Ante los bárbaros: 04

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II


Hay una palabra que condensa la Vida, y, la llena toda: el Dolor;

y, hay para el hombre de pensamiento, a quien las multitudes están habituadas a escuchar, una forma indudable de ese deber; la de hablar alto y, sin miedo, en las horas trágicas de la Historia;

la musa divulgatriz de la Verdad, debe poseer su espíritu, atormentado por la adivinación del peligro, inspirado por los dioses del prodigio, por la visión anunciatriz de la catástrofe y, debe fulgurar en los labios proféticos, y, aletear en sus frases incendiarias;

su palabra, dominadora y, sugestiva, como una admonición y un sortilegio, debe pasar como una oriflama conquistadora, por sobre las almas atentas y sorprendidas, mudas en esa hora de su revelación;

su frase, incitativa como una caricia, magnífica como un crepúsculo, luminosa como un sol, debe vibrar sobre las multitudes, con el sonido augustal y, grave, de una lira dórica, pulsada por la mano de un Profeta;

como una rosa de oro y, púrpura, la palabra reveladora, debe brotar de sus labios prodigiosos;

como de un cornucopio mágico, toda la flora de la Elocuencia, todos los frutos de la Belleza, y, de la Verdad, deben fluir de su boca reveladora, hecha augusta, por la majestad del verbo anunciador;

y, su grito anútebo, debe sonar como una diana, en la calma somnolienta de los pueblos;

y, debe ofrecer la ninfa inagotable de la Esperanza, al labio sitibundo de la Multitud, ardiente y, pueril, exhausta de ideales; y, debe, como la figura del cristo mitológico, proyectar la fiera mansedumbre de su virtud esquiva, sobre las ondas en furia del incalmable mar humano, misterioso...

la caricia brutal de su palabra denunciadora, debe pasar por sobre la multitud, como una ala de fuego, y, debe aplicar el beso sangriento de sus labios vengadores, sobre la máscara deforme del grande Enigma de Inconstancia y Dolor. La muchedumbre;

y, su Verbo, embriagador y, despótico, capcioso como un licor, vibrante como un Efinicio, debe sacudir la cabeza de esa Multitud, - fiera dormida- y, despertar en ella toda la brutalidad de sus pasiones atávicas, pasiones heroicas, salvadoras en la hora del peligro;

y, a su acento, los pueblos deben sentir la vibración sonora de una heroicidad ancestral vibrar en ellos, la levadura épica de generaciones guerreras hervir en su sangre, el grito sonoro del combate, subirse a la garganta, como una marea de grandes olas bélicas, mientras la Visión de púrpura y, de luz, la radiosa visión de la Victoria, les arde las pupilas como un deslumbramiento;

tal es el deber del hombre de pensamiento, en la hora que precede a la conquista;

y, los lustros son horas, en la vida de los pueblos;

y, la hora de la conquista ha sonado en América;

¡la hora fatal!

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porque el momento es doloroso y, solemne;

porque la caricia pérfida viene del Norte, fría como el ala de un halcón de la Groenlandia. Disimulada y, brutal, como la garra de un oso polar;

porque los hijos de Jacob, llaman a su hermano y, le hacen señas a orillas de la cisterna, desde la puerta de la tienda del mercader egipcio;

porque José, cándido, va hacía ellos, y, vendido será y, hecho esclavo y, en esclavitud morirá, porque la ciencia de los sueños ha acabado, y, la serpiente del mago no se retira ya al conjuro adolescente;

porque el lobo del Septentrión, ríe a los corderos del Sud;

porque las palomas acuden al grito del milano;

porque es la hora crepuscular vecina de la Noche;

porque la vida sería vil, si el culto del deber no la llenara;

porque del deber lo sublime es el dolor;

porque el deber no sabe del Éxito;

porque ha llegado la hora del deber, la hora de la palabra admonitriz;

y, es la hora del crepúsculo sobre los cielos; y, de la conquista sobre la tierra;

la hora en que los pueblos dormidos van a ser encadenados;

es la hora del grito en las conciencias;

es la hora de arrojar sobre los corazones, la semilla de la Rebelión, del Heroísmo y de la Gloria;

es la hora del sembrador.