Bandera blanca

De Wikisource, la biblioteca libre.
Saltar a: navegación, buscar

Bandera blanca
de Arturo Reyes



- I -[editar]

Razón, y no poca, tenía el señor Pepe el Cerote para sentirse con la boca un tantico amarga en el momento en que lo sacamos a relucir, que sabido es que nunca supieron a nadie a azúcar de pilón, ayunos de los que nada tienen que ver con los que la Iglesia impone, y la mañana a que nos referimos en vano exploraron los ojos de nuestro ya casi caduco protagonista los rincones donde, cuando el día anterior había tenido el matrimonio algo con que hacer por la pícara existencia, solía encontrar también algo en que emplear, de modo gratísimo, sus desdentadas encías.

En vano exploró -repetimos- aquellos rincones y convencido de lo estéril de su busca tornó los dolientes ojos el tío Cerote a la señá Rosario, su apergaminada consorte, y díjole con acento tristísimo y con profunda expresión de desaliento:

-Güena mañanita, chavó, güena mañanita, señá Rosario.

-Pero qué querrás tú, don Cerote -exclamó la vieja incorporándose bruscamente con los ojos chispeantes de indignación- si querrás tú que con tres riales que me diste por Pentecosté y entre ellos una perra gorda con tosferina, te tenga yo a pasto y a toas horas bizcochos, mostachones y chocolate de la Riojana; ¡pos ni que estuvieras pagando un pupilaje en el Recreo!

El señor Pepe aguantó, canturreando con voz cascada unas guajiras, el aguacero aquel con que hubo de obsequiarle su irascible compañera y cuando ésta concluyó, díjole con voz reposada al par que se colocaba sobre el encanecido pelo una gorra que a juzgar por sus apariencias debía venir prestándole servicios desde sus remotas mocedades:

-Camará, pos lo único que me faltaba era eso, que tú me salieras por seguirillas; ¡pos güena está pa tafetanes la Malena!

-Pos eso digo yo; si te creerás tú que yo soy una camaleona; lo mismo o más me mojo yo que tú cuando llueve, y sin embargo, me echo mi hilván en la boca y me pudro y me repudro, porque como sé que a ti te duele lo que a mí me duele ¡pos velay tú!

-Güeno, se acabó, ¿sabes?, se acabó y yo me voy a ver si arremato una composturilla que me llevaron hier tarde de casa de la Curruquito y a eso de la diez te dejas caer por aquellos manchones pa que lleves a la Curruquito el zapato y le cobres una peseta que fue en lo que se ajustó la compostura.

-¿De la Curruquito?, ¿una peseta de la Curruquito? ¡Como no te pongas lentes!

-¿Qué?, ¿que no me paga la peseta?, pos no le doy el zapato y va a tener que dejarse en casa, cá vez que salga, uno de los pinreles, el dizquierdo, por más seña.

-Eso es, y con el zapato jacemos nosotros una paella a la valenciana.

-En fin, de toas maneras yo me voy y ya veremos qué es lo que hoy la suerte nos depara.

Y diciendo esto salió el señor Pepe, todo lo rápidamente que se lo permitían sus dolamas, de la habitación que habitaba en uno de los más conocidos corralones del barrio de la Goleta.


- II -[editar]

Invadía el sol con su radiante oleada de luz la mitad de la calle de Huerto de Monjas, calle estrecha y de humildes edificios, decorados casi todos en rejas y balcones por tiestos y macetas, donde a la esplendorosa luz de la mañana fulgían como rubíes los geráneos, las dalias rojas como perfumados purpurinos panales, y como de amatista las campánulas que salpicaban los verdes faldellines de las flotantes enredaderas. Faltábale manos con que despachar a su numerosa parroquia a Currita la Cardenales, que se movía y removía ágilmente entre los cestos de legumbres con cuyo producto ganábase el sustento y recompensaba a su hombre del casi cruento sacrificio de tener que soportar a diario su falta de narices, acompañada de no bien olientes emanaciones y su fecundidad aterradora; Juan el Barbero, cruzado de brazos en el dintel de su establecimiento, en mangas de camisa, limpio, riente y gallardo, aguardaba a que reclamara sus servicios alguno de los ternes que figuraban en su lucidísima clientela; entraban y salían, en animado bulle bulle, en casa del Zocato los interesados, por devoción, en la prosperidad de Carcabuey y Cazalla de la Sierra; chirriaba la masa en la sartén del tío Paco el Tejeringuero; departían acá y acullá las vecinas y los vecinos en pintorescas agrupaciones con charla alegre y zumbona, y la numerosa prole de aquellas y de aquellos bullía doquier en alocados bandurrios y con resonante gritería.

-¿De aónde tan trempano? ¿Se ha estáo esta noche de imaginaria? -preguntó Pepe el Sincamisa con voz irónica al señor José el Calderero.

-No, hijo mío -repúsole éste sonriendo de modo casi evangélico-; de lo que vengo es de partear a tu hermana la soltera.

Y sin detenerse el anciano a oír lo que el Sincamisa pudiera contestarle, se dirigió hacia el extremo de la calle, donde ya, sentado frente a su mesilla de trabajo, luchaba denodadamente el señor José el Cerote por conquistar el tan codiciado desayuno.

-Dios te guarde, mal remendón, y cómo se arrempuja pa que no falte puchero que espumar en tus cubriles -exclamó el Calderero deteniéndose delante de aquel y mirándolo con afectuosa expresión.

No dijo mal el que dijo que donde no hay harina todo es mohína, que mirando el Cerote a su amigo por encima de las gafas repúsole con acento colérico y agresivo:

-¡Y será mucho lo que a ti te importará que a mí la necesiá me arrempuje o no me arrempuje!

-Hombre, te diré, importárseme a mí eso..., pos la verdá, mucho no se me importa, pero sí me están dando ahora mismo ganas de llorar por los parneses que se gastó el que te trajo al mundo en que te educaran en el colegio de la Cinta.

-¡La puñalá que le den al mengue! -exclamó en airada actitud el zapatero al par que miraba a su amigo con ojos fulminantes.

-Menos cacareo y menos puñalá -exclamó el recién llegado- mirándolo también con expresión de reto al par que se llevaba de modo inconsciente la mano a la faltriquera.

-No, menos no, más sí -balbuceó rabiosamente el Cerote, a la vez que empuñaba la chaira con mano temblorosa.

-¡A la guardia!, ¡a la guardia!, que se matan -gritó interponiéndose entre ambos la señá Pepa la Madrugona, y

-Ve con la Divina y con tos sus querubines que ya nos veremos; que yo te juro que nos veremos -exclamaba momentos después el tío Cerote, procurando inútilmente desasirse de los que lo sujetaban para acometer al Calderero, al que se llevaban casi en volanda algunos de los vecinos que habían acudido al desesperado gritar de Pepa la Madrugona.


- III -[editar]

Cuando la noticia de lo que había pasado llegó a oídos del Melindres, ilustre unigénito del Calderero, que llegó por conducto de Joseíto el Tulipa, uno de sus compadres de más alta jerarquía, quedose meditabundo el muchacho, enarcó las pobladas cejas, rascose sin necesidad la cabeza, echándose al hacerlo, sobre la frente el amplísimo pavero, y murmuró con voz de un tantico alcoholizadas inflexiones:

-Pos lo siento, chavó, porque eso puée traer su miajita de cola.

-Ca, hombre, si no ha sío ná, que el Cerote como entoavía no se ha desayunao, sigún dice la señá Rosario, estaba el hombre que jacía la barba y le sentó mal una groma que le dio tu bato y le contestó mal a tu bato y como tu bato si es miel por la güena por la mala no tiée ná de azúcar cande, ¡pos velay tú!

-Pos eso hay que arreglarlo antes que las cosas pasen a mayores, que yo conozco mu bien al señor José, y el señor José es de los que no perdonan un pisotón manque lo aspen; ¿tú te enteras?

Y convencido el Melindres de lo cierto que era lo que decía, izó el ancla y salió a toda vela con dirección al establecimiento portátil del irascible zapatero, y

-Güenos días, agüelito -exclamaba deteniéndose delante de éste, algunos minutos después.

-Güenos días -repúsole el anciano con voz apenas perceptible, al par que se entretenía en encerar un cabo con manos temblorosas.

-Y qué, señor Pepe, qué ha sío eso que ha pasao entre dos tan güenos amigos como lo fueron siempre usté y aquel por mo del cual vino ar mundo mi presonita gitana.

-Ná, si no ha pasao ná, arsolutamente ná -exclamó el viejo con voz irónica y amenazadora expresión.

Sí, si yo sé lo que ha pasao, pamplinas pa canarios y pa mistos de canarios y, como la cosa no merece ni una escupitina tan siquiera, por eso me he venío yo de mis palomares con la rama de oliva en el pico, porque se me ha puesto sobre el corazón que se hagan ahora mismito las paces; ¿usté se entera?

-Déjame a mí de paces y güérvete a tu palomar y llévate en el pico ese ramito de oliva, que mardita la falta que me jace.

-Yo qué he de dirme, señor José, sin que me dé usté gusto; ahora mismito, que quiera usté o que no quiera, lo cojo a usté del brazo, nos vamos a ca del Peluso, aonde estará a estas horas mi bato, nos meteremos en ca der Peluso, se tiran pelillos a la mar, nos sentamos, tocamos las palmas, mos pregunta el Cabezota qué es lo que queremos, le peímos tres púrpitos de café con su miajita de lo que arde, dos cortaos, por barba, del que Yunquera y dos libras de buñuelos que los jace la jembra der Peluso, que los jace como los propios ángeles, y en dispués, en dispués... ¡lo que Dios quiera!, con que señor José, yo creo que lo que he platicao no está der tó mal platicao.

El rostro del tío Cerote a medida que aquel hablaba había ido perdiendo, poco a poco, algo de sus agresivas rigideces y, cuando aquel hubo puesto fin a su tentadora y hasta casi bien oliente perorata, repúsole haciendo por cerrar los ojos a la atrayente perspectiva con que pretendía matar en flor el Melindres sus vengativos propósitos:

-No, muchas gracias, primero que pa jacer unas paces sa menester que haiga guerra; segundo que yo no tengo ganas ni de abrir la boca, y tercero que estoy esperando a mi uva pasa que ha dío a ver si cobra una composturilla a Elisa la Curruquito.

-Toma, pos mejor, asín seremos tres los que diremos a ca der Peluso.

-¡No te digo que no!, que muchas gracias, que no tengo ganas ni de abrir la boca.

Y al decir esto, un enorme bostezo púsole casi totalmente al descubierto las mal pobladas encías.

-Pos allí viene ya la señá Rosario -decía momentos después el Melindres, mirando hacia el extremo de la calle por donde aquella avanzaba con paso lento y abatida actitud, paso y actitud que hicieron exclamar al señor José con voz que era un último adiós a una moribunda esperanza:

-¡De verano!, ¡pero que de verano!- y

-¿No te lo decía yo?, jasta mañana si Dios quiere, y si es que le toca la lotería -exclamó la vieja arrojando sobre la mesilla el zapato de la Curruquito.

El señor José miró a su compañera con ojos tristes, pensó en lo bien que le sentaría a ambos la prometida buñolada; fueron esfumándose rápidamente en su imaginación sus belicosos propósitos, y

-Pos vamos pa allá y coste que lo jago por darte gusto, na más que por eso, porque lo que es yo no tengo ganas de pasar bocado -repúsole al Melindres, cuando éste, llegado que hubo la señá Rosario, incorporose diciendo:

-A ca der Peluso y más vivo o sos mando a dambos a la grillera.

Y una hora después, repleto el estómago de masa sabrosísima, coloreada la rugosa tez y chispeantes los ojos, decíale el del Cerote al señor José el Calderero, mientras la señá Rosario platicaba con el Melindres:

-Mira, José, que te lo encargo mu de veras, mira que vamos a perder las amistades si no lo jaces, mira que yo necesita que de cuando en cuando me faltes al rispeto, pa que en dispués vea yo venir este palomo con la rama de oliva en el pico.

Y al decir esto golpeaba cariñosamente en un hombro al Melindores el señor Joseíto el Cerote, el más belicoso de todos nuestros zapateros remendones.




(ESPAÑA. Rev. de la Asoc. Pat. Esp. B. Aires, 2-XII-1904.)