Artículo sangriento

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Algunos días hace no puede uno coger los periódicos de Madrid sin mancharse las manos de sangre.

Inspirados en la lectura de ellos, estos párrafos, necesariamente han de estar ensangrentados.

Hago esta salvedad al principio para que el Gobierno provisional, al ver tan rojas estas columnas, no las tome por republicanas y me pida un fusil, que ni por galantería me ha ofrecido.

Fusil dije, y aquí me paro, supuesto que estoy con las manos en la sangre, digo, en la masa.

Ya saben mis lectores lo que pasó en Cádiz y tampoco ignorarán lo que acaba de suceder en Málaga. Pero si no tienen noticias detalladas de lo uno ni de lo otro, quédense en mi ignorancia, pues estos detalles son más fuertes que mí voluntad, y aunque los conozco, tengo que callarlos.

Coleando todavía dentro de Cádiz la profesión del Caballero de Rodas, estaba llamando a las puertas de Málaga, guardadas por los voluntarios de la Libertad.

-¿Quién va? -gritaron los de adentro.

-Gente de paz -respondieron los de afuera.

-¿Qué buscan?

-Vuestros fusiles.

-Pues entren por ellos.

Y los que llamaban entraron, y los que estaban dentro los recibieron a balazos, quizá al grito de «¡Viva la fraternidad!».

Los recién llegados correspondieron, al saludo con idénticas demostraciones fogosas, añadiendo a fuerza de generosos algunas grageas que repartieron la escuadra de Topete y el castillo de Gibralfaro. Figúrense ustedes lo demás.

Para ayudar un poco a la imaginación, alúmbrense con este tizón que tomo de la Gaceta:

«Posesionadas las tropas de toda la ciudad, y apagado el incendio que se produjo en dos casas en la mañana de ayer, se procedió a enterrar los cadáveres; se llevaron los heridos a los hospitales, se recogieron las armas y se publicó un bando para que todas fueran entregadas en el término de tres horas».

¿Es cosa de cuidado lo que ustedes han visto a la luz de estos incendios?

Pues así y todo, me guardaré muy bien de echar sobre el pueblo de Málaga, ni sobre el Caballero de Rodas, la responsabilidad de la catástrofe. Dios, que los conoce más a fondo que yo, los juzgará.

Pero me es imposible pasar sobre esos sucesos sin detenerme ante los cadáveres y los escombros humeantes que fueron su consecuencia inmediata, cuadro consolador digno en todo y por todo de los tiempos de Atila.

«¿Y por qué tantos horrores?», me pregunto delante de ellos.

A lo cual contesta el Caballero de Rodas con la siguiente alocución:

«Soldados: La víspera del combate no he querido dirigiros la palabra, como es costumbre en la guerra, porque tratándoos de cerca con esta larga excursión que venimos haciendo en favor de la causa del orden y de la Libertad, sabía que no necesitabais estímulo para cumplir con vuestro deber; mucho esperaba de vosotros, pero en la memorable jornada de ayer habéis superado a todas mis esperanzas».

La contestación, como se deja comprender, no me tranquiliza gran cosa.

La busco más satisfactoria entre los vencidos, y responden por ellos los órganos de la idea... «Los héroes de Cádiz se han reproducido en Málaga... Así obran los pueblos dignos de ser libres; así se conquista la libertad».

No me satisface tampoco esa respuesta; pero la pongo junto a la primera, y observo que las dos tienen la misma base.

El Caballero de Rodas ametralla a Málaga en nombre de la Libertad, y los malagueños ametrallan al Caballero de Rodas en nombre de la Libertad.

Esto me recuerda a Espartero arrasando a Barcelona y a Sevilla con igual disculpa.

Y es claro: los hombres pasan, pero las ideas permanecen. Lástima que la lógica no pase también como los hombres. Porque entonces Cádiz y Málaga, Sevilla y Barcelona, bombardeadas por los españoles, tendrían algo que echar en cara a Zaragoza y a Gerona, y los liberales indígenas algún derecho para llamar bárbaro al extranjero Bonaparte.

Entre tanto, la libertad es lo contrario de la tiranía, de la opresión, del atropello, del derecho del fuerte sobre el débil, de la barbarie...

Esta contradicción me confunde más y más, y me decido a discurrir por cuenta propia. Entonces vislumbro a los hombres del Gobierno más allá de Alcolea, pidiendo, con arrullos y caricias, auxilio al pueblo para derrocar una situación «degradada y envilecida». Veo después triunfar la revolución y confundirse en un estrecho abrazo los entorchados, los fraques y las blusas que la consumaron; oigo a los primeros llamar soberano al pueblo, y veo que, en nombre de la razón y como símbolo de sus derechos, y como cetro de su soberanía, le dan un fusil en vez de darle unos zapatos nuevos y unas leyes paternales. Veo más acá a esos mismos hombres temblar ante su propia hechura y, como la pastora de la fábula, mentir amores y caricias para limar los dientes al león.

Pero el de la historia no es cándido, y responde a los golpes de la lima con arrullos de barricada.

¿Y qué menos ha de hacerse para corresponder dignamente a la admiración con que nos contempla la Europa?

Si el comercio se lastima, si la moral se relaja, si las familias huyen aterradas si el hogar se atropella, si los pueblos se arruinan, ¿qué vale eso? ¿No quedan grados para los vencedores, presidios para los vencidos y presupuesto abundante para los adictos al Poder?

-¡Oh, el estómago, el estómago!

¡Qué perspectiva dejan de ver los que le tienen sobre los ojos!

Cádiz, cubierta de luto; Málaga, anegada en sangre; Córdoba..., ¿quién sabe lo que será de ella si su pueblo da en la manía de creer también que la libertad se conquista y se defiende a balazos?

¿Y qué será de España entera si se enamora de esa teoría y el triunfante ejército del Caballero de Rodas, cegado en la sangre de Andalucía, se echa a recorrerla toda?

Porque hay graves motivos para temerlo.

«La patria os debe por ello eterno reconocimiento y gratitud profunda vuestro general en jefe».

Así concluye la alocución del Caballero de Rodas. Y quien dice por quinientos cadáveres más o menos, ¿qué no dirá por quinientos mil?

Si la patria debe por ellos «eterna gratitud» a los matadores, ¿qué no les deberá cuando la conviertan en un vasto cementerio? ¿Y qué no serán capaces de hacer esos patriotas por merecerlo?

La patria agradecida a sus propios hijos porque la inundan de sangre fratricida.

Así se habla siempre de lo que no se conoce.

La patria empobrecida, herida en sus más caros intereses, cubierta de luto, maldice desde lo íntimo de su corazón a sus hijos desnaturalizados que, con una u otra bandera, y so pretexto de redimirla, la ultrajan y la esclavizan y la arrastran sobre el fango de todas las malas pasiones al abismo de su ruina.

A la patria la veréis cuando se haga la verdadera revolución: la que no se ha echado a la calle jamás; la de los hombres honrados contra las pandillas políticas; la de los que pagan y producen, contra los que absorben y devoran.



(De El Tío Cayetano, núm. 10.)

10 de enero de 1869.