Carta de Don Carlos a Vázquez de Mella sobre la guerra hispano-estadounidense

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Nota: Firmado en Venecia el 2 de abril de 1898

 Mi querido Mella: En los confines de esa tierra de Navarra, que acaba de elegirte como uno de sus representantes, tuve el honor de despedirme de España y anuncié que volvería. Acércase tal vez la hora de cumplir la sagrada promesa, y por eso me dirijo a ti, como apoderado que eres de mi inolvidable Estella, la capital guerrera de la guerrera Navarra.

 Los Gobiernos de Madrid pueden hacer inevitable y hasta inminente un llamamiento a la lucha armada, si continúan dejando arrastrar por el lodo la bandera española.

 Veintidós años de patriótico recogimiento han demostrado que no soy un ambicioso ni un conspirador. La mayor y mejor parte de mi vida de hombre ha sido empleada en la más ímproba y difícil tarea: la de contener mis ímpetus naturales y los de mis entusiastas carlistas, cuyas impaciencias era yo el primero en comprender, en compartir y en admirar, y que, sin embargo, refrenaba, aunque el alma se me desgarrase al hacerlo. Hoy la honra nacional habla más alto que todo, y el mismo deber patriótico que antes me obligaba a decir «esperar todavía», puede ordenarme imperiosamente a gritar a los carlistas: «¡Adelante!». Y no sólo a los carlistas, sino a los españoles todos, y en especial a las dos fuerzas nacionales que aún se defienden briosamente contra los enervamientos femeniles de la Regencia, el pueblo y el Ejército.

 Si en Madrid recogen el guante que desde Washington se ha lanzado al rostro de España, yo seguiré dando el mismo ejemplo de abnegación que hasta ahora. Desesperado de no poder participar en el combate más que con mis votos y a la influencia de mi nombre, aplaudiré con todo el alma a los que tengan la dicha de ir al fuego, y consideraré que los carlistas sirven a mi Causa alistándose para la guerra con los Estados Unidos, sea cual fuere el caudillo que a ella los conduzca. Pero si, como todo induce a creer, sigue prevaleciendo la política de las humillaciones, arrancaremos las riendas del poder a los que no son dignos de empuñarlas, y ocuparemos su puesto.

 En ejércitos que no son el heroico Ejército español, cuando en una batalla comprometida hay regimientos desmoralizados o cobardes, colócanse a retaguardia cañones cargados de metralla, que obligan a batirse a la desesperada a los que temen más la muerte que el deshonor. Apelo a este recuerdo supremo para imponer el patriotismo a los degenerados partidos y consejeros de la Regencia.

 Si sólo por el miedo puede obligárseles el combate, no les permitamos la humillante salvación de la fuga, ya que en sus manos tremola, por desgracia, la bandera amarilla y roja. Que adelanten con ella contra los Estados Unidos, o que sepan que, si retroceden, me hallarán a mí, guardián del honor español, dispuesto a arrancarles por la fuerza esa enseña gloriosa y a derrocar las instituciones usurpadoras que nos llevan a la ignominia.

 No se trata sólo de salvar a Cuba, sino de conservar el honor patrio y la dignidad de las armas españolas. Poco importaba a los defensores de Numancia y Sagunto, de Zaragoza y Gerona, sus casas, ni sus haciendas, ni sus vidas; importábales su honor, que lo mismo se salva venciendo, que muriendo.

 Si ese caso llega, di a Estella, di a Navarra, y que España entera lo oiga, que estoy resuelto a un supremo esfuerzo, y que lo intentaré solo, acompañado, con pocos o con muchos, con plétora de recursos o aunque careciese en absoluto de ellos, apoyado en el Ejército, si éste, como espero, responde a mi voz de soldado, o rodeado únicamente del pueblo heroico que en mi primera juventud me dió, voluntariamente, cien mil de sus hijos valerosos, para permitirme poner un dique, como entonces lo puse, al avance de la revolución, impidiendo que se realizaran antes las terribles consecuencias que ahora tocamos todos.

 No trato de comprar coroneles o de sobornar generales. Ni les hago, ni me hago semejante injuria. Yo soy el campeón de intereses morales y de ideas elevadas, y como no quiero la corrupción en los fines, la rechazo en los medios. A nadie ofrezco una fortuna; ofrezco la gloria, y el que me siga ha de hacerlo sólo por el honor y por la Patria.

 Por no asumir ante la Historia la responsabilidad de la pérdida de Cuba, he esperado y esperaré hasta el extremo límite. Cuando la vea irremisiblemente perdida, España y yo cumpliremos con nuestro deber.

 Protesto ante Europa; protesto ante la posterioridad; protesto ante las sagradas cenizas de los millones de mártires muertos a la sombra de la bandera española desde la Reconquista acá, que no me impulsa ningún móvil interesado y personal, y que sólo busco, o salvar a España, o morir antes que presenciar el envilecimiento del pueblo tan ardientemente amado por mí.

 Represento, además del derecho, una inmensa fuerza nacional, la tradición española, en todo lo que tiene de caballeresco, de arrojado, de idealista, de noble, de temerario si se quiere. Creería cometer un crimen de leso patriotismo si no lanzase en su honra esa fuerza a la redención de España.

 No reneguemos de las enseñanzas de nuestros padres, para que nos maldigan mañana los hijos a quienes leguemos una Patria sin nombre.

 Dispuesto estoy a cumplir con mi deber hasta la muerte; que los españoles dignos de serlo cumplan con el suyo.

 Dios, en cuyas manos me pongo, nos guarde a todos.

 Tu afectísimo,

       Carlos.

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