacía sentir.

ONCE

En aquellos viejos tiempos, los pequeños universos eran un hermoso centro de reunión para los campesinos que traían sus legumbres, sus frutas, sus cosechas, sus animales y los ofrecían en venta.
En el mercado se encontraba todo lo necesario para la ciudad y a la vez todo lo indispensable para el campo.
Allí, el campo y los pequeños universos, se fusionaban para explicar la razón de su existencia.
Mientras que los que vivían en los pequeños universos elaboraban ropa, muebles, cosas, entretenimientos, cultura, para los del campo; en éste se producía el sostén de aquellos.
Y es que no todo el mundo podía realizar una sola actividad.
El trabajo tenía que dividirse.
Uno era el del campo y otro, el de la ciudad-universo.

DOCE

Así fue naciendo el tipo especial de trabajo que ha caracterizado a las ciudades.
Era una labor muy distinta a la del campo. Mientras que allá se producía lo fundamental para la alimentación, en los pequeños universos de las ciudades se procuraba agruparse de acuerdo con determinados oficios que producían determinados objetos.
Había calles y plazas en estas pequeñas ciudades, como aún suele haberlas, dedicadas a las zapaterías, a la costura o a la sastrería; algunas eran para los herreros o carpinteros; acá se hacían muebles; allá ropa; más acá curiosidades, adornos y joyas.
Y había tanto que ver, tanto, que por eso eran, como aún lo son hoy, verdaderos universos

TRECE

Así como el campo requiere de los productos nacidos en las ciudades, éstas necesitan de lo que en el campo se cosecha.
No obstante, el campo, sin las ciudades, subsistiría; en cambio las urbes no podrían persistir en su ritmo creador sin el cultivo de la tierra.
Por eso es obligación de las ciudades incrementar todo aquello que pueda beneficiar al campo y nunca olvidarse de él, pues es su sostén natural.

CATORCE

Pero también el campo tiene un compromiso con las ciudades.
Si en las urbes se anida la cultura que ha de salvar al campesino de las enfermedades, con el envío de medicinas; o en la sequía, con el invento de sistemas de regadío; o de la ignorancia, con la educación a través de investigaciones, libros, técnica, ciencia y arte que se da en las normales, en las universidades y en los politéc-nicos, el campo tampoco puede abandonar a la ciudad.
Ambos se complementan en la maravilla creadora de la vida humana.

QUINCE

Y así como el campesino, apenas amanece, profesa un grande amor por sus tierras, por sus huertos, por sus hortalizas, por sus sementeras, por sus sembradíos, así los seres humanos que han nacido y viven en las ciudades, deben valorar el alto compromiso que les da existencia.
Amar la ciudad y amar el campo tienen diferentes finalidades, pero una misma motivación, el amor por la grandeza humana y su perfeccionamiento.
Si la ciudad se destruye, se ponen las bases para la destrucción de la humanidad.
Si se destruye el campo, se avanza en la destrucción de nuestro planeta.
Muchos animales humanos han distorsionado las funciones de estos conglomerados sociales para erigirse detentadores del poder y cometer tremendas injusticias.
Tú, humano joven, puedes contribuir a equilibrar nuestro grande y pequeño planeta azul.
 
DIECISEIS

Debes saber que las condiciones del campo, en ocasiones no son benéficas.
Esto hace que los campesinos lo abandonen con la ilusión que la publicidad periodística y televisiva provoca en ellos, al hacerles creer que la vida de la ciudad es de riqueza y placer.
La realidad es otra.
Si en el campo algunas bestias humanas, sin misericordia explotan el trabajo del campesino, en las ciudades, otras peores alimañas se aprovechan de quienes viven en la urbe en pos de una esperanza.
Esto suele suceder con todo el campesinado del mundo y en todas las ciudades de nuestra Tierra.
Alguien debe comenzar a comprender la inutilidad de los poderíos frente a la verdad del universo.
Tú estás en camino de hacerlo, hijo mío, hija mía, como todos los jóvenes humanos que se preparan para vencer su animalidad.

DIECISIETE

Mientras en sus pueblos muchos campesinos tienen extensiones adecuadas de tierra para trabajar, en la ciudad se reducen a la nada y pasan a ser víctimas de las ciudades perdidas; de las azoteas de inmundos edificios, de los sótanos de sórdidos caserones.
¿Y quién tiene la culpa de este desorden?
¿De este olvido de las respectivas misiones del campo y la ciudad?
Indudablemente que quienes han olvidado los altos destinos de una urbe.
Los que nada aman, ni la ciudad, ni el campo.
Los egoístas que sólo piensan en salvarse ellos del hambre y la enfermedad, aunque a pesar de todo su dinero y sus trampas no lo evitarán. Por más que abusen del desvalido, un día la muerte cobrará sus regalías naturales.
Ignoran que la violencia que engendra un mundo despojado de amor, los hará ser las primeras víctimas de sus ambiciones.

DIECIOCHO

Los fines elevados de una ciudad, has de saber, por tanto, radican en el fomento de la cultura.
Si sus habitantes no pasan el tiempo en las labores del cultivo de la Naturaleza, sus obligaciones morales, los harán cumplir con actividades de organización, de distribución, de creación para la propia urbe y para el campo.
Esto es lo que se ha olvidado y casi todo habitante de las ciudades ha perdido la noción del porqué de su vida urbana.
Algunos piensan tontamente que son privilegiados que pueden ocupar sus ocios en una pérdida torpe del tiempo, aparentemente gozosa, sin culminar en la obra creativa. Despilfarran su grandeza humana.
Por eso llegan a sentirse inútiles, vacíos, solitarios.
Se suicidan sin saberlo; creen que viven.

DIECINUEVE

Amar la ciudad es entonces, sentir la alegría de saber que nuestros esfuerzos creativos se destinan a elevar la vida cultural y humana de los campesinos.
Si tú vives en una ciudad, has de esforzarte para cumplir el alegre compromiso de superarte a través del estudio hasta llegar a ser un gran químico, o médico, o ingeniero.
No olvides que casi todos los inventores de los grandes avances técnicos de la humanidad han vivido en las ciudades.
Y aunque algunos se retiraron en ocasiones a vivir en el campo, fue luego de emocionarse con la gran satisfacción de haber contribuido al progreso del ser humano, tanto del citadino como del campesino.

VEINTE

La ciudad no es un mero centro de falsos progresos ni espejismos de diversiones para distraer a los tontos.
Es una bella durmiente a la que hay que despertar con el amoroso beso de la responsabilidad, del conocimiento, de la voluntad y de la inteligencia.
Amar la ciudad es respetar sus tradiciones, conocer sus leyendas, valorar la infinita gama de obras de arte que la adornan, cuidar de su limpieza y de su brillo, incrementar la justicia para sus habitantes y recrear en ellos la conciencia de enaltecerla con trabajo creador.
Amarla es prepararse con la finalidad de superar las fallas de la bestia humana y transformarla en el grande universo que puede ser: reflejo del universo creativo que representa el gran teatro cósmico.


LIBRO VII AMAR EL ARTE

Aquí, en orden y concierto,
se reflexiona en lo que significa el arte
como lenguaje liberador y unificante.

 
UNO

Hoy amaneciste muy contento, tan feliz que no cabía el goce en tu cuerpo.
Saltaste de la cama como pocas veces y tu alegría aumentó cuando viste la mañana esplendorosa de otoño.
Sentiste un lindo estremecimiento que pareció recorrer hasta el más íntimo rincón de tus pulmones.
Y suspiraste.

DOS

Luego recordaste que otra vez era tu cumpleaños y que por la tarde, al regresar de la escuela, festejarías con tu familia y los amigos del vecindario, los años de tu edad. Tu niñez avanzaba y tu adolescencia se iba acercando, o de plano ya te encuentras en ella..
Tal vez tus tíos te obsequiarían como siempre con un sabroso pastel; o tus padres prepararían una deliciosa cena; o tus amigos te darían la muestra de su estimación con alguno que otro regalito. Y sin saber por qué, te pusiste a tararear una canción. ¡Te encontrabas muy entusiasmado!

TRES

La frescura de las gotas de lluvia que caían de la regadera, te causaban una emoción muy agradable. Entonces tu tarareo se convirtió en el recuerdo de aquel canto que aprendiste en tu primero de primaria:
Muy de mañanita
cuando me levanto
lueguito me baño
y después me seco.
Solito me visto.
Me lavo los dientes.
Busco mi pañuelo
y qué fresquito estoy.
Y al cantar, tu voz se confundía con el murmullo del agua tibia y la espuma de tu jabón.
Después acaso seguiste cantando alguna melodía de moda. Esas que de tanto oírlas por la radio y la televisión llegan a encantarte. A muchos las canciones les han diseñado la vida para bien o para mal.

CUATRO

Cuando le comunicaste a tu maestra que era día de tu cumpleaños, ella que es tan comprensiva, como deben ser todos los buenos maestros, lo dijo a tus compañeros y entre todos te cantaron la mañanitas.
Estas son las mañanitas
que cantaba el rey David,
hoy por ser día de tu santo
te las cantamos aquí.
Despierta mi bien, despierta,
mira que ya amaneció.
Ya los pajarillos cantan.
La luna ya se metió.
Formaban un coro muy alegre y sentiste junto con ellos un contento infinito.
Sus claras voces te trasladaban a sitios como de magia, como esos que relatan en los cuentos maravillosos y sonreías.

CINCO

Y hasta se improvisó una fiestecilla. ¡Qué gratitud y beneplácito sentías! ¡Hasta te creías adorable como un Dios o como un héroe!
Unos dijeron poemas para ti. Otros contaron chistes. Algunos hasta bailaron el más reciente número musical interpretado en el festival del día de las madres. Por supuesto que no faltó tu compañero guitarrista ni las flautas. Nadie se negó a cantar.
Y es que en tu escuela no descuidan estas situaciones para dar rienda suelta a los sentimientos. Hacen felices a todos.
Unas como campanitas te repicaban en el corazón.

SEIS

Cada uno de tus compañeros mostró su cariño hacia ti y se lució con alguna actuación. Querían comunicarte algo de lo que sentían.
Así, una de tus compañeras que estudia ballet interpretó algunos graciosos pasitos con gran destreza. Semejaba un cisne que flotaba por un lago de aguas azules y transparentes. Luego se veía casi volar con el oleaje de sus brazos.
Sus giros diluían el blanco color de sus ropajes en un brillante remolino.
Y tu imaginación se envolvía con sus movimientos y con la música.
Te llevaba por un fascinante deleite, extraño, muy extraño.

SIETE

Uno de tus mejores amigos, que le encanta dibujar, hizo un simpático retrato tuyo y fue un regalo muy aplaudido.
Las líneas que con rapidez su lápiz había trazado jugueteaban con tu rostro y tu sonrisa.
Tus mejillas brillaban de alegría y el colorido que le puso a tus cabellos, a tus ojos y a tus labios te hizo sentir como apareciendo en un espejo blanquísimo.
Y de pronto descubriste que así era como te veía el cariño de su amistad. Todos aplaudieron al creador y a su personaje.

OCHO

Otro te modeló en plastilina y te pareció increíble y conmovedor el verte ahí, tan pequeñito en una escultura diminuta.
La masa informe de pronto por obra y gracia de unas manos ágiles, fue cobrando tu figura.
Con precisión diseñó el cuerpo; de inmediato hizo los rasgos de tu cabeza, configuró el uniforme de la escuela a la que asistes y terminó marcando los detalles que te distinguen.
El asombro se transformó en un grito de admiración ante aquello semejante a un milagro.

NUEVE

Varios recitaron lindos poemas y hasta una obra de teatro se improvisó. ¡Cuantas risas provocaron las ocurrencias de tus compañeros! El pizarrón se convirtió de pronto en un telón de fondo. Algunos dibujaron un bosque, pues lo que se iba a representar ahí sucedía.
Se improvisaron vestuarios con papeles, cartoncillos y mochilas. Una regla sirvió de espada y una caja de zapatos como escudo. Una toalla fue la capa de la princesa.
Era un cuento muy gracioso transformado en comedia. Lo inventaron entre todos y terminaron haciendo una gran creación.

DIEZ

La maestra pidió a la dirección de tu escuela una camarita de cine y filmó toda la fiesta.
Cuando después la vieron, el júbilo de mirarse en aquellas fotografías en movimiento y las carcajadas que estallaban por las escenas tan cómicas obtenidas espontáneamente, les hacía llenar el salón de clases con murmullos y comentarios aún más graciosos.
Como que al verse cinematografiados, sentían que todo aquello podría durar más, hacerse eterno, pues cada vez que se quisiera, lo podrían ver.

 
ONCE

Así, algo especial tuvo ese día, y no sólo por ser tu cumpleaños, sino porque a través de variadas actividades te emocionaste y se emocionaron tus compañeros.
Sentiste como si una armonía extraña te uniera a los demás del grupo. Como si algo los identificara en lo más profundo de sus seres. Como acaso pueden ligarse los seres humanos ante un dios.
Y aunque no hubo la clase común, te dio la impresión de haber aprendido mucho y haber pasado unos momentos agradabilísimos.
¡Fantásticos! Exclamarías quizá.

DOCE

¡Si! Los instantes en los que nuestra imaginación vuela cuando bailamos, cantamos, pintamos, declamamos, hacemos maquetas de plas-tilina o de barro, y hasta teatro o cine, nuestra diversión no se queda en simple juego.
Como que va mas allá.
El tiempo dedicado a bailar, cantar, dibujar, pintar, actuar, modelar, filmar nos conduce a un mundo extraordinario en donde podemos decir algo de nuestros sentimientos, de nuestros pensamientos, de nuestras emociones.
A través de ello, con sus distintas formas de hacerlo, manifestamos lo que vemos, lo que oímos, lo que vivimos, lo que reflexionamos, lo que quisiéramos que un público comprendiera.
Además, se siente tan cosquilleante que los demás se emocionen junto con uno.

TRECE

Es algo parecido a jugar, pero que no se queda en lo fugaz; en lo que se hace y nunca vuelve. Un magnífico clavado, un estupendo gol, una impresionante carrera nos causan una gran emotividad, pero luego todo se vuelve recuerdo y nada más.
En cambio, estas acciones de la danza, el canto, los poemas, los cuentos, las esculturas, las pinturas, la arquitectura, la fotografía, el cine pueden perdurar para siempre y las emociones contenidas en ellas, ser sentidas nuevamente por nosotros u otras personas en todos los tiempos y en todos los lugares.
Por eso, no puede denominarse ni juego ni deporte, sino arte. Al jugar sólo intentas distraerte un poco para olvidarte de problemitas: que la tarea, que tus obligaciones, que el aburrimiento. Juegas y juegan; todos jugamos.
El deporte es una extensión más organizada y reglamentada del juego. Si tú lo practicas resulta estupendo para tu control físico y mental. Si únicamente te aíslas para ser un fanático inutilizado, gritoneador y pendenciero, puedes llenarte de barriga y gorduras. Más profesional, se vuelve el negocio de la fugacidad. Por unos instantes te evades y tu cartera sufre las embestidas de la impaciencia, de las apuestas y de los fraudes.
No obstante, la práctica de un deporte sirve para encauzar la energía animal que nos sobra, sin más allá que el momento. Suele tranquilizar-nos con el cansancio que provoca.
En el momento de la acción está su principio y su fin.

CATORCE

El arte va más allá de ese instante del juego. Él hace que de una contemplación de armonías nuestro espíritu se solace en el dulce placer de sentirnos alimentados por algo no muy fácil de explicar para continuar la vida.
Él nos impulsa, sin darnos cuenta, sin proponérselo, a mejorar y perfeccionar nuestros sentimientos, nuestros pensamientos.
A través de las emociones que nos produce, el arte nos va transformando en seres humanos maduros. Por eso, el arte no es un juego, sino algo muy serio que, sin embargo, te hace sonreír grati-ficado.
Después de apreciar una obra de arte, nunca serás el mismo, sino alguien que se ha superado. Alguien que ha recibido en su conciencia un mensaje a través de la comunicación estética que le envían determinadas formas creadas por un ser humano de un gran desarrollo sensible.

QUINCE

Mientras que los juegos, en ocasiones muy frecuentes, hacen surgir rivalidades, no sólo entre los individuos, sino entre los pueblos, el arte unifica y da las bases de la solidaridad humana.
El arte rompe las barreras de los idiomas y abre las puertas para que la humanidad se con-temple en todas sus manifestaciones y se comprenda. A través de él nos asomamos a todos los seres humanos el mundo. Es por ello, el más trascendental de los lenguajes.
Mucho o poco, el estremecimiento que nos provoca nos deja la sensación de haber crecido mentalmente.

DIECISEIS

Con las obras de arte entendemos lo que piensa y siente el ser humano en cualquier lugar del planeta.
Su música, su canto, sus pinturas, sus esculturas, su arquitectura, su literatura, su cine, su fotografía nos comunican sus sentimientos, sus pensamientos, sus reflexiones, sus angustias, sus placeres, sus dolores, sus emociones.
Y uno puede aprender tanto de ello.
¡Es la vida interna del gran ser humano que brota como resultado de su choque con la vida real y objetiva!
Constituye sus anhelos, sus esperanzas, sus impresiones, sus percepciones de lo que los seres humanos viven en sus sociedades: lo justo o lo injusto; lo bello o lo desarmónico; lo verdadero o lo falso; lo bueno o lo malvado.
Y sus rabias, sus furias, sus odios, pero también sus ternuras, sus intentos, sus amores.

 
DIECISIETE

Sin embargo, eso no quiere decir que no juguemos, por lo contrario, también se hace necesaria la distracción, pero sin tomarse a pecho esos heroísmos inútiles que sólo nos comparan al animal triunfador en un combate por dominar la manada de bestias.
Recuerda como canta el gallo luego de derrotar al rival; como se crecen el perro, el búfalo o el chivo triunfadores.
Únicamente son animales que se hinchan por el instinto de sobrevivencia; como son los más fuertes, su misión es proteger y defender a los demás, nunca abusar.

DIECIOCHO

Mas así como todos debemos ejercitar nuestro cuerpo en algún deporte, juego de los adultos, por cuestiones de salud, de igual modo debemos prepararnos para captar o manifestar-nos en alguna rama del arte.
De esta manera podemos equilibrar nuestro perfeccionamiento y crecer armoniosamente para mejorar, no sólo nuestra persona, sino el ambiente donde nos toque vivir.
Corazón mío, florecita mía, te espera la música, o la danza; la escultura o la arquitectura; la pintura o la fotografía; el teatro o la cinematografía; el diseño o la literatura.
Allí están, a cada esquina de la vida aparecen y te llaman. Oye su voz bienhechora.

 
DIECINUEVE

Te imaginas que todas las calles fueran museos, ¡serían espléndidas!
En vez de anuncios, ver cuadros de los grandes pintores que han existido; en vez de horribles postes, bellas reproducciones de las estatuas que todo los escultores de la humanidad han construido; en lugar de bardas, paredes, fachadas, muros pintarrajeados inútilmente, contemplar murales impresionantes de fantasías y realidades. ¿Te imaginas cuántos más nos comunicaríamos?

VEINTE

El arte fortifica la conciencia y amándolo, nos brinda el más profundo de los dones, la entrega de respuestas a nuestras inquietudes emocionales.
Estés alegre o triste, el arte te ofrecerá los caminos para encauzar tus sentimientos.
Una canción, una pintura, una escultura, una película, un poema, una obra de teatro, un ballet, son los múltiples brazos que el arte te brinda para arrullarte y hacerte sentir plenamente amado.
Y si recuerdas que amar es cuidar, conservar, perfeccionar, correspóndele tú también con creación de bellezas que den un mejor sentido a la vida humana, sea urbana o campesina, y la deleiten en sus horas de meditación y reposo.
En ti también hay un artista; ámalo cultivándolo.


LIBRO VIII AMAR LA CIENCIA

Aquí, en orden y concierto,
se refiere el porqué de impulsar desarrollos científicos que traen por consecuencia
el perfeccionamiento del saber.



UNO

¿Te acuerdas del día en que amaneciste con tu salud por los suelos?
Temblabas y te dolía mucho la cabeza. Tanto era tu sufrimiento que lloraste desconsoladoramente.
Hasta ni parecías tú, siempre tan valiente, tan entusiasta, tan amante del juego y de la broma.
Tus padres de inmediato llamaron al médico y con una serie de extraños aparatos, revisó tu cuerpo, que para esos momentos lo sentías muy débil.
Tu mirada era tan triste que conmovía. No podías ni sostener el brazo en alto y como que todo te daba vueltas. Querías mantener siempre cerrados los ojos.

DOS

¡Qué lindo el amanecer cuando sanaste!
Estaba un poco nublado, pero a ti te pareció hermoso el día. Tal vez como el primer día en que el mundo se inició en algún paraíso. Todo lucía entonces con colores rutilantes y como nuevo.
Al asomarte a la ventana todo te parecía hermoso, hasta aquello que antes te disgustaba.
Habían desaparecido los malestares, la fiebre, los dolores, el horrible mareo; y aunque te sentías aún un sin fuerzas, tu sonrisa iluminó de alegría a tus familiares.
La casa, como que también se había pues-to alegre.
¡Te habías aliviado!

TRES

¿Y te has puesto a pensar en los niños o niñas qué como tú, diariamente enferman?
¿O en los hombres y mujeres que han perdido la salud de pronto?
Hoy sabes que gracias a los conocimientos médicos que se tienen, se logra que sanen.
En laboratorios muy modernos se producen medicamentos que ayudan a contrarrestar enfermedades.
Algunos tienen forma de pastillas que a pesar de atragantarte en ocasiones te hacen sentir mejor; otros son líquidos amargos sí, pero te curan, o pomadas que a veces parecen arder en tu piel.
Con frecuencia se inyectan y muchos padecen pánico ante las enorme jeringas y sus finísimas agujas. El pulsar de su dolor te ha hecho gritar, mas casi siempre nos ayudan a aliviarnos.

CUATRO

¿Sabes quiénes preparan las medicinas? Sin duda que sí: Los Químicos.
Ellos tienen esos conocimientos que permiten descubrir los elementos, las partecitas, que por obra y gracia de la energía creadora, forman los seres y objetos que existen en el mundo.
Entienden de sus maravillosas combinaciones y disfrutan el privilegio de saber donde pueden encontrarlas para el bienestar humano.

CINCO

Por medio de la química se pueden elaborar no sólo las medicinas que nos curan cuando enfermamos, sino también muchas cosas más: alimentos, vacunas, fertilizantes para que la tierra produzca más y hasta objetos, como los plásticos.
Combinando los elementos que ella descubre, se obtienen prodigios.
Por eso los primeros químicos que existieron, decían que eran magos.
¡Maravillas de la química!

SEIS

No obstante, tú no hubieras sanado, si no hubiera sido por los conocimientos que se tienen de nuestro cuerpo.
Si no se tuviera la noción de lo que es la presión arterial de la sangre; de dónde está nuestro pulso, nuestro corazón o nuestros pulmones; si se ignora la relación que existe entre el hígado y el estómago; o entre nuestro cerebro y nuestros nervios; o si no se supiera como se llama cada uno de los huesos que forman nuestro esque-leto; o para que funcionan nuestros músculos, no podríamos salvar la vida cuando por un accidente o una enfermedad peligra.
Estaríamos siempre al borde mortal de un precipicio a donde los seres humanos caeríamos irremediablemente.

SIETE

Hoy, gracias a las observaciones de los grandes hombres estudiosos, a su curiosidad, a su dedicación, a sus desvelos, se ha podido describir nuestro organismo y el de los vegetales; y el de los animales.
Todo ser vivo ha podido ser conocido; hasta los peligrosos y traidores microbios.
Verdaderos héroes de blancas batas tras los microscopios han descubierto vacunas para controlarlos y evitar las mortandades que en la antigüedad eran frecuentes.
Y aunque todavía nos falta mucho para saber tanto, los conocimientos día con día crecen, a pesar de las dificultades que ciertos humanos adinerados, pero sin conciencia, oponen a las investigaciones negándoles ayuda financiera. A mí no me atañe, dicen algunos, hasta que en-ferman ellos o alguno de sus seres queridos.
Sobre de esos poderosos egoístas, los grandes hombres persisten en su afán de conocimiento.

OCHO

Así, la anatomía nos hizo conocer las partes de que consta nuestro cuerpo.
La fisiología ha descubierto cómo y para qué funcionan.
La higiene nos dice cómo mantener sano y limpio nuestro organismo.
La medicina, con ayuda de todas ellas y de la química, cómo curarlo cuando enferma.
Gracias a esos conocimientos que constituyen las ciencias, los humanos podemos combatir nuestros males de salud.
Además, la nutriología nos ha hecho saber lo que ha de hacerse para mantenernos fuertes por medio de una adecuada alimentación.

NUEVE

Los hombres primitivos perecían fácilmente, como animales, ante cualquier enfermedad.
Un simple catarro se complicaba y eran fácil presa de la muerte. No podían dominar lo que hoy la química sabe o lo que la biología enseña. Todo era cuestión de azar para ellos.
A veces atinaban a curarse tomando alguna hierba, o fruto; en otras por mera resistencia física.
Esos pequeños descubrimientos los hacían pensar, meditar y conservarlos.

DIEZ

Hundidos en la oscuridad de las sombras nocturnas, los hombres y las mujeres prehistóricos espiaban temerosos a los cielos.
A veces, cuando las nubes lo tapaban todo, lo veían infinitamente oscuro.
En otras noches brillaban las estrellas e intentaban reconocerlas.
Si la luna irradiaba su blanco manto, algo de tranquilidad los invadía, pues siempre tenían miedo de no ver regresar la luz del día, y con ella el sol, que cálido hacia fructificar la tierra.
¡Ignoraba tantas cosas! ¡Imaginaba tantas falsedades! ¡Se forjaba millares de creencias

ONCE

Siglos tuvieron que transcurrir para que la humanidad fuera acumulado sus experiencias y los conocimientos que éstas le dejaban.
Después de tanto ver que el sol brotaba por distintas partes del oriente; a veces más al norte, a veces más al sur; y que la luna aparecía y desaparecía en determinado tiempo, fueron guiando su vida por medio de calendarios.
Así comenzaron a saber cuándo llegaba la primavera o por qué el otoño principiaba.
Nació la astronomía.

DOCE

Los hombres y las mujeres antiguos se maravillaban tanto de la creación existente, de los seres que la pueblan, de la perfección de sus manifestaciones que principiaron a erigirle monumentos para rendirle gratitud y admiración.
Se estremecían ante el fuego, ante la lluvia, ante la vegetación, ante los animales.
Pero al levantar las rocas para hacer sus construcciones, se daban cuenta de algo que parecía no verse: las fuerzas, los movimientos, los equilibrios, las cantidades.
Y aprendieron a calcular.
Y nació la física.
Y las matemáticas.
Se dieron cuenta de las perfecciones del número.

TRECE

¡Qué alegría saber tanto! Hoy tú vas a la escuela y allí te inician en los conocimientos que arduos esfuerzos ha costado a toda la humanidad adquirir.
Los sabios que los descubrieron, que los dijeron, que los formularon, en muchas ocasiones padecieron tremendas injusticias. Hasta la muerte padecieron.
Lo que hoy nos parece una explicación clara y natural del origen de la vida y de su perfeccionamiento, en épocas de oscuridades salva-jes causaba escándalo y maldición.
Muchos hombres estaban ciegos de necedad y sólo el animal humano los dominaba. Sus creencias eran ley y estaba prohibido pensar.

CATORCE

El gran matemático griego, Arquímides, cayó asesinado por un soldado ignorante y brutal.
Giordano Bruno, físico-químico, napolitano, fue perseguido por el fanatismo torpe y quemado sin piedad.
La bestia humana se encontraba ciega y no se daba cuenta de su valor.
Mas a pesar de todo, los científicos continuaron sus observaciones, sus cálculos, sus investigaciones, en fin, en unas pocas palabras: con su amorosa labor de saber.
Por fortuna, siempre hubo algunos que los apoyaron. Eran sus mecenas.
Poco a poco muchas creencias fueron sucumbiendo.
Aún hoy...

QUINCE

La ciencia es el camino más intenso para maravillarse con la creación.
Los conocimientos que los científicos han ido reuniendo pacientemente para descubrir y explicar todo lo que existe en el universo son infinitos, como infinita es la labor de amor que la energía creadora, aquello por lo cual todos existimos, ha desplegado desde siempre.

DIECISEIS

Desde el microbio hasta el sol; desde la minúscula flor hasta el árbol más gigantesco; desde el más pequeño renacuajo hasta el dinosaurio perdido; desde el manantial más transparente hasta la más aterradora erupción de un volcán; todo, la ciencia anhela explicar, comprender las leyes que los rigen, los sistemas que los conectan como en una red sin fin y que les hace vivir, crecer, perfeccionarse y transformarse.

 
DIECISIETE

Todo está relacionado con todo.
Nada existe aislado en el universo.
Si algo, por pequeño que sea cambia; esto producirá cambios también; imperceptibles, quizá, pero que siempre se dan, aunque muchos no quisieran.
Nada escapa a la ley natural. Ni lo más ricos ni los más pobres; ni los más poderosos ni los más débiles; ni los más sabios ni los más ignaros; ni los más bellos ni los más feos.
Somos entidades biológicas perecederas; sólo el ser humano ha podido crear estafetas para lo que vengan.
Y en este incesante fluir de la vida, la ciencia que el hombre ha reunido, tiene importancia maravillosa, pues con sus conocimientos nos permite prevenirnos, ponernos a la espera, de las nuevas transformaciones de la Naturaleza.
La ciencia nos ayuda a predecir lo que la energía creadora va haciendo en su ruta inmortal.

DIECIOCHO

Tú puedes, como jugando, comprobar las leyes de la física.
O tal vez, sin darte cuenta, estar ante un experimento químico cuando te preparas una malteada.
Quizás haces cálculos matemáticos cuando te diviertes corriendo y llegas antes que tus amigos a la meta. O en último lugar. Te pregun-tas: ¿me faltó tiempo, o energía, o salud? ¡Hasta la física aplicas!
La ciencia nos ayuda a verlo mejor todo, a comprenderlo, a explicarlo y a aplicarlo en bien de la colectividad donde vivimos.
Recuerda: Somos parte de un hogar común, de un ecosistema que debemos com-prender y cuidar; atender y entender.

DIECINUEVE

Todos podemos y debemos ser científicos.
Si amamos las ciencias, nos dotaremos de esos conocimientos que nos permitirán prevenirnos de catástrofes y a la vez, impulsarnos a mejorar los que ya existen y a pensar que ese saber preciado, aún no poseído, para evitar un terremoto, curar el cáncer, superar la producción agrícola o traspasar dimensiones, se encuentra flotando a nuestro alrededor.
Sólo nos hace falta prepararnos en ellos y ver más. Lograr hacerlos evidentes. Para eso te-nemos voluntad, inteligencia, sensibilidad y conciencia. Únicamente requerimos las bases de la solidaridad para lograrlo.
¡Y mucha responsabilidad

VEINTE

¡Todavía falta tanto por saber!
Por ello, lo que hoy conocemos hemos de aprenderlo bien.
Mas seamos humildes.
Si haces tuya la gran finalidad de la ciencia, aplicar, predecir, corregir, perfeccionar, tu vida será esplendorosa.
Jamás te sentirás triste ni vacío.
Amar la ciencia es abrir con ojos asombra-dos un libro de astronomía, química, física, medicina, lingüística o historia, entre otros, y penetrar con fervor en sus conocimientos que te dotarán de la más extraordinaria emoción humana: ver lo que los minerales, vegetales, y animales no ven.
Y penetrar en los misterios de la energía que todo lo crea y que todo lo transforma. Aquello por lo cual todos existimos.
Esa energía, de la cual la humanidad de la que tú formas parte, es su espejo ahumeante de creación.


LIBRO IX AMAR LA PAZ

Aquí, en orden y concierto,
se razona en el porqué la paz es un factor primordial
para la transformación del animal humano
en ser humano pleno.

 
UNO

Mira ese niño que llora desesperadamente bajo los escombros de una casa.
Su llanto estremece, pero parece que nadie lo escucha.
Contempla el pánico que sus ojos reflejan y percibe como brota de sus labios un terrible grito de horror.
Ve como algunas siluetas humanas huyen despavoridas entre derrumbes y explosiones.
Observa las ráfagas de metralletas que brotan entre las dispersas ruinas de muchos edificios.
Y piensa ...

DOS

Date cuenta de los rostros angustiados de esas mujeres que afligidas se arrinconan atrás de un muro.
Asómbrate ante los cuerpos de aquellos niños y hombres que yacen ensangrentados a mitad de una calle.
La muerte se regodea en sus miembros destrozados e inmóviles.
Sus ojos paralizados de miedo han quedado semiabiertos.
Observa a los lejos el resplandor de los estallidos de la pólvora.
Angústiate ante el hongo gigantesco que se mira levantarse al fondo como un monstruo que todo lo ha aplastado con su energía mortal.
¡Esto es el panorama de una guerra!
Acaso la guerra última.

TRES

Muchas de estas escenas tú las ha visto a través del cine o la televisión.
Probablemente, sin entender tu error, te han emocionado también en alguna fotografía o en historietas de monitos.
Tal vez creerás que sólo son simples fantasías donde los malvados son vencidos por los buenos.
Y te diviertes.
Las aventuras y los combates de los video-juegos exaltan tus agresividades.
Mas ha de saber que la realidad es diferente. No siempre el bueno es tan bueno ni el malo tan malo.
Existen otros puntos de vista que tú debes aprender a valorar con el propósito de que descubras que la paz es superior a la guerra criminal.
Mientras en la paz el ser humano puede encontrar la oportunidad de perfeccionar su trabajo creador, en la guerra el hombre animalizado se vuelve peor que una bestia.
La más cruel.

CUATRO

Las bestias en ocasiones necesitan matar a otros seres para sobrevivir.
Es una ley de la Naturaleza.
Y es que no tienen las armas de la inteligencia, la sensibilidad y la creación para descubrir las múltiples formas de superarse y vencer su irracionalidad.
Son pobres animalitos esclavos de sus instintos y sus impulsos.
En cambio, algunos animales humanos, a pesar de esa inteligencia, de esa sensibilidad y de su trabajo creativo, llegan a matar por torpe vanidad y afán de lucro o de mando.
Creen que su individualidad es todo.
Han olvidado que apenas somos un punto mínimo dentro del universo infinito.
Y creyéndose supremos ignoran nuestra insignificancia como animales.
Simples entidades biológicas que somos...

CINCO

¿Has pensado en lo que sucedería si lo que ves en revistas y películas aconteciera en la realidad.
Allí te proyectan las mil diversas maneras de hacer guerra, de destruir, de acabar con todo.
Y te hace creer que a pesar de la tremenda explosión de automóviles, de las llamaradas, de las metralletas que repiquetean ventanas y paredes, los héroes sobreviven y alcanzan la felicidad.
¡Mentira!
Sólo se han salvado en las guerras que la humanidad ha padecido, los que tienen suerte; o los que huyen; o quienes desde lejos las han visto, porque son los jefes.
Otra es la verdad cruel y brutal.
¡No sueñes!
Las guerras nunca han sido el jardín de las delicias.

SEIS

La calle en donde vives se vería de pronto estremecida por el ruido de atroces balazos y llamaradas de bazucas.
Muchos de los amigos con quienes jugabas perderían la vida; quizá tú mismo y tus padres y los padres de los niños con quienes te divertías.
Los edificios se derrumbarían y las casas pacientemente construidas, serían devoradas por descomunales incendios.
Tus mascotas se acabarían; no verías más a tus familiares.
No habría comida ni hora de ver la tele o de oír el disco.
Tu mundo, de pronto, caería afectado; quedaría oscuro, sin luz, sin haber lo que antes... ni saber lo que posiblemente sería.

SIETE

Entonces imagina la destrucción que han causado siempre las guerras.
Apenas construida una aldea, se convierte en ruinas, o recién instaurado un pequeño pueblo, se transforma en escombros.
Ciudades enteras han visto la crueldad de su destrucción y con ella el retraso del ser humano, a un nivel de salvajismo y animalidad.
De nada sirvió la grandeza humana que las había erigido. Un día la ambición, la irresponsabilidad y el odio las destruyeron.
Recuerda a Babilonia o a Tula; Atenas o Chichen-Itzá; Roma o Tenochtitlan; Cuzco o Berlín; Hiroshima o Nagasaki.
Ellas fueron ciudades impresionantes. La guerra las destruyó.

OCHO

Con la guerra, los esfuerzos de la gente se ven arrasados por la violencia de algunos y el egoísmo de otros.
Lo poco que era tuyo o de los demás, de improviso sucumbe y se convierte en un panorama desolador.
Y la vida que brotaba como botones en flor, súbitamente se hunde en el martirio de las enfermedades.
La angustia y el sufrimiento se convierten en las peores plagas de la mente.
Y los gusanos, disfrutando de los malos olores, fecundan los microbios de las pestes y de las infecciones que rematarán a quienes desesperados han podido salvarse en algún rincón. ¡Qué existencia tan triste les aguarda!
La esperanza de llegar a ser lo que se anhelaba, de pronto se hace más y más distante.

NUEVE

¿Y te has preguntado el porqué de las guerras?
A veces los motivos han sido justos cuando algún hombre bestia ha abusado de los demás y éstos se rebelan en contra de la explotación sin misericordia a la que son sometidos.
En otras han sido tan injustas que, sólo el animal humano, ansioso de demostrar su sanguinaria fortaleza ha podido efectuarlas.
Sin embargo, se pudieron haber evitado si la compresión hubiera existido entre los jefes en lucha.
Pero aún no estaban preparados.
Su imperfección animal no les permitía darse cuenta de la insignificancia de sus objetivos.

DIEZ

Casi siempre la guerra ha sido producto de unos cuantos animales humanos que en su afán por dominar a los demás animales humanos, no les importan los daños ni la destrucción que se cause a la Naturaleza y a la cultura.
Casi siempre los peores animales humanos se oponen a que todos tengan, gracias a su trabajo creador; a su esfuerzo constante, lo que merece una vida humana digna: alimentación, salud, sexualidad, hogar, ropa, bases para su perfeccionamiento creativo.
Y es que cuando la cultura llega, el ser humano auténtico se da cuenta de los errores que cometen los animales humanos.
Y según los zoólogos, a estos animales no les gusta que les señales sus fallas.
Creen que son virtudes y luchan por imponerlas.
Aún a costa de la vida.

ONCE

Apenas hace unos cuantos años el ser humano alcanzó los logros de que ahora tú gozas y no ha sido sino hasta finalizar el siglo XX, cuando nos estamos dando cuenta de tantos errores.
Has de saber, pues, que el desarrollo extraordinario de la ciencia y sus inventos, no tienen más de trescientos años.
La cultura en sus manifestaciones técnicas y científicas es reciente.
Y aunque en las sociedades antiguas, algunos hacían observaciones en torno al mundo y al hombre, no pasaban de ser rudimentarias y simplemente imaginativas.
Sólo el arte nació casi junto con el hombre y fue lo primero en distinguirlo de las bestias.
Y sus creencias.
¡Qué maravillosa capacidad de imaginar y sentir!

DOCE

Acaso te preguntarás:
¿Entonces, qué ha hecho el ser humano en los 25.000 años de vida que aproximadamente tiene desde que apareció sobre la tierra?
¿En qué ha perdido tanto tiempo?
¿Por qué no se ha logrado superar más?
¿En qué ha desperdiciado sus energías y su talento?
¿Por qué apenas tú, y algunos cuantos jóvenes de hoy, tienen la alegría de un mundo dotado de avances?
¿Por qué no hay vacunas para todas las enfermedades?
¿Por qué aún no se puede prolongar la vida del ser humano?
La respuesta es triste: la ambición de riquezas para el simple lucimiento del pavo real vanidoso que ha sido la humanidad durante mu-cho tiempo, sin tomar conciencia de sus horribles patas, es una de las causas.
Pavo real que un día puede morir para siempre... en una guerra.

TRECE

Muchos años tardaron los primeros hom-bres sobre la tierra en descubrir el fuego, la agricultura, la domesticación de los animales.
Los primitivos orígenes del ser humano paseaban hambrientos por la superficie de nuestro planeta.
Eran simples bestias muy parecidas a los monos, pero mas débiles e insignificantes.
Expuestos al riesgo de extinguirse, el reino animal parecía no querer darles mayor oportunidad.
Por azar se alimentaban, por azar se protegían.
Ningún día, ninguna noche se encontraban completamente seguros.
Parecían condenados a morir.

CATORCE

Y a pesar de su debilidad, entre ellos había desacuerdos y las rivalidades surgían constantemente.
No se unían para superar sus flaquezas.
El más fuerte, como los animales, vencía.
El más poderoso de una horda luego se peleaba con el más poderoso de otro grupo que por allí llegaba con el fin de quitarles su comida o sus cuevas.
Y en vez de unificarse, las dos tribus peleaban por la supervivencia.
Se dividían y la Naturaleza triunfaba sobre ellos.
Como con las bestias.
Como todavía hoy, en nuestros días...

QUINCE

Pronto ya no fue el más fuerte quien dominaba, sino el más astuto, el que había aguzado su inteligencia y había observado mejor, tanto a la Naturaleza, como a sus congéneres.
Así, el más conocedor y el más fuerte, se confabularon para dominar a su grupo y lanzarlo en contra de otros grupos que tenían más que ellos.
Si triunfaban, sus súbditos se constituían en mayor número y los esclavizaban.
El más conocedor y el más fuerte, ahora ayudado por su grupo original, mandaban sobre los conquistados.
Y a fuerza de guerra, los intereses egoístas y comodinos de unos, se impusieron; como en los animales; sólo que con mayor refinamiento.

DIECISEIS

Un día los explotados se rebelaron y se produjo la lucha por tomar el poder o seguir en la esclavitud.
Y siempre, desde entonces, como en un horrendo cuento de crímenes, la historia fue una tremenda lucha donde las guerra constantes detuvieron el avance prodigioso de la mente humana.
Todavía hoy, enredados algunos en el afán de hacerse privilegiados, los hombres han perdido miles de años en distracciones animales, en pretextos asesinos, en vanidades fugaces.
Despilfarrando el tiempo creador, no se pudo realizar en tantos siglos, en tantos milenios, lo que apenas desde hace trescientos años, asombrosamente se ha venido logrando: telescopios, microscopios, vacunas, medicinas, fotografía, trenes, aviones, astronaves, informática, cibernética, ciencia.

DIECISIETE

Sólo en épocas de relativa tranquilidad, algunos escasos humanos, de los millones que han vivido como simples animales, sin aportar nada a la cultura, se aproximaron a lo que hoy tenemos.
Mientras casi todos se dedicaban al trabajo explotado para el beneficio de un rey cimentado en meras creencias y, en el descanso, a engañosas diversiones, algunos artesanos, ciertos agricultores, determinados curiosos, iniciaron el perfeccionamiento de la humanidad.
El sitio no se puede precisar, pero en todos los rincones del mundo brotaron esas mentes iluminadas.
Y ellos fueron los primeros que supieron la importancia de vivir en la paz.
Y aunque en sus respectivos tiempos y lugares frecuentemente los consideraban locos, o soñadores, o magos, o filósofos, ellos, con el prodigio de sus mentes y con sus manos, con sus manos y mentes, hicieron surgir los rayos luminosos de lo que hoy conocemos con el nombre de cultura, base del verdadero ser humano.
Ellos, practicaron la autentica misión que nos perfecciona: la creación.

DIECIOCHO

Para que exista cultura es necesario que haya paz.
Las mentes del ser humano requieren meditar, contemplar, trabajar creadoramente y concentrarse en sus investigaciones, en sus inventos, en sus aplicaciones.
Si hay guerra, se retrocede.
Si hay paz, pero sin impulso cultural, se degradan y brotan los vicios, los crímenes inútiles, la estúpida rivalidad de pandillas.
¿Has presenciado alguna vez cómo se destruyen los energúmenos inconscientes en las barriadas de las ciudades por tonterías egoístas?
¿O también en los pueblos por defender fatuos e inútiles orgullos?
Si se logra una paz donde se fomente la actividad cultural del ser humano, éste avanzará a grandes pasos para perfeccionarse como gran-de guía de la Naturaleza. Brotará una plena comprensión de todos y por todos. Será el triunfo del buen amar: la amistad, la entrega de lo mejor de uno, la verdadera solidaridad. Auténtica comunicación.
Los hombres y mujeres de lo futuro, los humanos cósmicos, nacerán de la paz creadora.

DIECINUEVE

¿Y cómo ha de lograrse una paz constante?
¿Cómo alcanzar un mundo sin guerra?
Compleja es la respuesta, pero no imposible de solucionar.
Comienza por dominar nuestros impulsos destructivos.
Sigue con la voluntad de comprender a nuestros semejantes.
Continúa a través de la inteligencia, de la reflexión, de la sensibilidad y la acción de las palabras.
Culmina venciendo nuestra vanidad, nuestro torpe orgullo y nuestros ridículos caprichos.
Tal vez por culpa de nuestro egoísmo nos parezca difícil, pero si triunfamos sobre la violencia, obtendremos la más grandiosa paz:
La paz interior, la paz que te permitirá ascender a las regiones de la mayor fuerza creadora y sentir el éxtasis de la plenitud, un algo como flotar, como la libertad total.
Como amor sin límites.

VEINTE

Así, evitando la injusticia; dando a cada quien lo que su trabajo creador merece; no abusando del poder; despertando los motivos para superarnos en bien de nuestra comunidad; valorando y respetando el esfuerzo de cada quien; utilizando la inteligencia creadora; sabiendo ser libres para amar todo lo que nos rodee y contribuir a su perfeccionamiento, forjaremos la paz.
Si amamos la Naturaleza y la cultura.
Si amamos nuestro cuerpo y a la humanidad.
Si amamos la vida del campo y de la ciu-dad.
Si amamos el arte, la ciencia, la técnica, tendremos que amar la paz.
Si amamos el bien, la verdad y la belleza asumiremos la comprensión que debe existir entre todos los humanos.


LIBRO X AMAR... SENCILLAMENTE AMAR...

Aquí, en orden y concierto,
se concluye en cómo perfeccionarnos
en la práctica del amar.

 

UNO

¡Qué enorme felicidad la tuya si vives en un hogar de amor!
Cuídalo. No permitas que se apague.
Deposítale las brasas de tu acción benefactora para que se vuelva eterno, porque hoy, más que nunca, el amor humano ha ido perdiendo fuerza y se ha debilitado hasta la agonía.
Y aunque en todos los tiempos ha faltado amor entre la humanidad, en nuestros días necesitamos hacerlo resurgir con nuevos ímpetus para enlazarlo con el amor universal que late en cada rincón donde se manifiesta la energía creadora de todo lo existente.
Ese es nuestro compromiso con la creación.

DOS

Y es que la palabra amar y lo que representa, aquello que en verdad debe hacerse, dar, sin esperar nada a cambio, no se corresponden con suma facilidad.
Alguien puede decir que ama, pero nunca demostrarlo con acierto.
O acaso confunda su práctica de amor con otras acciones que incluso lo llevan a logros contrarios.
Y viven equivocados en lo que creen que es amar.
Algunos piensan que se ama cuando se facilita totalmente el camino del triunfo y se logra tener fama de poderoso gerente o funcionario.
Otros imaginan que cumplen amorosamente al dar todo lo que un capricho del ser amado exige y creen que con obsequios comerciales les han hecho el bien.
Unos más pretenden que aman, porque sobreprotegen a sus seres queridos y no les falta nada material.
Por eso cuando no tienen dinero en abundancia, sufren.
Quienes lo tienen, se sienten emperadores del amor.
No obstante, también llegan a sentirse desolados, aunque no quieran, a pesar de sus riquezas o su poderío.
Y utilizan algunos artificios para huir de su miseria espiritual.

TRES

Las mayorías llegan a creer que amar es simplemente satisfacer el impulso de reproducción que todos los animales poseen para asegurar la supervivencia de sus respectivas especies.
Olvidan que eso sólo es parte de la Naturaleza que nos impulsa a vivir para perdurar, pero que en los humanos funciona además, para despertar nuestra esencia creativa.
Ignorando esto último, únicamente se quedan aislados en la esclavitud de sus sentidos, destruidos en un círculo vicioso del cual no quieren salir hasta que se dan cuenta: la vida así, mera biologicidad, ha terminado y la de ellos, fue inútil para la creatividad cultural que vivifica y nos aproxima a lo perenne. Muchos nunca toman conciencia de esto.
Entonces mueren, a pesar de haber dejado muchos hijos o tesoros.
Porque como sólo se dedicaron a explotar a los necesitados en pos de ganar dinero por el dinero mismo, dilapidaron su real fuerza creadora y sintiéndose engreídos gigantes, tan aparentemente altos, cayeron para siempre

CUATRO

Amar en su pleno sentido humano nos dirige a compartir, repartir con justicia, dar, cuidar, luchar para que se perfeccionen todos aquellos con quienes convivimos.
Y esto, parece que ciertas personas, o lo han olvidado; o no lo comprenden.
En nuestros tiempos la vida meditativa cada vez es más distante y por eso puede ser que no lo perciban.
Viven demasiado por fuera. No se dan cuenta de la unión que nos sostiene y que nos fortalece.
Esa unión de solidaridad creadora que nos distingue de la vida vegetal y animal comunes.
Esa unión que se da en el arte, en la ciencia, en la acción de amar.

CINCO

Y es que pocos han enseñado cómo amar en el transcurso de esa transformación que se da entre la bestia homínida que somos y el ser humano que debemos ser.
Muy pocos han llegado a formar sociedades llenas de amor, pues éste se ha vuelto tan particular, que sólo las madres y los padres dicen amar a sus hijos.
Por eso les compran muchas cosas. Por eso los llenan de egoísmos, de vanidades y no les fincan las bases del verdadero amar: responsabilidad, clara conciencia, inteligencia creadora, meditación, acción benefactora, voluntad de ser y dar.

SEIS

Si tus padres te han comprado este libro es porque te aman y porque sin duda tienes, si no lo suficiente, lo indispensable para sobrevivir.
Sin embargo, hay muchas familias y tantos niños que carecen de lo fundamental.
Lo menos que puede efectuar entonces nuestra grandeza de espíritu, es tomar un poco de responsabilidad en la acción de compartir con los demás, lo indispensable.
Y aquí arranca la verdadera razón de amar: tal vez lo que brindemos sea la base que firmemente sirva a un futuro científico, técnico, artista o filósofo.
Quizá sea el impulso para lograr una humanidad mejor, tan perfecta como la energía que la creó.

 
SIETE

Si tienes más de lo suficiente, qué fortuna la tuya. Posees entonces la dicha de compartir algo con los demás: un poco tal vez, pero que ha de darte la gran satisfacción de sentirte solidario, nunca aislado, del camino por donde se esfuerzan día tras día quienes luchan por formar la verdadera humanidad: creativa, responsable, consciente, llena de voluntad para perfeccionarse.
Si no lo tienes, alguien tomará tu mano y juntos avanzarán por el sendero del conocimiento.
Si no posees cosas, pronto tendrás las que tu esfuerzo creador merezca.

OCHO

Sin embargo, has de saber que, no poseer los objetos que la sociedad de consumo produce para satisfacer falsas necesidades, no nos conduce a la desgracia personal, como muchos piensan y se resienten. Tener o no tener coche, no es lo importante.
Cada quien vale por su capacidad creadora, por su talento, por su sabiduría, por el esfuerzo que efectúa para dar lo mejor de sí mismo a su comunidad y aportar la mayor contribución individual para la mayor felicidad de todos.

NUEVE

Si no tienes videolásser o el último disco del cantante de moda; si careces del pantalón que conquista o el refresco que seduce o el pastel que embellece, nada pierdes.
En cambio, corremos el riesgo de perdernos, si no controlamos nuestra vanidad y nuestro egoísmo.
Recuerda que la muerte es el destino natural de nuestro cuerpo. Sólo somos entidades biológicas pero tenemos la oportunidad y el privilegio de ser como la energía creadora que nos generó y que produjo todo lo que existe en el universo. También podemos ser creadores.
Y esa es nuestra misión como humanos: Ayudar a perfeccionar la vida cósmica desde nuestra Tierra, comenzando por ella.

DIEZ

En la historia de la humanidad han existido grandes hombres que se dedicaron a precisar en qué consistía amar y a ponerlo en práctica.
Todos ellos intentaron hacer comprender a la bestia homínida que la misión de los seres humanos sobre la Tierra y en el Universo, era realizar una labor de amor.
Había que continuar la perfección del cosmos y ayudar a la energía creadora a realizarlo.

ONCE

A la maravillosa energía creadora de donde todo procede : minerales, vegetales, animales, humanos, los diversos pueblos que han existido en el mundo, la han designado con muchos nombres.
Van desde los muy hermosos y poéticos, hasta los tremendamente sonoros y terríficos.
En ocasiones, la poesía que brota del arte la ha humanizado y nos ha hecho pensar que su conducta se asemeja a la de un sabio anciano, o a la de un iracundo hombre, o a la de una caprichosa o inocente mujer.
En otras, la imaginación, como loca, le ha otorgado características tan variadas como formas pueda tener la fantasía y las creencias.

DOCE

A la energía creadora le han llamado de diversas maneras los grandes sabios que pregonaba el amor hacia ella.
Zaratustra, el persa, la dividía en dos: Ahura Mazda, constructora; Ahriman, destructora.
Lao-Tze, de la vieja China, le nombraba Tao, el camino, donde se encontraba el Yin y el Yang, lo femenino y lo masculino que mueven la existencia.
Sidharta Gautama, el iluminado de la antigua India, explicaba que la inmovilidad era forma de ser plenamente feliz, pues al nada desear, nos deteníamos apacibles en el Nirvana para contemplar el movimiento sin fin de la energía creadora.
Moisés, el férreo patriarca hebreo, le llamaba como todo su tesonero pueblo, Yahvé o Jehová.
Y otro habitante de la vieja China, Confucio, le decía Chang-Ti: adorarla era adorar y respetar el pasado.
Josué, Joshua, el ungido, le oraba diciéndole simplemente:
Padre mío, que estás en los cielos... santificado sea tu nombre.
Tal vez por la sencillez de su amor, tuvo muchos discípulos que lo han conocido como Jesús, el Cristo.

TRECE

Así, todos los pueblos del mundo; ni uno solo por excepción, dejaron de asombrarse ante el misterio encantador de la energía creadora y la lista de sus nombres se multiplicó.
Los hindúes los crearon de acuerdo con sus manifestaciones y se habló desde entonces de Vishnú, Shiva y Brahma.
Los egipcios mencionaban a Akenatón; los griegos a Zeus; los nórdicos a Thor; los incas a Viracocha; los árabes a Alá; los Meshicas a Teotl Ipalnemohuani, la energía creadora por lo cual existimos todos, en fin, los europeos, a Dios.
Krishna, Mahoma y Quetzalcoatl fueron algunos de los que se han sentido comprometidos con la grande misión.

CATORCE

Desgraciadamente esas creencias que partían de la admiración, la gratitud, el respeto o el temor, fueron durante algunas épocas aprovechadas por los animales humanos para saciar su vanidad, su sed de poder, sus ambiciones y las mal utilizaron.
Ciertos individuos las usaron para imponer, asesinar, explotar.
Fueron pretextos.
Así, la vida de meditación creadora se desprestigió y dio paso a un materialismo vulgar, donde el dinero y las riquezas eran las aparentes soluciones al vacío de la mente humana.
Sólo algunos comprendieron la grandeza de la energía creadora y aprovechándola, los científicos, los filósofos, los artistas, trataron de explicarla y darle formas...

QUINCE

Todo lo que existe proviene de una perfecta energía creadora que brota y flota por todo el universo. Surgió de sí misma y para sí misma.
Ella ha generado las estrellas, el espacio, los planetas, las rocas, las plantas, los animales, los humanos.
Absolutamente todo viene de esta energía que es nuestro padre-madre, a la vez: lo más pequeño, lo invisible; o lo más grande, lo ciclópeo.
Desde la luz hasta la sangre.
Desde el oxígeno hasta los hombres.
No es algo en lo que se tenga que creer tras de un sistema ideado por la imperfección humana, sencillamente se ve en todo lo que nos rodea, se siente su presencia inconmensurable e incesantemente creadora.
Es la realidad de toda existencia en el cosmos infinito.
Y cada día crece más...
Nunca descansa.
Es campesino universal, es obrero galáctico.

DIECISEIS

Hoy sabemos que es verdad.
Todos somos manifestaciones diversas de esa energía creadora.
Y sus formas físicas son muy variadas.
Va desde una piedrecilla hasta un sol; desde una hormiga hasta una montaña; desde un árbol hasta una flor; desde una semilla hasta tú.
Todo es manifestación amorosa de la energía creadora.

DIECISIETE

La energía creadora es amorosa porque, a pesar de que a veces parece destructora, todo lo que persigue es el perfeccionamiento del cosmos y de cada una de sus manifestaciones.
Si algo falla, lo corrige, lo mejora; y si no es adecuado a la transformación grandiosa, lo transforma en un ser mejor.
Siempre elige un bien superior, sobre algo que puede ser negativo.
Por eso a veces parece cruel, y muchos pueblos han tenido miedo de eso que creen castigo.
¡No! Sólo es amar, sencillamente amar en verdad.
No todo es agasajo en el amor.


DIECIOCHO

La ciencia ha despojado a la energía creadora de fantasías inventadas por la ignorancia y los fanatismos, y como a una empolvada estatua deslucida, la ha limpiado hasta descubrir la verdad de su existencia.
Y aunque somos infinitamente pequeños, la energía creadora parece haber elegido a los humanos que habitamos su planeta Tierra, para ser, a su imagen y semejanza, como ella.
Seres llenos de acción amorosa: sencillamente creadora.
Sin embargo, como nuestra ignorancia aún es bastante, acaso en ciertos lugares del infinito cósmico existan otros seres como nosotros...
O tal vez muy diferentes.

DIECINUEVE

La acción de la vida, que es la filosofía brotada del conocimiento científico de la energía creadora, nos enseña que amar, sencillamente amar, es nuestro destino en el universo, tal vez compartido con otros seres en algún rincón del cosmos.
Amar, como la energía creadora día con día nos lo demuestra.
Ella-Él, siempre en constante transformación y perfeccionamiento.
Nosotros, como Él-Ella, debemos cumplir la vida.
Si nos distraemos en pequeñeces, nos alejamos de su resplandor eterno y nos perderemos en el vacío horrendo de los hoyos negros.
Si somos creadores, hasta en lo mínimo, irradiaremos felicidad a todo.
Seremos luz eterna. Votiva perenne de la vida.

VEINTE

Atiende pues, mi estrellita, mi solecito, mi colibrí, mi tierra florida, la felicidad se vuelve constante con una fórmula humilde y grandiosa a la vez:
                     Amar... sencillamente amar.

Amar sin esperar nada a cambio, sólo que lo que amamos sea mejor para que a su vez dé lo supremo de sí a los demás y constituir la gran cadena del verdadero amor humano.
Dar lo mejor de ti a cada segundo para que tú te perfecciones y ayudes a perfeccionar a los demás: Tu familia, tus amigos, tu campo, tu ciudad, tu planeta, tu universo.
El camino está abierto: sólo necesitas voluntad, autocontrol, estudio, meditación, inteligencia creadora, acción para mejorarlo todo: la Naturaleza, la cultura, tu cuerpo, la humanidad, el campo, la ciudad, el arte, la ciencia, la paz.