Carta de Don Carlos al Marqués de Cerralbo

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Carta al Marqués de Cerralbo de Carlos de Borbón y Austria-Este
Nota: Firmada en el palacio de Loredan el 2 de abril de 1890

 Mi querido Cerralbo:

 Mucho agradezco tu carta, elocuente resumen de tu viaje por Cataluña. ¡Con qué orgullo he visto las espléndidas manifestaciones de que has sido objeto, y con qué entusiasmo he leído los levantados discursos pronunciados por ti y tus dignos compañeros!

 Aclamado tantas veces por el pueblo español, fácilmente imagino tu emoción al asistir a espectáculos semejantes.

 No quiero que salgas de esa tierra de valerosos y fuertes sin enviarte un saludo de gratitud para todos los que hoy te han formado escolta de honor.

 Diles que en ellos reconozco a mis fieles de siempre, a los que me dieron en el fragor de los combates la medida de su fe y de su heroísmo, y en la tristeza; del destierro la de su abnegación y su constancia.

 Repíteles que, según frase tuya tan oportuna como gráfica, sólo mi cuerpo vive expatriado, pero mi alma y mi corazón no han salido de España desde que abandoné, catorce años hace, su suelo bendito.

 Gracias también, mi fidelísimo Cerralbo, por la exactitud escrupulosa con que has transmitido por doquiera las palabras que yo te . encargué, de cariño entusiasta para los carlistas; de atracción para los que no lo sean; de paz, de perdón y de caridad para todos.

 Palabras que no caerán seguramente en un terreno ingrato, pues tus viajes es muestra elocuentísima de lo que son el espíritu carlista y el espíritu español, y de que ambos se confunden en uno solo: el espíritu caballeresco. Los carlistas han demostrado durante sus excursiones, más fecundas y no menos gloriosas que muchas campañas, cuán ardiente y cuán honrado es su anhelo de prepararse para cumplir con nuestra misión el día que el patriotismo, que hoy nos impone la quietud, nos dicte la acción, en el terreno a donde la Providencia nos llame. Y esa misión sólo podemos llenarla manteniendo viva la fe monárquica, apoyada en las dos firmes columnas del respeto a toda autoridad legitima y del espíritu de disciplina, virtudes de que tan relevantes pruebas venís dando.

 Así parece tu viaje, con relación a los que militan en nuestro campo.

 Respeto a los que llaman nuestros enemigos, y a quienes yo me resisto apellidar de ese modo, pues repugna a mis labios pronunciar palabras que en mi corazón no se encuentran, justo es rendir el merecido tributo a la actitud respetuosa con que han presenciado las grandiosas manifestaciones catalanas.

 El respeto es fronterizo de la simpatía, y la simpatía es principio de persuasiva conquista.

 Nadie está mejor dotado que tú para apresurar ésta por les medios pacíficos.

 Tu hidalga modestia ha referido siempre al Rey los vítores que resonaban en todas partes a tu paso. Inclínome con emoción al recibirlos, pero a mi vez los difiero al principio que represento, ya que era lo que Cataluña aclamaba.

 No soy el jefe de un partido. Llevo sobre mi una herencia augusta de derechos y de deberes: la de la Monarquía española, con todas sus consecuencias.

 De ella seré, con la ayuda de Dios, el primer obrero en la paz y el primer soldado en la guerra.

 A todos los que reconociendo mi principio quieran ayudarnos en la grande empresa de regenerar a España, tiendo los brazos.

 Los acontecimientos abrirán los ojos a muchos que aún los tienen cerrados.

 Los espero.

 Levantad, entre tanto, muy alta la bandera de la Patria y de los principios católico-monárquicos; propagad éstos, dándolos a conocer como son en su esencia y en sus aplicaciones, y que sea nuestro lema el que yo no he dejado de repetirme ni un instante en mi vida: todo por España y para España.

 La aclamación popular de los leales te ha dado el nombre, con que ya te designaban mi confianza y mi cariño, de representante mío.

 Represéntame tal como me conoces, llevando un altar para España dentro del pecho, y no haya comarca que recorras donde no excites el celo de nuestros amigos por todos los intereses nacionales.

 En Cataluña has visto la industria, nuestra riqueza de mañana, arrastrando vida anémica y miseranda. En Valencia verás dentro de breves días la agricultura, nuestra riqueza de ayer, herida de muerte en sus fuentes productoras.

 Reanima al pueblo laborioso y honrado, victima y no causante de esa situación desastrosa. Incúlcale la fe en un mañana más venturoso, y háblale el lenguaje de la esperanza. Que vea en ti al precursor convencido y entusiasta del gobierno fuerte y paternalmente protector por el que suspira.

 Cuida con celo no menor de los altos intereses morales a que van indisolublemente unidas nuestra Causa y la grandeza de la Patria. Y para defenderlos, procura colaboradores dotados de tu mismo carácter generoso, libres de estrechas preocupaciones sectarias y enemigos de pequeñeces vergonzosas; animados, en suma, de los sentimientos de incondicional obediencia a la Iglesia, y de caridad sin limites que nos ordenan a todos voces inspiradas por Dios.

 Si, lo que no temo, alguno de nuestro campo faltase en sus actos o con sus escritos a ese espíritu de concordia, recházale de tu lado como a un falso hermano, e invertiendo los términos de un dicho célebre, afirma: Sí se puede ser católico sin ser carlista, no se puede ser carlista sin ser católico.

 No me despido de ti, mi querido Cerralbo, sin darte un encargo, tan dulce para tu corazón como para el mío.

 Que tu último grito al salir de Barcelona sea, en mi nombre, un ¡ Viva Cataluña!, y el primero al pisar la ciudad del Cid y de don Jaime, un ¡Viva Valencia!

 A ambos contesto de antemano, desde el fondo del alma, con un ¡Viva España!, que todo lo dice tu afectísimo,

       Carlos.

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