Carta de Robert Ramsay Sturrock

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Lima, 18 de Enero de 1881.
Mrs. Catherine Anne Young Sturrock
Broughty Ferry
Dundee Angus.- Scotland.-

Mi querida Madre:

Celebro poder decir que, encontrándose ahora Lima en poder de los chilenos, este tremendo problema parece estar ya felizmente terminado.

El Jueves 13 de Enero a las 4 de la mañana comenzó la primera lucha de alguna importancia. Los chilenos atacaron con gran fuerza, por el centro y también por ambos flancos, la línea peruana que se extendía desde Chorrillos hasta San Juan. Por la derecha, con 4.000 hombres que habían sido desembarcados cerca de Chira, a 4 millas de Chorrillos, y que fueron conducidos por sobre el cerro a la espalda de Chorrillos. Se tomaron la batería en la cumbre del cerro y estuvieron a punto de capturar a Mr. Piérola y a su Estado Mayor quienes, para poder escapar, se vieron obligados a cabalgar por la playa hasta Barranco. Naturalmente que, por el ruido de los disparos, nosotros supimos esa mañana que el combate había comenzado y, como a las 9 existía gran excitación en las calles y muchos soldados dispersos, levemente heridos, habían llegado ya a esa hora a la ciudad. El tren que arribó a Chorrillos trajo también a muchos heridos, por lo que vimos que la batalla había sido ardorosa. El hijo del último Presidente, llamado Prado, entró a la ciudad proclamando que todo estaba perdido, por cuya información fue inmediatamente aislado y apresado. Un famoso General, llamado Lacotera, incluso trató de hacer una revolución gritando «Muerte a Piérola, Viva la Constitución» y tuvo que escapar de la turba, refugiándose en la Legación Inglesa. El ruido de los disparos se apagó poco después de las 10 y entonces comenzamos a recibir noticias sobre los resultados de la batalla. Nuestra primera información fue que los peruanos habían perdido algunas posiciones, reconquistándolas nuevamente, pero solo en la tarde supimos el verdadero estado de la situación. Entonces oímos que los peruanos habían sido derrotados en toda la línea, San Juan y Chorrillos capturados, y que los peruanos, por orden de su Jefe, retirados a Miraflores, que se encontraba atrincherado por ambos costados en una extensión de muchas millas. En realidad, los peruanos no mostraron un espíritu de lucha digno de comentario. La mayor parte de los soldados disparaban fusiles al aire y arrancaban, muchos dejaban sus rifles abandonados y además toda su artillería cayó en manos del enemigo.

Esa tarde los médicos jóvenes de los buques neutrales, el Dr. Loane del Shannon y Ferguson del Thetis, llegaron a Lima en un tren especial desde Ancón. Arribaron a la hora de comida al hotel, muy apurados por partir al hospital, donde se les manifestó que no se necesitaban sus servicios esa noche, pero a la mañana siguiente se hicieron cargo de un grupo de hombres. El hospital era un arreglo provisorio hecho en el gran edificio donde se celebró la Exposición hace algunos años y resultó de lo más adecuado para tal propósito. Yo le visité con el Dr. Loane en la tarde del Viernes y vi a todos esos desgraciados, la mayor parte de los cuales no estaban, sin embargo, muy mal heridos, pues los más graves se les dejó en el campo de batalla o fueron atendidos por la «Cruz Roja» (Red Cross) del Ejército. El Dr. Loane me dice que la mayoría de las heridas están en la espalda, por lo menos, comienzan en la espalda, lo que confirma la versión que habrían arrancado. Es realmente un espectáculo lamentable ver todos esos hombres heridos que no se encuentran bien atendidos, existiendo una gran necesidad de practicantes y enfermeras. Vi morir a un pobre hombre que había sido gravemente herido y me temo que, desde entonces, un buen número debe haber corrido la misma suerte.

El Viernes 14 no hubo lucha y ese día los chilenos enviaron a Miraflores, con bandera de parlamento, al Ministro de Guerra peruano Iglesias, que había sido capturado el día anterior. Les dieron a los peruanos 24 horas para rendirse a fin de que Lima pudiera salvarse, y cuando el Cuerpo Diplomático fue a Miraflores el sábado en la mañana, muchos estaban esperanzados en que el problema podría solucionarse sin un nuevo derramamiento de sangre. Entonces era ya evidente que si se producía un nuevo combate, los chilenos no iban a tener dificultades en aplastar a su enemigo el que, probablemente, retrocedería sobre Lima en donde se producirían luchas callejeras que, de haber ocurrido, habrían significado para Lima correr la misma suerte que Chorrillos y Miraflores, ambas ciudades quemadas hasta sus cimientos.

En la mañana del Sábado comencé a sentir que era tiempo de abandonar la ciudad y hablé muy seriamente sobre el particular con E. Wells, pero descubrimos que habíamos quedado amarrados por Woodsend, ese individuo ordinario que ha actuado en este asunto de la manera más curiosa. Se las arregló para recibir bajo su cuidado y en su casa a cierto número de señoras y niños y entonces se marchó a Valparaíso con pocos días de aviso al recibir un telegrama el que, estoy seguro, había sido arreglado anticipadamente. Toda la mañana la pasé maldiciendo a Woodsend porque, debo decirle, me sentía más bien amilanado, pero sin embargo, resuelto a no abandonar la casa con todas las mujeres adentro. A las dos de la tarde, el teniente abanderado del almirante Stirling, que ha estado en Lima durante todo el tiempo que ha durado este asunto, me contó que las negociaciones de paz habían fracasado y que el Cuerpo Diplomático no había conseguido que el General chileno Baquedano garantizase que la propiedad neutral sería respetada por sus soldados, —lo que creo que nadie en sus cabales podría haber esperado que pudiera hacer—, y, tomando en consideración la probabilidad de lucha callejera e incendios, y la suerte corrida por Chorrillos, todos nos sentimos a mandarnos cambiar. Yo entonces volví a la casa y estaba hablando sobre el particular con Reid, cuando Danburry, de Gibbs y Co., nuestro vecino del lado, irrumpió en la casa y nos dijo que evacuáramos a todos inmediatamente y que nos dirigiéramos a la Estación de Ancón a tomar un tren especial. Entre tanto, los 175 refugiados de la casa de Gibbs y Cía., ya habían partido a tomar el tren y el combate se iniciaba. Reid y yo inmediatamente pusimos en camino a la Sra. Rey, a sus tres niños y a sus sirvientas, pero el apuro era tan grande que todos tuvimos que partir sin otra cosa que lo que llevábamos puesto. Yo tomé un sobretodo y tuve la precaución de meterme en el bolsillo unos pocos pañuelos limpios, lo que resultó ser de mucha utilidad pues, con la excepción de ellos y mi escobilla de dientes, que también llevé, la ropa puesta era cuanto tenía para mi permanencia en Ancón que, afortunadamente, resultó ser solo tres días. La estampida hacia la estación del ferrocarril fue tremenda y la situación y el espectáculo desagradables, pues todas las mujeres lloraban y aullaban de una manera espantosa, mientras a la bulla general se mezclaba al rugido del cañón que cada minuto se iba poniendo más fuerte y cercano.

El tren partió después de un retardo considerable, llegando a Ancón cuando se estaba oscureciendo. Todos esperaban poder embarcarse en algún buque de guerra, pero, como la mayor parte de ellos ya habían llenado sus espacios y algunos otros, —el Shannon entre éstos—, tenían órdenes del Almirante de estar preparados para entrar en acción y listos para hacerse a la mar, fue imposible que pudieran acoger nuevos refugiados. Afortunadamente, Ancón estaba en el estado en que lo encontramos, es decir, con todas las casas desocupadas, pero así y todo, la vida que por tres días llevaron esas pobres mujeres, y también la mía, la de Reid y la de cuantos buscaron refugio en Ancón fue lejos de ser placentera. Debo tratar de describirla. Además de la Sra. Rey también trajimos del tren a su madre y a sus cuatro hermanas, lo que constituía una numerosa compañía de mujeres. En llegando a Ancón tuvimos la suerte de tomar posesión de una pieza que tenía un catre con colchón, una silla y una mesa chica. Durante tres días esa fue la habitación de 8 mujeres y tres niños. Afortunadamente, al lado de afuera de la puerta de la pieza había un pequeño escaño y como aquí el clima es templado, podían estar siempre afuera. El siguiente problema fue la necesidad de platos, cucharas, etc., pues ellas tenían solo uno o dos de estos utensilios. Lo que al comienzo parece ser serio fue la escasez de provisiones y si no hubiera sido por el Shannon y más tarde por un buque americano y otro italiano, los refugiados se habrían muerto de hambre. El capitán D'Arcy inmediatamente comenzó a enviar en las mañanas, galletas, agua, arroz, carne envasada y chocolate caliente, y fue él quien, en el hecho, alimentó a la gente. Yo mismo experimenté la gran generosidad del capitán D'Arcy y de sus subalternos, de la siguiente manera: que subí a bordo y obtuve algunas cositas para la Sra. Rey, como leche condensada para sus pequeños, y espontáneamente me regalaron muchos pequeños objetos. Reid volvió a Lima el Domingo y regresó con Rey, que había resultado ileso y además con un cordero que tenían en nuestra casa. Envié el cordero al Shannon, lo hice matar, cocinar y devolver, de manera que, gracias a mi influencia con el Shannon, la familia Rey tuvo algunas comodidades que muy pocas otras podían conseguir, y es por ello que no acierto a comprender su actitud, porque nunca en mi vida me he encontrado con gente peor agradecida. Estaban evidentemente molestos por no haber sido admitidos a bordo, pero no cabe duda de que si a los buques los hubieran llenado de gente, permitiendo la aglomeración, habrían estado mucho más incómodos de lo que estuvieron. La gente, en general, se ha mostrado tan mal agradecida que estoy absolutamente desilusionado de la nación peruana y siento decir que esa ingratitud ha sido la causa efectiva de rebajar a Rey en mi estimación. En combates, el 95 del total, han probado ser tan temerosos y cobardes, que se han constituido en el hazmerreír de todos los extranjeros aquí.

La primera noche en Ancón fue espantosa. La Sra. Rey se desmayó dos veces, una a la llegada, y otra a las dos de la mañana, cuando arribó el tren que traía la noticia de la derrota total de los peruanos. A una de sus hermanas le dieron unos ataques histéricos tan asustantes, que creí que se iba a volver loca. En la mañana del Domingo supimos que Calderón, el hermano, estaba perfectamente, y Reid telegrafió en la tarde diciendo que Rey estaba allí. Quedé muy aliviado cuando en el tren de la tarde llegaron todos: Rey y su hermano (que está comprometido con una de las niñas) y también Reid. Aunque ellas tenían sus propios hombres para que las cuidaran y había más previsiones que conseguir, Reid y yo continuamos atendiéndolas, pero no creo que alguna vez obtengamos algún reconocimiento por ello. En lo que a mí respecta, lo único que me molestaba era la noche durante la cual no podía dormir. En la primera noche no hubo posibilidad alguna de dormir y en la segunda, acababa de conciliar el sueño en una banca cerca de la playa, cuando Rey llegó corriendo donde mi, como loco, diciendo que los chilenos habían salido de Lima hacia Ancón en un gran tren. Un idiota había esparcido ese rumor que tuvo como efecto hacer que en solo 10 minutos, todo el mundo se reuniera en la playa, procurando irse a los buques. Hice todo lo posible por convencer a Rey de que se trataba de una lesera, pues había estado toda la tarde en el Shannon y sabía que los chilenos aun no entraban a Lima. La noticia que se había recibido era que muchos desertores peruanos armados venían hacia Ancón, noticia que indujo al Capitán D'Arcy a sostener un inmediato Consejo de Guerra con todos los demás capitanes y esa tarde los buques desembarcaron 250 a 300 hombres, entre marineros y soldados de marina, para resguardar el pueblo. El Shannon mandó alrededor de 80, perteneciendo los otros a los buques italianos, americanos, franceses y alemanes. Montgomery comandaba los marineros de su buque, Hawkins los soldados de marina, en su calidad de esa arma, mientras el Capitán Mc Kechnie era el comandante en Jefe de todas las fuerzas. Inmediatamente después de desembarcar, destacaron centinelas y formaron filas a espaldas del pueblo a fin de detener a cuantos entraban, despojándolos sin más trámite de todas sus armas y municiones. Cuando se aplacó este pánico absurdo Mc Kechnie retiró todas las tropas y las ubicó en posición alrededor de la estación, a pesar de saber que era una tontería el creer que venían los chilenos en camino de Ancón. El tren no llegó sino a las 4 a.m. y, después de todo, sólo se componía de una par de vagones en el que viajaba un puñado de soldados peruanos con algunas armas y municiones, parte de las cuales habían enterrado durante el transcurso del viaje y las que quedaban las arrojaron al mar por las tropas neutrales. Gradualmente la gente volvió a acostarse y Reid y yo tratamos de dormirnos sobre unos sacos de trigo apilados en la playa, pero fue inútil, y yo, finalmente, logré conseguir unas horas de descanso en el mostrador del bar del hotel, sirviéndome de almohada una frazada que me dio un marinero caritativo y buena persona. A la mañana siguiente el Capitán Mc Kechnie me invitó a desayunar en el Shannon, así es que, después de dejar a las señoras sin novedad, tomé un bote y Mr. Milne me proporcionó un buen baño que fue muy bienvenido, pues me encontraba tremendamente sucio sin haberme cambiado las ropas por cerca de 60 horas. A la noche siguiente fui con Hawkins a su puesto de avanzada y estaba tan cansado que me dormí un rato en la arena. El frío era la razón por la cual había resuelto tratar de no dormirme ya que sólo tenía un sobretodo liviano y, si bien al acostarme me sentía lo suficientemente abrigado, no pasaba mucho tiempo sin que el frío me despertase. Afortunadamente salimos de Ancón el martes, puesto que ya estaba todo tranquilo en Lima y, debo decirlo, me alegré mucho de regresar. Los buques neutrales se comportaron maravillosamente y merecen grandes alabanzas y reconocimientos por su conducta, pero, de los peruanos, estoy seguro que no recibirán mucho. Yo tuve suerte de contar con tantos amigos en el Shannon, pues todos los días logré subir a bordo, por lo menos por unos pocos minutos. Además, siempre había oficiales en tierra y, desde el Capitán D'Arcy hasta los mismo marineros, todos me trataron siempre muy afectuosamente. El Domingo, encontrándome a bordo invitado a desayunar por el Capitán Mc Kechnie, me quedé al servicio divino y después de bajar a tierra, volví a hacer un paseo en la lancha a vela con Saville y Montgomery, que andaban con unas niñas del buque. Navegábamos por la bahía cuando se nos llamó de regreso porque la noticia de los desertores había recién llegado. Lo divertido es que el domingo anterior, teniendo que quedarme en Ancón por negocios, había navegado en la lancha del Thetis y subido a bordo. Debo reconocer que entonces poco me imaginé que a la semana siguiente iba a estar nuevamente en Ancón por las razones conocidas.

He relatado lo que estaba ocurriendo en Ancón. Lima se encontraba en un estado de gran excitación y las noticias que recibíamos eran solo fragmentarias. Retrotraeré las cosas al viernes 14, el día siguiente del primer combate. Esa tarde el Cuerpo Diplomático salió al campo de batalla con los almirantes inglés y francés procurando producir un avenimiento. Ya habían ido dos veces y volvieron por tercera vez en la mañana del Sábado consiguiendo arreglar una tregua hasta el Sábado a medianoche, primero con Piérola y después con el General Baquedano. Estaban desayunándose en el Cuartel General peruano con Piérola cuando de repente comenzó el tiroteo. Este fue causado por el General Baquedano y su Estado Mayor quienes, al acercarse y quedar al alcance de los peruanos, éstos últimos no pudieron resistir la tentación de dispararles y, por supuesto, de esta manera se inició la batalla. El Cuerpo Diplomático que había ido en tren, tuvo entonces que batirse en retirada a pie por el campo, a fin de salir de la zona de peligro, pero por tres cuartos de hora estuvo bajo fuego. Debe haber sido un espectáculo asás grotesco ver al viejo Almirante Stirling, St. John, al Capitán Stephens (H.M.S. Thetis) y a todos los demás Ministros, saltando las murallas de adobe y corriendo a campo traviesa, para salvar sus vidas. No hay duda de que estuvieron en peligro, y tanto así que a Ancón llegaron rumores que habían perecido el Almirante Británico y los Ministros de Italia e Inglaterra. La batalla continuó hasta la tarde y, entonces, como anteriormente, los peruanos se arrancaron y los chilenos quedaron dueños del campo sin que —habiendo podido hacerlo— entraran a Lima esa noche pues, de otra manera, la capital peruana estaría hoy indudablemente hecha una ruina perfecta. La razón por la que no entraron es ahora conocida y arranca su origen del fracaso de las negociaciones de avenimiento. Entonces los almirantes británico y francés empeñaron su palabra de honor con el Cuerpo Diplomático, —el que informó al General Baquedano—, que si no garantizaba la propiedad de los neutrales, y los soldados la destruían, la flota neutral inmediatamente destruiría a la flota chilena en el Callao; de allí la orden dada al Shannon de prepararse para actuar y de estar listo para hacerse a la mar. Que esta amenaza salvó a Lima de ser destruida es indudable, pues si en la noche del Sábado los chilenos hubieran perseguido a los peruanos que se retiraban de la ciudad, habrían habido luchas callejeras y Lima habría sufrido la misma suerte de Chorrillos, Barranco y Miraflores, las que yo mismo he visto y que se encuentran reducidas a ruinas.

Lima, en la noche del Sábado, naturalmente fue inundada por soldados peruanos armados y en desorden, por consiguiente, individuos muy peligrosos. Voy ahora a relatar lo que es un tremendo deshonor para la nación peruana y que creo sin parangón en los anales de cualquier nación. La noche del sábado pasó tolerablemente tranquila y el domingo se estaba incubando la tormenta, y durante el día, el General Astete trató de hacer una revolución en vista de que el General Suárez deseaba ceder a las condiciones de los chilenos, mientras el primero de los nombrados estaba por continuar la lucha. Trajo 1.500 soldados de Callao pero no tuvo éxito en su revolución y a las 4 de la tarde del Domingo los soldados peruanos comenzaron el pillaje y saqueo de la ciudad. Wells, Temple y Mr. Milne (el empleado de Forfar que he mencionado antes y que ha estado viviendo en nuestra casa), como de costumbre, habían ido a comer al «French and English Hotel» y no pudieron abandonar el local en razón de las balas que, en gran cantidad, pasaban silbando por las calles. Todo el mundo tuvo que quedarse en casa esa noche y lo hicieron, —estoy seguro—, sin ningún sentimiento agradable en lo concerniente a su seguridad. Los soldados persiguieron principalmente a los pobre chinos, a muchos de los cuales dieron muerte, así como también a algunos almaceneros italianos. La hermosa tienda y casa de Wing on Ghong fue saqueada e incendiada hasta el suelo y, si no hubiera sido por los bomberos, el fuego pudo haberse extendido. La Barriada china en el Mercado fue enteramente saqueada e incendiada, junto con una gran porción de toda la manzana. A nuestro vecino de la casa del lado, Mr. Robert Browne, (un gran cliente nuestro) se le desvalijó enteramente su tienda, afortunadamente sin quemarla. Se nos contó que se había tratado de forzar nuestra puerta, pero la habíamos barricado tan bien, que se la abandonó.

Los incendios continuaron durante toda la noche y los «bomberos» tuvieron que luchar con los soldados para poder extinguirlos, muriendo algunos de ellos, uno de los ingleses y algunos de los italianos. Como el desorden continuaba en la mañana, Mr. Champon, el Jefe de la «Guardia Urbana», que se encontraba en el «French and English Hotel», resolvió tomar cartas en el asunto y dispuso que la Guardia saliera. En consecuencia, él mismo, a la cabeza de todos los que estaban en el Hotel, —Wells, Temple, Milne y algunos otros que tenían rifles—, salieron a llamar a la Guardia, incrementando su número con los que encontraban en las calles, a quienes compelían a incorporarse con sus fusiles disparándoles a los soldados que todavía mantenían un nutrido tiroteo y cometían depredaciones. De esta manera se sacó a la Guardia y se la puso a trabajar fusilando en la forma más deliberada a los soldados, sin ofrecer cuartel. La descripción que he obtenido de esto es tremenda. Mataban soldados por docenas y todos los voluntarios demostraron una mortífera puntería sin jamás errar en el blanco. La Guardia Italiana, en la parte baja de la ciudad, mató a un gran número, teniendo en un caso que cargar a la bayoneta, sufriendo, me parece, la pérdida de algunos de sus hombres. Tobin dirigió una gran fuerza hacia San Cristóbal y tomó posesión de la batería, afortunadamente sin oposición. Esta clase de cosas no fue del agrado de los soldados, pues pronto desaparecieron todos ellos y por la noche la ciudad se encontraba de nuevo tranquila. ¿Se habría imaginado Ud. algo semejante?, que la capital peruana fuese saqueada por peruanos mientras se temía que los chilenos realizaran esa parte importante de la guerra moderna. ¡Qué bandidos y rufianes fueron! Mr. Brown me contó que un Coronel encabezaba la partida que desvalijó su tienda y que el bribón de Piérola había huido después de la batalla mientras todos los reservistas respetables se habían arrancado a sus casas para ponerse ropas de civiles. Un hombre con autoridad de entre ellos debería de haber reagrupado las fuerzas para defender sus propios hogares y casa de los ladrones y rufianes. Aparece ahora, entonces, que Lima se salvó de los chilenos gracias a los extranjeros, y de la chusma, gracias también a los extranjeros. Los peruanos, sin embargo, son tan soberbios que, estoy seguro, jamás lo reconocerán.

21 de Enero.- Con gran acompañamiento fui ayer a visitar los campos de batalla de Miraflores, Chorrillos y Barranco, pero el cuadro era tan espantoso que no intentaré describirlo. Montgomery vino el Miércoles de servicio, y cuando lo acompañé a arrendar su caballo, tuvo éxito en conseguirme uno para mí también. A las 7 de la mañana del día siguiente estábamos a caballo y partimos de la Legación Británica el Capitán Stephens, el Capitán Acklan (H.M.S. Triumph, Attaché ante los chilenos), Alfred St. John, (sobrino del Ministro), el Teniente Horsely, un médico del Triumph, tres oficiales americanos (uno de ellos Attaché ante los chilenos) Montgomery y yo. Más tarde se nos reunieron el Capitán del Triumph, Markham, famosos por sus exploraciones Árticas, Mr. Brenton (Attaché ante los peruanos) y Revett, que ha perdido cuanto tenía en Miraflores y que vio ahí toda la devastación, el pueblo entero prácticamente destruido. Llegamos a Chorrillos que realmente es un montón de ruinas. Fuimos especialmente a mirar algunas casas, entre ellas la de Fred Ford, en la que se supone que se encontraba el viejo doctor Mc Lean cuando encontró la muerte, ya que el anciano inconsciente insistió en quedarse en Chorrillos. Los chilenos fueron atacados al entrar al pueblo así es que inmediatamente se pusieron a destruirlo y el doctor no pudo arrancarse. Hacía muchos años que estaba aquí, era el único médico inglés, y lo ocupaba la mayoría de sus compatriotas en Lima. Tenía alrededor de 80 años, conservándose maravillosamente sano y vigoroso, teniendo por costumbre venir a caballo desde Chorrillos dos veces por semana. Los chilenos pueden no tener razón, pero él no debió jamás haber permanecido allí. El espectáculo en Chorrillos era horrible, con muchos cadáveres carbonizados entre las ruinas. Una casa que no había sido quemada contenía 26 cuerpos hacinados y, arriba en el cerro, en la batería, los cadáveres yacían por montones. En el hecho, hay todavía en el campo de batalla cientos de cadáveres insepultos y algunos de ellos se encuentran en mitad y en los bordes de los caminos. En los reductos de Miraflores la visión era aterradora y, en todos los casos, los cadáveres descompuestos presentan un aspecto horrible. Algunas veces pesábamos frente a algún pobre infeliz cuyo cuerpo estaban quemando a fin de acelerar la descomposición. El número de caballos muertos es muy grande y, por supuesto, el conjunto constituyó un espectáculo tremendo para mí, siendo lo peor el hedor. Entramos al hospital chileno en Chorrillos y no puede darse jamás algo más chocante. Hombres mal atendidos, hombres sin ninguna atención, escasez de los recursos que se necesitaban y un olor espantoso. Como manifestó el médico del Triumph, era arriesgar nuestras vidas ir y atender a los heridos allí. Vimos tres hombres juntos muriéndose, uno un peruano, que nunca podría haber sido curado y que debe haber estado consumiéndose por casi una semana. Todo esto y los campos de batalla le dan a uno una idea de lo que es la guerra y lo brutos que pueden ser los seres humanos. Voy ahora a tener una consideración con sus sentimientos y a no decir más sobre estas escenas tremendas.

Me olvidaba decirle que los chilenos entraron en Lima en la tarde el Martes (al día siguiente que los desórdenes se aplacaron), en perfecto orden, constituyendo un gran espectáculo. Primero venían los 30 cañones Krupp con todas sus cureñas y servidores de las piezas, después dos regimientos de infantería y, finalmente tres regimientos de espléndida caballería. Las bandas tocaron música muy tranquila, ninguna canción nacional ni nada que pudiera ofender, y después de marchar alrededor de la plaza, los soldados se fueron tranquilamente a los cuarteles. La bandera chilena se ha izado ahora en el Palacio y todo está muy quieto y espero que los soldados serán embarcados muy pronto de regreso.

Respecto de Callao, los peruanos estaban resueltos a que los chilenos no capturaran ningún buque o cañones. De ahí pues que ellos incendiaran La Unión, El Rímac, y toda su pequeña flota, volaran los fuertes y destruyeran los cañones. Allí también los soldados cometieron algunos actos de pillaje e incendios pero, en general, la ciudad no ha sido muy dañada. Como Callao, sin embargo, ha sido declarado abierto, a su debido tiempo Lima recuperará su vieja apariencia y los habitantes del puerto volverán con gusto a sus hogares. Sin duda, la Pacific Steam Navigation Co., establecerá pronto allí nuevamente su cuartel general, tal como antes.

Entre tanto, he conocido gran número de gente muy bien entre los oficiales del Thetis, y entre otros, al Teniente Dixon, hijo de Mr. Dixon de Arbroath quien, por supuesto, conoce a muchas personas que yo conozco: los Sootes, Gordons de Ashindia, Cathrines de Carlogie, etc., etc. Tuvimos una larga conversación sobre todo el mundo, pudiendo yo decirle que conocía a su padre, aunque sólo de vista, y que mi padre lo conocía bien. También mencioné el triste y fatal accidente de su tío en Francia, del cual frecuentemente he oído hablar a mi padre. El también se refirió a Miss Poorie, de Carncustie, de quien, a menudo, he oído hablar y, en general, fue muy agradable toparme con Dixon que es una buena persona. Entiendo que es casado.

Resultó gracioso que un subteniente llamado Austen, que había estado en Bombay, me hablara del lugar y mencionara a todas las personas que Jack conoce allí siendo ayer uno de los primeros. No me parece que haya visto a Jack, por lo menos no conoció a alguien de ese nombre, y no me pude acordar cuando anduvo Jack por Bombay. Pero Austen estuvo allí en 1877. Tal como yo lo he sospechado, al comparar Austen esta parte del mundo con Bombay, encuentra que Perú y la costa occidental, son lugares miserables para venir, excepción hecha de los negocios, y por su descripción, así como también por la de nuestro propio hermano, las Indias Orientales son mucho más acogedoras que Sud América. Muchos oficiales navales que se encuentran aquí han estado también en China y Japón y encuentran dichos lugares mucho mejores. En realidad, no me he encontrado con nadie que le guste estos parajes, y así como yo me formé criterio desde el comienzo, ellos encuentran una clase diferente (o más bien indiferente) de hombre aquí. Dixon me contó la muerte repentina de Mrs. Guthrie, de la que nada había oído.

Ahora voy a detenerme un tiempo y en vista de que aún no se sabe cuando sale la correspondencia, lo más probable es que más adelante agregue algo más. Como desde el 2 no se reciben noticias de la casa, confío en que un correo llegará pronto pero, naturalmente, todo aquí está patas para arriba. Por lo que he oído, estoy casi seguro de que debe haberse producido un largo espacio de tiempo durante el cual no debe haber recibido Ud. noticias mías, sin embargo, espero, que la P.S.N. Co. renueve las antiguas facilidades y me permita reanudar mi hoja semanal.

Me temo que el viaje a Ancón con sólo 10 minutos de aviso previo ese Domingo, haya sido causa de que perdiera un correo. Me imagino que deben haber quedado extrañados en el Thetis con mi llegada sin una pulgada de equipaje, pero Horaley, amablemente me dio un par de pijamas que sacó de su propio camarote, con los que resolví el problema. Aún cuando no apareció entonces el vapor de la P.S.N. Co. que había ido a encontrar, no me atreví a quedarme una noche más a bordo. Por fortuna el Shannon llegó desde Callao el Lunes por la tarde e inmediatamente subí a bordo a ver a todos los amigos, los que me recibieron tan cordialmente, que tuve la frescura de decirles que sería conveniente que me quedara a bordo una noche. El vapor apareció antes de mediodía y, cuando volví a Lima el Martes, lo hice con la cara como langosta cocida y fui aquí él hazme reír de todos, a medida que mi cara se iba despellejando lo mismo que la de Woodsend. Nuevamente se me ha puesto igual con la cabalgata del Jueves por los campos de batalla. Sin embargo, a mi nada me importa.

Mañana del Martes 25 de Enero.- Acabo de llegar a Lima, después de haber alojado en el Shannon. Saville muy cariñosamente me invitó a cenar con él anoche.

Comió con nosotros un oficial de la Marina chilena, llamado Silva, y le fui presentado como un gran peruanófilo, aun cuando soy ahora un chilenófilo completo. Cosa curiosa, él es el oficial que abordó el Islay cuando yo viajaba por la costa hacia el Sur y el que examinó con tanta desconfianza mi cajón de palos de golf. Le reconocí inmediatamente y él también manifestó haberme visto antes, recordando después, sin demora, las circunstancias. Me invitó amablemente a visitar el O'Higgins lo que probablemente haré algún día de éstos.

Anoche también jugué un rubber of whist que me hizo recordar las tardes lugareñas de invierno en las que tanto jugábamos. Temo estarme enmoheciendo mucho por la falta de práctica, pues los juegos en casa de los Dawson son pura chacota. Averigüé que Hawkins conoció a Sandham, el que murió en Zululand, pues estuvo en el colegio con él.

El correo ha llegado a Lima y está en el Palacio, pero no sabría decir cuando recibiremos las cartas. Los chilenos mandaron a buscar a la oficina de correos al antiguo Jefe de Correos, para que rompiera los sellos, a fin de poder sacar las cartas y repartirlas. Este se negó a ir, pero confío en que pronto arribarán a algún acuerdo. Hace algunos días que llegó el paquete por intermedio de la Legación, pero nada había en él para mí. En los buques de guerra todos han recibido sus cartas y periódicos.

El Panamá Star and Herald, recién recibido en el Shannon, cuenta de todo menos buenas noticias de Irlanda que han enviado otros 5.000 soldados para allá. Irlanda parece estar tan mal como Perú, sin embargo espero que pronto podremos recibir de allí noticias sobre tiempos más pacíficos. El Shannon va mañana con el correo a Chimbote, de manera que en él enviaremos nuestros paquetes.

Supongo que ya deberé reanudar mi trabajo de correspondencia, de manera que finalizaré ésta, confiando en que no la molestaré con este desmesurado documento ya que, si Ud. quiere, puede mostrarlo ya que cuando les escriba a otros amigos abreviaré mucho más mis observaciones sobre la cuestión chileno-peruana. Todo permanece en calma bajo el dominio chileno y lentamente los negocios reinician sus actividades. El cambio ha subido hasta 3.1/2.

Con mucho cariños para todos en casa,
Créame, Madre, su siempre afectísimo hijo
Robert.

(Centro de Estudios Bicentenario. «Carta de Robert Ramsay Sturrock». Documentos históricos. (PHP). www.bicentenariochile.cl)