Canciones Surianas/La caída de la tarde

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Canciones Surianas de Juan Bautista Delgado
La caída de la tarde


LA CAIDA DE LA TARDE


A Victoriano Salado Alvares.


El día se estremece agonizante;
el Sol enrojecido centellea
del triste Ocaso en el confín distante,
como el ojo de un cíclope gigante
que próximo á cerrarse parpadea.

¡Qué confusión de cantos y rumores
al nacer la tiniebla!—Sopla el viento
manso y garrulador entre las flores,
y suenan á lo lejos los clamores
del toque de oración, místico y lento.

El tordo en el jagüey ya no se baña,
vuela hacia el nido que su amor encierra;
el ganado desciende la montaña,
y el rústico retorna á su cabaña
tras de la yunta que labró la tierra.

Del sombrío manglar en la espesura
asorda el guaco con su bronco grito;
el zenzontle salmodia con dulzura,
y entre la sierra lóbrega y obscura
crotoran el faisán y el totolito.

En la extensión del bosque americano
arrulla la torcaz bajo la chaca;
silba el grillo un monólogo lejano,
y la rana, escondida en el pantano,
finge ruido estridente de matraca.

La queja de la tórtola se aduna
á la charla del mirlo, alegre y loca,
y en el espejo azul de la laguna
semeja melancólica la Luna
cuajado trozo de cristal de roca.

El polen de su luz vuelca en el suelo
Vésper-capullo de oro que revienta—;
y en la paleta cóncava del cielo
se diluye á través de opaco velo
una brochada vívida y sangrienta.

La noche prende su cendal umbrío
y el mundo adquiere aspecto funerario:
cabe la orilla del sonante río
se destaca más blanco el caserío
y surge más escueto el campanario.

Todo hace despertar un sentimiento
de inefable y letal melancolía....
¡No sé qué misterioso arrobamiento

hace que suba á Dios el pensamiento
en alcis de la dulce poesía!

Agoniza el crepúsculo; es la hora
en que el genio del mal—Ótelo que arde
en la llama vivaz que le devora—
asfixia á la Desdémona que adora,
á esa inocente pálida, la tarde.



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