Canciones Surianas/Tempestas

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Canciones Surianas de Juan Bautista Delgado
Tempestas


TEMPESTAS.


A Manuel J. Othón.


Entre obscuros y densos nubarrones
el Sol en el Ocaso palidece;
braman desenfrenados aquilones
y semejan estruendo de cañones
los rayos que retumban....
 ¡Atardece!

¡La tempestad embravecida llega!
De súbito fulgura tras la cumbre
que un mar de sombra impenetrable anega,
el cárdeno zig-zag que se despliega
como un ala fantástica de lumbre!
 
¡Llueve! Las gruesas gotas se desprenden
con rumor de raudal que se desata,
fingiendo flechas que el espacio hienden,
ó en las hojas, do trémulas se prenden,
lágrimas melancólicas de plata.

En tanto, el Genio de la faz obscura
derrama sus tinieblas con derroche
en la ciudad, el valle y la espesura,

y se aumenta con ellas la pavura
del cuadro funeral.
 ¡Se hace la noche!

Ya la lechuza de plumaje lacio,
con gritos de terror el aire puebla;
y rauda cruza el infinito espacio,
ensanchando sus ojos de topacio
que rasgan flamescentes la tiniebla.

¡Hora de inmensa lucha! En el ramaje
del árbol que en la selva se levanta,
Eolo á veces como en un cordaje
con ímpetu colérico y salvaje
el himno rudo de los vientos canta.

La garza deja el lago; en pos del nido
torpe y medrosa en el tular se interna;
y, del espeso bosque en lo escondido,
el leopardo feroz lanza un rugido
y corre á guarecerse en la caverna.
 
Revienta el rayo; á su estallido horrendo
el águila se aterra, pues advierte
viendo rodar las rocas con estruendo,
que con ellas su nido irá cayendo
y sus polluelos hallarán la muerte.

Y llueve. Y el relámpago despliega
tras el crestón de la empinada cumbre,
que un mar de sombra impenetrable anega,
su ala inmensa y fantástica, que ciega
con los fulgores de su viva lumbre.

Solo estoy, Y en el mudo paroxismo
que infunde á mi alma el batallar profundo,
siento abrirse á mis plantas un abismo....
que quizá en tan tremendo cataclismo
de su eje inmenso se desquicia el mundol

. . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . .

Cesó de pronto la infernal balumba
que hizo un momento trepidar la tierra;
el aire huracanado ya no zumba;
sólo se oye á lo lejos que retumba
el trueno en las gargantas de la sierra.

Se alejó la tormenta; el turbio río
se desborda entre abruptos peñascales,

inunda la extensión del bosque umbrío
y en el barranco arrójase bravío;
lleva en sí piedras, troncos y animales....

Y tal imita el rápido torrente,
al descender audaz de roca en roca,
brioso corcel, que al freno inobediente,
da un relincho, encabrítase impaciente,
el precipicio salva. ... y se desboca!

Cesaron por completo los rumores
tempestuosos; la noche está tranquila;
riega el aire al soplar frescos olores,
y los astros, rompiendo los negrores,
abren parpadeando su pupila.

Y se inflama la atmósfera serena,
vibra el éther, se argenta la hojarasca....
¡Oh! qué pasa? ¿no veis?.... La luna llena
surge alumbrando con su luz la escena
que envolvió en sus tinieblas la borrasca.