Callar en vida y perdonar en muerte

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Callar en vida y perdonar en muerte


«Me está reservada la venganza, y Yo
soy quien la ejerceré», dice el Sabor.

(Epist. de Son Pablo a los Romanos.)


Capítulo I: Una calavera entre dos floreros[editar]

Veíase en la populosa ciudad de M*** una extraña anomalía que chocaba a todo forastero, pero que había llegado a ser para sus habitantes, por la costumbre que tenían de verla, cosa en que no paraban la atención. Consistía ésta en el mustio y extraño contraste que formaba en uno de los barrios más céntricos y de mejor vecindario de la ciudad, en una de las calles de más tránsito, en la que las casas competían en compostura y buen parecer, una casa cerrada, sucia, descuidada y sombría, cuyo aspecto hería la vista y afectaba el ánimo. Las dos casas que tocaban a sus costados estaban tan blancas como si fuesen de alabastro; sus rejas y balcones se habían pintado, forzando de esta suerte al grave hierro a vestirse de alegre verde de primavera, como las plantas que, colocadas en sus tiestos color de coral, los ocupaban. Asomábanse por encima de los tiradillos, con sus vestidos de varios colores, las vanidosas dahalias, que tanto ha embellecido el cultivo europeo; alzábanse las lilas, tan distinguidas entre las flores, como lo es en sociedad la persona que a un mérito real une la modestia. El heliotropo, que sabe cuanto vale, y por lo mismo desdeña visuales colorines, se retiraba detrás de los geranios, que, variando y mejorando su exterior, han sabido conquistarse un buen lugar entre la aristocracia de Flora. En el sitio preferente se ostentaban las camelias, frías, tiesas, sin fragancia, que es el alma de las flores, haciéndose valer y dándose tono, sin acordarse de que la moda y la novedad, que las ensalzan hoy, las desatenderán mañana, y que serán tanto más olvidadas, cuanto que no dejan un perfume por recuerdo. Inclinábanse sobre los rodapiés los exquisitos claveles, la más española de las flores, como si les doliesen sus hermosas cabezas por el exceso de su aroma. Detrás de las vidrieras se veían extendidas esas cortinas formadas de pequeños juncos verdes, que vienen de China, sobre las cuales se miran pintados pájaros extraños y apócrifos, que parecen partos del arco iris, figurando así las casas, grandes pajareras de aves fantásticas en jardines encantados.

Por el contrario, la casa vacía, con sus paredes oscuras, sus negros hierros, sus maderas cerradas, si huyese de la luz del día y de las miradas de los hombres, parecía excluida de la vida alegre y activa y llevar sobre sí un anatema. En el balcón sólo se veían unos girones de papel de cartelón, que el viento y los aguaceros habían destrozado, y que su dueño, cansado de renovar, dejaba ya en el mismo estado; con cuyo mal aspecto parecían poner en entredicho aquella tétrica y abandonada mansión. En fin, podíase comparar la sola, silenciosa y fúnebre casa, enclavada entre sus dos alegres y vistosas vecinas, a una calavera colocada entre dos floreros.

Capítulo II: Conversación[editar]

En una de estas casas recibía una señora amable y risueña gran número de visitas, con motivo de ser los días de su santo.

Dirigiéndose a uno de los caballeros que se hallaba sentado en el círculo formado ante su sofá, le dijo:

-¿Con que no habéis hallado casa?

-No señora, -contestó el interrogado, que era forastero-: las que se me han proporcionado, unas son estrechas para mi numerosa familia, otras están en mal sitio; y mi mujer, que sale poquísimo, lo primero que me ha encargado es que la casa que tome esté bien situada.

-No hay duda en que este vecindario aumenta; no se hallan casas, -dijo uno de los presentes.

-Pero, señora, -añadió el forastero-, acabo de ver la inmediata casa a la vuestra, desalquilada; me convendría mucho, y no me habéis hablado de ella.

-Es cierto, es cierto -repuso la señora; ha sido una inadvertencia; pero estamos tan acostumbrados aquí a contar esa casa entre los muertos, que no debéis extrañar no se me ocurriese sacarla de su mortaja.

-¿Entre los muertos? ¿Es decir, entre lo no existente? -preguntó asombrado el forastero.

-Así es, puesto que nadie la ocupa, ni le quiere dar vida.

-¿Y por qué? ¿Está acaso ruinosa?

-Nada de eso; está en muy buen estado.

-¿Es fea? ¿Es destartalada?

-No; es buena y tiene comodidades.

-¿Ha muerto en ella algún ético?

-No, que yo sepa... Ademas, ese miedo exagerado, que es ciertamente una preocupación, se va desvaneciendo. Blanqueando las paredes, pintando las maderas, como se hace después de cualquiera enfermedad, todas las casas se habitan hoy día luego que deja de existir en ellas la víctima de ese terrible padecimiento, que sólo curan los viajes de mar con privilegio exclusivo.

-Pues entonces, ¿cuál es el que tiene esa casa para no ser habitada?... ¿Tiene asombros? -añadió sonriendo el caballero forastero.

-Justamente -contestó la señora.

-¿Eso me decís en el siglo XIX, en medio del esplendor de las luces, en las barbas de la reinante despreocupación?

-Sí señor, porque el asombro que se supone es el que selló en ella el crimen, y ese asombro aún no han llegado a disiparlo ni las luces, ni la despreocupacion. En esa casa, señor, se cometió un asesinato.

-Convengo -repuso el caballero- que eso debió de ser una cosa atroz para los que a la sazon la vivían, y terrible para los allegados y los parientes de la víctima; pero no creo sea razón suficiente para que, andando el tiempo, quede por ese motivo una casa condenada a ser demolida, o a existir sin ser habitada. ¿Cuánto ha que tuvo lugar el hecho?

-Seis años.

-Señora, entonces me parece el abandono de esa casa, inocente del atentado de que fue teatro, cosa de agüero y sobremanera anómala en esta época, en la que, sin extrañas influencias, llevan la utilidad y la conveniencia el timón de los hechos.

-¡Qué quiere usted, señor! -repuso la dueña de la casa-. Estamos aquí, por lo visto, un poco atrasados; y no nos pesa. Pero lo horroroso del asesinato, la inocencia de la víctima, que fue una pobre e inofensiva anciana, el misterio que cubrió y cubrirá siempre al autor del crimen, han impregnado de tal horror el lugar en que se consumó, y la sanción que ha dado el tiempo al desvío que esa casa inspira es tan poderosa, que nadie se ha hallado que quisiese quebrantar el aislamiento que, cual una maldición, pesa sobre el lugar del impune delito. Parece la soledad de esa casa un sello sobre un pliego cerrado, que Dios abrirá en su día, si no ante los tribunales de los hombres, ante el tribunal supremo de que es juez.

Entraron en este momento nuevas visitas, y la conversación fue interrumpida.


Capítulo III: Un crimen[editar]

La curiosidad del caballero forastero, excitada por lo que había oído, hizo que volviese a los pocos días con el determinado objeto de anudar la conversación interrumpida.

Después de los primeros cumplidos, dijo a la amable dueña de la casa:

-Señora, extrañareis quizás mi insistencia; pero es grande mi deseo de saber algunos pormenores sobre el crimen de que me hablasteis el otro día, que tan pavoroso debe haber sido cuando no puede el tiempo, ese Saturno que hasta las piedras se traga, consumir las huellas que ha dejado.

-Con la mejor voluntad os comunicaré lo que sé, que es lo que sabe todo el mundo -contestó la interrogada-. Pero es probable que la fecha, ya antigua, del hecho, así como el no haberlo presenciado, lo despoje a vuestros ojos de la activa y siniestra impresión que causó a todos los habitantes de esta ciudad. Habrá diez años que llegó aquí, y se alojó en la referida casa, un comandante con su mujer, tres hijos pequeños y su suegra. Era él todo un caballero en su porte, así como en su conducta; al cariño que demostraba a su mujer, que era muy joven y muy sencilla, se mezclaba la gravedad de un padre, y así formaban una familia tan unida como feliz. Era ella una paloma sin hiel, como dice la poética definición popular, y se hallaba tan satisfecha y dichosa en ser la escogida de aquel digno marido, como en ser la madre de los tres ángeles que sin cesar la rodeaban. Era el tipo de aquellas ejemplares mujeres que sólo existen en el estrecho círculo de sus deberes de hija, esposa y madre. En cuanto a la señora mayor, era de aquellas criaturas que denomina el mundo, para clasificarlas pronto, con el título de una infeliz. Siendo muy piadosa, pasaba su tranquila existencia en el templo rogando a Dios por los objetos de su cariño, y en el hogar doméstico alabando a los de su culto. Eran estas señoras propietarias en un pueblo pequeño, por lo que muchos las denominaban lugareñas o provincianas, como se dice ahora en frances traducido; pero yo siempre hallé en aquella casa delicada urbanidad, porque era sincera, franqueza decorosa, y una conducta austera sin gazmoñería y sin aspirar a los elogios a que es acreedora. Si es esto ser lugareña, no debe pesar el serlo. Pasaba yo en su casa muchos ratos, porque aquella paz interior, aquella felicidad modesta y sosegada, comunicaban bienestar a mi corazón; porque una simpatía grata me inclinaba hacia aquel hombre tan digno y tan estricto en el cumplimiento de sus deberes, me impelía hacia aquella suave mujer que gozaba en sus virtudes como otras en sus placeres, y me arrastraba hacia aquella anciana sencilla y amante, que no hacía más en la vida que sonreír y rezar. Puede que esta felicidad, aunque santa y modesta, fuese demasiado perfecta para ser duradera en un mundo en que, por desgracia, aun los buenos se acuerdan menos del cielo cuando la tierra les hace la vida dulce. Ello es que una mañana entró mi doncella azorada en mi cuarto; traía el rostro descompuesto y agitada la respiración.

-¿Qué hay, Manuela? -le pregunté sobresaltada.

-Señora, una gran desgracia, una atrocidad sin ejemplo.

-Pero ¿qué es? ¿Qué ha sucedido? Explícate.

-Esta noche... en la casa de junto... No os asustéis, señora.

-No, no; acaba.

-Ha sido muerta la señora mayor.

-¡Muerta! ¿Qué dices?

-Sí señora, degollada.

-¡María Santísima! -exclamé horrorizada-. ¿Y cómo? ¿Han entrado ladrones?

-Es de presumir; pero nada se sabe.

El caso es, señor, -prosiguió la narradora-, que aquella mañana salió el asistente, que dormía en un cuarto en el zaguán, para ir a la plaza. La puerta de la calle, según afirmó, estaba cerrada, como la había dejado la noche antes. Así, era evidente que por la calle no habían entrado los asesinos. Pero cuando volvió de la plaza, extrañó hallar la puerta de en medio sólo encajada, de manera que cedió a su presión, y pudo entrar sin ser necesario que nadie le abriese; mas ¡cuál no sería su asombro al ver enrojecida el agua en la blanca mar de la fuente del patio! Aumentose éste al ver en la tersa pared de la escalera señalada con sangre una mano. ¿Hubo acaso de darle al asesino, al bajar aquellos escalones y al verse cubierto de sangre humana, un desvanecimiento que le obligó a buscar un apoyo en la pared? ¿Conservó ésta la marca de la mano homicida para acusar al culpable y marcar su senda? Subió el asistente desalado, siguiendo el rastro de las gotas de sangre, que de trecho en trecho, y como dedos vengadores, le señalaban por dónde ir a descubrir el crimen. Llega a la sombría y apartada estancia que en el interior de la casa habitaba la señora mayor, aquélla que nunca quiso creer en el mal porque nunca pudo comprenderlo! ¡Hasta la puerta llegaba la laguna de sangre que iba extendiéndose en el suelo y que sus ladrillos no querían absorber! Sangre líquida, caliente, que parecía todavía conservar la vida que faltaba al lívido cadáver, que con los ojos desmesuradamente abiertos por el espanto con que terminó su vida, yacía sobre la cama, al lado de la que pendía un brazo blanco y yerto, como si fuese de cera, para testificar el abandono en que murió. El asistente, aterrado, dio gritos, y corrió a llamar a sus amos. ¡Qué espectáculo para estos desgraciados!... La pobre hija cayó al suelo como herida de un rayo. El comandante, pálido y demudado, pero más dueño de sí, mandó cerrar la puerta de la casa, pues a los gritos del asistente se reunía gente, e hizo avisar a la justicia. Pero ésta nada halló sino el mudo cadáver; vio sangrientas heridas, bocas que acusaban el crimen, pero no al criminal; y era lo extraño, que ni aun las más remotas sospechas pudieron caer sobre nadie, ni encontrarse el más leve indicio que sirviese de luz para seguir pista alguna. El asistente dormía al lado afuera del portón, en el zaguán. Esta puerta, que sólo por el lado de adentro se abría, la halló abierta al volver de la calle; lo que hace probable que el asesino se hubiese ocultado el día antes en el interior de la casa, o entrado por los tejados. Esta última versión no era probable ni casi posible, en vista de que esa casa, la de la condesa *** y la mía forman manzana. La criada había pasado aquella noche en la fiesta de una boda de una hermana suya, como atestiguaron cuantos habían concurrido a ella. El otro asistente estaba malo en el hospital, y no se había movido de su lecho. A pesar de esto, los dos primeros fueron presos; pero despues de algun tiempo se les puso en libertad. Notad hasta qué punto fue aterrador y horripilante el atentado, cuando sólo la idea de que se le sospechara de haber tenido parte en él, hirió de tal suerte la imaginación del asistente, que era un honrado mallorquín, que perdió la razón, y de la cárcel fue llevado a la casa de los locos. Sobre la criada cayó tal sombra, por haber sido presa y envuelta en aquel tétrico y misterioso proceso, que no pudo hallar casa en que la quisiesen admitir de sirviente; su novio la dejó, y así, presa de la ignominia y de la miseria, arrojose a la mala vida, y se perdió. Entre tanto, la ciudad estaba aterrada. Nada pudo la justicia inquirir, ni aun sospechas que hubieran podido servirle de vislumbre en aquellas tinieblas. El crimen, con el misterio, se hace pavoroso y crece como el terror en la oscuridad de la noche. La vindicta pública, indignada, gritaba: «¡Justicia!», y los jueces, con la cuchilla alzada, no hallaban sobre quién descargar el golpe. Así, eran vanos los clamores para que se hiciese justicia, en vista de que ésta se la había Dios reservado para sí; pues, repito, que nada se supo entonces, nada se ha sabido despues, ¡nada se sabrá nunca!

-¿Y que fue luego del comandante y de su familia? -preguntó vivamente interesado y conmovido por la relación que había oído el forastero, para quien la casa que le había parecido un inocente paria, se iba convirtiendo en un antro misterioso y lúgubre.

-Sabéis -respondió sonriéndose la señora- que los extranjeros nos echan en cara a las españolas el proceder siempre de ligero, el ceder constantemente a nuestro primer impulso, y el tener en poco aquel estricto y severo círculo de accion de sus paisanas, que está a veces lleno de delicado decoro, y a veces hinchado de frío egoísmo: las españolas, francas y ardientes de corazón, no reflexionan cuando éste las arrebata; y si por esta razón aparecen siempre tiernas, valientes y generosas, a veces son irreflexivas; esto es, como dicen los franceses, tener los defectos de sus cualidades. Consiguiente a esto, apenas salio la justicia de aquella casa, cuando me arrojé en ella para prestar auxilio y consolar a mis desgraciados amigos. No, nunca olvidaré, ni se borrará de mi alma, el lastimero cuadro que presentaba! Fue tal la impresion que recibí, que costó la existencia al último hijo que Dios me destinaba. El cadáver, que aún permanecía en el cuarto en que se halló, no se veía, pero se sentía! Enfriaba aquella atmósfera: ¡la casa olía a sangre! El agua que llenaba la mar de la fuente permanecía roja, como si el líquido y corriente hilo que constantemente la renueva pasase por en medio como yerto témpano, sin querer mezclarse con ella, o como si una gota de inocente sangre vertida bastase a enturbiar para siempre una fuente, así como basta a manchar para siempre una conciencia. Mi pobre amiga, que tanto amaba a su madre, se estremecía en convulsiones. Al verme, pudo gritar, llorar y desahogar su comprimido dolor. Su marido estaba aterrado; el asombro parecía haber parado la circulación de su sangre. ¡Tal era la lívida palidez que cubría su rostro, y la inmovilidad de sus labios, comprimidos por el horror! Me traje a su infeliz mujer a mi casa, y a poco tiempo, habiendo su marido logrado una permuta, pasaron a una lejana provincia, porque les era imposible permanecer en el lugar en que había acontecido tan horrorosa catástrofe.

-Pero ¿con qué objeto se cometió ese asesinato? -preguntó el caballero.

-Se infirió que por robar a la víctima, -contestó la señora-. Aquella mañana, según dijo su hija, había recibido su madre una crecida suma de dinero por manos de un escribano; sobre él recayeron violentas sospechas, y aunque nada se le ha podido probar, ha quedado completamente desacreditado. Las sospechas que llegan a hacerse unánimes y estables desacreditan a veces más que un hecho probado y ventilado, en cuyo caso el interesado, aunque culpable, ha podido emitir descargos, alegar disculpas, y sobre todo demostrar arrepentimiento y obtener así el perdon, que el Dios de las misericordias no guardó sólo para sí, sino que con su divino destello puso en el corazón del hombre, y al que elevó a precepto en su santo Evangelio.

-Vuestra observación es justa -repuso el caballero-. La sociedad, que es y debe ser clemente, después de castigado el delito, es inexorable con el crimen impune. Eso es lógico. ¿Y habeis vuelto a saber de vuestros pobres vecinos?

-He sabido varias veces de ellos, hasta que últimamente los he perdido de vista. Les fue muy bien en el pueblo a que se trasladaron. El marido se retiró del servicio militar, se afincó y tuvo mucha suerte en cuanto emprendió: así sucede que es hoy uno de los hombres más considerados de aquel pueblo, una notabilidad, según el estilo moderno. Ha sido alcalde y diputado provincial, y qué se yo cuántas cosas más en el innumerable plantel constitucional de autoridades. En cuanto a ella, vivía siempre contenta en su vida doméstica y retirada.

-Por lo visto -dijo el forastero con una sonrisa ágria y amarga-, la casa conserva la impresion que se ha borrado en los corazones!

-La casa ha conservado la impresión del crimen: en los corazones se ha amortiguado la del dolor. El dolor no puede ser eterno en este mundo; así lo ha dispuesto Aquél que sabe lo que nos conviene. Cada día un nuevo sol hace olvidar el que desapareció la víspera; cada flor que abre su seno aleja la vista de la que se marchita. La ausencia es un velo poco trasparente. Lo venidero absorbe lo actual, y su ardiente excitacion debilita las impresiones, como los rayos del sol desvanecen la viveza de los colores. Y no motejéis al olvido, ese bálsamo, esa panacea, ese dulce elixir de vida que Dios envía a las criaturas, como a las plantas envía su refrigerante rocío. Sin él, ¿qué sería de nosotros?

-No sé -repuso el caballero- si clasificar lo que decís de sublime filosofía, o de divisa del vulgar ¿qué se me da a mí?

-Ni tan alto ni tan bajo: es una verdad sencilla y práctica; una de las muchas disposiciones de la naturaleza, contra las que se rebela en vano el orgullo del hombre. Pero decidme, ¿queréis habitar la casa? Mucho me alegraría que la presencia de una buena y amable familia disipase la sombra de esa fúnebre morada, como la sonrisa de la aurora ahuyenta el ceño de la noche.

-Gracias, señora. No la viviré yo. Aunque hijo de este siglo despreocupado, no ha podido el carácter del positivismo que le preside ahogar las impresiones del espíritu que reina, en alta esfera; y puesto que aquella casa es la depositaria del misterioso y horrendo atentado, la única que conoce los impunes criminales, huyan de ella los buenos y quédese sola con su secreto, como deberían estarlo todos los que llevan la conciencia manchada con algun delito.


Capítulo IV: Valdepaz[editar]

Existe un pueblo que nombraremos con el pseudónimo de Valdepaz, que ha escogido por asiento un valle, colocado entre las últimas ondas que forma el suelo de una vasta cordillera. Dórale un brillante sol sus mieses, riéganle claros manantiales sus huertas, en que el copudo naranjo cubre de perlas su manto como un rey, el fino granado se adorna de corales, el suave almendro de guirnaldas de rosa, y los sencillos frutales se apresuran a ponerse su traje blanco, que es tan que se desprende aun antes de partir la fugitiva primavera que se lo viste.

Separan a Valdepaz del resto del mundo los montes que a su alrededor se levantan como inmensos biombos, con los que hubiese rodeado la naturaleza la cuna en que durmiese uno de sus hijos. Álzase en su centro, digna y tranquila, la no profanada iglesia; descansa honrado bajo el techo del labrador el arado que enseña el trabajo, y en premio da el pan de cada día. Los niños aprenden la doctrina, besan la mano al cura, y piden la bendición a sus padres. La ilustracion del siglo novador, según se habrá notado, había retrocedido desdeñosa al ver tanto oscurantismo, había contado a Valdepaz entre las momias, borrándolo de la lista de los vivos, y, cual a otro enterrado Pompeya, le había dicho con profunda intención y grave solemnidad: ¡Séate la tierra ligera!

Era una tarde de primavera despues de un día de verano, pues el suave vientecillo que corría se había, como hace un sibarita, refrescado en las nieves de las altas cumbres, y perfumádose después entre las jaras que cubren sus laderas. La plácida hora del crepúsculo se anticipaba por el valle, no dorando ya los rayos del sol sino las cimas de los montes que lo rodeaban, en cuyas crestas todas parecía arder una hoguera; tal como sucedió en los montes de Asturias, en aquel famoso hecho guerrero que valió su nombre al progenitor de los Cienfuegos. No había un celaje en el cielo que pudiese servir de refugio a los últimos y rosados esplendores del sol. Oíase el alegre murmurio del agua de riego esparciéndose en cien diferentes direcciones por los huertos; dócil en seguir la senda que le traza el hombre, se veía a esta hija de las nubes y de las fuentes, ya rodear un naranjo como un ceñidor de bruñido acero, ya esparcirse sobre un cuadro recién sembrado como una cubierta de cristal, y entonces pararse incierta entre ceder a las seducciones del sol, que la atrae a sí para tejerse con ella sus velos, o a la atracción de la tierra, que la anhela para nutrir con ella las plantas tan lindas que le forman su rico vestido. Oíase el grillo, tocador del primer instrumento que hubo en el mundo, desesperado de que a pesar de su incesante reclamación no se le declare decano de la filarmonía. Oíase el balar de las ovejas, tan dulce como su índole, tan suave como su vellón, tan triste como la víctima a la cual simboliza; el prolongado mugido de la vaca que llama a su cría, el zumbido monótono del abejorro tonto y torpe, volando en derecho de sus narices sin cuidarse de tropezar con las ajenas. Veíanse los aviones surcar el aire en sus alegres desatinadas evoluciones, dando sus gozosos pitíos, lo cual, al contemplarlos, hace decir a los niños con fraternal simpatía: «Ya salieron los muchachos de la escuela.» Empezaban su silencioso vuelo los inofensivos murciélagos, pobres pájaros sin plumas que se esconden de la luz del día como pobres veronzantes, tan feos, que llevan en las aldeas el nombre de figuritas, y tan perseguidos, que se preguntan: ¿Si considerará el hombre usurpada la existencia que les dio a ellos aquel mismo Criador que al hombre le dio la suya? Entonaban sus claras serenatas las ranas, rústicas sirenas que convidan entre sus frescos juncos a las delicias del baño. Las laboriosas abejas dejaban gruñendo su tarea, porque hallaban ya en las flores rocío mezclado a la miel. Oíase la triste y plañidera queja del mochuelo, que impele a ir a consolarlo; suena tan melancólico su canto entre la armonía de la naturaleza, como para probar que hay en ella una voz, así como en el corazón hay una cuerda, que vibra siempre melancólicamente, aunque el día haya sido brillante y sea la noche serena. Sólo la grave y misántropa lechuza, a la que chocaba este concierto general al acercarse la noche, se desprendía de la torre en que medita y censura, lanzando su enérgico ceceo como para imponer silencio.

Pero entre todas estas voces campestres, tan llenas de indefinible encanto para quien sabe gozar prácticamente de la naturaleza, sobresalía la sonora, modulada, y expresiva voz del hombre, las de los trabajadores campesinos que al regresar a sus casas cantaban. ¿Quién ha enseñado a estos hombres? ¿Quién les ha infundido la elevada y aguda poesía de la letra, la encantadora y original melodía de sus cantos? El sentir, que no necesita del arte; entre tanto que sin el sentir, el arte es un cadáver, un bien formado cuerpo sin alma.

Mas prestemos oído a lo que canta este airoso joven que se ha adelantado a los demás, y cuya voz ha atraído a la ventana a una linda muchacha, a quien oculta una cortina formada en la reja por la enredadera cubierta de sus flores amarillas.

EL RETRATO. 

 Tiene tu cabeza 
 hermoso peinado; 
 con hebras de oro 
 lo tienes formado. 
  
 Tienes una frente 
 que es plaza de guerra, 
 donde amor triunfante 
 puso su bandera. 
  
 Tienes unas cejas 
 muy bien dibujadas; 
 no hay pincel que pueda 
 tan bien colocarlas. 
  
 Tienes unos ojos, 
 luceros del alba, 
 que apagan sus luces 
 a la luna clara. 
  
 Es tu nariz fina 
 cual filo de espada, 
 que a los corazones 
 todos los traspasa. 
  
 Tienes unos labios... 
 Son dos coralitos; 
 ya esconden, ya enseñan 
 tus dientes bonitos. 
  
 Tienes una barba 
 con un hoyo en medio; 
 si en él me enterrasen, 
 quisiera haber muerto. 
  
 Tienes la garganta 
 tan clara, tan bella, 
 que hasta lo que bebes 
 se trasluce en ella. 
  
 Tienes unos trazos 
 tan bien torneados... 
 No los tuvo Eva 
 mejor acabados. 
  
 Tienes, niña, el talle 
 como hermosa palma 
 que airosa descuella 
 por entro las plantas. 
 
 Tienes unos pies, 
 pisas tan airosa, 
 que por donde pasas 
 florecen las rosas. 
  
 Ya están dibujadas, 
 niña, tus facciones; 
 ahora viene Mayo, 
 que las dé colores. 


Capítulo V: El alojado[editar]

Como ya hemos hecho observar, en este pueblo español rancio, cristiano viejo, tan alegre y pacíficamente alumbrado por las luces de sus altares y por las del sol, no habían penetrado las del siglo. Donde sonaban las armonías que hemos descrito, no se habían oído ni arengas políticas ni canciones patrióticas; no se tenía idea de un alistamiento voluntario para vestir casaca, ni menos del objeto con que se hacía. ¡Cuál sería, pues, el asombro de los atrasados valdepacíficos, cuando vieron una tarde un tropel semipaisano semimilitar entrar en el pueblo dando desaforados gritos de ¡Viva la libertad!

Al ver aquella banda de hombres armados y empolvados, al oír aquel grito extraño para ellos, los habitantes de Valdepaz quedaron consternados. Cundió luego la voz de que eran presos que se habían fugado de la cárcel de la capital, y que huían a la sierra vitoreando su reconquistada libertad. La consternación fue general; pero poco después se serenaron los ánimos, al oír el severo toque del tambor, y ver bajar por la cuesta, en buen órden y con paso mesurado, una columna de soldados.

Es de advertir que el pueblo tiene por los soldados que salen de su seno una simpatía profunda, en que se mezcla la lástima y la admiración: míranlos como víctimas, sí, pero víctimas consagradas a una santa causa, esto es, la de su religion, la de su rey y la de la independencia, no individual, sino la del país, como se defendía en la heroica e inmortal guerra, que por lauro y distintivo ha conservado esta denominación.

Todo, al llegar esta tropa, quedó aclarado. Decíase entonces (pero en Valdepaz no se sabía nada de eso) que existía en la sierra una partida de facciosos, y venía en su persecucion una columna compuesta de voluntarios nacionales y de tropa de línea: los primeros eran los que, entrando algo estrepitosamente, habían alarmado al pueblo; pero aclarado el asunto, los ánimos se sosegaron, y sólo les quedó a los valdepacíficos el asombro, primero, de que hubiese soldados sin haber entrado en quintas; segundo, que los hubiese de menos de veinte y de más de cincuenta años; tercero, que se vitorease la libertad sin haber estado preso; y cuarto, que en la sierra hubiese facciosos.

Los voluntarios recorrieron aquellos alrededores, se hicieron vejigas en los pies, y no encontraron nada; por lo cual se volvieron por donde habían venido, y llegaron a sus casas un poco tostados del sol. Los zapateros de su pueblo hicieron una función a San Crispín.

La tropa tenía orden de permanecer en Valdepaz. Venía mandada por un capitán, que fue alojado en casa de la viuda de un rico y honrado labrador. Tenía ésta un hijo, que seguía llevando la labor tal cual había enriquecido a su padre y abuelos, y una hija de quince años, que era el sol de aquel modesto, cándido y virtuoso hogar doméstico.

El capitán, que se llamaba D. Andrés Peñalta, era un hombre de no mala presencia, pero de carácter melancólico y agriado por repetidas decepciones en su carrera, en la que, como muchos, en tiempos de trastornos y revoluciones había sido víctima de circunstancias adversas. Era esto aún más sensible para este hombre, tipo de una clase que se ha hecho harto común en nuestra época, esto es, de aquellos que se creen siempre superiores a la posicion que ocupan.

No obstante, la dulce atmósfera de aquella pacífica casa pareció influir benéficamente en el ánimo tétrico y ensimismado que había producido en él su no satisfecho orgullo. Inclinose hacia aquella niña, ídolo de su casa y gala del pueblo, que tenía el encanto de la juventud y de la inocencia, las garantías de felicidad que aseguran las virtudes, y las de bienestar que prometen los bienes de fortuna. Esto último, sobre todo, debía seducir a un hombre que tenía una ambicion por figurar y ser considerado, tanto más ansiosa, cuanto contrariada se había visto por las circunstancias.

Peñalta, con su brillante uniforme y su porte respetuoso, según calificaban su aire altivo en el pueblo, se había captado la admiración general, pero muy particularmente la de sus patronas; así fue que el día en que pidió a Doña Mariana a su hija Rosalía, no pudo ni intentó la señora ocultar su satisfacción. La dócil niña, al ver que estaba contenta su madre, no lo estuvo menos; las comadres y vecinas hicieron coro, y sólo el hijo de la señora demostró desagrado y decidida oposicion al proyectado enlace. Hizo presente a su madre que su caudal, que consistía en algunas fincas, pero principalmente en su vasta labor y numerosa ganadería, prosperaba unido; pero que si cada parte tiraba por su lado, si se dividía o se realizaba, sería en perjuicio de todos. Demostró con buenas razones que su hermana debía casarse con un vecino del pueblo, sin salir del lugar en donde se había criado, y en el que de padres a hijos todos habían vivido felices, bienquistos y considerados. Pero nada pudieron estas juiciosas observaciones sobre la ilusionada Doña Mariana, que estaba llena de entusiasmo por la brillante suerte de su hija Rosalía; y el insistir su hijo en oponerse, sólo sirvió para exasperar a su buena y limitada madre que acabó por decirle que su empeño en que no se dividiese el caudal sería por sacar él la mejor parte. A pesar de tan dura o injusta razón (que había sido sugerida a la buena señora) su hijo siguió combatiendo abiertamente el casamiento de su hermana; de suerte que, incomodada la madre con esta pertinacia, y arrastrada a ello por los extremos que tenía por su hija, declaró que nunca se separaría de ella, y sí de un hijo díscolo, y que seguiría a la primera adonde quiera que fuese.

Este proyecto de la bien acomodada viuda no podía menos de convenir y agradar al capitan, que se apresuró a acogerlo y apoyarlo.

Poco después se verificó la boda, y la nueva familia partió.

Siete años consecutivos vivieron en una paz no interrumpida, gracias al angelical carácter de la madre y de la hija, a su falta de toda pretension y exigencia, así como a la pequeñez del círculo doméstico en que se movían, puesto que la existencia de ambas se reducía a admirar al capitán, a la sazón ascendido a comandante, y a adorar a los tres niños habidos de este matrimonio. Fuera de esto, caían en la nulidad más completa, anonadadas por el prepotente orgullo del comandante Peñalta.

¡Triste mundo éste, donde no se adquiere un lugar sino conquistándolo, ni se conserva sino atrincherándolo! ¡Flaca y débil humanidad, que subyuga al que modesto cede, y ataca al que insolente se encima! Esto solo basta para probarnos nuestra inferioridad humana, y hacernos ansiar aquella justicia superior, para la que no hay brillo deslumbrador ni oscuridad impenetrable.

Así fue que en aquellas mujeres, la modestia que aceptaba, la humildad que cedía, la bondad que se conformaba, lejos de ser apreciadas como las más finas y perfectas perlas entre las joyas femeninas, no sirvieron sino para hacerlas aparecer como débiles y ruines, y para robustecer y entronizar en el que acataban, el menosprecio y el despotismo.

Siendo así que D. Andrés Peñalta tenía un excesivo amor propio y un ansia desmedida por ser apreciado como hombre de virtudes, sin tenerlas (hipocresía catonesca que ha reemplazado a la religiosa), trataba a su mujer y a su suegra en presencia de extraños con gran consideración y afecto, y se hacía, como dicen los franceses, buen príncipe, esto es, que se dignaba descender benévolamente a la esfera de aquellas que ante él se inclinaban; pero en la intimidad, se desquitaba, tratándolas con suma altanería y recalcado desdén.

Las torpezas o impropiedades que solía cometer Rosalía en visita, le indignaban. Es consiguiente que la pobre joven, criada en una aldea, nada sabía de los primores y etiquetas de una ciudad populosa; ni vestirse con elegancia, ni estar tres o seis horas en su tocador; ni cantaba, ni bailaba, ni tocaba el piano; por lo cual el necio amor propio de su marido, mortificado con estas cosas, había tomado, para demostrar su encono, una muletilla con la que continuamente hería y humillaba a su pobre mujer; era ésta: «Tú no sabes nada.»

Sobre dos cosas nada puede el malévolo e injusto despotismo: sobre el hierro, que resiste siempre con igual fuerza, y sobre el junco, que al punto cede; así era que en aquella casa había una paz profunda, pues el despotismo que la regía sólo hallaba suaves y débiles juncos. Pasaba la voluntad del déspota sobre aquel interior doméstico como una ráfaga del huracán sobre un campo llano; campo no estéril ni desolado, sino cubierto de suave y fresco césped.


Capítulo VI: La plana[editar]

En este trascurrido tiempo, las relaciones de Doña Mariana con su hijo se habían ido agriando cada vez más; porque esta buena señora, subyugada y en todo sumisa a su yerno, no se conformaba con las cuentas que le mandaba aquél, el cual había seguido administrando el caudal de su madre, que continuaba unido al suyo. Conformándose al parecer, y dócil a los consejos de D. Andrés, acabó Doña Mariana por exigir la partición del caudal y la realización de su parte. Despues de muchos debates, se había por fin verificado este arreglo al poco tiempo de su llegada a M***. Este suceso contentó a todos; y la buena señora se sentía aligerada de un peso grande, con haber cortado por este medio todo motivo de altercados para lo sucesivo, tanto con su hijo como con su yerno.

Una mañana despues de volver de la iglesia, había venido a hablar a la señora un escribano, que era el apoderado de su hijo, y la había traído quinientas onzas en oro, última entrega de su capitalizado caudal. La señora había a continuación firmado el finiquito, y sentada al lado de su hija celebraba la conclusión de este negocio, cuando entró el mayorcito de sus nietos, que venía de la escuela. Traía muy ufano una plana escrita por él, la que enseñó a su abuela. Tomola ésta en la mano con aquel agrado y aquella complacencia qne excitaban en ella cuanto hacían sus nietos, y leyó la máxima que, escrita con firme pulso, encabezaba la plana, y se repetía en cada renglon, copiada por el niño. Decia así:

«No cuentes con el día de mañana, que no lo tienes seguro.»

La señora miró cada renglón con aire de aprobación, y dijo al niño:

-¿Siempre dice lo mismo, Andresito?

-Sí señora -contestó éste-; todos los renglones dicen lo que la muestra, menos el último.

La abuela bajó la vista, y leyó:

«La hizo Andrés Peñalta el 20 de Marzo de 1840.»

¡Chiquillo -dijo la señora-, si estamos hoy a 19, día del Patriarca!

El niño se echó a reír, y repuso:

-Verdad es que me equivoqué; pero ¿qué le hace? Supongamos que la escribiría mañana.

-¿Tan pronto te olvidas de las sentencias que escribes niño? -le dijo su abuela-. ¿No dice acaso, «No cuentes con el día de mañana, que no lo tienes seguro»?

-Bueno, yo la enmendaré -repuso el niño, cogiendo la plana y echándose a correr.

Un momento después volvió y se la entregó a su abuela.

-¡Muchacho! -exclamó ésta apenas la vio-. ¿Por qué has enmendado estos números con tinta encarnada? ¡Jesús! ¡Parece una fecha sangrienta!

-Estaba la tinta encarnada sobre la mesa de padre, y es muy bonita, -contestó el niño.

-Pues a mí me parece muy fea -observó su madre-, y que hace muy notable la enmienda. Rómpela, hijo, y mañana, si Dios quiere, escribirás otra plana mejor a tu abuela.

-No, no -dijo ésta-; dámela, gloria mía. Para mí la hiciste, en ella me dices una cosa muy buena y muy santa, y es que no cuente con el día de mañana, que no es seguro; esto es, que debemos estar siempre preparados para la muerte, que nos lleva ante el tribunal del gran Juez de las almas; así es que la quiero conservar como buena memoria y mejor consejo. Y mira -añadió, tomando sobre la mesa una pila de veinte onzas-, estoy tan satisfecha de tu aplicación y de esta plana que la atestigua, que estas veinte onzas te las destino, y por mi muerte serán tuyas. Para que se sepa, voy a escribir ésta mi voluntad al pié de la plana y a liar en ella las onzas.

La señora cogió la pluma con la que acababa de firmar los recibos, y escribió al pie de la plana, y debajo de la roja fecha y del nombre del niño, que era el mismo de su padre: «Esto le deja en memoria, Mariana Pérez».

En seguida lió las veinte onzas en la plana, las que guardó con el demás oro en una caja, que cerró y se llevó a su cuarto.

Aquella noche se consumó en la persona de esta anciana el atroz asesinato referido al principio de esta relación, en la que queda tambien pintado el dolor en que tan inaudita desgracia sumió a la pobre Rosalía, y la profunda impresion que causó en su marido, el cual quizás se arrepentiría entonces de lo amarga que hizo la vida a aquella infeliz víctima, que tanto le había querido y considerado.

La pérdida que experimentaron con tan considerable robo, de que nada se pudo recuperar; el misterio que envolvió el atentado, a pesar de las muchas diligencias e investigaciones que se hicieron; la convicción de tener algún enemigo oculto, pero perspicaz, hicieron insufrible al matrimonio su permanencia en aquel pueblo, y a instancias del comandante fueron trasladados a un punto lejano de aquél.


Capítulo VII: Una notabilidad[editar]

Diez años habían pasado en su nuevo domicilio, en el que, desde que llegaron, habían hallado, tanto el marido como la mujer, la mejor acogida. Su suerte mejoró mucho. D. Andrés heredó a un tío, muerto en América, se retiró del servicio, afincó, y se dedicó con buen éxito a varias empresas, entre ellas a derribar conventos, cuyos materiales, de gran valor, vendía baratos. Había sido alcalde, y era en la actualidad diputado provincial; en una palabra, llegó a ser una notabilidad, y el tipo del ciudadano moderno, esto es, gran expendedor de frases retumbantes salpicadas de términos heterogéneos, celoso apóstol de la moralidad, ferviente pregonador de la filantropía, arrogante antagonista de supersticiones, entre las que contaba la observancia del domingo y días festivos; preste de la diosa Razón, arcipreste de San Positivo, gran maestre de Prosopopeya, profesor en las modernas nobles artes del menosprecio y del desden, hábil arquitecto de su propio pedestal: nada faltaba a este moderno tipo, que era reputado por el Salomón de los juicios de conciliación, y por el Demóstenes de una recién instalada junta formada para la construccion de un canal, cuyos trabajos, a fuerza de juntas y expedientes, estaban muy adelantados, no faltando más para la realización del proyectado canal, sino el dinero para abrirlo, y el agua para llenarlo.

No es nuestro ánimo personificar la época en el señor D. Andrés, sino sus influencias, y es seguro que en un órden de cosas opuesto habría sido el centinela avanzado de la intolerancia, el seide de la rutina, el cancerbero de los aranceles y el carabinero de útiles y necesarias innovaciones. Esto lo decimos en honor de la verdad, y en favor de la exactitud del tipo que pintamos, y de ninguna manera por lavarle su feísima cara a la época.

Con la ventaja que gozan las almas mansas de no dejarse abatir por la desgracia, la que tienen los temples suaves de estar exentos de sentimientos efervescentes y violentos, y la que es propia de caracteres pacientes, de no irritarse ni aferrarse en sus sufrimientos, Rosalía había vuelto a su estado natural de calma y de tranquilidad de espíritu, que es, a no dudarlo, una señal de predestinación.

Habríase aún llamado feliz, a no haber sido por la manera con que la trataba su marido, el cual, cada vez más ensoberbecido por su buena posición, por el éxito de sus empresas y por la consideración general que había sabido granjearse, trataba a su pobre mujer con una dureza y un menosprecio que iban en aumento cada día.

La educación de sus hijos, a quienes Rosalía mimaba, era el continuo tema de sus reconvenciones, y la ocasión de repetir su incesante ultraje: «Tú no sabes nada.» A veces al oírlo lloraba Rosalía; a veces se resignaba paciente; pero nunca replicaba, haciéndose a sí misma esta reflexión: «Natural es que eso piense y eso diga mi marido, que tanto sabe, cuando yo nada sé, sino coser y rezar.»

¡Cuán cierto es que la virtud innata, lo mismo que la inocencia, se ignoran a sí mismas! Pero el tiempo había de demostrar a D. Andrés cuánto sabe la mujer que sabe ser cristiana, y cuán preferibles son las virtudes humildes a las heroicas.


Capítulo VIII: El legado[editar]

Un día en que Rosalía enseñaba a su hija, suave niña, como lo había sido su madre, lo que ella sabía, esto es, rezar y coser, entró el menor de sus dos hijos.

-Madre -le dijo alargándole un papel-, mirad, una plana hecha por Andrés cuando era chico.

Rosalía lo tomó, y leyó con ojos asombrados:

«No cuentes con el día de mañana, que no lo tienes seguro.»

Al fin de la hoja se veía roja y sangrienta la fecha del 19 de Marzo de 1840, lo hizo Andrés Peñalta, y debajo, de letra de su madre, de la víctima del misterioso e impune crimen, éste su solo testamento: «Esto le deja en memoria, Mariana Pérez.»

-¿Dónde hallaste este papel? -preguntó Rosalía con una voz tan extraña y demudada, que sus hijos la miraron sobrecogidos.

-En el cuarto de padre, entre unos papeles viejos -contestó el niño.

Rosalía se levantó lívida, corrió a su cuarto, echó el cerrojo, y cerró las ventanas para no ver la luz del día.

El velo que por diez años cubría al asesino de su madre estaba descorrido a sus ojos; el horroroso secreto salía de su sombra; la víctima, desde su tumba, recordaba la sangrienta fecha en un documento guardado con el dinero robado, que sólo podía hallarse en poder del ladrón y asesino, y este documento acusador se hallaba en poder de su marido!

Rosalía se dejó caer sobre un sofá, y ocultó su rostro entre sus manos. Así permaneció tres horas, inmóvil como el estupor, fría como deja la falta de la circulacion de la sangre a un cadáver, muda como pone la parálisis a aquél a quien hace su presa.

La primera hora no pensó: todas sus ideas se confundieron en un espantoso vértigo. En la segunda, la desesperacion vagó por su alma como el león por su jaula, viendo por dónde salir y hallar ancho ámbito en que lanzar su rugido. En la tercera se presentó digna y severa la reflexión, trayendo de una mano a la moderación cristiana, y de la otra a la prudencia humana: la primera, con su freno; la segunda, con su anteojo. Entonces la cristiana, la madre y la esposa cruzó sus manos y exclamó:

-¡Tuya, tuya, Padre y Juez nuestro, es la justicia! ¡Tuya, tuya la vindicta!

Levantose animosa, encendió una vela, en cuya llama quemó con resuelta mano el papel acusador, y se arrojó en su lecho.

A poco llegó su marido, y le preguntó con su usual aspereza lo que significaba aquel encierro.

Al oír la voz del asesino de su madre, al sentir su cercanía, un temblor espantoso se apoderó de la infeliz, la cual, entrechocándose sus dientes, respondió que estaba enferma.

El marido se alejó impaciente: ¡no le concedía ni aun el derecho de estar enferma!

Ocho días permaneció Rosalía encerrada, sin permitir que la viese nadie, ni aun sus hijos, pretextando para ello un agudo dolor de cabeza, pero en realidad porque temía se exhalase en clamores desesperados el tremendo secreto que quería ahogar en su destrozado pecho.

Quería ademas, para lograr esto, perder fuerzas físicas, debilitando su cuerpo con ayunos y lágrimas, y cobrar fuerzas morales en la oración y en su amor de madre.

Cuando se levantó y la vio por vez primera su marido, retrocedió asombrado; ¡y razón tenía! El pelo de la joven madre se había encanecido. Sobre sus facciones demacradas se había extendido la palidez verdosa de la ictericia; sus ojos, extraviados y hundidos, brillaban calenturientos en un círculo morado.

-Es cierto -le dijo- que estás mala, ¡y muy mala! ¡Debes haber sufrido mucho!

-¡Mucho! -contestó la paciente.

-Pero ¿por qué no has llamado a un médico? -repuso impaciente su marido-. ¡No sabes nada, ni aun cuidarte cuando padeces!

¡Un año aún sobrevivió la mártir, con el golpe de muerte en el corazón, sin más alivio que la certeza de que era mortal!

¡Un año entero duró su descenso al sepulcro! La vida es tenaz a los treinta años.

-Pero ¿qué tiene la señora? -preguntaban sus numerosos amigos a D. Andrés Peñalta.

-Una ictericia negra que le aniquila el cuerpo y el espíritu -respondía éste-. Mucho le mandan los médicos, pero nada la alivia. Estoy ciertamente con mucho cuidado.

Y a su mujer a solas decía:

-El médico dice que no acierta la causa de tus males, y que tú no se la indicas. ¡Si nada sabes, ni aun explicar lo que padeces!

Por fin la quinta víctima del crimen cayó postrada. Los facultativos, desorientados, agotados sus recursos, se cruzaban de brazos. La hora del eterno descanso era llegada; el confesor derramaba lágrimas y consuelos a la cabecera de la moribunda.

Ya preparada y pronta a aparecer ante el tribunal de Dios, y cuando sintió que sólo pocos instantes de vida le quedaban, la noble víctima hizo seña a los presentes de que se alejasen, y llamó a su marido.

-¡Padre de mis hijos! -le dijo con voz solemne-. Dos cosas he sabido en esta vida.

-¿Tú? -exclamó asombrado el marido.

-¡Sí!

-¿Y cuáles han sido? -preguntó aterrado el delincuente, con los ojos espantados y fuera de sus órbitas.

-CALLAR EN VIDA, porque era madre, Y PERDONAR EN MUERTE, porque soy cristiana! -respondió la santa mártir, cerrando sus ojos para no volver a abrirlos más.


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