Ante los bárbaros: 05

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III


¡Todo parece inclinarse bajo el ala formidable!

la cerrazón del horizonte aumenta el pavor de la hora trágica;

¡bajo el cielo lívido, el pájaro sangriento!

el águila imperial señorea sola, omnipotente en el espacio desolado... sus alas ocultan el sol de la justicia;

y, el mundo tiembla, bajo las garras del ave carnicera;

no recuerda la mente de la Historia, otro momento de pavor igual;

el águila del Lacio, cubrió con sus alas toda la extensión del mundo conocido, pero perseguida fue por los halcones furiosos de Cartago, por los cernícalos de Tartaria, por los pájaros negros del desierto, que en nubes tumultuosas, eclipsaron un día de sol de la Victoria;

y, herida fue, y, desplomada cayó de lo más alto de los cielos, y, la tierra bebió su sangre, y, se clavaron bajo sus alas, todas las flechas de la derrota, todas, hasta la flecha del Partho fugitivo;

el águila anunciatriz de las legiones, dominó el mundo, pero dejo un reguero de plumas del Ponto al Eufrates, y, de Farmacia al Ebro;

y, ¡asustada tembló un día! Tembló ante el hijo de Amílcar Barca;

tembló, ante la mirada del Cíclope;

aquel ojo formidable, brillaba como un sol de sangre, al día siguiente de Cannes;

y, el águila del Sena, también cubrió con la sombra de sus alas el mundo sometido; y, su vuelo de simoun despertó ejércitos, y, aventó pueblos, como arenas del desierto;

y, con el sol, que la Gloria hizo para ella la mañana de Austerlitz, vio huir despavoridos, ante el furor de una pupila roja; las águilas de Federico, y las de Habsburgo, y, la nube de aguiluchos emblemáticos de la heráldica sajona; con gritos de pavor, exangües, desplumados, como una bandada de gaviotas fugitivas;...

pero, vencida fue a su turno, y, acosada, y, herida en Badajoz, y, chamuscada en Zaragoza las plumas ensangrentadas, y, expulsada por el incendio de las torres y, minaretes de Moscú, y azotada por la nieve en Teresina, y, rotas las alas en Waterloo, y, arrojada por la tempestad en un peñón abrupto para morir allí, nostálgica y bravía, entre la inclemencia del cielo y el mar, y la cólera implacable, la salvaje fiereza de un pueblo sin piedad;

¡hoy, no hay contrario para el águila sajona de América!

los corceles alados de la conquista, llevan por todo el Orbe conocido su cuadriga incendiada;

y, en este Apocalipsis del Derecho, parece que Arcángeles monstruosos, vuelta la faz a los cuatro puntos del horizonte, anunciaran en sus trompetas, la ruina total de los débiles, y, el triunfo definitivo de la fuerza;

las hordas adventicias del pillaje, llenan el mundo, y, los perros que lamieron la sangre de Jetzabel, aúllan en la sombra, cerca al cadáver insepulto de pueblos despedazados;

la nave de la Equidad humana, ha hecho naufragio;

arrojada fue sobre los arrecifes de la barbarie, como la galera de Cleopatra sobre las costas de la Táurida;

el siglo XIX, reclinó en el seno de las edades muertas su frente cargada de desastres, y, murió en un estremecimiento de horror, en la derrota definitiva de todos sus ideales;

el sol del nuevo siglo, se alzó sobre un horizonte cárdeno, mientras el rumor de los pueblos esclavos o vencidos, llenaba el espacio, semejante al grito de los seis mil samnitas degollados en el Circo;

y, el templo de Marte, con sus puertas sobre la colina sangrienta, preparó sus altares para nuevos sacrificios;

hasta llegar a esta hora de la sangre; a esta hora roja!

¡la hora del Terror y, la Conquista!