Antonieta

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Cuando nuestros primeros padres fueron expulsados del Paraíso después de haber cometido el primer pecado, el diablo, a quien el Arcángel había hecho huir a los infiernos, con sus uñas se abrió una salida por el corazón de las rocas, apareció en lo más alto de una elevadísima montaña, que a su contacto se convirtió en volcán; sentose en su boca que vomitaba lava ardiendo, que, a pesar de ser muy roja, no lo era tanto como las carnes del demonio, que estaban encendidas por la ira, que es el fuego que más quema; batió sus alas que despidieron chorros de chispas, y poniendo una pierna sobre otra, paseó sus miradas por el mundo y vio a Adán y Eva ocupados en el trabajo, al que pedían el pan que habían de ganar con el sudor de su frente.

El diablo sonrió, y del hálito que entonces se desprendió de su boca, se formaron nuevos nubarrones, tan espesos que parecían piedras suspendidas en el espacio; y sus labios pronunciaron estas palabras, mientras sus infernales ojos estaban clavados en nuestros primeros padres:

-Estáis condenados a comer el pan con el sudor de vuestra frente y a atender a todas vuestras necesidades. La satisfacción de ellas y el instinto de la propia conservación harán que el hombre olvide a sus hermanos por no pensar más que en sí mismo. Ha nacido un nuevo pecado: el egoísmo. Con él, mío es el mundo.

A medida que el diablo hablaba, los nubarrones eran más densos y rugía con más fuerza el volcán, despidiendo torrentes de lava que formaban un lago a su alrededor. Arrojose en él y se zambulló repetidas veces agitando los brazos, las piernas y moviendo las alas. Rocas como montañas eran despedidas a grande altura y se derretían convertidas en lluvia de fuego. Luego volvió de un salto a la boca del volcán y repitió extendiendo sus garras:

-¡El egoísmo me hará rey del mundo!

Sonó una voz dulcísima en las alturas, y despejose el firmamento y apagose el volcán, y el lago que formaba la lava se convirtió en una hermosa pradera. El diablo rugió al oír aquella voz, que dijo:

-¡Réprobo! Nunca lograrás que el egoísmo te haga rey del mundo, porque siempre quedará el amor, reflejo del amor divino, en el corazón de la madre.


El diablo volvió a rugir, y el Arcángel exclamó:

-¡Ve, maldito de Dios, a los infiernos!

La tierra se abrió y hundiose el demonio.

Y pasaron muchos años, muchos años; tantos, que forman siglos, muchos siglos.

Y dentro de una habitación había una cama, y en ella una niña hermosa como el sol, con los ojos cerrados, la boca amoratada y su bello rostro encendido por la calentura.

Al lado de la cama estaba sentada una mujer tan hermosa como la niña, que no apartaba la mirada de la enferma, que era vida de su vida, sangre de su sangre y alma de su alma; y los labios de la madre murmuraban:

-¡Virgen Santa! ¡ampara a mi hija, ampara a mi Conchita!

Y sus párpados se cerraron porque hacía muchísimos días y muchísimas noches, no se sabe cuántas, que su hija estaba enferma, estaba muriéndose; pero ella imponía la fuerza del amor de madre al cansancio de la materia.

La enfermedad progresaba, progresaba, y ella tenía puesta su confianza en Dios y en la Virgen.

Un día sus párpados llegaron a cerrarse y pareciole oír una voz extraña que le decía:

-Piensa en ti.

Ella se levantó asustada, porque aquella voz le había espantado, y contestó:

-Pienso en mi hija.

Y cuando algunas horas después el sueño comenzó de nuevo a vencerla, la misma voz le dijo:

-Descansa.

-No, contestó la madre: mi hija me necesita, porque sufre.

-La fatiga te abate. Tu hija morirá; no puedes salvarla.

-¡Dios lo puede todo!

La madre rezó, rezó mucho. Al día siguiente oyó la misma voz que le decía:

-Si te concediera una cosa, a tu elección, ¿pedirías ser reina?

-No.

-¿Todo el oro que contiene el mundo en sus entrañas?

-No.

-¿Tu dicha?

-Sí.

-Te concederé la dicha si te duermes, porque sólo tus cuidados sostienen la vida de tu hija y son bastante poderosos para luchar con la muerte.

-¡Es que mi dicha consiste en la salud de mi hija! exclamó la madre.

La voz calló, pero volvió a resonar a las pocas horas y le dijo:

-¿Y si tu hija tuviese otras enfermedades que la dejasen fea, horrorosa?

-Siempre sería hermosa para mí.

-¿Y si fuese ingrata?

-No lo sería, pero aunque lo fuese, yo sería dichosa si ella fuese feliz.

-¡Amor sin recompensa!

-¡Amor de madre! ¡amor divino!

Oyose algo parecido a un rugido. La voz continuó:

-¿Por qué amas tanto a esta niña?

-Porque es mi hija.

-¿Qué recompensa esperas?

-Su amor.

-¿Y si llegara a odiarte?

-¡No será!

-¿Y si fuera?

-¡La amaría yo!

Pasó aquella noche y aumentó la calentura y aumentó el letargo; y Antonieta, que así se llamaba la madre, no se movió del lado de la cama ni dejó de rezar.

Poco antes de amanecer, la misma voz volvió a resonar en los oídos de la madre y la dijo:

-Otra noche perdida.

Antonieta no contestó: siguió rezando.

-Oye, prosiguió la voz: yo puedo revelarte secretos que no ha penetrado la ciencia y sabrás en qué consiste la enfermedad que mata a tu hija.

-Hazlo, contestó la madre con vehemencia.

-Mira, dijo la voz.

La madre miró, y vio un ser invisible llamado miasma, horroroso, que corrompía la sangre de Conchita.

Antonieta lanzó un grito de espanto.

El demonio se dijo:

-Comienza el miedo y con él el egoísmo.

Luego añadió de modo que la madre le oyese:

-Continuaré revelándote secretos que aún no ha penetrado la ciencia: puedes curar a tu hija.

-¿Cómo?

-Besándola en la boca: al besarla el miasma pasará de su cuerpo al tuyo. Ella sanará y tú morirás.

Oyose un fuerte beso seguido de un rugido. El beso lo daba Antonieta en los labios de su hija Conchita; el rugido el diablo.

La niña comenzó a curar. La madre a enfermar. Al sentirse postrada por la calentura, Antonieta murmuró:

-¡Dios mío, Virgen Santa! ¡permitidme que muera pronunciando vuestros santos nombres y el de mi hija!

Y murió pronunciando los santos nombres de Dios y de la Virgen y el de su hija Conchita, al amanecer de un día de noviembre, cuando el sol esparcía carbunclos en las aguas del mar, doraba los picos de las montañas y encendía las nubes.

Los ángeles recogieron el alma de la madre en sus brazos y la llevaron al cielo; mientras Conchita, ya recobrada la salud, dormía y sonreía porque sin duda veía a su madre en compañía de los ángeles.

Y al llegar a la presencia de Dios, Antonieta se arrodilló ante su trono y le dijo:

-Señor, Dios de las alturas; permíteme que mientras mi hija viva te ruegue por ella al cantar tus alabanzas.

Al mismo tiempo que tal súplica dirigía Antonieta al Eterno en el cielo, el demonio bramaba en el infierno, y el acento del Ángel resonaba en el espacio y decía:

-¡Réprobo! Nunca lograrás que el egoísmo te haga rey del mundo, porque siempre quedará el amor, reflejo del amor divino, en el corazón de la madre.