Canción a Pedro Romero, torero insigne

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Canción a Pedro Romero, torero insigne
de Nicolás Fernández de Moratín



Cítara áurea de Apolo, a quien los dioses 
hicieron compañera 
de los regios banquetes, y ¡oh sagrada 
musa! que el bosque de Helicón venera, 
no es tiempo que reposes; 
alza el divino canto y la acordada 
voz hasta el cielo osada, 
con eco que supere resonante 
al estruendo confuso y vocería, 
popular alegría, 
y aplauso cortesano triünfante, 
que se escucha distante 
en el sangriento coso matritense, 
en cuya arena intrépido se planta 
el vencedor circense, 
lleno de glorias que la fama canta. 

Otras quiere adquirir, y así de espanto 
y de placer se llena 
la Villa que domina entrambos mundos. 
Corre el vulgo anhelante, rumor suena, 
y se corona en tanto 
de bizarros galanes sin segundos 
y atletas furibundos 
el ancho anfiteatro. Allí se asoma 
todo el reino de Amor, y la hermosura 
que a Venus desfigura, 
y no hay humano pecho que no doma 
(baldón de Grecia y Roma), 
y en opulencia y aparato hesperio 
muestra Madrid cuanto tesoro encierra 
corte de tanto imperio, 
del mayor soberano de la tierra. 

Pasea la gran plaza el animoso 
mancebo, que la vista 
lleva de todos, su altivez mostrando, 
ni hay corazón que esquivo le resista. 
Sereno el rostro hermoso, 
desprecia el riesgo que le está esperando; 
le va apenas ornando 
el bozo el labio superior, y el brío 
muestra y valor en años juveniles 
del iracundo Aquiles. 
Va ufano al espantoso desafío, 
¡con cuánto señorío! 
¡qué ademán varonil! ¡qué gentileza! 
Pides la venia, hispano atleta, y sales 
en medio con braveza, 
que llaman ya las trompas y timbales. 

No se miró Jasón tan fieramente 
en Colcos embestido 
por los toros de Marte, ardiendo en llama, 
como precipitado y encendido 
sale el bruto valiente 
que en las márgenes corvas de Jarama 
rumió la seca grama. 
Tú le esperas, a un numen semejante, 
sólo con débil, aparente escudo, 
que dar más temor pudo; 
el pie siniestro y mano está delante; 
ofrécesle arrogante 
tu corazón que hiera, el diestro brazo 
tirado atrás con alta gallardía; 
deslumbra hasta el recazo 
la espada, que Mavorte envidiaría. 

Horror pálido cubre los semblantes, 
en trasudor bañados, 
del atónito vulgo silencioso; 
das a las tiernas damas mil cuidados 
y envidia a sus amantes; 
todo el concurso atiende pavoroso 
el fin de este dudoso 
trance. La fiera que llamó el silbido 
a ti corre veloz, ardiendo en ira, 
y amenazando mira 
el rojo velo al viento suspendido. 
Da tremendo bramido, 
como el toro de Fálaris ardiente, 
hácese atrás, resopla, cabecea, 
eriza la ancha frente, 
la tierra escarba y larga cola ondea. 

Tu anciano padre, el gladiator ibero 
que a Grecia España opone, 
con el silvestre olivo coronado, 
por quien la áspera Ronda ya se pone 
sobre Elis, y el ligero 
Asopo el raudo curso ha refrenado, 
cediendo al despeñado 
Guadalevín; tu padre, que el famoso 
nombre y valor en ti ve renovarse, 
no puede serenarse, 
hasta que mira al golpe poderoso 
el bruto impetüoso 
muerto a tus pies, sin movimiento y frío, 
con temeraria y asombrosa hazaña, 
que por nativo brío 
solamente no es bárbara en España. 

¿Quién dirá el grito y el aplauso inmenso 
que tu acción vocifera, 
si el precio de tus méritos pregona 
la envidia, con adorno a la extranjera, 
que dice: «En el extenso 
mundo, ¿cuál rey que ciña la corona 
entre hijos de Belona 
podrá mandar a sus vasallos fieros 
(como el dueño feliz de las Españas) 
hacer tales hazañas? 
¿Cuál vencerán a indómitos guerreros 
en lances verdaderos, 
si éstos sus juegos son y su alegría?» 
¡Oh, no conozca España qué varones 
tan invencibles cría! 
¡Rogádselo a los cielos, oh naciones! 

Y tú, por quien Vandalia nombre toma 
cual la aquiva Corinto 
(ni tal vio el circo máximo de Roma), 
si algo ofrece a mi verso el dios de Cinto, 
tu gloria llevaré del occidente 
a la aurora, pulsando el plectro de oro; 
la patria eternamente 
te dará aplauso, y de Aganipe el coro. 

Barcelona, 1821