Cancionero de Manuelita Rosas/Noticia

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NOTICIA


La naturaleza dotó a Manuela Rosas de uno

de los tipos más graciosos y picantes, que
conoce la raza porteña.

MIGUEL CANÉ


 En Manuelita, considerada como numen poético, caben dos personalidades: la hija de un gobernante todopoderoso y la mujer llena de gracia y encantos. ¿Cuál fué la preferida de sus Poetas?...

 No es fácil dilucidarlo. Tratándose de una mujer, el tono madrigalesco predomina en su Cancionero. ¿Pero es porque sus atractivos lo provocaban o porque los poetas sentíanse obligados a tomar tal actitud, más retórica que sincera?

 Sin ser hermosa, la "niña" no estaba desposeída de atributos que la hacían agradable, linda si se quiere.

 "Manuela —escribe José Mármol, el más terrible enemigo de su padre— no es una mujer bella propiamente hablando; pero su fisonomía es agradable y simpática; con ese sello indefinible pero elocuente, que estampa sobre el rostro la inteligencia, cuando sus facultades están en acción continua. Su frente no tiene nada de notable, pero la raíz de su cabello castaño oscuro, borda perfectamente en ella, esa curva fina, constante y bien marcada, que comúnmente distingue a las personas de buena raza y espíritu. Sus ojos, algo más oscuros que su cabello, son pequeños, límpidos y constantemente inquietos. Su mirada se fija apenas en los objetos, pero se fija con fuerza. Y sus ojos, como su cabeza, parece que estuvieran siempre guiados por el movimiento de sus ideas. El color de su tez, es pálido y muy a menudo con ese tinte enfermizo de los temperamentos nerviosos. Agregad a esto una figura esbelta; una cintura leve, flexible, y con todos esos movimientos llenos de gracia y voluptuosidad que son peculiares a las hijas del Plata, y tendréis una idea aproximada de Manuela Rosas hoy, a los 33 años de vida; edad en que una mujer es dos veces mujer".

 El retrato del autor de los Cantos del Peregrino y de las maldiciones, que tal vez estuvo enamorado de la hija de Rosas, nos la presenta colmada de simpatía, como a una mujer capaz de inspirar pasión a los románticos de su época... si Manuelita, apática, instrumento diplomático de su padre, ser sin voluntad, amanuense espiritual no sólo caligráfico del voluntarioso amo de Palermo, hubiese estado capacitada para amar intensamente. Su juego sentimental con Lord Howden; su tranquilo, resignado sentimiento conyugal a su pasivo novio de la juventud y esposo en el destierro, nos muestran cómo fué su alma. Sin ser calculadora ni fría, apacible, lenta; más propia para aguardar los acontecimientos que para provocarlos.

 Y no son las mujeres de esta estirpe las capaces de iluminar grandes pasiones ni poemas inmortales.

 No los tuvo Manuelita. Sus Poetas son más bien versificadores. Respetuosos, llevan a la "niña" del hombre que posee la Suma del Poder Público, renglones meticulosos, sin arrebato, pese a que el madrigal ablanda los resortes de esa poesía un poco burocrática.

 Los más inteligentes, los no entregados al federalismo, señalan la diferencia que separa al Ángel —la hija— del Demonio —el odiado tirano, su padre. Diferencia bastante dudosa, en verdad, pues ella se prestó, sin mayores resistencias a obedecer la voluntad del que todo lo arrasaba. En algunos casos —el de Rosa Fontes, mujer de Ramón Maza, su más fiel amiga—, oponiendo la súplica y las lágrimas; en otras —el monstruoso caso de Camila O'Gorman— levantando, sin fuerza ni convicción su pedido de indulto.

 Pocos nombres de entre los Poetas de Manuelita han saltado el anónimo; por eso lo más colorido e impresionante de este Cancionero lo constituye el aporte popular, las canciones que la multitud áspera y heterogénea, clases y razas en hervidero, dejaron como huella de su paso, más por admiración al hombre que los gobernaba que por devoción a la figura femenina que proyectaba una legendaria sombra de dulzura sobre el carmín y el horror del momento.

 Este Cancionero de Manuelita Rosas tiene, pues, su valor. Saberlo leer y se sacarán de él conclusiones originales, sino imprevistas. Como de todo documento, cuando éste cae bajo las pupilas de quien posee el instinto de la Historia.